“Siempre ten presente que… La piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años, pero lo importante no cambia: tu fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de cualquier telaraña. Detrás de cada línea de llegada hay una de partida. Detrás de cada logro, hay otro desafío. Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo. No vivas de fotos amarillas. Sigue, aunque todos esperen que abandones. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Haz que en vez de lástima, te tengan respeto. Cuando el peso de los años no te permita correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa bastón. Pero… ¡nunca te detengas!”
Madre Teresa de Calcuta.
sábado, 28 de noviembre de 2009
viernes, 27 de noviembre de 2009
Meditar como Abrahám (4)
Gen.16
Tras la promesa de Dios de darle descendencia, Abrahám se muestra preocupado y traslada su preocupación a Sarai, su esposa. Ella, convencida de su infertilidad, le invita a conocer a su esclava Agar.
El capítulo 16 es ciertamente sorprendente para nuestra mentalidad actual. Hemos de hacer abstracción de algunos conceptos. La entrega de Agar a Abrahám como un mero medio de reproducción no deja de resultarnos extraño. Extraño, por impropio de alguien que se nos ofrece como modelo, es el comportamiento de ambos esposos cuando Agar queda embarazada. Pero más extraño nos puede resultar el hecho de que, cuando Agar huye de su ama, se le aparece el Ángel del Señor, que le ordena volver y someterse a su ama. ¿Porqué? Agar huye porque su ama le ha tomado envidia y le hace mobing. Su hijo, Ismael, dará origen al pueblo de los ismaelitas que estará enfrenado al resto de los pueblos. El Ángel del Señor le hace la misma promesa que a Abrahám: "Yo multiplicaré de tal manera el número de tus descendientes, que nadie podrá contarlos".
El capítulo termina con dos curiosidades más para meditar. Primero, Agar llama a Dios El Roí: <>. En segundo lugar, el texto termina indicando que Abrám tenía 86 años cuando nació Ismael. ¿Nos está indicando la edad real de Abrahám o su edad espiritual?
Tras la promesa de Dios de darle descendencia, Abrahám se muestra preocupado y traslada su preocupación a Sarai, su esposa. Ella, convencida de su infertilidad, le invita a conocer a su esclava Agar.
El capítulo 16 es ciertamente sorprendente para nuestra mentalidad actual. Hemos de hacer abstracción de algunos conceptos. La entrega de Agar a Abrahám como un mero medio de reproducción no deja de resultarnos extraño. Extraño, por impropio de alguien que se nos ofrece como modelo, es el comportamiento de ambos esposos cuando Agar queda embarazada. Pero más extraño nos puede resultar el hecho de que, cuando Agar huye de su ama, se le aparece el Ángel del Señor, que le ordena volver y someterse a su ama. ¿Porqué? Agar huye porque su ama le ha tomado envidia y le hace mobing. Su hijo, Ismael, dará origen al pueblo de los ismaelitas que estará enfrenado al resto de los pueblos. El Ángel del Señor le hace la misma promesa que a Abrahám: "Yo multiplicaré de tal manera el número de tus descendientes, que nadie podrá contarlos".
El capítulo termina con dos curiosidades más para meditar. Primero, Agar llama a Dios El Roí: <
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Meditar como Abrahám (3)
Gen. 14.
En el capítulo 14, el Génesis narra la liberación de Lot que había caído preso de los reyes Quedorlaomer, rey de Elám, Tidal, rey de Goím, Amrafel, rey de Senaar, y Arioc, rey de Elasar que habían atacado, entre otras, la ciudad de Sodoma donde vivía Lot. De regreso: “Melquisedec, rey de Salém, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino, y bendijo a Abrám, diciendo: "¡Bendito sea Abrám de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra! ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!". Y Abrám le dio el diezmo de todo” Termina la narración con la contestación de Abrahám al rey de Sodoma cuando éste le pide que le entregue los prisioneros y se quede con las riquezas: Yo he jurado al Señor Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra, que no tomaré nada de lo que te pertenece: ni siquiera el hilo o la correa de una sandalia. Así no podrás decir: ‘Yo enriquecí a Abrám’.
En el capítulo 14, el Génesis narra la liberación de Lot que había caído preso de los reyes Quedorlaomer, rey de Elám, Tidal, rey de Goím, Amrafel, rey de Senaar, y Arioc, rey de Elasar que habían atacado, entre otras, la ciudad de Sodoma donde vivía Lot. De regreso: “Melquisedec, rey de Salém, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino, y bendijo a Abrám, diciendo: "¡Bendito sea Abrám de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra! ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!". Y Abrám le dio el diezmo de todo” Termina la narración con la contestación de Abrahám al rey de Sodoma cuando éste le pide que le entregue los prisioneros y se quede con las riquezas: Yo he jurado al Señor Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra, que no tomaré nada de lo que te pertenece: ni siquiera el hilo o la correa de una sandalia. Así no podrás decir: ‘Yo enriquecí a Abrám’.
martes, 24 de noviembre de 2009
Meditar como Abraham (2)
Difícilmente podremos meditar como Abraham si no recordamos su historia. En las próximas entradas al blog iremos recordando su historia, narrada en los diversos capítulos del Génesis, tal vez percibamos que no es una historia del pasado, sino algo muy presente.
Gen. 10-13
Tras la curiosa historia de Babel, algún día espero recibir la inspiración necesaria para hablar de ella, los hombres se dispersaron por la Tierra, hablando cada uno su idioma. Teraj, el padre de Abram, así se denomina en los primeros capítulos del Génesis, tuvo tres hijos, Abrám, Najor y Herán, padre de Lot y que murió cuando este tenía siete años, cosa harto curiosa cuando la mayoría de los hombres superaban no ya los cien años, sino incluso los doscientos y los cuatrocientos.
La familia de Abraham residía en Ur de Caldea. Su padre, Teraj, decidió trasladarse a Jarán, donde murió a los doscientos años de edad (Gen. 11) Allí, Abraham recibió el mandato divino de abandonar a sus padres y dirigirse hacia Canaán. Abraham marchó con su mujer, Sarai, y su sobrino, Lot, y todo su séquito a cumplir el mandato divino. (Gen 12, 1-3)
La vida de Abraham transcurre como nómada por dicha tierra, hasta que llega una época de hambruna por cuyo motivo decide trasladarse a Egipto. Es curiosa la narración bíblica: “Cuando estaba por llegar a Egipto, dijo a Sarai, su mujer: "Yo sé que eres una mujer hermosa. Por eso los egipcios, apenas te vean, dirán: ‘Es su mujer’ , y me matarán, mientras que a ti te dejarán con Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida". Cuando Abrám llegó a Egipto, los egipcios vieron que su mujer era muy hermosa, y los oficiales de la corte, que también la vieron, la elogiaron ante el Faraón. Entonces fue llevada al palacio del Faraón. En atención a ella, Abrám fue tratado deferentemente y llegó a tener ovejas, vacas, asnos, esclavos, sirvientas, asnas y camellos. Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y a su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrám. El Faraón llamó a Abrám y le dijo: "¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me advertiste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste que era tu hermana, dando lugar a que yo la tomara por esposa? Ahí tienes a tu mujer: tómala y vete". Después el Faraón dio órdenes a sus hombres acerca de Abrám, y ellos lo hicieron salir junto con su mujer y todos sus bienes.”(Gen 12, 11-20)
De vuelta a Canaán, la riqueza de tío y sobrino era tanta que decidieron separarse para evitar disputas entre sus pastores. (Gen 13, 8-9)
Abraham recibe de nuevo de Dios la promesa de que recibirá toda la tierra de los cananeos para sí y su descendencia que aún no tenía. Se desplaza a Mamré donde se establece: “Entonces Abrám trasladó su campamento y fue a establecerse junto al encinar de Mamré, que está en Hebrón. Allí erigió un altar al Señor.” (Gen 13, 18) Esta “obsesión” de Abrahám por levantar altares a Dios era ya una costumbre: Bétel, Siquém, junto a la encina de Moré, etc.
Gen. 10-13
Tras la curiosa historia de Babel, algún día espero recibir la inspiración necesaria para hablar de ella, los hombres se dispersaron por la Tierra, hablando cada uno su idioma. Teraj, el padre de Abram, así se denomina en los primeros capítulos del Génesis, tuvo tres hijos, Abrám, Najor y Herán, padre de Lot y que murió cuando este tenía siete años, cosa harto curiosa cuando la mayoría de los hombres superaban no ya los cien años, sino incluso los doscientos y los cuatrocientos.
La familia de Abraham residía en Ur de Caldea. Su padre, Teraj, decidió trasladarse a Jarán, donde murió a los doscientos años de edad (Gen. 11) Allí, Abraham recibió el mandato divino de abandonar a sus padres y dirigirse hacia Canaán. Abraham marchó con su mujer, Sarai, y su sobrino, Lot, y todo su séquito a cumplir el mandato divino. (Gen 12, 1-3)
La vida de Abraham transcurre como nómada por dicha tierra, hasta que llega una época de hambruna por cuyo motivo decide trasladarse a Egipto. Es curiosa la narración bíblica: “Cuando estaba por llegar a Egipto, dijo a Sarai, su mujer: "Yo sé que eres una mujer hermosa. Por eso los egipcios, apenas te vean, dirán: ‘Es su mujer’ , y me matarán, mientras que a ti te dejarán con Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida". Cuando Abrám llegó a Egipto, los egipcios vieron que su mujer era muy hermosa, y los oficiales de la corte, que también la vieron, la elogiaron ante el Faraón. Entonces fue llevada al palacio del Faraón. En atención a ella, Abrám fue tratado deferentemente y llegó a tener ovejas, vacas, asnos, esclavos, sirvientas, asnas y camellos. Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y a su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrám. El Faraón llamó a Abrám y le dijo: "¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me advertiste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste que era tu hermana, dando lugar a que yo la tomara por esposa? Ahí tienes a tu mujer: tómala y vete". Después el Faraón dio órdenes a sus hombres acerca de Abrám, y ellos lo hicieron salir junto con su mujer y todos sus bienes.”(Gen 12, 11-20)
De vuelta a Canaán, la riqueza de tío y sobrino era tanta que decidieron separarse para evitar disputas entre sus pastores. (Gen 13, 8-9)
Abraham recibe de nuevo de Dios la promesa de que recibirá toda la tierra de los cananeos para sí y su descendencia que aún no tenía. Se desplaza a Mamré donde se establece: “Entonces Abrám trasladó su campamento y fue a establecerse junto al encinar de Mamré, que está en Hebrón. Allí erigió un altar al Señor.” (Gen 13, 18) Esta “obsesión” de Abrahám por levantar altares a Dios era ya una costumbre: Bétel, Siquém, junto a la encina de Moré, etc.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Meditar como Abraham (1)
Basar la meditación imitativa de la tórtola en la oración del corazón y llamar así a ésta y no oración continua tiene un significado más profundo que la mera semántica de las palabras.
Hemos empezado haciendo una introspección de nuestro ser hasta descubrir nuestro Yo, pero, inmediatamente después de este descubrimiento, hemos incorporado ese Yo al Corazón. No a nuestro corazón de carne, sino a nuestro Corazón Crístico. Estamos descubriendo que en nuestro interior tenemos un Corazón que no es un corazón de carne, porque no es de nuestro cuerpo de lo que estamos hablando, ni siquiera de nuestro Yo más íntimo. Antes bien tenemos un Corazón, así con mayúsculas, que estando dentro, está fuera.
Permitidme un símil que refleje lo que os estoy intentando manifestar. Hay una figura geométrica bastante conocida, la cinta de Mobius, que podría reflejar muy bien lo que estoy queriendo transmitir. La podéis obtener de la siguiente forma: recortad una cinta de papel y unid sus extremos, pero retorciendo la cinta sobre sí misma. Y es que, en efecto, entramos a nuestro interior para terminar saliendo de él, pero permaneciendo en él. No sabemos a ciencia cierta si estamos en el plano superior o en el inferior de la cinta, pero sí que estamos en ella.
El padre Serafín nos propone la imitación de Abraham. Parece un personaje algo lejano en el tiempo para tomarlo como ejemplo. Pero esta lejanía es una ventaja que nos permite prescindir de detalles irrelevantes que los biógrafos se empeñan en matizar y que no hacen más que oscurecer el mensaje y convertir la meditación en una absurda imitación.
En las próximas entradas repasaremos la historia de Abraham. Descubriremos que, en muchos aspectos, es nuestra propia historia y descubriremos que su vida, como la nuestra, es una cinta de Mobius
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Orar como,... Madre Teresa de Calcuta
Todo hesicasta debe saber orar antes de meditar y, cuando sabe meditar, debe "conocer" como oran y como meditan los demás porque el beneficio de la oración y de la meditación en comunidad potencia terriblemente el acto individual.
Esta mañana, camino del trabajo, iba oyendo Radio María (96,8 FM) y oí por segunda vez la oración de la Madre Teresa de Calcuta para aprender a amar. No me he resistido y os la ofrezco. Dice así:ORACION PARA APRENDER A AMAR
Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.
martes, 17 de noviembre de 2009
Meditar como la tórtola: la oración del corazón (y 3)
En los dos escritos precedentes relativos a la oración continua hemos usado una expresión personalista, dando algunas otras versiones impersonales como el Kyrie eleison. ¿No os parece que hay algo que no encaja muy bien? Como diría el protagonista del “Chavo del ocho”, “Ha sido sin querer queriendo”.Para ver más claro lo que pretendo deciros nos vamos a basar en la oración que Jesús nos enseñó: el Padre Nuestro. Podemos ver diversas versiones del mismo, desde las más primitivas a las actualmente utilizadas por la Iglesia de Roma. También podemos ver diversos comentarios a la oración: ¡Hay que ver lo que dan de sí las palabras cuando empezamos a elucubrar sobre ellas! Todos los comentarios desgranan una a una las frases de Jesús, casi siempre partiendo de traducciones que han ido perdiendo la frescura de la versión original. Sin embargo, a lo largo de los siglos “algo” ha permanecido siempre. Y, sin embargo, en casi todos los comentarios ese “algo” ha pasado desapercibido. Cuando Jesús nos enseña a orar, Él se integra con nosotros en la oración, utiliza el plural y no precisamente el mayestático. Esa es la gran aportación, cuando oramos, somos uno en la oración. No es ya que no vayamos, como el fariseo, por las esquinas de las calles y por las plazas dándonos golpes de pecho, sino que no debemos orar de uno en uno, por uno y para cada uno, sino por todos y para todos.
Y este es precisamente el corolario de estos tres escritos sobre la oración continua, sobre la oración del corazón. Aunque en muchas obras aparece como expresión habitual “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”, la expresión que realmente utilizaban los Padres del Desierto era “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros pecadores”
Esta es, pues, la forma con que hemos de practicar la oración del corazón, pero más importante aún es que sea el fondo de nuestra oración. Los siguientes pasos en nuestro devenir hesicasta no nos llevarán a sitio alguno, sin esta disposición de ánimo.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Divina obediencia
En la natural rebeldía del hombre frente al sometimiento ante alguien o ante algo que considere posible, acertada o equivocadamente, sea sometido a su voluntad, subyace el origen de la soberbia, o sea de la más torpe forma de manifestación del ego. Esta soberbia que cuando no llega a la degeneración ha supuesto un acicate para el avance tecnológico, también supone, llevada a su expresión más extrema, la actual ruina espiritual y moral de gran parte de la humanidad y, más aún, de la degradación experimentada por Naturaleza.
De jóvenes nos creemos capaces de hacer grandes cosas y de mayores nos seguimos creyendo jóvenes. Así, en los años mozos pensamos que nada ni nadie puede someternos y luchamos contra o huimos de experiencias desagradables. Es lógico: queremos ser felices. Pero buscamos la felicidad en un plano completamente material. Y esto tiene su límite, antes o después, mas alto o más bajo. Como dirían algunos: no sabemos gestionar la desgracia, lo desagradable, lo cruel,… porque en algún momento somos superados ¿qué hacer en tales casos?
En la Iglesia Católica han sido tradicionales los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; tan tradicionales como mal entendidos y peor aplicados. Durante años no supe comprenderlos y, en ocasiones, provocaron mi sonrisa. Poco a poco fui penetrando en su significado, tal vez aún no los haya comprendido del todo. Un hecho provocó mi mejor comprensión: fue la lectura de la biografía de San Francisco de Asís y de algunos de sus escritos, donde comprobaba la actitud sumamente respetuosa del santo con todos ello. Para lo que estamos hablando, vamos a centrarnos en uno de ellos: el voto de obediencia. Era chocante que alguien que había sido llamado a sanear la Iglesia se sometiera a una jerarquía que no era precisamente un dechado de virtudes. ¿Era ésta la única forma de obediencia a que se refería el santo? O, mejor, ¿era esta la forma de obediencia que propugnaba? Repasando su biografía y la de sus compañeros, podemos ver que no se trataba de una obediencia jerárquica, ya que el propio santo, padre espiritual de todos ellos, se sometía también a sus seguidores por obediencia. Así, consultada la opinión de sus compañeros sobre lo que entendían debía hacer San Francisco, si dedicarse a la contemplación, como él quería, o a la predicación como hacían los demás y como aquéllos le indicaran que se dedicase a predicar, el santo salió uno y otro día a predicar con ellos, dedicando las horas que podía sustraer al sueño a la meditación.
Esta actitud de San Francisco es, para empezar, pura coherencia al considerar que todos sus hermanos, los hombres en general, son “hijos de Dios” y, a fin de cuentas, Dios mismo ¿Cómo podría contrariar la voluntad divina, se expresara ésta como se expresara?
Pero, al margen de tan encomiable y difícil actitud, debemos hacernos otra consideración. Nuestro paso por este mundo ¿tiene, por casualidad, el objetivo de potenciar nuestro ego, entrenándolo para la supervivencia, cuando está llamado a convertirse en polvo, sí o sí? ¿No deberemos pasar por la experiencia de la vida para tomar consciencia y desarrollar nuestra, a veces oculta, naturaleza amorosa?
El lenguaje con que nos entendemos está sometido a un proceso degenerativo que pervierte e invierte los conceptos de las palabras. Es la ley de Babel. Escapemos de significados encorsetados en diccionarios y tengamos la experiencia “virtual” de vivir lo que otros ya vivieron. Es una experiencia apasionante y enriquecedora que nos llevará a comprender y a desear algo que nuestra humana naturaleza nos inclina a rechazar. No puedo, ni debo, seguir hablando de obediencia, sin citar el ejemplo supremo, Cristo, que se sometió a la voluntad del Padre, expresada en el irracional grito de ¡Barrabás! Donde está el ejemplo de Cristo, mis palabras suenan torpes.
De jóvenes nos creemos capaces de hacer grandes cosas y de mayores nos seguimos creyendo jóvenes. Así, en los años mozos pensamos que nada ni nadie puede someternos y luchamos contra o huimos de experiencias desagradables. Es lógico: queremos ser felices. Pero buscamos la felicidad en un plano completamente material. Y esto tiene su límite, antes o después, mas alto o más bajo. Como dirían algunos: no sabemos gestionar la desgracia, lo desagradable, lo cruel,… porque en algún momento somos superados ¿qué hacer en tales casos?
En la Iglesia Católica han sido tradicionales los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; tan tradicionales como mal entendidos y peor aplicados. Durante años no supe comprenderlos y, en ocasiones, provocaron mi sonrisa. Poco a poco fui penetrando en su significado, tal vez aún no los haya comprendido del todo. Un hecho provocó mi mejor comprensión: fue la lectura de la biografía de San Francisco de Asís y de algunos de sus escritos, donde comprobaba la actitud sumamente respetuosa del santo con todos ello. Para lo que estamos hablando, vamos a centrarnos en uno de ellos: el voto de obediencia. Era chocante que alguien que había sido llamado a sanear la Iglesia se sometiera a una jerarquía que no era precisamente un dechado de virtudes. ¿Era ésta la única forma de obediencia a que se refería el santo? O, mejor, ¿era esta la forma de obediencia que propugnaba? Repasando su biografía y la de sus compañeros, podemos ver que no se trataba de una obediencia jerárquica, ya que el propio santo, padre espiritual de todos ellos, se sometía también a sus seguidores por obediencia. Así, consultada la opinión de sus compañeros sobre lo que entendían debía hacer San Francisco, si dedicarse a la contemplación, como él quería, o a la predicación como hacían los demás y como aquéllos le indicaran que se dedicase a predicar, el santo salió uno y otro día a predicar con ellos, dedicando las horas que podía sustraer al sueño a la meditación.
Esta actitud de San Francisco es, para empezar, pura coherencia al considerar que todos sus hermanos, los hombres en general, son “hijos de Dios” y, a fin de cuentas, Dios mismo ¿Cómo podría contrariar la voluntad divina, se expresara ésta como se expresara?
Pero, al margen de tan encomiable y difícil actitud, debemos hacernos otra consideración. Nuestro paso por este mundo ¿tiene, por casualidad, el objetivo de potenciar nuestro ego, entrenándolo para la supervivencia, cuando está llamado a convertirse en polvo, sí o sí? ¿No deberemos pasar por la experiencia de la vida para tomar consciencia y desarrollar nuestra, a veces oculta, naturaleza amorosa?
El lenguaje con que nos entendemos está sometido a un proceso degenerativo que pervierte e invierte los conceptos de las palabras. Es la ley de Babel. Escapemos de significados encorsetados en diccionarios y tengamos la experiencia “virtual” de vivir lo que otros ya vivieron. Es una experiencia apasionante y enriquecedora que nos llevará a comprender y a desear algo que nuestra humana naturaleza nos inclina a rechazar. No puedo, ni debo, seguir hablando de obediencia, sin citar el ejemplo supremo, Cristo, que se sometió a la voluntad del Padre, expresada en el irracional grito de ¡Barrabás! Donde está el ejemplo de Cristo, mis palabras suenan torpes.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Meditar como la tórtola: la oración del corazón (2)
La hesiquia no es un método. La hesiquia es una actitud, y no es porque el monje se vaya a retirar al desierto, huir del mundo, y buscar el silencio, por lo que va a encontrar a Dios.
Los procesos más o menos sistemáticos que se dan en el hesicasmo no son mágicos, solo son un soporte. Previamente se precisa un deseo profundo de encuentro con Dios. Entonces será cuando el método se podrá iniciar y el hesicasta estará en condiciones de progresar en esta hesíquia. Va a vivir en el silencio, en un cierto retiro, y va a orar. Éste es precisamente uno de los métodos ( banalizando el tema podríamos decir “trucos”): lo que llamamos la “oración continua”, “oración de Jesús” o, como personalmente prefiero, “oración del corazón”
¿Cómo es esta oración? Si dijera que es una repetición de una jaculatoria, no diría la verdad. En efecto, hay una repetición, con ayuda de un rosario, de una frase. La más habitual, que no la única, es: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”. Esa es la fórmula más completa. Puede simplificarse diciendo simplemente: “Señor” o “Jesús” Los griegos dicen «Kyie eleison», «Señor ten piedad». Es la misma fórmula, más o menos desarrollada. Sin embargo, no es un medio que, al cabo de doscientas o trescientas repeticiones, permitan al hesicasta encontrar a Dios. Es mucho más que eso: es un grito de amor. El amor necesita de la palabra, pero la palabra más limpia. Muchos son los místicos que han comparado el hecho de la contemplación, el éxtasis final con el arrobamiento amoroso de la pareja. A las palabras, sigue la pasión incontrolada y culmina con una compenetración tal que ya no necesitan ni palabras.
Esa es la experiencia que vive el hesicasta. Al repetir, desde el silencio y la tranquilidad, la frase: ”Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí” hacemos una declaración de amor. Reconocemos nuestro Dios. Y Le decimos: «Ten piedad de mi», reconociendo humildemente que no sabemos amar y que somos incapaces de conseguir su amor, salvo que, por su Gracia, nos lo de. Nosotros no sabemos amar, pero queremos amar. Esta es nuestra única forma de lograr su Amor. Así, el hesicasta se esfuerza a lo largo de su vida en seguir el consejo de Cristo: “Orad sin cesar” (Luc 18,1)
No es que repitamos como papagayos, ya que el mismo Cristo nos dijo también: “En vuestras oraciones, no machaquéis como los paganos: ellos se imaginan que hablando mucho se harán escuchar mejor” (Mt 6,7). Realmente nos invita a contemplarle, a desearle. Esa es la oración continua. No es una mera formulación exterior, sino que es reflejo y ayuda de una actitud del corazón.
Muy a menudo nos encontramos jóvenes y ancianos con la impaciencia juvenil que se cansan, se aburren de esta repetición porque la inician con mucha fuerza, pero dándole la importancia que no tiene y se olvidan de la actitud. No comprenden que hay que comenzar muy suavemente y teniendo una actitud de deseo de Dios, una humildad tremenda, una paciencia extrema, un aislamiento de los problemas del mundo. Si me pidieran que me quedara con alguna de estas virtudes, elegiría la humildad, porque es la madre de las demás.
Los procesos más o menos sistemáticos que se dan en el hesicasmo no son mágicos, solo son un soporte. Previamente se precisa un deseo profundo de encuentro con Dios. Entonces será cuando el método se podrá iniciar y el hesicasta estará en condiciones de progresar en esta hesíquia. Va a vivir en el silencio, en un cierto retiro, y va a orar. Éste es precisamente uno de los métodos ( banalizando el tema podríamos decir “trucos”): lo que llamamos la “oración continua”, “oración de Jesús” o, como personalmente prefiero, “oración del corazón”
¿Cómo es esta oración? Si dijera que es una repetición de una jaculatoria, no diría la verdad. En efecto, hay una repetición, con ayuda de un rosario, de una frase. La más habitual, que no la única, es: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”. Esa es la fórmula más completa. Puede simplificarse diciendo simplemente: “Señor” o “Jesús” Los griegos dicen «Kyie eleison», «Señor ten piedad». Es la misma fórmula, más o menos desarrollada. Sin embargo, no es un medio que, al cabo de doscientas o trescientas repeticiones, permitan al hesicasta encontrar a Dios. Es mucho más que eso: es un grito de amor. El amor necesita de la palabra, pero la palabra más limpia. Muchos son los místicos que han comparado el hecho de la contemplación, el éxtasis final con el arrobamiento amoroso de la pareja. A las palabras, sigue la pasión incontrolada y culmina con una compenetración tal que ya no necesitan ni palabras.
Esa es la experiencia que vive el hesicasta. Al repetir, desde el silencio y la tranquilidad, la frase: ”Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí” hacemos una declaración de amor. Reconocemos nuestro Dios. Y Le decimos: «Ten piedad de mi», reconociendo humildemente que no sabemos amar y que somos incapaces de conseguir su amor, salvo que, por su Gracia, nos lo de. Nosotros no sabemos amar, pero queremos amar. Esta es nuestra única forma de lograr su Amor. Así, el hesicasta se esfuerza a lo largo de su vida en seguir el consejo de Cristo: “Orad sin cesar” (Luc 18,1)
No es que repitamos como papagayos, ya que el mismo Cristo nos dijo también: “En vuestras oraciones, no machaquéis como los paganos: ellos se imaginan que hablando mucho se harán escuchar mejor” (Mt 6,7). Realmente nos invita a contemplarle, a desearle. Esa es la oración continua. No es una mera formulación exterior, sino que es reflejo y ayuda de una actitud del corazón.
Muy a menudo nos encontramos jóvenes y ancianos con la impaciencia juvenil que se cansan, se aburren de esta repetición porque la inician con mucha fuerza, pero dándole la importancia que no tiene y se olvidan de la actitud. No comprenden que hay que comenzar muy suavemente y teniendo una actitud de deseo de Dios, una humildad tremenda, una paciencia extrema, un aislamiento de los problemas del mundo. Si me pidieran que me quedara con alguna de estas virtudes, elegiría la humildad, porque es la madre de las demás.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Meditar como la tórtola: la oración continua (1)
El hombre no deja de ser un ser vivo atado provisionalmente a este mundo. Dicha atadura lo hace semejante al resto de los animales. Lo mismo que mamamos como lo hace el lechón, temblamos como cualquier otro cachorro y nos comunicamos como cualquier otro ser vivo. Venimos serenando nuestro cuerpo con una buena postura y una respiración profunda y venimos tomando conciencia de la brevedad de nuestra vida y de lo limitado de nuestras capacidades. Sin embargo la mente todavía lleva el timón, todavía quiere analizarlo todo, quiere ser ella la primera que descubra a Dios, pero, al mismo tiempo, no puede dejar de recordar los “problemas” que nos rodean. Toda lucha contra la mente es inútil, porque solo somos capaces de contraponerla a sí misma y generar más y más pensamientos. No, no es la solución. Pero, lejos de carecer de solución la tenemos, una vez más, delante de nosotros mismos, en la naturaleza.
En efecto, todos los animales emiten sus gritos característicos como reafirmando su naturaleza. El león ruge mostrando su fuerza y la tórtola manifiesta la fidelidad a su pareja con el continuo arrullo. Pero también llaman la atención de sus semejantes Y ¿nosotros qué hacemos o qué debemos hacer? Pues, lo mismo: gritar.
Si estamos buscando nuestro Yo interior, si somos Hijos de Dios, tenemos que manifestarlo. Debemos hacer que nuestra mente esté ocupada en repetir el Nombre de Dios. Una y otra vez sin descanso. En todas las religiones se recitan versículos y jaculatorias, pero no se da la más mínima explicación, ni “biológica”, como acabamos de hacer, ni, menos aún, otras de mayor calado filosófico.
Podemos pensar en frases complejas o sencillas palabras, incluso monosilábicas. Dará lo mismo, porque lo único que se pretende es “entretener” la mente. Dios vendrá cuando vea nuestra disposición, no cuando oiga nuestras palabras. Dios vendrá no al ritmo de nuestras palabras, sino al sentir de nuestro corazón.
En efecto, todos los animales emiten sus gritos característicos como reafirmando su naturaleza. El león ruge mostrando su fuerza y la tórtola manifiesta la fidelidad a su pareja con el continuo arrullo. Pero también llaman la atención de sus semejantes Y ¿nosotros qué hacemos o qué debemos hacer? Pues, lo mismo: gritar.
Si estamos buscando nuestro Yo interior, si somos Hijos de Dios, tenemos que manifestarlo. Debemos hacer que nuestra mente esté ocupada en repetir el Nombre de Dios. Una y otra vez sin descanso. En todas las religiones se recitan versículos y jaculatorias, pero no se da la más mínima explicación, ni “biológica”, como acabamos de hacer, ni, menos aún, otras de mayor calado filosófico.
Podemos pensar en frases complejas o sencillas palabras, incluso monosilábicas. Dará lo mismo, porque lo único que se pretende es “entretener” la mente. Dios vendrá cuando vea nuestra disposición, no cuando oiga nuestras palabras. Dios vendrá no al ritmo de nuestras palabras, sino al sentir de nuestro corazón.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Meditar como el océano: enfermedades mentales (y 4)
Meditando como el océano, trabajamos en dos planos, aparentemente distintos pero idénticos, de forma simultánea: el individual y el colectivo.
En efecto, meditar como el océano es penetrar en las profundidades de nuestro ser buscando la serenidad de la gran masa de agua. Es superar la agitación superficial, de las olas y del viento que las provoca. Es superar los influjos del sol y la luna que provocan las mareas. Es bucear en nuestro interior para, de repente, encontrarnos suspendidos en una gran masa de agua de la que, al mismo tiempo formamos parte.
Meditar como el océano requiere una sintonía con sus ritmos y eso lo conseguimos con la respiración. Acallamos nuestras olas, nuestras inquietudes y buscamos el ritmo del océano, inspiramos y expiramos, una y otra vez, hasta sentir que, aunque somos nosotros los que respiramos, también somos inspirados y espirados. La gota de agua ya no está aislada, saltando en el aire o derramándose sobre la tierra, sino que forma parte del mismo océano. Esta sintonización es la que permitió a Cristo (Mt 14, 22-36) caminar sobre las embravecidas aguas del lago Tiberíades. Esta sintonización es la que Pedro percibió, pero la percibió externa a él y aun así, con la ayuda de la Fe, también él fue capaz de caminar unos momentos sobre las mismas aguas. Pedro basó su seguridad en Algo que consideraba externo a Él: Cristo. Aún así fue el principio de su “curación”. Cuando Cristo sube a la barca, cuando sus discípulos lo incorporan a sí mismos, encuentra calmado su mar, ese por el que navegaban todos los días, vendidos a él en la búsqueda ciega de sus bienes materiales que eran los peces.
Meditar como el océano es, pues, descubrir la potencia de nuestro Yo interior. Meditar como el océano es hacer sentir nuestra presencia/existencia a nuestros hermanos para, así, ayudarles a descubrir su propio Yo que no es sino el nuestro mismo. No hay, pues, enfermedades mentales, sino carencia de conocimiento, desconocimiento de nuestro yo.
En efecto, meditar como el océano es penetrar en las profundidades de nuestro ser buscando la serenidad de la gran masa de agua. Es superar la agitación superficial, de las olas y del viento que las provoca. Es superar los influjos del sol y la luna que provocan las mareas. Es bucear en nuestro interior para, de repente, encontrarnos suspendidos en una gran masa de agua de la que, al mismo tiempo formamos parte.
Meditar como el océano requiere una sintonía con sus ritmos y eso lo conseguimos con la respiración. Acallamos nuestras olas, nuestras inquietudes y buscamos el ritmo del océano, inspiramos y expiramos, una y otra vez, hasta sentir que, aunque somos nosotros los que respiramos, también somos inspirados y espirados. La gota de agua ya no está aislada, saltando en el aire o derramándose sobre la tierra, sino que forma parte del mismo océano. Esta sintonización es la que permitió a Cristo (Mt 14, 22-36) caminar sobre las embravecidas aguas del lago Tiberíades. Esta sintonización es la que Pedro percibió, pero la percibió externa a él y aun así, con la ayuda de la Fe, también él fue capaz de caminar unos momentos sobre las mismas aguas. Pedro basó su seguridad en Algo que consideraba externo a Él: Cristo. Aún así fue el principio de su “curación”. Cuando Cristo sube a la barca, cuando sus discípulos lo incorporan a sí mismos, encuentra calmado su mar, ese por el que navegaban todos los días, vendidos a él en la búsqueda ciega de sus bienes materiales que eran los peces.
Meditar como el océano es, pues, descubrir la potencia de nuestro Yo interior. Meditar como el océano es hacer sentir nuestra presencia/existencia a nuestros hermanos para, así, ayudarles a descubrir su propio Yo que no es sino el nuestro mismo. No hay, pues, enfermedades mentales, sino carencia de conocimiento, desconocimiento de nuestro yo.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Meditar como el océano: enfermedades del alma (3)
Así, pues, deberíamos revisar nuestra opinión sobre eso que han dado en llamar enfermedades mentales porque, aun cuando su origen pueda parecernos fisiológico y de hecho lo sea con frecuencia, su satisfactoria resolución está más en el espíritu que en el cuerpo y, aunque nos parezca mentira, es tarea común a todos nosotros: a los que las padecen directamente y a los que les rodean.
Podemos recordar la famosa frase de César: “Divide y vencerás”. En efecto, el Maligno (permitidme que utilice este término) lo tiene muy claro: la destrucción de la Humanidad vendrá de la división entre los hombres. Nada hay que más daño le pueda hacer a tan insidioso ser que nos llamemos y sintamos hermanos.
Hay una muy interesante iniciativa en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla que nos muestra como esto que aquí escribo no es una invención mía. Es una hermandad de personas de diversos orígenes y creencias que se reúnen en la capilla del hospital que han convertido es “espacio de silencio”. Allí “solo” meditan, en silencio, uniéndose al silencio de aquellos que sufren.
Otra forma, recuperada en las islas Hawai a mediados del siglo pasado, es el Ho’oponopono. La mejor definición que os podría dar al respecto es una pregunta: ¿serías capaz de no ayudarte a ti mismo? Pues el Ho’oponopono se basa en la corresponsabilidad de todo lo que ocurre a nuestro alrededor (podéis consultar http://hooponoponolaexperiencia.blogspot.com/2008/07/qu-es-hooponopono-es-un-mtodo-antiguo.html a manera de introducción)
En efecto, el paciente se encuentra bloqueado, es incapaz de ayudarse a sí mismo y, además, cree que ni lo entienden, ni pueden ayudarlo. Pero no tiene razón. Es difícil, largo, requiere dedicación y experiencia y algo que venimos intentando hacer desde hace tiempo en este blog: ser uno en la Unidad. No nos podemos permitir ni un minuto de reposo. Pero podemos hacer el milagro. Los psicólogos contemplan la figura del “vampiro”, esto es aquella persona que absorbe la energía psíquica de quien le rodea. Se trata de una forma incontrolada de trasvase de dicha energía que al “vampiro” no le resuelve, mas que temporalmente, la existencia y deja para el arrastre a la víctima. Así ocurre salvo que el “atacado” esté preparado para ello.
El meditar como el océano nos pone en contacto con la fuerza de la Unidad (a algún guionista se le coló en el subconsciente el decir ¡Que la Fuerza te acompañe!) la serenidad de la gran masa de agua que puede estar agitada en la superficie, como puede requerir la vida terrena, pero cuyo interior permanece inmutable.
Podemos recordar la famosa frase de César: “Divide y vencerás”. En efecto, el Maligno (permitidme que utilice este término) lo tiene muy claro: la destrucción de la Humanidad vendrá de la división entre los hombres. Nada hay que más daño le pueda hacer a tan insidioso ser que nos llamemos y sintamos hermanos.
Hay una muy interesante iniciativa en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla que nos muestra como esto que aquí escribo no es una invención mía. Es una hermandad de personas de diversos orígenes y creencias que se reúnen en la capilla del hospital que han convertido es “espacio de silencio”. Allí “solo” meditan, en silencio, uniéndose al silencio de aquellos que sufren.
Otra forma, recuperada en las islas Hawai a mediados del siglo pasado, es el Ho’oponopono. La mejor definición que os podría dar al respecto es una pregunta: ¿serías capaz de no ayudarte a ti mismo? Pues el Ho’oponopono se basa en la corresponsabilidad de todo lo que ocurre a nuestro alrededor (podéis consultar http://hooponoponolaexperiencia.blogspot.com/2008/07/qu-es-hooponopono-es-un-mtodo-antiguo.html a manera de introducción)
En efecto, el paciente se encuentra bloqueado, es incapaz de ayudarse a sí mismo y, además, cree que ni lo entienden, ni pueden ayudarlo. Pero no tiene razón. Es difícil, largo, requiere dedicación y experiencia y algo que venimos intentando hacer desde hace tiempo en este blog: ser uno en la Unidad. No nos podemos permitir ni un minuto de reposo. Pero podemos hacer el milagro. Los psicólogos contemplan la figura del “vampiro”, esto es aquella persona que absorbe la energía psíquica de quien le rodea. Se trata de una forma incontrolada de trasvase de dicha energía que al “vampiro” no le resuelve, mas que temporalmente, la existencia y deja para el arrastre a la víctima. Así ocurre salvo que el “atacado” esté preparado para ello.
El meditar como el océano nos pone en contacto con la fuerza de la Unidad (a algún guionista se le coló en el subconsciente el decir ¡Que la Fuerza te acompañe!) la serenidad de la gran masa de agua que puede estar agitada en la superficie, como puede requerir la vida terrena, pero cuyo interior permanece inmutable.
sábado, 31 de octubre de 2009
Meditar como el océano: enfermedades del alma (2)
Casi todo el mundo siente una inefable sensación de paz y tranquilidad cuando se encuentra al lado del océano. Algunos me dirán que tienen fobia a las playas, a las sombrillas, a los horteras de playa,… A mí eso tampoco me da paz, pero eso no es el océano.
Que el Agua de la Vida se derrame sobre vosotros.
Algunos querrán explicar la relajación por el efecto sobre la tensión arterial, pero tampoco estamos hablando de eso. Como tampoco hablamos de los efectos beneficiosos de los vapores de agua de mar sobre nuestras fosas nasales y nuestros pulmones.
El océano, esa inabarcable masa de agua, es una clara expresión en la Naturaleza del “igual arriba que abajo”. Eso sí que nos relaja: el encontrar un espejo de nuestro propio ser y de nuestra propia existencia.
Porque somos así, como el océano: agitados en nuestra apariencia, rompiéndonos contra las rocas de la costa, o lamiendo servilmente las arenas de la playa, como si estuviéramos ansiosos de dejar de ser lo que somos para convertirnos en tierra.
Porque nuestra existencia es así, como el océano: la inmensidad e intemporalidad de la masa de agua que constituye el océano es la base de la vida. Del océano, por el oleaje, se separan las gotas, una y otra vez, para, de nuevo, zambullirse en el sempiterno océano. De él salen difusas gotas en forma de vapor que inician existencias más largas, la de aquellos que suben a las nubes y se derraman sobre la tierra , como si de la Gracia Divina se tratara, para volver, como siempre, a la paz del hogar, a los abismos abisales, donde todo aparece tranquilo, en silencio, pero en Vida. Del océano salió la vida en la Tierra y sin él no habría vida en ella. Esto lo saben muy bien quienes se dedican a rastrear la vida por las galaxias.
Pero lo que vemos del océano es solo una ínfima parte, la gran masa de agua, la que tiene la entidad suficiente y la capacidad de dar y soportar la vida está en sus profundidades. Nos empeñamos en vivir la vida como si fuéramos barquitos sometidos a la fuerza de las olas y muchos naufragan. Algunos atemorizados yerran, se convierten en marineros de agua dulce e incluso reniegan del Agua y dejan trascurrir su vida en la no menos peligrosa tierra y ya en ella sufren dolores de espalda y otros males. Otros sin embargo se convierten en submarinos y se sumergen en las profundidades hasta donde sus humanas limitaciones les permiten. Quedan suspendidos entre dos aguas, sometidos a su merced, pero ninguno naufraga. Incluso hay quien renuncia prácticamente a toda movilidad y se hace batiscafo; permanecen unidos a la vida, al conocimiento humano, por un tubo que les da el aire y un cable de comunicaciones.
Esta parábola de la vida nos explica muchas cosas. Nos explica cómo no es bueno separarnos de la fuente de Vida que es el Océano. Nos explica cómo no podemos prescindir de la vida terrenal, cómo nuestra experiencia vital debe conjugar ambos aspectos, el material y el espiritual, cada uno en su justo término. Nos explica cómo la separación de la Fuente de Vida que es el Océano conlleva entrar en unos terrenos peligrosos que, lejos de darnos una ansiada seguridad, nos introduce en un mundo de ansiedades, de miedos, de incertidumbres, de deformaciones,…Con el devenir de los siglos, en esa continua separación del Océano, hemos llegado a ser incapaces de respirar bajo el agua y tenemos que recurrir a métodos y técnicas artificiales para tomar contacto con nuestro Origen. Con el transcurso de los tiempos hemos llamado enfermedades mentales a lo que no son sino las consecuencias de habernos separado del Océano de la Vida y, lo que es peor, en lugar de acercarnos a Él, lo queremos resolver con productos de la Tierra: antidepresivos, ansiolíticos, etc. Así nos vamos sometiendo, cada vez más, a la tiranía de la Tierra y separándonos progresivamente de la Fuente de la Vida. Estaremos perdiendo el tiempo, esto es cometiendo el único pecado que podemos cometer, según San Antonio.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Meditar como el océano: enfermedades del alma (1)
Hace poco tiempo vi un vídeo en el que se acusaba abiertamente a los psiquiatras de la primera mitad del siglo XX de haber creado artificialmente una gran cantidad de enfermedades mentales para “luchar” contra las cuales se diseñaron otros tantos medicamentos de dudosa eficacia y peligrosas consecuencias.
No quiero entrar en el aspecto moral del hecho porque no es el objeto de estas líneas. Lo cierto es que cada día hay mas personas desquiciadas, el número de bajas laborales por depresión y similares ha aumentado escandalosamente y los pacientes que son tratados con esos medicamentos a los cuales se aferran como a un clavo ardiendo apenas mejoran.
Claro que hay algunos que sí se curan. Curiosamente no son los más medicamentados. La acción conjunta de psiquiatras y psicólogos suele ser más eficaz, siempre que esté bien hecha ¿por qué? Porque el hombre se escapa a la Ciencia. La Ciencia aún no tiene asimilado que el hombre es algo más que un animal racional, que no es solo un cuerpo con una mente unida al mismo. Así el tratamiento mejora cuando consideramos cuerpo y mente, yo preferiría decir cuerpo y alma. Pero olvida la parte espiritual con la que ha de formar un todo equilibrado y que queda enquistada en el alma a la espera de tiempos mejores. El ateismo, el agnosticismo acomodaticio, el egoísmo recalcitrante aun camuflado en la moda de la solidaridad hueca, versión moderna de la caridad limitada a la hipócrita limosna,… son aspectos de un desdoblamiento de personalidad en el que la parte terrenal campa por sus respetos y la espiritual se queda, perezosa ella, en casa.
Meditar como el océano es la última enseñanza de lo que podríamos denominar hesicasmo terapéutico.
viernes, 23 de octubre de 2009
Nueva sección
Os informo que he abierto una nueva sección en el blog: "FRASES PARA LA MEDITACIÓN" se trata de una recopilación de frases de diversos autores hesicastas o que sin serlo estrictamente hablando pueden asimilarse.
La sección aparece en la columna de la derecha del blog, debajo de la sección de SEGUIDORES.
Espero que os resulte de provecho.
La sección aparece en la columna de la derecha del blog, debajo de la sección de SEGUIDORES.
Espero que os resulte de provecho.
La bondad del mal
Reconozco que el título parece un galimatías, pero creo que es una verdad que se mantiene oculta tras diversos aspectos incomprensibles de esta vida.
En demasiadas ocasiones aspiramos a que el que nos hace daño pague ya en esta vida el mal que injustamente nos ha causado. Basamos la bondad de la justicia en que el “culpable” reciba su castigo y quedamos defraudados cuando no es así.
Nos cuesta trabajo comprender que pueda haber situaciones injustas para determinadas personas: paro, pobreza, hambre, enfermedad, … No entendemos la necesidad de que haya guerras, robos, asesinatos, atentados y todas esas acciones que entre todos convenimos en calificar de calamidades, añadiendo al perjuicio y dolor que indudablemente causan en nuestra vida o en la de otros una sensación de impotencia y rebeldía que no hace sino agravar el sufrimiento.
No se trata de adoptar una postura de resignación al incomprendido estilo oriental tan difícil de asumir por nosotros los occidentales. Más bien debemos tomar todas estas acciones como oportunidades de ejercitarnos en las virtudes. Lo dijo Cristo: ¿qué mérito tendríamos si amáramos solo a los que nos aman? Y, por extensión, ¿cómo podríamos ejercitar el perdón, si todos nos trataran espléndidamente? ¿Qué clase paciencia tendríamos si todo nos saliera a pedir de boca? ¿Qué sentido tendría la esperanza si, indefectiblemente, se resolvieran los problemas o, mejor aún, si no tuviéramos problemas? Y así podríamos seguir haciéndonos preguntas cuyas respuestas nos llevaría a una existencia anodina, sin sentido, inservible.
Sé, por experiencia propia, que no resulta fácil perdonar; que no es fácil aguantar vejaciones, insultos o, incluso, el más mínimo desaire; que no es fácil soportar un jefe incapaz; que no es fácil ver el progreso económico, social o del tipo que sea de aquellos a los que nosotros juzgamos unos inútiles, unos sinvergüenzas o peores calificativos. No, no es fácil. Será tal vez porque lo que vale cuesta. Decía Cristo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Y es que para crecer espiritualmente como hombre la mansedumbre, que requiere más coraje que la violenta rebeldía, es la vía más adecuada.
En demasiadas ocasiones aspiramos a que el que nos hace daño pague ya en esta vida el mal que injustamente nos ha causado. Basamos la bondad de la justicia en que el “culpable” reciba su castigo y quedamos defraudados cuando no es así.
Nos cuesta trabajo comprender que pueda haber situaciones injustas para determinadas personas: paro, pobreza, hambre, enfermedad, … No entendemos la necesidad de que haya guerras, robos, asesinatos, atentados y todas esas acciones que entre todos convenimos en calificar de calamidades, añadiendo al perjuicio y dolor que indudablemente causan en nuestra vida o en la de otros una sensación de impotencia y rebeldía que no hace sino agravar el sufrimiento.
No se trata de adoptar una postura de resignación al incomprendido estilo oriental tan difícil de asumir por nosotros los occidentales. Más bien debemos tomar todas estas acciones como oportunidades de ejercitarnos en las virtudes. Lo dijo Cristo: ¿qué mérito tendríamos si amáramos solo a los que nos aman? Y, por extensión, ¿cómo podríamos ejercitar el perdón, si todos nos trataran espléndidamente? ¿Qué clase paciencia tendríamos si todo nos saliera a pedir de boca? ¿Qué sentido tendría la esperanza si, indefectiblemente, se resolvieran los problemas o, mejor aún, si no tuviéramos problemas? Y así podríamos seguir haciéndonos preguntas cuyas respuestas nos llevaría a una existencia anodina, sin sentido, inservible.
Sé, por experiencia propia, que no resulta fácil perdonar; que no es fácil aguantar vejaciones, insultos o, incluso, el más mínimo desaire; que no es fácil soportar un jefe incapaz; que no es fácil ver el progreso económico, social o del tipo que sea de aquellos a los que nosotros juzgamos unos inútiles, unos sinvergüenzas o peores calificativos. No, no es fácil. Será tal vez porque lo que vale cuesta. Decía Cristo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Y es que para crecer espiritualmente como hombre la mansedumbre, que requiere más coraje que la violenta rebeldía, es la vía más adecuada.
lunes, 19 de octubre de 2009
Quiero ser María (y 3)
En efecto, si quisiera representar gráficamente los diversos estados místicos, utilizaría imágenes de la Virgen María. Hasta tal punto estoy convencido, no ya de la eficacia de tales imágenes, sino de que las vidas de la Virgen y la de su Hijo son un mismo proceso, que a veces dudo de la realidad histórica.María es un ejemplo de humildad (“He aquí la esclava del Señor.”). Un ejemplo de entrega a Dios en lo que podríamos llamar modélica obediencia (“Hágase en mí según tu voluntad.”). Es un ejemplo en la forma de poner a disposición de Dios todo su ser. Y finalmente o tal vez lo primero, está libre de cargas. Ni las económicas, ni las de la honra, ni las políticas,… ninguna de las que habitualmente nos preocupan le quitaban el sueño a ella, solo el servir a Dios le preocupaba. ¡Buen inicio para toda meditación!
Pero es que la meditación que hacía de las palabras del Ángel, culminan, por así decir, un 24 de Diciembre dando a luz a Cristo. Es una imagen perfecta de lo que sería un acto de iluminación, un éxtasis de un fenómeno contemplativo, el grado máximo del misticismo. Y digo el grado máximo porque María no experimenta un momento la presencia de Dios, lo vive de forma continua. Es más se muestra impaciente por mostrar al mundo tan maravillosos tesoro. Recordemos las bodas de Canaán. María anima a Cristo a resolver el problema de los novios que se han quedado sin vino. Habla con los hombres que andan por allí y les dice que hagan lo que Jesús les diga. Pero su Hijo le dice que no es llegado el momento, aunque termina atendiendo el ruego de su Madre. Lleva casi treinta años de experiencia mística, de parto que no acabó en Belén, y aún no es su momento, porque, como ocurrió, nadie entendió el porqué del milagro. Contar las experiencias místicas a los demás es como lanzar bocanadas de humo al aire que el viento se encarga de disgregar.
No puedo, ni debo seguir. Es posible que muchos no entiendan lo que escrito, tal vez algunos sí, tal vez algún día todos. Solo me queda recomendaros que os sentéis delante de una imagen de la Virgen con el Niño, de una imagen cuanto más antigua mejor, y, tal vez recordéis el milagro de San Bernardo ante la Virgen cuando del pecho de Ésta salió leche para humedecer los labios del Santo o, tal vez, su espíritu.
Que Dios os acompañe.
domingo, 18 de octubre de 2009
Quiero ser María (2)
Como venimos diciendo y pretendo haceros considerar, la Virgen María debe cobrar un protagonismo aun mayor que el que se le da de manera oficial.
Con la calificación de Bendita entre las mujeres, con el dogma de la Inmaculada Concepción y con otras consideraciones similares se le pone donde debe estar, se nos muestra como ejemplo, pero se nos hurta la esperanza de ser iguales que Ella, de la misma forma que se nos hurta la posibilidad de ser iguales que Cristo. PERDÓN: si alguien interpreta que estoy afirmando que somos iguales que Cristo o que su Madre, está equivocado, pero no anda lejos de la verdad. PERDÓN: si alguien piensa que lo que escribo es una herejía, estará equivocado, porque habrá entendido lo que no quiero decir.
Más allá del “simple” hecho de ser la Madre de Dios, la Virgen es un ser humano, como tú o como yo, pero ¿qué es lo que nos diferencia de Ella? ¿Es una cuestión esencial o de grado? Sigamos.
La Virgen se entrega desde muy joven, niña aún, al servicio de Dios. Hija de padres ya mayores, sin esperanza humana de serlo, es entregada al Templo a los tres años de edad. Podríamos decir que su aislamiento del mundanal ruido le hace ser siempre niña, como su propio Hijo nos aconsejaría más tarde para entrar en el Reino de los Cielos. Y es a los catorce años cuando los sacerdotes judíos devuelven las muchachas que habían sido consagradas a Dios a sus padres para que cumplan el sagrado deber de procrear, pero María ya había hecho sus votos de entrega a Dios de por vida y no podía conocer varón. Por este motivo es entregada a un varón de la casa de David, José, de probada rectitud y del que se tenía la certeza que sabría respetarla. Se había terminado de desconectar totalmente del mundo, en el sentido de despojarse de toda posible carga.
Posteriormente, ante el anuncio del Ángel, esta circunstancia de inocencia forzada, es confirmada por la propia María: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Subyacen aquí dos de los puntales de toda vía mística cuales son la humildad, o reconocimiento de sus propias limitaciones, y la entrega incondicional a Dios. Junto con el anterior, libre de cargas, tenemos ya una base muy estable para desarrollar un proceso meditativo bastante profundo e intenso. La vida de la Virgen María se nos mostraría, pues, como un auténtico proceso místico.
Con la calificación de Bendita entre las mujeres, con el dogma de la Inmaculada Concepción y con otras consideraciones similares se le pone donde debe estar, se nos muestra como ejemplo, pero se nos hurta la esperanza de ser iguales que Ella, de la misma forma que se nos hurta la posibilidad de ser iguales que Cristo. PERDÓN: si alguien interpreta que estoy afirmando que somos iguales que Cristo o que su Madre, está equivocado, pero no anda lejos de la verdad. PERDÓN: si alguien piensa que lo que escribo es una herejía, estará equivocado, porque habrá entendido lo que no quiero decir.
Más allá del “simple” hecho de ser la Madre de Dios, la Virgen es un ser humano, como tú o como yo, pero ¿qué es lo que nos diferencia de Ella? ¿Es una cuestión esencial o de grado? Sigamos.
La Virgen se entrega desde muy joven, niña aún, al servicio de Dios. Hija de padres ya mayores, sin esperanza humana de serlo, es entregada al Templo a los tres años de edad. Podríamos decir que su aislamiento del mundanal ruido le hace ser siempre niña, como su propio Hijo nos aconsejaría más tarde para entrar en el Reino de los Cielos. Y es a los catorce años cuando los sacerdotes judíos devuelven las muchachas que habían sido consagradas a Dios a sus padres para que cumplan el sagrado deber de procrear, pero María ya había hecho sus votos de entrega a Dios de por vida y no podía conocer varón. Por este motivo es entregada a un varón de la casa de David, José, de probada rectitud y del que se tenía la certeza que sabría respetarla. Se había terminado de desconectar totalmente del mundo, en el sentido de despojarse de toda posible carga.
Posteriormente, ante el anuncio del Ángel, esta circunstancia de inocencia forzada, es confirmada por la propia María: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Subyacen aquí dos de los puntales de toda vía mística cuales son la humildad, o reconocimiento de sus propias limitaciones, y la entrega incondicional a Dios. Junto con el anterior, libre de cargas, tenemos ya una base muy estable para desarrollar un proceso meditativo bastante profundo e intenso. La vida de la Virgen María se nos mostraría, pues, como un auténtico proceso místico.
viernes, 16 de octubre de 2009
Quiero ser María (1)
No se trata de una veleidad por mi parte, sino del convencimiento de que, al margen de realidades históricas, la figura de María junto con Cristo es un modelo único que se nos presenta desde lo más Alto.
Siempre me ha llamado la atención la devoción de tantos santos, hombres y mujeres, hacia la figura de la Virgen María. Determinados cristianos de la península arábiga llegaron incluso a idolatrarla, lo que entonces se calificó de herejía.
Muchísimos autores, por vía exegética, han intentado analizar la figura de María, pero siempre cayendo en los mismos errores: Utilizar la razón de la mente y no la del corazón, interpretar las Sagradas Escrituras elucubrando sobre textos escritos en el mejor de los casos en griego clásico, cuando no en hebreo, y considerar siempre a la Virgen como personaje secundario en todo el proceso salvífico de la vida de Cristo. La propia Iglesia ha “regulado” la historia de María, con buena fe, pero basándose en la pura relación física de madre e hijo.
El análisis de la razón se ve necesariamente pervertido porque los matices, tan importantes en la transmisión de verdades espirituales, se van perdiendo a lo largo de los siglos si nos atenemos a la mera traducción de palabras. Veamos un ejemplo. En Génesis 3, leemos: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo. Éste aplastará tu cabeza y tú irás acechando su calcañar” La traducción que aparecía en la Biblia Vulgata decía “Ella aplastará (…)”. Posteriores traducciones pusieron de manifiesto el error y se adoptó “Él aplastará (…)” y para hacer mayor hincapié “Éste aplastará (…)” Esto que ahora nos cuentan, supuso en su día la promoción equivocadamente cierta de la figura de la Virgen María.
Cuando el hombre pretende llegar a Dios o a cualquiera de sus actos por medio de la razón, se queda sistemáticamente corto. Aun reconociendo el poder de la mente humana para sondear en muchos misterios, la realidad es que podremos acercarnos a la Verdad Divina aprovechando el trampolín del raciocinio, pero finalmente tendremos que dar el salto en el vacío en la confianza de que caeremos en blando.
El último error es quizá el mayor, el que nos hace perder la posibilidad de aprovechar una enseñanza de una potencialidad tremenda. Pensar que María es un personaje secundario respecto de Cristo es mirar el Destino sin ver el Camino para llegar a Él.
Seguiremos con este apasionante tema.
martes, 13 de octubre de 2009
Errores
La sociedad actual se haya inmersa en un océano de prisas, de agobios, de competitividades, de injusticias, o, al menos, eso es lo que parece. Los contemplativos han sido envidiados en muchas ocasiones por su capacidad para abstraerse de los problemas del mundo. Eso es lo que transciende hasta el común de los mortales. Cuando el yoga llegó a occidente, lo hizo como una forma de relajación, no como una vía de meditación trascendental. Nos quedamos con la parte terapéutica del sistema.
Desde luego supone un avance. Eso es innegable. Pero es tan absurdo como utilizar el mejor ordenador del mercado sólo para ver películas. La mera relajación se puede obtener de muchas formas, no todas sanas y convenientes. Nos podemos relajar corriendo por el parque, tomando cervezas con los amigos o tomando ansiolíticos. Si ese es nuestro único objetivo, puede que hayamos terminado.
Tampoco es raro encontrar personas que buscan la fórmula mágica, el chasquido de dedos que nos permita rápidamente alcanzar el anhelado bienestar. Otro error. Nada de lo que realmente vale se obtiene sin esfuerzo.
Mucho más frecuente es el ofuscado rechazo a todo lo que formalmente se pueda atribuir a una religión, sin que quienes así actúan sean capaces de separar el grano de la paja.
No nos engañemos. Las vías meditativo-contemplativas buscan el encuentro con uno mismo en la Unidad Divina y la relajación solo es un paso intermedio. Si nos quedamos en este primer paso, nos crearemos una dependencia de la relajación. Buscaremos a la desesperada nuestro tiempo de relajación y, cuando no lo podamos encontrar, estaremos tensos, adoptaremos soluciones intermedias, respiraremos profundamente, contaremos hasta diez, etc. Lo conseguiremos momentáneamente y pasado un tiempo volveremos a las andadas, porque la dualidad cuerpo-espíritu no se encontrará en equilibrio y lo manifestará sin que seamos conscientes de lo que nos está pasando. El camino del místico es un camino duro, donde la persistencia es el único medio de llegar al final. Ese acto volitivo continuado es lo único que Dios nos pide para manifestársenos. Finalmente, no seamos fanáticos de un laicismo mal entendido. Las religiones han sido durante muchos siglos las únicas vías que se presentaban a la inmensa mayoría de las personas para propiciar su acercamiento a Dios. Solo unos pocos privilegiados eran capaces de llegar por otros caminos más profundos, más esotéricos. Es evidente que la mayoría de dichas religiones han sido manipuladas con el devenir de los tiempos, perdiendo la frescura, la eficacia y la pureza que tuvieron cuando eran la estela inmediata de sus fundadores. Y también es posible que podamos prescindir de los dogmas de fe de las religiones porque ahora presentamos un grado de evolución más favorable para avanzar en el conocimiento, en la toma de consciencia. Pero también es cierto que la inmensa mayoría de las vías místicas e incluso de otras vías de carácter esotérico tienen tradicionalmente un vínculo formal con una o varias religiones, aunque solo sea por aprovechar el soporte cultural al que estamos acostumbrados y facilitarnos con ello el entendimiento de los misterios que tratan de transmitirnos. No es bueno, pues, prescindir bruscamente de la terminología religiosa habitual y menos aún sustituirla por otra más rebuscada.
Desde luego supone un avance. Eso es innegable. Pero es tan absurdo como utilizar el mejor ordenador del mercado sólo para ver películas. La mera relajación se puede obtener de muchas formas, no todas sanas y convenientes. Nos podemos relajar corriendo por el parque, tomando cervezas con los amigos o tomando ansiolíticos. Si ese es nuestro único objetivo, puede que hayamos terminado.
Tampoco es raro encontrar personas que buscan la fórmula mágica, el chasquido de dedos que nos permita rápidamente alcanzar el anhelado bienestar. Otro error. Nada de lo que realmente vale se obtiene sin esfuerzo.
Mucho más frecuente es el ofuscado rechazo a todo lo que formalmente se pueda atribuir a una religión, sin que quienes así actúan sean capaces de separar el grano de la paja.
No nos engañemos. Las vías meditativo-contemplativas buscan el encuentro con uno mismo en la Unidad Divina y la relajación solo es un paso intermedio. Si nos quedamos en este primer paso, nos crearemos una dependencia de la relajación. Buscaremos a la desesperada nuestro tiempo de relajación y, cuando no lo podamos encontrar, estaremos tensos, adoptaremos soluciones intermedias, respiraremos profundamente, contaremos hasta diez, etc. Lo conseguiremos momentáneamente y pasado un tiempo volveremos a las andadas, porque la dualidad cuerpo-espíritu no se encontrará en equilibrio y lo manifestará sin que seamos conscientes de lo que nos está pasando. El camino del místico es un camino duro, donde la persistencia es el único medio de llegar al final. Ese acto volitivo continuado es lo único que Dios nos pide para manifestársenos. Finalmente, no seamos fanáticos de un laicismo mal entendido. Las religiones han sido durante muchos siglos las únicas vías que se presentaban a la inmensa mayoría de las personas para propiciar su acercamiento a Dios. Solo unos pocos privilegiados eran capaces de llegar por otros caminos más profundos, más esotéricos. Es evidente que la mayoría de dichas religiones han sido manipuladas con el devenir de los tiempos, perdiendo la frescura, la eficacia y la pureza que tuvieron cuando eran la estela inmediata de sus fundadores. Y también es posible que podamos prescindir de los dogmas de fe de las religiones porque ahora presentamos un grado de evolución más favorable para avanzar en el conocimiento, en la toma de consciencia. Pero también es cierto que la inmensa mayoría de las vías místicas e incluso de otras vías de carácter esotérico tienen tradicionalmente un vínculo formal con una o varias religiones, aunque solo sea por aprovechar el soporte cultural al que estamos acostumbrados y facilitarnos con ello el entendimiento de los misterios que tratan de transmitirnos. No es bueno, pues, prescindir bruscamente de la terminología religiosa habitual y menos aún sustituirla por otra más rebuscada.
domingo, 11 de octubre de 2009
Meditar como una amapola (y 3)
He dejado para el final las dos características más importantes.
¿Sabéis que la amapola tiene un suave efecto sedante sobre el sistema nervioso y sin efectos secundarios? ¿Sabéis que es un buen anti-tusígeno y expectorante? ¿Sabéis que sus semillas, ya tostadas, se usan para condimentar ciertos tipos de pan? ¿Sabéis que es un notabilísimo coadyuvante para fijar el calcio en el organismo? Hay quien hasta le atribuye poderes mágicos. Una flor tan simple, tan HUMILDE, y sin embargo con esas virtudes. Y es que la humildad nace del conocimiento de sí mismo. La amapola sabe que su vida es corta: nace, crece, florece y muere en un año. Y sabe que todas esas propiedades que hemos citado solo se podrán aprovechar y dar continuidad en la tierra si cumple el ciclo completo, un ciclo muy breve. Por eso la planta se dedica a vivir su existencia con toda su alma.
La fugacidad de su existencia, como lo es la nuestra, no le permite distraerse. Su fragilidad, como la nuestra, le invita a vivir el momento, el día a día, porque, tal vez mañana una tormenta le arranque sus pétalos o el segador la corte con el manojo de trigo o cebada. Decía San Antonio Abad que el único pecado era la pérdida de tiempo. Perder el tiempo es lo que hace el hedonista, perder el tiempo es el que busca dinero y más dinero, perder el tiempo es el que solo busca la juerga o el adicto al juego, a las drogas o, ¿porqué no?, al trabajo.
Estas consideraciones que hemos hecho respecto de la amapola, os ayudarán a centraros en vuestra meditación, pero no olvidéis que una vez empezada la meditación, vuestra mente os querrá engañar trayendo a vosotros estos pensamientos. Dejadlos pasar como hacéis con cualquier otro pensamiento. No en vano, a dosis elevadas y según la variedad, la amapola también es tóxica.
¿Sabéis que la amapola tiene un suave efecto sedante sobre el sistema nervioso y sin efectos secundarios? ¿Sabéis que es un buen anti-tusígeno y expectorante? ¿Sabéis que sus semillas, ya tostadas, se usan para condimentar ciertos tipos de pan? ¿Sabéis que es un notabilísimo coadyuvante para fijar el calcio en el organismo? Hay quien hasta le atribuye poderes mágicos. Una flor tan simple, tan HUMILDE, y sin embargo con esas virtudes. Y es que la humildad nace del conocimiento de sí mismo. La amapola sabe que su vida es corta: nace, crece, florece y muere en un año. Y sabe que todas esas propiedades que hemos citado solo se podrán aprovechar y dar continuidad en la tierra si cumple el ciclo completo, un ciclo muy breve. Por eso la planta se dedica a vivir su existencia con toda su alma.
La fugacidad de su existencia, como lo es la nuestra, no le permite distraerse. Su fragilidad, como la nuestra, le invita a vivir el momento, el día a día, porque, tal vez mañana una tormenta le arranque sus pétalos o el segador la corte con el manojo de trigo o cebada. Decía San Antonio Abad que el único pecado era la pérdida de tiempo. Perder el tiempo es lo que hace el hedonista, perder el tiempo es el que busca dinero y más dinero, perder el tiempo es el que solo busca la juerga o el adicto al juego, a las drogas o, ¿porqué no?, al trabajo.
Estas consideraciones que hemos hecho respecto de la amapola, os ayudarán a centraros en vuestra meditación, pero no olvidéis que una vez empezada la meditación, vuestra mente os querrá engañar trayendo a vosotros estos pensamientos. Dejadlos pasar como hacéis con cualquier otro pensamiento. No en vano, a dosis elevadas y según la variedad, la amapola también es tóxica.
viernes, 9 de octubre de 2009
Meditar como una amapola (2)
Esta sociedad nuestra ha metido entre nuestras costumbres la de cortar flores para entregárselas a nuestras madres o a nuestras novias. ¿Habéis observado que las amapolas en seguida se marchitan, se le caen los pétalos y ya no tienen ni rastro de la belleza que nos cautivó?
En efecto, la amapola no busca su engrandecimiento, como le puede pasar a la rosa. La amapola vive en y para el conjunto de su ser, para ella misma y para las hojas verdes que quedan en el suelo. Así, nosotros no debemos olvidarnos de nuestra razón de ser. No estamos en el mundo para olvidarnos de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Si nos sometemos a la disciplina de la meditación, es para alcanzar un desarrollo equilibrado en el que, entonces sí, nuestro espíritu se enriquecerá con la evolución serena y controlada de su propio cuerpo. Tan malo es dedicarse solo al cuerpo, como centrarse solo en el espíritu.
Aún hay más. Los jardineros dicen que las flores se tornan más rojas cuanto más expuestas se encuentran al sol. Y ¿os habéis dado cuenta de la alegría que imprimen a nuestros campos esos puntitos rojos que surgen entre los trigales, en los prados verdes y hasta en los ásperos pedregales? Sí la amapola absorbe la Luz del Sol, pero la da en forma de alegre colorido a quienes le rodean.
En efecto, la amapola no busca su engrandecimiento, como le puede pasar a la rosa. La amapola vive en y para el conjunto de su ser, para ella misma y para las hojas verdes que quedan en el suelo. Así, nosotros no debemos olvidarnos de nuestra razón de ser. No estamos en el mundo para olvidarnos de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Si nos sometemos a la disciplina de la meditación, es para alcanzar un desarrollo equilibrado en el que, entonces sí, nuestro espíritu se enriquecerá con la evolución serena y controlada de su propio cuerpo. Tan malo es dedicarse solo al cuerpo, como centrarse solo en el espíritu.
Aún hay más. Los jardineros dicen que las flores se tornan más rojas cuanto más expuestas se encuentran al sol. Y ¿os habéis dado cuenta de la alegría que imprimen a nuestros campos esos puntitos rojos que surgen entre los trigales, en los prados verdes y hasta en los ásperos pedregales? Sí la amapola absorbe la Luz del Sol, pero la da en forma de alegre colorido a quienes le rodean.
jueves, 8 de octubre de 2009
Meditar como una amapola (1)
Muy bien, hemos conseguido permanecer inmutables en el tiempo e insensibles en el espacio, pero estamos rozando la imbecilidad. No se trata de adoptar una actitud hierática insensible. De la montaña hemos de aprender sus virtudes, pero no todas las características de su ser nos interesan, porque, no lo olvidemos, no somos montaña.
Ahora hemos de retornar a la vida y lo vamos a hacer de la mano de un ser vivo, muy conocido: la amapola. Creo que todos la conocemos. Es una planta erecta, con un único tallo verde claro con cerdas. En su base, en el suelo, unas hojas verdes lanceoladas y tumbadas sobre el terreno. En su otro extremo, a no más de 50 cm (en algunos climas llega a 90 cm): la flor. La flor es anaranjada o roja, con cuatro pétalos que fácilmente caen al suelo. En el centro de la flor una cápsula negra llena de pequeñas semillas.
Cuando se nos dice que meditemos como una amapola, debemos fijarnos en sus cualidades. Hay dos características muy interesantes y que prácticamente son la misma cosa.
La amapola nos enseña a auparnos sobre nuestra naturaleza humana, dejando lo material, las hojas verdes, que son fundamentales para su vida, quedan próximas al suelo, mientras que la flor que lleva la Semilla de la Vida, se eleva hacia la Luz del Sol y sigue diariamente las evoluciones de éste porque sabe que en la Luz está el misterio de su Vida. Así, pues, meditemos como la amapola, dejando nuestra naturaleza humana donde debe estar, en el mundo, y elevemos nuestro espíritu para buscar incansablemente la Luz Divina.
sábado, 3 de octubre de 2009
Meditar como una montaña (y 4)
Cuando, en la meditación, utilizamos el lenguaje de los símbolos para orientar a los que quieren orientación, debemos ser conscientes de su riqueza a la par que de su “imprecisión”. Los símbolos representan la experiencia de alguien, pero solo podrá ser comprendido por otras personas que se preparen adecuadamente a vivir una experiencia similar. Así debe entenderse lo escrito por Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. “(1 Co 1,23) Y así veréis que llegado un momento me faltarán las palabras y mis escritos que ahora son largos, se irán haciendo cada vez más cortos, hasta que llegue a mi límite, me superéis o experimentemos todos juntos.
La montaña, mudo maestro, nos enseña a adoptar una postura estable de lo que ya hemos hablado. Nos enseña también que consta de dos partes. Si preguntas a la mayoría de la gente que te describa la montaña, la mayoría te citará la nieve, la ventisca, los prados, los arroyos cantarines o las cabras, pero pocos te hablarán de la roca. La roca es fundamental, sin roca no hay montaña. Sin roca no hay vida. La vida corta de la nieve, las cabras que triscan por los canchales, el agua que corre por los arroyos,… todo eso que nace y muere sobre la montaña, que le da una imagen a la montaña, pero solo su imagen, no sería capaz de crear montaña. Y ¿cuál es la roca que soporta nuestra vida?
Los comienzos, y estamos en los inicios del hesicasmo, son duros. Sentarse “sin hacer nada” es cansado, aburrido y nuestra mente quiere acción, busca en los recuerdos, se concentra en pensamientos que bullen en nuestra cabeza como si se tratara de una discoteca. Pero la montaña nos lo dice bien claro: La roca, que es su esencia, no se inmuta, soporta, sin quejarse, la vida que se desliza sobre sus cumbres y por su laderas. La percibe pero sabe que esas formas son solo una parte pequeña de su ser, una parte que, además, es temporal. Porque la nieve la cubrirá con su blanco manto durante el corto invierno para luego derretirse. Porque los polluelos de las águilas que nacieron entre las peñas, abandonarán el nido y aun los alrededores de la montaña para buscar abrigo en otra montaña. Todo mutará, menos la montaña, menos la roca de la montaña ¿sabéis ya cuál es esa roca que además es eterna?
Aún hay más. La montaña nos enseña a no juzgar, a recibir sobre nosotros la vida de tantos y tantos seres como quieran acercarse o pasar de largo, en silencio, con tranquilidad, sin criticar porque nos criticaríamos, conscientes de que lo que fue, ya no es, y lo que será, todavía no es. La montaña, la Naturaleza en general, vive el momento, es la práctica del aquí y ahora.
Para terminar quería traer a nuestro recuerdo la contestación de Jesús Niño a María y a José: “¿No sabéis que tengo que ocuparme de las cosas de mi padre celestial?” Cristo nunca renunció a esta vida, ni a su padre, ni a su madre, ni siquiera a sus sufrimientos. Pero siempre tuvo presente cuál era su roca.
La montaña, mudo maestro, nos enseña a adoptar una postura estable de lo que ya hemos hablado. Nos enseña también que consta de dos partes. Si preguntas a la mayoría de la gente que te describa la montaña, la mayoría te citará la nieve, la ventisca, los prados, los arroyos cantarines o las cabras, pero pocos te hablarán de la roca. La roca es fundamental, sin roca no hay montaña. Sin roca no hay vida. La vida corta de la nieve, las cabras que triscan por los canchales, el agua que corre por los arroyos,… todo eso que nace y muere sobre la montaña, que le da una imagen a la montaña, pero solo su imagen, no sería capaz de crear montaña. Y ¿cuál es la roca que soporta nuestra vida?
Los comienzos, y estamos en los inicios del hesicasmo, son duros. Sentarse “sin hacer nada” es cansado, aburrido y nuestra mente quiere acción, busca en los recuerdos, se concentra en pensamientos que bullen en nuestra cabeza como si se tratara de una discoteca. Pero la montaña nos lo dice bien claro: La roca, que es su esencia, no se inmuta, soporta, sin quejarse, la vida que se desliza sobre sus cumbres y por su laderas. La percibe pero sabe que esas formas son solo una parte pequeña de su ser, una parte que, además, es temporal. Porque la nieve la cubrirá con su blanco manto durante el corto invierno para luego derretirse. Porque los polluelos de las águilas que nacieron entre las peñas, abandonarán el nido y aun los alrededores de la montaña para buscar abrigo en otra montaña. Todo mutará, menos la montaña, menos la roca de la montaña ¿sabéis ya cuál es esa roca que además es eterna?
Aún hay más. La montaña nos enseña a no juzgar, a recibir sobre nosotros la vida de tantos y tantos seres como quieran acercarse o pasar de largo, en silencio, con tranquilidad, sin criticar porque nos criticaríamos, conscientes de que lo que fue, ya no es, y lo que será, todavía no es. La montaña, la Naturaleza en general, vive el momento, es la práctica del aquí y ahora.
Para terminar quería traer a nuestro recuerdo la contestación de Jesús Niño a María y a José: “¿No sabéis que tengo que ocuparme de las cosas de mi padre celestial?” Cristo nunca renunció a esta vida, ni a su padre, ni a su madre, ni siquiera a sus sufrimientos. Pero siempre tuvo presente cuál era su roca.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Ejemplo
Hoy, día 28 de Septiembre la iglesia Católica recuerda a San Wenceslao, rey y mártir. Muchos fueron los hechos destacables de este hombre, pero me interesa sobremanera destacar, en su corto reinado, la transformación de numerosas cárceles en hospitales.
Y me interesa porque, transcurridos los siglos, nuestras sociedades, la española, la américana, todas en general, han sido incapaces de transformar el sistema penitenciario en una herramienta de ayuda al ser humano. Solo se presenta como un medio de proteger a la sociedad de aquellos que son "malos" y de atemorizar a los que pueden serlo, sin caer en la cuenta que estamos generando más delincuencia, más sufrimiento, más odio,... que el ya había antes.
¿Alguien se dará por aludido y pensará en cambiar el sistema?
Y me interesa porque, transcurridos los siglos, nuestras sociedades, la española, la américana, todas en general, han sido incapaces de transformar el sistema penitenciario en una herramienta de ayuda al ser humano. Solo se presenta como un medio de proteger a la sociedad de aquellos que son "malos" y de atemorizar a los que pueden serlo, sin caer en la cuenta que estamos generando más delincuencia, más sufrimiento, más odio,... que el ya había antes.
¿Alguien se dará por aludido y pensará en cambiar el sistema?
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Meditar como una montaña (3)

Siempre me ha parecido algo poco natural la postura del pensador de Rodin. Una estatua de un hombre sentado, vuelto hacia sí mismo, encorvado, apoyado con el codo derecho en su rodilla izquierda puede reflejar la postura de alguien que quiere aislarse del mundo exterior y concentrar su PENSAMIENTO en una idea o en un problema. Pero difícilmente puede ser una postura cómoda en la que permanecer mucho tiempo.
La postura de meditación nunca puede dar la sensación de abandono de nuestro cuerpo. Se trata de hacer que el cuerpo no moleste, pero tampoco que se relaje en exceso, provocando somnolencia.Aunque la postura ideal, incluso desde el punto de vista científico, es la de loto, no todos podemos adoptarla. Algunos habremos de conformarnos con el medio loto y otros deberán limitarse a sentarse en una silla de respaldo recto con las manos puestas sobre los muslos. Fundamental: La espalda siempre recta; la pelvis ligeramente por encima de las rodillas (imprescindible el empleo de un cojín tipo zafú o sentarse sobre una roca redondeada)y la vista centrada a unos 90 cm por delante de uno mismo, en el suelo (depende de la altura del individuo). Los ojos abiertos, si podéis sentaros frente a una pared lisa, sin adornos, y si la luz no es muy intensa. La práctica os dirá lo más adecuado a vuestra naturaleza y circunstancias. En cuanto a la posición de las manos, éstas pueden descansar sobre el regazo, la mano izquierda sobre la derecha y pulgar contra pulgar, tocándose sin tensión, o descansar sobre los muslos, con un ángulo superior a 90º entre brazo y antebrazo y las palmas de las manos hacia arriba cerrando el dedo gordo contra el índice o, menos ortodoxo, con las palmas hacia abajo. Algunos amigos practicantes de zen, podrán mejorar mi exposición, pero lo expuesto es suficiente para la práctica del hesicasmo.
La postura de meditación nunca puede dar la sensación de abandono de nuestro cuerpo. Se trata de hacer que el cuerpo no moleste, pero tampoco que se relaje en exceso, provocando somnolencia.Aunque la postura ideal, incluso desde el punto de vista científico, es la de loto, no todos podemos adoptarla. Algunos habremos de conformarnos con el medio loto y otros deberán limitarse a sentarse en una silla de respaldo recto con las manos puestas sobre los muslos. Fundamental: La espalda siempre recta; la pelvis ligeramente por encima de las rodillas (imprescindible el empleo de un cojín tipo zafú o sentarse sobre una roca redondeada)y la vista centrada a unos 90 cm por delante de uno mismo, en el suelo (depende de la altura del individuo). Los ojos abiertos, si podéis sentaros frente a una pared lisa, sin adornos, y si la luz no es muy intensa. La práctica os dirá lo más adecuado a vuestra naturaleza y circunstancias. En cuanto a la posición de las manos, éstas pueden descansar sobre el regazo, la mano izquierda sobre la derecha y pulgar contra pulgar, tocándose sin tensión, o descansar sobre los muslos, con un ángulo superior a 90º entre brazo y antebrazo y las palmas de las manos hacia arriba cerrando el dedo gordo contra el índice o, menos ortodoxo, con las palmas hacia abajo. Algunos amigos practicantes de zen, podrán mejorar mi exposición, pero lo expuesto es suficiente para la práctica del hesicasmo.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Meditar como la montaña (2)
No muy convencidos, nos sentamos rodeados de montañas o con la imagen de una de ellas en la mente. ¿Qué puede pensar una montaña? O mejor, de todo lo que constituye una montaña ¿en qué nos hemos de fijar? ¿En el manto de nieve que hoy la cubre y mañana se funde? ¿En las flores que hoy adornan los verdes prados en la primavera y que se marchitan meses después? ¿En las cabras que hoy triscan en los más altos pedregales y, llegado el invierno, se refugiarán en los valles? ¿En los vientos que silban gracias a las montañas? Todo esto es transitorio y no fundamental. Es bonito, da gusto oír los trinos de los pájaros, ver el majestuoso vuelo del águila, el cantar de las aguas en los arroyos, … pero mañana dejará de ser. Sin embargo la montaña seguirá ahí. Sí, la montaña, la roca que la soporta y conforma, la roca indestructible y eterna, la roca que la hace igual que las demás montañas, la roca que citaba Cristo: ¡Tú eres petrus y sobre esta piedra edificaré mi iglesia!
De todo el párrafo anterior deberíamos destacar y meditar sobre cuatro aspectos:
- La eternidad de la montaña en cuanto soporte de la vida que bulle sobre ella.
- La inmutabilidad de la montaña frente a ese devenir
- La naturaleza común de todas las montañas: la roca sobre la que se desarrollan.
- La estabilidad de la montaña que nos manifiesta cómo debemos practicar nuestra meditación (postura)
¡Meditemos pues y que sea en presencia del Señor!
De todo el párrafo anterior deberíamos destacar y meditar sobre cuatro aspectos:
- La eternidad de la montaña en cuanto soporte de la vida que bulle sobre ella.
- La inmutabilidad de la montaña frente a ese devenir
- La naturaleza común de todas las montañas: la roca sobre la que se desarrollan.
- La estabilidad de la montaña que nos manifiesta cómo debemos practicar nuestra meditación (postura)
¡Meditemos pues y que sea en presencia del Señor!
domingo, 20 de septiembre de 2009
Meditar como una montaña (1)

Como os habréis percatado intento preparar mi casa para la venida del Dios Uno con la práctica de algo que puede parecer esnob, porque suena a exótico, como todo lo que viene de oriente, aunque sea de Oriente Próximo. El que así piense está en un error. El hesicasmo, la búsqueda de la paz interior, es algo que, aunque conservado como una reliquia por la Iglesia Cristiana Ortodoxa, está en las raíces de la Iglesia Católica Romana que incomprensiblemente dejó diluirse en el tiempo.
En las columnas laterales de este blog vengo desarrollando la historia y los fundamentos de esta práctica meditativo-contemplativa por lo que no procede que me extienda mucho más aquí.
El ritmo con que voy exponiendo el camino a seguir es lento, tanto porque es así de necesario, como porque aunque quisiera no podría correr mucho más. Dios sabe lo que hace.
Hay diversos caminos que configuran el hesicasmo. Espero que Dios y vosotros mismos me ayudéis a recorrerlos todos y cada uno. Por el momento nos centraremos en la hesiquia, pero no quiero dejar de manifestaros que, siendo fundamentalmente lo mismo todos ellos, difieren en que hacen hincapié en una u otra forma de disciplina.
He elegido el método del Padre Serafín de Monte Athos por ser probablemente el más eficaz pedagógicamente hablando, aunque deberemos acompañarlo del correspondiente soporte teórico que desarrollaremos en la columna de la izquierda.
El padre Serafín, una vez que se había asegurado de la preparación previa de sus discípulos, les ordenaba meditar como una montaña. Siempre he establecido un cierto paralelismo entre el hesicasmo y el zen y otras disciplinas orientales como elyoga. Decir a alguien que medite como una montaña no deja de ser un koan, esto es una frase, aparentemente ilógica y contradictoria, que encierra en sí misma su explicación. Es posible que nuestra paciencia occidental se agote nada más empezar, que nos cansemos porque no sepamos sentarnos correctamente, que no tengamos tiempo suficiente para penetrar en las duras entrañas de la montaña, es posible, en fin, que tenga que venir Cristo, como hizo en el Huerto de Getsemaní con sus discípulos, para decirnos: "¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil". Sin embargo, no debemos desistir. No voy a decir que al final del camino está la recompensa, porque el camino no tiene fin, porque la recompensa está en nuestro propio caminar, en saber aprovechar la experiencia del camino, en fusionar Cielos y Tierra, haciendo la voluntad de Dios.
Os dejo con la imagen del Monte Athos. Intentadlo.
En las columnas laterales de este blog vengo desarrollando la historia y los fundamentos de esta práctica meditativo-contemplativa por lo que no procede que me extienda mucho más aquí.
El ritmo con que voy exponiendo el camino a seguir es lento, tanto porque es así de necesario, como porque aunque quisiera no podría correr mucho más. Dios sabe lo que hace.
Hay diversos caminos que configuran el hesicasmo. Espero que Dios y vosotros mismos me ayudéis a recorrerlos todos y cada uno. Por el momento nos centraremos en la hesiquia, pero no quiero dejar de manifestaros que, siendo fundamentalmente lo mismo todos ellos, difieren en que hacen hincapié en una u otra forma de disciplina.
He elegido el método del Padre Serafín de Monte Athos por ser probablemente el más eficaz pedagógicamente hablando, aunque deberemos acompañarlo del correspondiente soporte teórico que desarrollaremos en la columna de la izquierda.
El padre Serafín, una vez que se había asegurado de la preparación previa de sus discípulos, les ordenaba meditar como una montaña. Siempre he establecido un cierto paralelismo entre el hesicasmo y el zen y otras disciplinas orientales como elyoga. Decir a alguien que medite como una montaña no deja de ser un koan, esto es una frase, aparentemente ilógica y contradictoria, que encierra en sí misma su explicación. Es posible que nuestra paciencia occidental se agote nada más empezar, que nos cansemos porque no sepamos sentarnos correctamente, que no tengamos tiempo suficiente para penetrar en las duras entrañas de la montaña, es posible, en fin, que tenga que venir Cristo, como hizo en el Huerto de Getsemaní con sus discípulos, para decirnos: "¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil". Sin embargo, no debemos desistir. No voy a decir que al final del camino está la recompensa, porque el camino no tiene fin, porque la recompensa está en nuestro propio caminar, en saber aprovechar la experiencia del camino, en fusionar Cielos y Tierra, haciendo la voluntad de Dios.
Os dejo con la imagen del Monte Athos. Intentadlo.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Las Notas

Recuerdo, allá en mis años mozos, que tenía un pequeño mosqueo porque en un test psicotécnico, de aquellos que nos hacían en el colegio para determinar nuestro potencial intelectual, el resultado no había sido el que mi ego juvenil estimaba que debía haber sido. Lo estaba comentando con mi primo José Mari, q.e.P.d., y con su mujer, pedagoga y maestra y ella, que, esbozando una sonrisa, me dijo: “Fernando, es muy difícil que una persona, por mucho conocimiento que tenga, sea capaz de evaluar correctamente a otra que esté por encima de ella en capacidad intelectual. A lo sumo podrá estimar que le supera.”
Aparte de lo que de aliento podía tener para mí, que lo tuvo, el comentario me ha servido hoy para sustentar el siguiente análisis. Somos muy dados a evaluar y calificar a los demás, pero ¿en base a qué? ¿Qué parte de la persona evaluamos cuando lo hacemos? ¿Su cuerpo y su mente, su alma o su espíritu? Podremos establecer unos cánones de perfección estética en base a proporciones armónicas y evaluar cada individuo con regla y compás. Aunque parezca subjetivo, estaremos siguiendo pautas de la Naturaleza. Podemos realizar estudios estadísticos, establecer niveles de inteligencia, criterios de clasificación en dichos niveles y, finalmente, determinar el coeficiente intelectual de la persona. Pero su desarrollo espiritual es otro cantar.
Y yo, pobre entre los pobres de espíritu, yo que ando buscando a Dios por los rincones de mi desván, yo que, como decía un monje zen, solo tropiezo, caigo, me levanto y vuelvo a tropezar y caer de nuevo, para de nuevo levantarme, ese yo ¿va a ser capaz de poneros nota? Porque este yo de que estamos hablando es insignificante frente al Yo que hay en el interior de cada uno de vosotros. Como decía mi prima, este yo es incapaz de apreciar al Yo que lleváis dentro. Solo mi Yo, que no es otro que el mismo Yo que pugna por tomar carta de naturaleza en vosotros, es capaz de evaluaros. Pero si ambos Yo, el vuestro y el mío, es el mismo ¿no podéis vosotros mismos evaluaros?
Sí, no se trata de un juego de palabras. Recordad las palabras de Pablo: “Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. (Rom 8,10-14). Así, pues, cada vez que hacemos examen en conciencia, estamos “conectando” con Dios. No necesitamos que nadie nos evalúe: nosotros solos somos capaces de evaluarnos. Claro que, para eso, tenemos que ser, como dicen los chavales de hoy, auténticos. Y para ello nada mejor que la humildad si límites, el desprendimiento de todo, la paciencia más extrema y la entrega a Dios hasta el punto de someternos, de hacernos esclavos del Señor. Cuando seamos capaces de alcanzar ese sometimiento a Dios tan profundo, seremos capaces de presentar a Cristo al mundo, saliendo de nuestras entrañas, como María nos lo mostró. Al margen de la realidad histórica, la Encarnación de Jesús en María es todo un ejemplo simbólico que debemos seguir. Tal vez por ello, desde el inicio del Cristianismo, tantos y tantos santos han tenido devoción por María Santísima.
¡Que Dios sea con vosotros!
Aparte de lo que de aliento podía tener para mí, que lo tuvo, el comentario me ha servido hoy para sustentar el siguiente análisis. Somos muy dados a evaluar y calificar a los demás, pero ¿en base a qué? ¿Qué parte de la persona evaluamos cuando lo hacemos? ¿Su cuerpo y su mente, su alma o su espíritu? Podremos establecer unos cánones de perfección estética en base a proporciones armónicas y evaluar cada individuo con regla y compás. Aunque parezca subjetivo, estaremos siguiendo pautas de la Naturaleza. Podemos realizar estudios estadísticos, establecer niveles de inteligencia, criterios de clasificación en dichos niveles y, finalmente, determinar el coeficiente intelectual de la persona. Pero su desarrollo espiritual es otro cantar.
Y yo, pobre entre los pobres de espíritu, yo que ando buscando a Dios por los rincones de mi desván, yo que, como decía un monje zen, solo tropiezo, caigo, me levanto y vuelvo a tropezar y caer de nuevo, para de nuevo levantarme, ese yo ¿va a ser capaz de poneros nota? Porque este yo de que estamos hablando es insignificante frente al Yo que hay en el interior de cada uno de vosotros. Como decía mi prima, este yo es incapaz de apreciar al Yo que lleváis dentro. Solo mi Yo, que no es otro que el mismo Yo que pugna por tomar carta de naturaleza en vosotros, es capaz de evaluaros. Pero si ambos Yo, el vuestro y el mío, es el mismo ¿no podéis vosotros mismos evaluaros?
Sí, no se trata de un juego de palabras. Recordad las palabras de Pablo: “Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. (Rom 8,10-14). Así, pues, cada vez que hacemos examen en conciencia, estamos “conectando” con Dios. No necesitamos que nadie nos evalúe: nosotros solos somos capaces de evaluarnos. Claro que, para eso, tenemos que ser, como dicen los chavales de hoy, auténticos. Y para ello nada mejor que la humildad si límites, el desprendimiento de todo, la paciencia más extrema y la entrega a Dios hasta el punto de someternos, de hacernos esclavos del Señor. Cuando seamos capaces de alcanzar ese sometimiento a Dios tan profundo, seremos capaces de presentar a Cristo al mundo, saliendo de nuestras entrañas, como María nos lo mostró. Al margen de la realidad histórica, la Encarnación de Jesús en María es todo un ejemplo simbólico que debemos seguir. Tal vez por ello, desde el inicio del Cristianismo, tantos y tantos santos han tenido devoción por María Santísima.
¡Que Dios sea con vosotros!
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Gracias
Pensaba daros las “notas” de vuestro examen de días atrás, sin embargo Algo me ha impelido a realizar esta acción de gracias.
Quiero dar las gracias a todas las madres que en este mundo han sido, precisamente por eso, por haber tenido la valentía de haberlo sido.
Quiero darle las gracias, en primer lugar, a la mía porque un día aceptó, junto con mi padre, el tremendo desafío y sacrificio que suponía, supone y supondrá, traer al mundo un hijo; por el esfuerzo continuado de ambos por sacarlo adelante; en fin, por todo lo que por mí han hecho.
También quiero darles las gracias a mis suegros por haber traído al mundo a mi mujer y a sus hermanos, porque entre todos hemos sido capaces de crear el entorno necesario para la venida y desarrollo de nuestros hijos.
Y también debo dar las gracias a todas esas madres de las buenas personas que ha habido, hay y habrá, por todos esos momentos tan buenos que nos han hecho pasar sus hijos, por la ayuda que éstos nos prestan a diario, aunque solo sea con su presencia. Gracias a las madres de mis, más que amigos, hermanos, que no voy a nombrar porque lo saben, porque no cabrían en la relación y porque sería tan torpe que me olvidaría de alguno.
Y también quiero dar las gracias a aquellas madres y padres que vieron morir a sus hijos víctimas de los males de este mundo, réplicas humanas de aquella divina Virgen de los Dolores.
Pero también quiero dar las gracias a aquellas madres y padres que, sin saberlo, trajeron al mundo enfermos de cuerpo o de alma; a aquellas madres que vieron a sus hijos desgarrarse en la tiranía de la droga, en la prostitución, en el latrocinio o en la barbarie más denigrante, porque me permiten encontrar a Dios en los lugares más insospechados, porque me han ayudado a desestimar lo aparente y lo superficial, a pesar de que mis defectos, aún hoy, me hacen sobreestimar los de los demás, ocultándome la presencia de Dios en ellos. Es más debo dar las gracias a las madres de aquellos que han tiranizado al mundo y que hoy lo tiranizan, vistiéndose incluso con la toga de la respetabilidad, porque ponen a prueba mi capacidad de amar incluso a los que dicen odiarme.
Y, para terminar, quiero dar las gracias a aquellos que defienden el aborto, porque me muestran la debilidad del ser humano que es capaz de fagocitar sus propias entrañas en el colmo de la locura; porque me muestran de lo que es capaz nuestra parte material cuando decidimos olvidarnos de nuestra otra parte; porque aun creyendo que van a destruir la Vida la están consolidando; porque, si el egoísmo de transmite de padres a hijos, la futura Humanidad será muy dadivosa; porque el movimiento pro-aborto tendrá los días contados. Por todo y a todos: ¡Gracias!
Quiero dar las gracias a todas las madres que en este mundo han sido, precisamente por eso, por haber tenido la valentía de haberlo sido.
Quiero darle las gracias, en primer lugar, a la mía porque un día aceptó, junto con mi padre, el tremendo desafío y sacrificio que suponía, supone y supondrá, traer al mundo un hijo; por el esfuerzo continuado de ambos por sacarlo adelante; en fin, por todo lo que por mí han hecho.
También quiero darles las gracias a mis suegros por haber traído al mundo a mi mujer y a sus hermanos, porque entre todos hemos sido capaces de crear el entorno necesario para la venida y desarrollo de nuestros hijos.
Y también debo dar las gracias a todas esas madres de las buenas personas que ha habido, hay y habrá, por todos esos momentos tan buenos que nos han hecho pasar sus hijos, por la ayuda que éstos nos prestan a diario, aunque solo sea con su presencia. Gracias a las madres de mis, más que amigos, hermanos, que no voy a nombrar porque lo saben, porque no cabrían en la relación y porque sería tan torpe que me olvidaría de alguno.
Y también quiero dar las gracias a aquellas madres y padres que vieron morir a sus hijos víctimas de los males de este mundo, réplicas humanas de aquella divina Virgen de los Dolores.
Pero también quiero dar las gracias a aquellas madres y padres que, sin saberlo, trajeron al mundo enfermos de cuerpo o de alma; a aquellas madres que vieron a sus hijos desgarrarse en la tiranía de la droga, en la prostitución, en el latrocinio o en la barbarie más denigrante, porque me permiten encontrar a Dios en los lugares más insospechados, porque me han ayudado a desestimar lo aparente y lo superficial, a pesar de que mis defectos, aún hoy, me hacen sobreestimar los de los demás, ocultándome la presencia de Dios en ellos. Es más debo dar las gracias a las madres de aquellos que han tiranizado al mundo y que hoy lo tiranizan, vistiéndose incluso con la toga de la respetabilidad, porque ponen a prueba mi capacidad de amar incluso a los que dicen odiarme.
Y, para terminar, quiero dar las gracias a aquellos que defienden el aborto, porque me muestran la debilidad del ser humano que es capaz de fagocitar sus propias entrañas en el colmo de la locura; porque me muestran de lo que es capaz nuestra parte material cuando decidimos olvidarnos de nuestra otra parte; porque aun creyendo que van a destruir la Vida la están consolidando; porque, si el egoísmo de transmite de padres a hijos, la futura Humanidad será muy dadivosa; porque el movimiento pro-aborto tendrá los días contados. Por todo y a todos: ¡Gracias!
viernes, 11 de septiembre de 2009
Denuncia: Explotación infantil
Un informe del gobierno estadounidense identifica más de 58 países donde el trabajo infantil o el trabajo forzado se utiliza para fabricar cientos de productos, desde café en Colombia a los adornos navideños hechos en China, que generalmente terminan en Estados Unidos.
La noticia es triste. Los niños y los jóvenes deben dedicarse a cimentar su experiencia vital. La lógica, nuestra lógica, nos dice que dejemos de comprar a esos países. ¿Es esa la conclusión correcta o debemos hacer antes otras consideraciones?
El informe, aún por publicar oficialmente, relaciona países en los que se produce esta situación de explotación infantil. La relación filtrada que circula por Internet, muestra países de América Latina, África y Asia. La mayoría son tercermundistas y algunos tienen una potente economía emergente, más o menos incipiente, como China o Brasil. La conclusión parece evidente, nos llega subliminalmente: “Esos países son malos, muy malos” Con esta simple acción se está mermando la poca o nula competitividad de esos países tercermundistas o se retrasa el avance de los chinos.
Sin embargo, los americanos han tenido buen cuidado de no relacionar las empresas que compran esos productos. Por el contrario, muestran aquellas que tienen políticas precautorias para evitar que sus proveedores de materia prima, compren o sean de tales países.
El gobierno se plantea reactivar una ley del tiempo de Bill Clinton por la que se prohibía al propio estado la compra de productos realizados bajo explotación infantil.
Bien, tras estas noticias, ¿no deberíamos preguntarnos porqué se produce la explotación infantil?
Subyace en los artículos que se leen al respecto la creencia de que los padres explotan a los hijos o que hay mafias que los enredan o que los propios estados lo favorecen. ¿Alguien ha preguntado cuánto ganan esos padres? ¿Alguien ha pensado cuánto necesitarían ganar esos padres para sobrevivir toda la familia? Les hemos llevado una civilización extraña; les hemos ensañado las maravillas tecnológicas de nuestra civilización, pero no les hemos facilitado los medios de producción; no les compramos sus riquezas naturales, se las hemos quitado dándoles una limosna; les hemos metido en una dinámica competitiva, sin darles medios para ello no nos fueran a ganar y así sucesivamente. ¡Y aún pretendemos que conserven los principios éticos y morales sobre los que se sustenta nuestra sociedad y que, dicho sea de paso, ni siquiera nosotros mismos respetamos a poco que nuestras necesidades lo demanden! En la selva moderna en la que los hemos introducido, ellos lo único que han hecho ha sido exportar su forma de vivir de una selva a otra.
Y, si no son los padres, ¿quién puede ser el causante de tamaño despropósito? ¿No estarán pagando las empresas, por casualidad, salarios de pura miseria que obligan a trabajar a familias enteras para poder sobrevivir? ¿No estarán esas empresas manteniendo una aún más rastrera, si cabe, esclavitud en el siglo XXI? Las grandes empresas de complementos del vestir, fabricantes de bolsos y maletas, por poner un caso, se quejan de las grandes pérdidas que para ellos suponen las imitaciones. Lo que no dicen es que tales imitaciones no siempre lo son. No dicen que son los mismos que fabrican los bolsos que ellos venden a 1.000 €, los que se quedan una ínfima parte de la producción para venderla en los mercadillos a 200 € o menos. ¿No parece mucho margen solo por hacer el diseño? Realmente ¿tienen fuerza moral para requerir la acción policial de estados y ayuntamientos?
Las empresas ¿son las únicas? Esas empresas que prefieren pagar una miseria en países subdesarrollados en lugar de pagar lo que realmente cuesta en sus propios países, ¿son las únicas culpables? Esas empresas que están considerando personas de segunda o de tercera a aquellas que han nacido en países distintos del suyo y que encima tienen la desfachatez de presentarse como promotoras del progreso en esos países, ¿son las únicas culpables? ¿No serán también los gobernantes de esas naciones que prefieren cobrar los cánones, tasas o demás impuestos legales, cuando no la “mordida” correspondiente, en lugar de defender a sus conciudadanos, exigiendo que se les trate como personas? Y, puestos a seguir buscando culpables, ¿no lo serán también esos gobiernos occidentales que, a veces, o sea cuando les interesa, se revisten del manto de la Justicia y se cargan un país y cuando tienen que tener un comportamiento justo no lo tienen? ¿Hay que recordar a esos países occidentales que se rasgan las vestiduras por la explotación infantil que todavía mantienen una potente industria armamentística, cuyos productos son juguete de uso habitual entre esos niños que dicen querer proteger?
Y, finalmente, ¿qué decir de nosotros mismos? ¿Acaso no compramos aquello que satisface nuestra ansia de tener, de consumir, al precio más barato posible? Y esta forma de actuar ¿no nos lleva a comprar productos manufacturados en esos vilipendiados países tercermundistas? ¿Cuánto calzado deportivo o balones de fútbol se fabrica en Afganistán, por ejemplo, a 1 € y se vende a 10 €?
¡Basta de comportamientos farisaicos! Todos somos responsables. Que una empresa tenga un comportamiento inmoral, incluso criminal, no me exime a mí de mi culpa. ¿No podemos, por ejemplo, seleccionar un poco los productos que compramos? Pensemos sobre este problema que no, nos engañemos, no lo es solo de los niños y de sus padres, sino de todos nosotros.
La noticia es triste. Los niños y los jóvenes deben dedicarse a cimentar su experiencia vital. La lógica, nuestra lógica, nos dice que dejemos de comprar a esos países. ¿Es esa la conclusión correcta o debemos hacer antes otras consideraciones?
El informe, aún por publicar oficialmente, relaciona países en los que se produce esta situación de explotación infantil. La relación filtrada que circula por Internet, muestra países de América Latina, África y Asia. La mayoría son tercermundistas y algunos tienen una potente economía emergente, más o menos incipiente, como China o Brasil. La conclusión parece evidente, nos llega subliminalmente: “Esos países son malos, muy malos” Con esta simple acción se está mermando la poca o nula competitividad de esos países tercermundistas o se retrasa el avance de los chinos.
Sin embargo, los americanos han tenido buen cuidado de no relacionar las empresas que compran esos productos. Por el contrario, muestran aquellas que tienen políticas precautorias para evitar que sus proveedores de materia prima, compren o sean de tales países.
El gobierno se plantea reactivar una ley del tiempo de Bill Clinton por la que se prohibía al propio estado la compra de productos realizados bajo explotación infantil.
Bien, tras estas noticias, ¿no deberíamos preguntarnos porqué se produce la explotación infantil?
Subyace en los artículos que se leen al respecto la creencia de que los padres explotan a los hijos o que hay mafias que los enredan o que los propios estados lo favorecen. ¿Alguien ha preguntado cuánto ganan esos padres? ¿Alguien ha pensado cuánto necesitarían ganar esos padres para sobrevivir toda la familia? Les hemos llevado una civilización extraña; les hemos ensañado las maravillas tecnológicas de nuestra civilización, pero no les hemos facilitado los medios de producción; no les compramos sus riquezas naturales, se las hemos quitado dándoles una limosna; les hemos metido en una dinámica competitiva, sin darles medios para ello no nos fueran a ganar y así sucesivamente. ¡Y aún pretendemos que conserven los principios éticos y morales sobre los que se sustenta nuestra sociedad y que, dicho sea de paso, ni siquiera nosotros mismos respetamos a poco que nuestras necesidades lo demanden! En la selva moderna en la que los hemos introducido, ellos lo único que han hecho ha sido exportar su forma de vivir de una selva a otra.
Y, si no son los padres, ¿quién puede ser el causante de tamaño despropósito? ¿No estarán pagando las empresas, por casualidad, salarios de pura miseria que obligan a trabajar a familias enteras para poder sobrevivir? ¿No estarán esas empresas manteniendo una aún más rastrera, si cabe, esclavitud en el siglo XXI? Las grandes empresas de complementos del vestir, fabricantes de bolsos y maletas, por poner un caso, se quejan de las grandes pérdidas que para ellos suponen las imitaciones. Lo que no dicen es que tales imitaciones no siempre lo son. No dicen que son los mismos que fabrican los bolsos que ellos venden a 1.000 €, los que se quedan una ínfima parte de la producción para venderla en los mercadillos a 200 € o menos. ¿No parece mucho margen solo por hacer el diseño? Realmente ¿tienen fuerza moral para requerir la acción policial de estados y ayuntamientos?
Las empresas ¿son las únicas? Esas empresas que prefieren pagar una miseria en países subdesarrollados en lugar de pagar lo que realmente cuesta en sus propios países, ¿son las únicas culpables? Esas empresas que están considerando personas de segunda o de tercera a aquellas que han nacido en países distintos del suyo y que encima tienen la desfachatez de presentarse como promotoras del progreso en esos países, ¿son las únicas culpables? ¿No serán también los gobernantes de esas naciones que prefieren cobrar los cánones, tasas o demás impuestos legales, cuando no la “mordida” correspondiente, en lugar de defender a sus conciudadanos, exigiendo que se les trate como personas? Y, puestos a seguir buscando culpables, ¿no lo serán también esos gobiernos occidentales que, a veces, o sea cuando les interesa, se revisten del manto de la Justicia y se cargan un país y cuando tienen que tener un comportamiento justo no lo tienen? ¿Hay que recordar a esos países occidentales que se rasgan las vestiduras por la explotación infantil que todavía mantienen una potente industria armamentística, cuyos productos son juguete de uso habitual entre esos niños que dicen querer proteger?
Y, finalmente, ¿qué decir de nosotros mismos? ¿Acaso no compramos aquello que satisface nuestra ansia de tener, de consumir, al precio más barato posible? Y esta forma de actuar ¿no nos lleva a comprar productos manufacturados en esos vilipendiados países tercermundistas? ¿Cuánto calzado deportivo o balones de fútbol se fabrica en Afganistán, por ejemplo, a 1 € y se vende a 10 €?
¡Basta de comportamientos farisaicos! Todos somos responsables. Que una empresa tenga un comportamiento inmoral, incluso criminal, no me exime a mí de mi culpa. ¿No podemos, por ejemplo, seleccionar un poco los productos que compramos? Pensemos sobre este problema que no, nos engañemos, no lo es solo de los niños y de sus padres, sino de todos nosotros.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Examen
Resultaba muy desagradable cuando, allá en mis años mozos, el profesor anunciaba que en ese mismo momento iba a realizar un examen sorpresa de la asignatura. Era una práctica habitual en algunos profesores, en los buenos, aunque para muchos de nosotros el profesor mereciera todo tipo de epítetos poco agradables.
Posteriormente, en la universidad de los setenta, esa tentación de algunos profesores era contestada por grupos de alumnos a los que la vida, y no yo, se encarga de calificar. Lo cierto es que conseguían que dichos exámenes no se produjeran.
Finalmente, en la Universidad de la Vida los exámenes de este tipo son el pan nuestro de cada día. Más aún, somos nosotros mismos los que nos tenemos que examinar; los que tenemos que probar si estamos o no preparados para superar las pruebas de verdad. El Sacramento de la Penitencia habla del Examen de Conciencia. Tomaremos prestado el concepto, pero generalizándolo un poco y con un leve matizado. Prefiero decir “Examen en conciencia”. En efecto, se trata de comprobar si estamos o no preparados para tomar la vía meditativo-contemplativa y eso solo puede hacerse desde la verdad. No cabe copiar, ni sacar las “chuletas”, ni que nos “soplen” la respuesta. Cuentan del padre Serafín del Monte Athos que, cuando llegaba alguien pretendiendo convertirse en su discípulo, lo miraba fijamente durante un tiempo. En muchos casos, el examen concluía con algo así como “¡Horror! En usted el Espíritu Santo no ha pasado del mentón.” Solo en contados casos alcanzaba las rodillas. En la mayoría de las vías de conocimiento esotérico hay un proceso de iniciación que no es otra cosa que un examen en el que el examinando se enfrenta a una situación, a un problema, por sorpresa, que lo pone frente a la realidad de una forma cruda, sin edulcorantes. El iniciado metido en un callejón sin salida, se encuentra desnudo, sin defensa e incapaz de engañarse. Este es el “examen en conciencia” de que hablamos. Sentémonos frente a nosotros mismos y preguntémonos. Las cuestiones a plantear son innumerables.
Hagamos un inciso para saludar a todas las Martas que hay por el mundo. Yo también soy Marta a veces y lo peor es cuando empujo a otros a ser Marta. Hablamos, como habréis adivinado, de la prisa. Explica la mitología que Cronos, hijo de Gea y Urano, derroca a su padre, castrándolo además. Casado con Rea y conocedor de que uno de sus hijos lo derrocaría, se come uno a uno a todos los hijos que le engendra su mujer, hasta que ésta oculta a Zeus que finalmente derroca a Cronos. Zeus era el padre de numerosos héroes y heroínas y presidia el Olimpo. La artimaña de que se valió Rea para salvar a Zeus fue darle a Cronos una piedra envuelta en una manta. El insensible dios del tiempo cayó en la trampa porque el tiempo desconoce la naturaleza humana, solo absorbe lo que conoce: la parte material en la cual no diferimos mucho de otros seres. En cuanto Rea fue capaz de liberarse de la tiranía de Cronos surgió Zeus con todo su poder, pero ¿hablamos de un dios o es una forma genérica de hablar del hombre? ¿Es que aún no vemos claramente que el yugo del tiempo cae sobre nuestro cuerpo, pero no sobre nuestro espíritu? ¿Es que aún no vemos que no podemos hacer perder a nuestro espíritu una oportunidad de desarrollarse, de ser consciente de la realidad, por quedar sometido al ritmo frenético que nos impone el dios Cronos?
Debemos plantearnos una segunda cuestión, tal vez la más sencilla, no de responder, sino de equivocarnos al hacerlo: “¿Podemos tirar la primera piedra?” ¿Somos lo suficientemente humildes como para reconocer que no somos mejores que los demás a los que nos empeñamos en juzgar, incluso desde un puesto premeditada, afectada y farisaica postura externa de comprensión? ¿Somos capaces de ponernos en el lugar y circunstancias del que roba, así, sin atenuantes? ¿Somos capaces de entender a esas hermanas y hermanos que se prostituyen o se drogan? ¿Los consideramos peores que nosotros que vendemos nuestro conocimiento tecnológico, el tiempo que podríamos dedicar a nuestra familia, a nuestros amigos o a cualquier ser humano que lo precise, por asegurar un nivel económico al que probablemente podamos renunciar? ¿Recordáis cuando hablábamos de humildad? ¿Estamos siendo humildes de verdad? ¿Cómo andamos de humildad? Repasemos por un momento un día cualquiera de nuestras vidas, incluso en cosas triviales. ¿Cuántas veces nos vamos del brazo de la soberbia? ¿Cuántas veces, por poner un caso, no dejamos que se incorpore otro conductor a la vía por la que circulamos? ¿Cuántas veces “miramos por encima del hombro” a los que nos rodean porque tenemos un coche mejor, vamos mejor vestidos, somos más altos o más guapos , somos blancos y ellos no, somos españoles y ellos no, etc.? ¿Cuántas veces discutimos acaloradamente sobre el más banal de los temas porque pensamos que nuestra razón es la mejor, cuando no la única?
La tercera cuestión es francamente compleja de responder. ¿Practicamos el desapego? ¿Somos capaces de renunciar a las cosas de este mundo? Algunos podremos responder que no queremos riquezas y creeremos ser los líderes del desapego. Otros avanzarán un poco más y será capaces de renunciar a su coche, su casa, su reloj o su televisor y creerán haber alcanzado el no va más del desapego. Y así sucesivamente. Pero ¿cuántos de nosotros serían capaces de renunciar a llevar la razón; de renunciar a todo tipo de aplauso, por muy motivado que esté, de renunciar a hacer prevalecer su natural cariño hacia sus seres queridos sobre el amor debido hacia el resto de la Humanidad, en un acto de “nepotismo del amor”; de renunciar a todo tipo de satisfacción por ver satisfecho a otro; de renunciar a su propia vida por salvar la de otros, y no me refiero al acto heroico puntual, sino al sacrificio continuado, día a día? ¿Cuántos de nosotros, en fin, serían capaces de pasar por este mundo, considerando todo lo que hay en él como polvo del camino que uno sacude de sus ropas al final de la jornada?
Quien haya respondido positivamente las anteriores cuestiones no debe tener mucha dificultad en conseguir hacerlo con esta. Porque el que es capaz de parar el tiempo, de humillarse hasta hacerse esclavo de todos y de renunciar a todo lo de este mundo ¿no va a ser capaz de someterse a la voluntad de Dios en todos y cada uno de los momentos y actos de su vida?
Que Dios os acompañe.
Posteriormente, en la universidad de los setenta, esa tentación de algunos profesores era contestada por grupos de alumnos a los que la vida, y no yo, se encarga de calificar. Lo cierto es que conseguían que dichos exámenes no se produjeran.
Finalmente, en la Universidad de la Vida los exámenes de este tipo son el pan nuestro de cada día. Más aún, somos nosotros mismos los que nos tenemos que examinar; los que tenemos que probar si estamos o no preparados para superar las pruebas de verdad. El Sacramento de la Penitencia habla del Examen de Conciencia. Tomaremos prestado el concepto, pero generalizándolo un poco y con un leve matizado. Prefiero decir “Examen en conciencia”. En efecto, se trata de comprobar si estamos o no preparados para tomar la vía meditativo-contemplativa y eso solo puede hacerse desde la verdad. No cabe copiar, ni sacar las “chuletas”, ni que nos “soplen” la respuesta. Cuentan del padre Serafín del Monte Athos que, cuando llegaba alguien pretendiendo convertirse en su discípulo, lo miraba fijamente durante un tiempo. En muchos casos, el examen concluía con algo así como “¡Horror! En usted el Espíritu Santo no ha pasado del mentón.” Solo en contados casos alcanzaba las rodillas. En la mayoría de las vías de conocimiento esotérico hay un proceso de iniciación que no es otra cosa que un examen en el que el examinando se enfrenta a una situación, a un problema, por sorpresa, que lo pone frente a la realidad de una forma cruda, sin edulcorantes. El iniciado metido en un callejón sin salida, se encuentra desnudo, sin defensa e incapaz de engañarse. Este es el “examen en conciencia” de que hablamos. Sentémonos frente a nosotros mismos y preguntémonos. Las cuestiones a plantear son innumerables.
Hagamos un inciso para saludar a todas las Martas que hay por el mundo. Yo también soy Marta a veces y lo peor es cuando empujo a otros a ser Marta. Hablamos, como habréis adivinado, de la prisa. Explica la mitología que Cronos, hijo de Gea y Urano, derroca a su padre, castrándolo además. Casado con Rea y conocedor de que uno de sus hijos lo derrocaría, se come uno a uno a todos los hijos que le engendra su mujer, hasta que ésta oculta a Zeus que finalmente derroca a Cronos. Zeus era el padre de numerosos héroes y heroínas y presidia el Olimpo. La artimaña de que se valió Rea para salvar a Zeus fue darle a Cronos una piedra envuelta en una manta. El insensible dios del tiempo cayó en la trampa porque el tiempo desconoce la naturaleza humana, solo absorbe lo que conoce: la parte material en la cual no diferimos mucho de otros seres. En cuanto Rea fue capaz de liberarse de la tiranía de Cronos surgió Zeus con todo su poder, pero ¿hablamos de un dios o es una forma genérica de hablar del hombre? ¿Es que aún no vemos claramente que el yugo del tiempo cae sobre nuestro cuerpo, pero no sobre nuestro espíritu? ¿Es que aún no vemos que no podemos hacer perder a nuestro espíritu una oportunidad de desarrollarse, de ser consciente de la realidad, por quedar sometido al ritmo frenético que nos impone el dios Cronos?
Debemos plantearnos una segunda cuestión, tal vez la más sencilla, no de responder, sino de equivocarnos al hacerlo: “¿Podemos tirar la primera piedra?” ¿Somos lo suficientemente humildes como para reconocer que no somos mejores que los demás a los que nos empeñamos en juzgar, incluso desde un puesto premeditada, afectada y farisaica postura externa de comprensión? ¿Somos capaces de ponernos en el lugar y circunstancias del que roba, así, sin atenuantes? ¿Somos capaces de entender a esas hermanas y hermanos que se prostituyen o se drogan? ¿Los consideramos peores que nosotros que vendemos nuestro conocimiento tecnológico, el tiempo que podríamos dedicar a nuestra familia, a nuestros amigos o a cualquier ser humano que lo precise, por asegurar un nivel económico al que probablemente podamos renunciar? ¿Recordáis cuando hablábamos de humildad? ¿Estamos siendo humildes de verdad? ¿Cómo andamos de humildad? Repasemos por un momento un día cualquiera de nuestras vidas, incluso en cosas triviales. ¿Cuántas veces nos vamos del brazo de la soberbia? ¿Cuántas veces, por poner un caso, no dejamos que se incorpore otro conductor a la vía por la que circulamos? ¿Cuántas veces “miramos por encima del hombro” a los que nos rodean porque tenemos un coche mejor, vamos mejor vestidos, somos más altos o más guapos , somos blancos y ellos no, somos españoles y ellos no, etc.? ¿Cuántas veces discutimos acaloradamente sobre el más banal de los temas porque pensamos que nuestra razón es la mejor, cuando no la única?
La tercera cuestión es francamente compleja de responder. ¿Practicamos el desapego? ¿Somos capaces de renunciar a las cosas de este mundo? Algunos podremos responder que no queremos riquezas y creeremos ser los líderes del desapego. Otros avanzarán un poco más y será capaces de renunciar a su coche, su casa, su reloj o su televisor y creerán haber alcanzado el no va más del desapego. Y así sucesivamente. Pero ¿cuántos de nosotros serían capaces de renunciar a llevar la razón; de renunciar a todo tipo de aplauso, por muy motivado que esté, de renunciar a hacer prevalecer su natural cariño hacia sus seres queridos sobre el amor debido hacia el resto de la Humanidad, en un acto de “nepotismo del amor”; de renunciar a todo tipo de satisfacción por ver satisfecho a otro; de renunciar a su propia vida por salvar la de otros, y no me refiero al acto heroico puntual, sino al sacrificio continuado, día a día? ¿Cuántos de nosotros, en fin, serían capaces de pasar por este mundo, considerando todo lo que hay en él como polvo del camino que uno sacude de sus ropas al final de la jornada?
Quien haya respondido positivamente las anteriores cuestiones no debe tener mucha dificultad en conseguir hacerlo con esta. Porque el que es capaz de parar el tiempo, de humillarse hasta hacerse esclavo de todos y de renunciar a todo lo de este mundo ¿no va a ser capaz de someterse a la voluntad de Dios en todos y cada uno de los momentos y actos de su vida?
Que Dios os acompañe.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Cortesía (5)

Ya hemos preparado nuestra casa para recibir al Huésped. Nos hemos tomado nuestro tiempo en hacerlo. Hemos dado mil y un repasos, porque todos los detalles nos parecen pocos para agradarle y así debe ser. Hemos dejado resueltos nuestros conflictos, nuestras deudas, para que cuando estemos agasajando al Huésped, nadie tenga que interrumpirnos, para que cuando estemos hablando con nuestro Huésped, nuestra mente esté concentrada en Él. Hemos hecho nuestros ejercicios de humildad porque somos dados a presumir, a hacer alarde de lo que creemos poseer o ser, y eso molestará al Huésped. ¿Estará todo listo?
Pues no, falta lo más importante: la entrega. No podemos acondicionar la casa y marcharnos, dejarle al Huésped solo por muy bien acondicionada y preparada que le hayamos dejado la casa. El Huésped necesita de nuestro calor, de nuestra presencia, de nuestra dedicación a Él total y absoluta, de nuestra plena entrega a Él. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
En efecto, el mejor presente que podemos hacer a nuestro Huésped es nuestra disposición hacia Él. Abrir las puertas de nuestra casa es el primer paso; ponernos a plena dedicación a Él es el segundo paso, el más importante y el más difícil, si queremos compatibilizar nuestra hospitalidad con nuestra presencia en este mundo.
Decía Jesús que diéramos a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César y también que no nos preocupáramos por qué comeríamos, ni por qué beberíamos. Estar en este mundo es una experiencia inevitable, no por una ciega resignación, sino porque nosotros mismos, como hijos de Dios, así lo hemos querido como parte de ese proceso, siempre abierto, que es la Creación. No podemos, ni debemos, abandonar este mundo; pero tampoco podemos olvidarnos de nuestro origen, de Dios. De ahí la importancia de la oración continua que el propio Cristo y los Apóstoles recomendaban. Es la forma de luchar contra el olvido original, propio de nuestra naturaleza material, que nos impulsa a olvidarnos de todo lo que no es de este mundo. Alcanzar un equilibrio entre lo divino y lo humano es el grado de superación de lo que se ha dado en llamar “pecado original”, que no es una maldad, sino una limitación.
Fr+ Fernando
Pues no, falta lo más importante: la entrega. No podemos acondicionar la casa y marcharnos, dejarle al Huésped solo por muy bien acondicionada y preparada que le hayamos dejado la casa. El Huésped necesita de nuestro calor, de nuestra presencia, de nuestra dedicación a Él total y absoluta, de nuestra plena entrega a Él. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
En efecto, el mejor presente que podemos hacer a nuestro Huésped es nuestra disposición hacia Él. Abrir las puertas de nuestra casa es el primer paso; ponernos a plena dedicación a Él es el segundo paso, el más importante y el más difícil, si queremos compatibilizar nuestra hospitalidad con nuestra presencia en este mundo.
Decía Jesús que diéramos a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César y también que no nos preocupáramos por qué comeríamos, ni por qué beberíamos. Estar en este mundo es una experiencia inevitable, no por una ciega resignación, sino porque nosotros mismos, como hijos de Dios, así lo hemos querido como parte de ese proceso, siempre abierto, que es la Creación. No podemos, ni debemos, abandonar este mundo; pero tampoco podemos olvidarnos de nuestro origen, de Dios. De ahí la importancia de la oración continua que el propio Cristo y los Apóstoles recomendaban. Es la forma de luchar contra el olvido original, propio de nuestra naturaleza material, que nos impulsa a olvidarnos de todo lo que no es de este mundo. Alcanzar un equilibrio entre lo divino y lo humano es el grado de superación de lo que se ha dado en llamar “pecado original”, que no es una maldad, sino una limitación.
Fr+ Fernando
viernes, 4 de septiembre de 2009
Me gustaría ser (meditación)
Me gustaría ser,
pero no soy.
Me gustaría tener,
pero de pobre voy.
Me gustaría allí estar,
pero aquí estoy.
Me gustarían tantas cosas que no puedo alcanzar
¿porqué tanto tiempo perder, si soy lo que soy,
tengo lo que tengo y lo tengo en mí y estoy donde debo estar?
pero no soy.
Me gustaría tener,
pero de pobre voy.
Me gustaría allí estar,
pero aquí estoy.
Me gustarían tantas cosas que no puedo alcanzar
¿porqué tanto tiempo perder, si soy lo que soy,
tengo lo que tengo y lo tengo en mí y estoy donde debo estar?
martes, 1 de septiembre de 2009
Meditación (2)
Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitmente y quebrarse.
(Antonio Machado)
Si te parece que soy sabio, dímelo.
Si percibes mi bondad, dímelo.
Si sientes que te inunda mi amor, dímelo.
Si notas mi presencia, dímelo
Porque nada de todo eso soy yo
Porque si todo eso te parezco yo,
soy un usurpador del poder del Señor
nada de todo eso tiene valor,
si te parece que lo hago yo.
(Anónimo)
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitmente y quebrarse.
(Antonio Machado)
Si te parece que soy sabio, dímelo.
Si percibes mi bondad, dímelo.
Si sientes que te inunda mi amor, dímelo.
Si notas mi presencia, dímelo
Porque nada de todo eso soy yo
Porque si todo eso te parezco yo,
soy un usurpador del poder del Señor
nada de todo eso tiene valor,
si te parece que lo hago yo.
(Anónimo)
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