HESICASMO

Bienvenidos. Este es un blog dedicado a la espiritualidad y, en especial, al hesicasmo, la vía mística de la Iglesia Cristiana Ortodoxa.
En la columna de la izquierda se incluyen textos sobre el hesicasmo (fundamentos, práctica, historia, biografías, frases para meditar, etc.) En la columna de la derecha se presentan mis meditaciones y aportaciones, modestas aportaciones, a esta vía mística. Os agradeceré vuestros comentarios que, a buen seguro, nos harán bien a todos.
La Paz de Dios sea con todos nosotros.

¿Ya os habéis olvidado?

HAITI: más de 500 muertos por cólera. El Servicio Andaluz de Salud está preparando atención médica, aquí en España, para varias decenas de niños haitianos. Algunas ONG's están recogiendo fondos para cubrir los gastos de viaje y estancia de padres e hijos. Y ¿tú que haces?

viernes, 30 de diciembre de 2011

CON DIOS

No me gusta decir adiós porque tiene una connotación de un antes y un después. Prefiero el “con Dios” que decían nuestros abuelos.
No me estoy despidiendo por mucho que lo parezca. Por mucho que mi propia mente se empeñe en engañarme, llorar y patalear: es como un niño. Se trata de la última resistencia de mi ego a su disolución y una consecuencia de ésta es que he decidido poner fin a este blog, al menos en su formato actual.

Han sido muchos meses de trabajo; muchas palabras vertidas al viento con el riesgo que ello representa para los que las leen. Pero desde mi yo hacia el vuestro no tenía más remedio que usarlas, si quería transmitiros lo que sentía, mis pensamientos, mis experiencias o mis conocimientos. Hacerlo me parecía obligado para no caer en el egoísmo de privatizar un conocimiento, una experiencia, una vía.
Sois muchos los que habéis agradecido mis escritos. Hoy estoy seguro de que otros muchos no los habrán entendido y muchos más ni siquiera les habrán prestado atención. A todos, sin embargo, os doy las gracias.

Entro en otra fase en la que no seré yo, sino vosotros. Entro en una fase en la que el significado de las palabras no habrá que buscarlo en el diccionario, sino en el corazón.  No sé como ha de ser: Dios dirá. ¡Que Él nos acoja en su Ser!

Sentido en Sevilla, a 21 de Diciembre de 2011 y traducido a palabras el 30 de Diciembre de 2011

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No ser

Algunos piden que extienda mis manos para ayudarles
                                                               Pero, yo no tengo manos

Algunos piden oír mis palabras para reconfortarse
                                                               Pero, yo no tengo boca

Algunos esperan sentir mi presencia porque eso les consuela
                                                               Pero, yo no existo

Cuando el tiempo no era tiempo, mi Señor tomó lo que era suyo
Y ahora, como entonces, mi Señor pone las manos y la boca y el Ser.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Obediencia


Si nos sentimos forzados a hacer algo, y lo hacemos contra nuestra voluntad, encontramos en ello una prisión y un castigo. Ama, pues, las condiciones actuales en que vives, porque si tú las conllevas sin gratitud, te castigas a ti mismo sin darte cuenta. Hay un solo camino para lograr esto: el desprecio por las realidades de esta vida.
San Antonio (Advertencias sobre la índole humana y la vida buena)

domingo, 4 de diciembre de 2011

El tour

“¡Ah, pues este verano hemos hecho un crucero por las Islas Chiribiri! Una gozada, tú. Unas piedras amontonadas allí desde hace muchos años que es que flipas en colores, tío. Allí puedes comprar de todo y las playas ¡qué arena! …” (NOTA IMPORTANTE: el lector debe engolar la voz y gesticular de forma ridícula para reproducir la escena con la máxima fidelidad posible)


No sé si, puestos en el etéreo ambiente de superficialidad que pretende mostrar el párrafo anterior, os habréis reído o al menos sonreído. A mí me ha entristecido porque eso lo hace la inmensa mayoría de nosotros. Salimos a recorrer el mundo, pero lo hacemos al amparo de un viaje organizado donde lo que se nos muestra es lo pretendidamente bonito, aquello que halaga nuestros sentidos, pero nos iremos a nuestras casas sin haber conocido el país, sus gentes con sus alegrías y sus penas, su riqueza y su pobreza,…

Pero si os creéis que estamos hablando de turismo os engañáis totalmente: hablo de la misma vida. Nos hemos introducido en un vehículo, nuestro propio cuerpo, y nos dejamos llevar por el programa turístico que marca la ley de este mundo: dormir, comer, procrear, tener,… Y cuando lleguemos al destino, nos bajaremos e iremos comentando con los que con nosotros hayan arribado a puerto lo bien que lo hemos pasado. Bueno algunos serán tan torpes que encima se lo habrán pasado mal mareados todo el día en su camarote. Es triste, muy triste. Como decía San Antonio, habremos cometido el peor pecado que puede cometer el hombre: perder el tiempo.

Entonces llega el momento de preguntarse: ¿estoy perdiendo, yo también, el tiempo? ¿Estoy viviendo mi vida, esa maravillosa oportunidad que es la vida, desaprovechándola?

Pero ¿qué se supone que hemos venido a hacer en esta vida?

No pretendo estar en posesión de la Verdad Absoluta, ninguno de nosotros puede. Pero esta Verdad Absoluta se ha desintegrado en verdades infinitamente más pequeñas, más asequibles, como la espiga de trigo se descompone en sus granos que caen al suelo y germinan en la tierra. Y todas esas verdades se han repartido entre nosotros: cada uno lleva su verdad a cuestas. Conocer esa verdad es el paso previo para organizar nuestro “viaje turístico” por esta vida y aprovecharlo plenamente. Pero ¡cuidado con las modas! ¡Cuidado con los engaños! Debemos encontrar nuestra verdad. La verdad del vecino, aun siendo auténtica, no me vale. Su misión no es la mía.

Ruego a Dios que ayude a cada uno a encontrar su verdad.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Las imperfectas formas de amar

Os proponía en una de las últimas entradas, como concepto de amor el principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma.  Hoy me he propuesto pasar revista a todas las formas conocidas de amor. Tal vez a los latinos se nos venga primeramente a la cabeza el amor materno, no lejos nos encontraremos el amor marital, el fraterno y, tras un más o menos largo listado de amores, el amor filantrópico.

Sin embargo todos ellos tienen “lagunas”, “defectos de fabricación”. Todos ellos obedecen a un principio residente en lo más profundo de nuestro ser, pero alterado por nuestra mente empeñada en aplicar la razón. Fijaros que en la propuesta definición que os hacía días atrás amor y unidad corren parejos. Sin embargo todos los conceptos que hemos relacionado antes son excluyentes: la madre ama a sus hijos por delante de los demás; los cónyuges excluyen a los demás seres humanos hasta que empiezan a incluir a sus hijos; los hermanos solo lo son de los hijos de sus padres y el amor filantrópico solo se refiere solo al género humano. Más triste todavía: con frecuencia el amor no es bidireccional o al menos no lo es con el mismo grado de intensidad. Y es que amar no es fácil.
Hemos venido a un mundo que coarta nuestra infinitud en el tiempo y en el espacio y, si pensamos que encerrados en nuestro cuerpo carecemos del divino don de la ubicuidad, extendida no solo a su versión espacial, sino también a la temporal, resulta evidente que no podemos hacer objeto de nuestro amor a los que están lejos de nosotros, ni a los que fueron, ni a los que serán. ¡Qué amor más pobre! ¿Veis, hesicastas, la importancia de nuestra preparación a la meditación: sin prisas, sin cargas, con la humildad que da el conocerse a sí mismo,…? Así es, ampliando el horizonte temporal al parar el tiempo, olvidando nuestros apegos y preferencias que nos inclinan a ver de diferente manera a unos u otros seres y tomando consciencia de nuestra auténtica naturaleza, estamos potenciando nuestra capacidad de amar que es la mejor forma de acercarnos a Dios.

Por el contrario, si nos dejamos arrastrar por las prisas del día a día, si andamos preocupados por qué comeremos o por qué beberemos y si no somos capaces de comprender nuestra verdadera naturaleza, iremos rebozándonos en el barro del egoísmo antesala del odio.
¡Que el Amor os acompañe todos los días de vuestra vida!

lunes, 28 de noviembre de 2011

El inicio de la oración

A lo largo de los Evangelios, Jesús nos pone como ejemplo, en varias ocasiones, a los gentiles, esto es aquellos extraños al pueblo judío. Y parece que nos quedamos ahí: en los extraños al pueblo judío. Sin embargo Jesús va más allá: aunque nos contemos entre los Hijos de Dios, aquellos que aparentemente no lo son con frecuencia nos superan.

Por eso la oración cristiana debe empezar no ya con un reconocimiento de nuestras culpas que no deja de ser otra forma sutil y maquiavélica de echarnos cargas a la espalda, sino  mostrando nuestra humildad y el reconocimiento del poder de Dios.


Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole":
"Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente".
Jesús le dijo: "Yo mismo iré a curarlo".
Pero el centurión respondió: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: 'Ve', él va, y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: 'Tienes que hacer esto', él lo hace".
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: "Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe.
Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

¿Y si Dios fuera el butanero?

Es curioso. Nadie ha dicho algo al respecto. No hay una academia de la lengua que establezca leyes y reglas de ortografía. Ni siquiera los interesados se reunieron alguna vez para llegar a un entendimiento, pero todo el mundo sabe que, cuando alguien golpea unos contra otros esos contenedores metálicos, ese alguien es el butanero ofreciendo renovar nuestras bombonas vacías. Es un medio sencillo que todos entendemos y, según nuestra necesidad, nos moverá a llamar al butanero para que nos suba la bombona de butano.

El mensaje es claro: el butanero nos avisa de que dispone de bombonas llenas. He dicho que todos lo entendemos, pero no es cierto. Lo entendemos solo aquellos que tenemos, y lo sabemos, la bombona vacía. Lo entendemos aquellos que, no teniendo bombona vacía y ni siquiera usando gas butano, hemos observado la curiosa forma de entendimiento. Más aún, lo oímos aquellos que tenemos parte de nuestra atención en la calle porque somos conscientes de que tenemos la bombona vacía. Pero ¿qué le ocurriría a un extranjero recién llegado a nuestro país? ¿Sabría que el butanero estaba en la puerta de su casa? Probablemente no o, al menos, no hasta que la operación se repitiera varias veces o alguien se lo explicara. Y aquél que vive en la inopia, que ignora que su bombona está vacía, que anda preocupado en otros menesteres o que tiene la radio a todo volumen ¿sabrá que el butanero está en su puerta?

Cuando, siendo chico, tenía que estudiar la Historia Sagrada, ya sentía algo de sana envidia de Samuel. ¡Qué sencillo todo! Llega Dios le llama por su nombre y cuando Samuel en su ignorancia adolescente confunde a Dios con Elí, éste lo saca de su error: <> Pero claro está que ni yo era Samuel, ni estaba en el Templo, ni tenía a Elí a mi lado para que me explicara lo que pasaba. O sea que yo no era más que un recién llegado que desconocía la costumbre del butanero o me abstraía con otras preocupaciones más mundanas.

Puede parecer irreverente, pero la realidad es que, salvando las diferencias, Dios emplea medios muy diversos, pero muy parecidos a los del butanero, para comunicarse con nosotros. De hecho nos acribilla a mensajes y llamadas, pero nadie nos ha explicado el significado de estos mensajes. En muchas ocasiones no sabemos traducirlos a nuestro idioma y, como somos algo engreídos, terminamos despreciando aquello que no entendemos en lugar de meditar sobre ello, porque, al no ajustarse a nuestros cánones de inteligencia y a nuestra capacidad de observación, concluimos que es una tontería resultando incapaces de admitir que los torpes seamos nosotros. Otras veces, las que más, no nos paramos a observar a nuestro alrededor, no llegamos a entender la conducta del butanero y, en el peor de los casos, nos lamentamos de las molestias que nos causa al despertarnos de nuestro letargo.

En todo lo que antecede el método hesicasta, como otros muchos métodos contemplativos, tiene mucho que decir. Algo tan simple como comprender la técnica del butanero requiere alejar nuestra mente de sus cotidianas preocupaciones; acallar el ronroneo de sus disquisiciones, muchas veces fútiles; ralentizar el ritmo de nuestro corazón; tener la humildad de reconocer que nuestro artificial sistema de comunicación y nuestra privilegiada mente solo nos permiten entrever la Suprema Inteligencia Divina y, en modo alguno, nos capacitan para despreciar lo que no seamos capaces de entender. Pero sobre todo debemos ser conscientes de que nuestra bombona está vacía y debemos estar a la espera del repiqueteo de recipientes con que el butanero llama nuestra atención. Y, cuando estemos en nuestro quehacer cotidiano, la oración continua mantendrá abierta una conexión mínima, pero suficiente, para atender el aviso del butanero. Bueno, del butanero o de la forma y apariencia que Él elija porque eso lo desconocemos: "Velad porque no sabéis el día ni la hora" (Mt 25. 13).

Los argumentos de la Verdad

Dice San Antonio en sus “Advertencias sobre la índole humana y la vida buena”:

“El que se fatiga en comprender las cosas útiles y los buenos discursos, es considerado desventurado. Pero en cuanto a los que, comprendiendo la Verdad, imprudentemente discuten, tienen muerta la razón y su manera de ser es similar a la de las fieras. No conocen a Dios, y su alma no es iluminada.”
Es un texto aparentemente contradictorio y bastante oscuro que me gustaría entender y ayudar a entender. ¡Vamos a ello!
La primera frase es contraria al pragmatismo de esta vida. Es normal que pretendamos entender los mecanismos, las leyes y principios que rigen este mundo. Y es normal porque con ello mejoraremos nuestra calidad de vida y, en casos extremos, incluso aseguraremos nuestra supervivencia. Pero, Antonio califica de desventurados a aquellos que gastan sus fuerzas en ello, porque, me pregunto yo, ¿qué sentido tiene llegar a comprender las leyes de este mundo si tenemos que dejarlo y partir, antes o después, hacia otro Reino? ¿Qué sentido tiene asegurar nuestra vida en este mundo y olvidarnos de la futura? Llevar al extremo de fatigarnos el análisis de lo que nos rodea, pretendiendo, en última instancia, dominarlo es un absurdo.

Sin embargo, Antonio pasa a continuación a hablarnos de los que comprenden la Verdad. Solo en la tercera acepción del diccionario de la RAE comprender significa entender. Antes que entender significa abrazar algo, incluso contener o incluir en sí mismo algo. Antonio se está refiriendo a aquellos que viven en la Verdad, pero dice algo que nos llama poderosamente la atención, llama imprudentes a aquellos que, comprendiendo la Verdad la discuten con los demás. ¡Ahí está la cuestión! La Verdad se vive, se muestra a quien quiera verla, pero no se discute, porque no admite raciocinio humano. Siglos de historia nos muestran las innumerables guerras que la defensa de una verdad ha promovido. No hace falta que las cite, ni quiero, pero todos las conocemos. Compartamos la Verdad que, antes o después descubriremos en nuestro interior, pero nunca la discutamos y, mucho menos, la impongamos.
¡La Paz sea con todos nosotros!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Si por tres veces al día

Si por orar tres veces al día, Dios hace esto por Daniel:

Aquellos hombres acudieron precipitadamente y encontraron a Daniel orando y suplicando a su Dios.

Entonces de presentaron ante el rey y, refiriéndose a la prohibición real, le dijeron: "¿Acaso no has escrito una prohibición según la cual todo el que dirija una oración dentro de los próximos treinta días, a cualquier dios u hombre que no seas tú, rey, debe ser arrojado al foso de los leones?". El rey tomó la palabra y dijo: "Así es, en efecto, según la ley de los medos y de los persas, que es irrevocable".

Entonces ellos tomaron la palabra y dijeron en presencia del rey: "Daniel, uno de los deportados de Judá, no te ha hecho caso, rey, ni a ti ni a la prohibición que tú has escrito, y tres veces al día hace su oración".

Al oír esto, el rey se apenó profundamente y puso todo su empeño por salvar a Daniel: hasta el atardecer se esforzó por librarlo.

Pero esos hombres acudieron precipitadamente al rey y le dijeron: "Tienes que saber, rey, que según la ley de los medos y de los persas, ninguna prohibición o edicto promulgado por el rey puede ser modificado".

Entonces el rey mandó traer a Daniel y arrojarlo al foso de los leones. El rey tomó la palabra y dijo a Daniel: "Tu Dios, al que sirves con tanta constancia, te salvará".

Luego trajeron una piedra y la pusieron sobre la abertura del foso; el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus dignatarios, para que no se cambiara nada en lo concerniente a Daniel.

El rey se retiró a su palacio; ayunó toda la noche, no hizo venir a sus concubinas y se le fue el sueño.

Al amanecer, apenas despuntado el día, el rey se levantó y fue rápidamente al foso de los leones.

Cuando se acercó a él, llamó a Daniel con voz angustiosa. El rey tomó la palabra y dijo a Daniel: "Daniel, servidor del Dios viviente, ¿ha podido tu Dios, al que sirves con tanta constancia, salvarte de los leones?".

Daniel dijo al rey: "¡Viva el rey eternamente!

Mi Dios ha enviado a su Angel y ha cerrado las fauces de los leones, y ellos no me han hecho ningún mal, porque yo he sido hallado inocente en su presencia; tampoco ante ti, rey, había cometido ningún mal".

El rey sintió una gran alegría a causa de Daniel, y ordenó que lo sacaran del foso. Daniel fue sacado del foso, y no se le encontró ni un rasguño, porque había confiado en su Dios.

Luego el rey mandó traer a los hombres que habían acusado a Daniel y los hizo arrojar al foso de los leones, con sus hijos y sus mujeres. Y no habían llegado aún al fondo del foso, cuando ya los leones se apoderaron de ellos y les trituraron todos los huesos.

Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan sobre la tierra: "¡Tengan ustedes paz en abundancia!

Yo ordeno que en todo el dominio de mi reino se tiemble y se sienta temor ante el Dios de Daniel, porque él es el Dios viviente y subsiste para siempre; su reino no será destruido y su dominio durará hasta el fin.

El salva y libera, realiza signos y prodigios en el cielo y sobre la tierra. El ha salvado a Daniel del poder de los leones".
Daniel 6,12-28.



¿Qué no hará por medio de la oración contínua?

viernes, 18 de noviembre de 2011

El poder del Amor

La tertulia se había animado. Todos manifestaban su preocupación, cuando no su pesimismo, por el consumo de drogas, coca en especial. La mayoría mostraban un mayor o menor grado de convencimiento ante el hecho, dado por cierto, de que grandes intereses político-comerciales permitían, bajo una doble moral, el cultivo y tráfico de la droga. Poco a poco se perfilaron posturas. La mayoritaria que afirmaba que era necesario mano dura, represión, fustigar fuertemente a los mencionados poderes que tras una bandera democrática ejercían una maquiavélica conducta en la que la droga era una más de sus estrategias. Y la absolutamente minoritaria que pensaba que la solución estaba en el interior de uno mismo.

A la mañana siguiente, muy temprano, voy de regreso al hotel tras dar un paseo por la Avenida Corrientes y la c/Florida para reanudar la actividad profesional. En la parada del colectivo, un anuncio: “El poder del amor”.

Decíamos en la anterior entrada del blog que el amor era, así os lo proponía: el principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma. Claro que frente al amor encontramos el odio que, por oposión, sería el principio de la desunión. En efecto, el odio, este sí, es un sentimiento, es algo propio de nuestra naturaleza animal, principio por el cual el individuo se considera diferente del otro y, si quiere sobrevivir, ha de eliminar al otro, salvo que la estrategia del momento aconseje unirse a él.

La droga, las armas, la pornografía, las guerras,… no son sino consecuencia de esta perseguida desunión, por la que cada uno quiere ser más fuerte que el vecino. Por tanto ¿qué mejor medio de luchar contra esas “cosillas” que usar el amor como expresión de la unidad? Y ¿cómo nos hacemos portadores del amor, si no es por medio de nuestro desarrollo interior?

Un abrazo en el Amor de Dios

lunes, 14 de noviembre de 2011

Amor y ¿eso qué es?

En los últimos años y cada día de forma más acelerada se está produciendo un fenómeno interesante y esperanzador. De forma generalizada el hombre está pensando por sí solo. Donde antes pensaban unos pocos, copiaban otros muchos y una inmensa   mayoría se limitaba a mirar el espectáculo, ahora es una mayoría la que intenta pensar por sí misma.

Esto es maravilloso y quienes lo han detectado antes que yo lo califican de salto consciencial.  Otros hablan de un cambio de dimensión y así un largo etcétera en el que probablemente todos quieran decir lo mismo. Lo delicado del asunto está ahí precisamente: hay un número importante de hermanos que saben donde están; otro número aún mayor intuye por donde están, pero no saben explicarlo, aunque utilicen los mismos términos que los anteriores; otro grupo demasiado numeroso intuyen que se están perdiendo algo que les gustaría conocer, pero entre que no entienden el significado de lo que oyen y que muchos de los que hablan no caen en la cuenta de que deberían explicar lo que cuentan, si es que saben de lo que hablan, terminan por perderse en el bosque; finalmente queda el número de los que, dicen, ni les va, ni les viene, aunque a veces les gustaría enterarse por si fuera un esnobismo nuevo al que apuntarse.
Parece, pues, que va siendo hora de aclarar conceptos. Cojamos uno que no es precisamente nuevo pero que tal vez por eso esté tan alterado: amor. Para no perdernos, tomemos el diccionario de la RAE. Cuenta con 14 acepciones diferentes. Tomemos la primera, dice así: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.” Es tremendo, demoledor:

A)     Es un sentimiento o sea una sensación producida por lo que perciben los sentidos. Demasiado escatológico ¿no?

B)      Del ser humano, o sea que no es atribuible a Dios, o sea que cuando alguien dice que Dios es amor es poco más o menos un blasfemo.

C)      Asegura que ese sentimiento parte de la propia insuficiencia del ser amante. Vuelve la burra al trigal: como se supone que Dios es autosuficiente, no puede amar.

D)     Además dice que es un sentimiento que parte de la necesidad, esto es se trata de un sentimiento egoísta. O sea que según esto si amamos es porque somos egoístas y si odiamos, no amaremos, pero por lo menos no seremos egoístas.

E)      Y para terminar resulta que lo que buscamos es  el encuentro y la unión con otro ser, o sea que solo es un sentimiento de pareja y, por lo mismo, no puede ser atributo de Dios que, por otra parte tampoco  puede unirse a otro ser.

Y eso por no acudir a otras acepciones más… ¿lúdicas?

Con esta definición ¿qué podemos esperar cuando decimos a alguien que el Amor es el motor de todo? Pues, eso: “por el interés te quiero, Andrés” Decididamente, alguien nos ha colado un gol ensuciando la pureza del significado de la palabra Amor. Lo malo es la consecuencia: perdido el sentido real de la palabra todos los razonamientos que nuestra limitada mente pueda realizar quedarán totalmente desvirtuados, serán confusos y nos llevarán derechos al error. Pero esta consecuencia se afianza porque amor no es la única palabra corrompida. Tenía razón Jesucristo cuando decía que no nos fijáramos en lo que decían, sino en lo que hacían, no ya porque los fariseos fueran como eran, que lo eran, sino porque la transmisión de ideas por medio de palabras es muy ineficaz.

He estado meditando sobre el concepto  de Amor y os propongo el siguiente: Principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma. De esta forma, tal vez algo cartesiana,  llegamos a poner en común algo que es esencia divina y de la cual percibimos ramalazos en nuestro interior. Ramalazos que pueden ser más o menos duraderos, pero que siempre nos invitan a acercarnos a Dios.

viernes, 28 de octubre de 2011

El desapego, según Antonio el Ermitaño

Decía Antonio, allá por el siglo IV:
Cuanto más modesta es la vida de uno, tanto más éste es feliz. No tiene que preocuparse por tantas cosas, tales como siervos, campesinos, ganado. Si nos precipitamos en estos quehaceres, tropezaremos con las penas que de ellos surgen y nos lamentaremos de Dios: con nuestra voluntaria concupiscencia, la muerte, como una planta, será regada y permaneceremos perdidos en las tinieblas de la vida pecaminosa, impotentes de conocernos a nosotros mismos
No debemos declarar que es imposible para el hombre conducir una vida virtuosa. Debemos más bien decir que ésta no es fácil ni está al alcance de la mano de cualquiera. Toman parte de una vida virtuosa todos aquellos que, de entre los hombres, son píos y dotados de un intelecto amante de Dios: porque el intelecto ordinario y mundano es también voluble, produce pensamientos ya sea buenos como malos, es mudable por naturaleza y sus cambios tienden a la materia. Mientras, el intelecto ocupado por el amor de Dios está al resguardo de la malicia que el hombre voluntariamente se procura por su descuido.
 Los incultos y los rústicos consideran cosa risible los razonamientos y no quieren escuchar, pues su falta de formación sería puesta en evidencia y querrían que todos fueran como ellos. Es así que también en su forma de vivir y en sus modales, tratan de que todos sean peores que ellos pues piensan que podrán pasar por irreprochables, gracias al pulular de los mediocres.
No deben extrañarnos estas palabras ya que cuatro siglos antes ya las había dicho Cristo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme».

Pero es que Cristo no hacía más que recoger lo dicho en el Libro de la Sabiduría (Sab, 7):

“Con la sabiduría me vinieron a la vez todos los bienes”
Supliqué, y se me concedió la prudencia;
invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La preferí a cetros y tronos,
y, en comparación con ella,
tuve en nada la riqueza.
No le igualé la piedra más preciosa,
porque todo el oro, a su lado,
es un puñado de arena,
y, ante ella, la plata es como el barro.
La quise más que a la salud y a la belleza,
y preferí tenerla como luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Con ella me vinieron todos los bienes juntos,
en sus manos había riquezas incontables."

O sea que llevan toda la vida diciéndonos lo mismo y nosotros sin enterarnos. ¿Podemos hacer algo por conseguirlo? ¿Tenemos claro de lo que nos están hablando? ¿Significa que debemos tirar los bienes que a más de nuestros son de nuestras familias y dejarlas en la miseria? ¿Significa que debemos dejar de trabajar y centrarnos exclusivamente en la oración y en la meditación? O sea ¿debemos cambiar el apego a lo material por el apego a lo espiritual? ¿Qué más da un apego que otro? Meditemos sobre la cuestión y que Dios, como siempre, nos ilumine.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Buenas noticias son...

La montaña escribe en su lenguaje silencioso, solo sentido, y por ello entendido, por aquellos que buscan la paz. No escribe grandes cosas, casi ni son noticia y, mucho menos, tampoco son novedades pero son sedantes. A su alrededor se pelean los vientos, se insultan las tempestades o campa la muerte caída fulgurante del cielo sobre su infeliz víctima. Pero la montaña sigue su discurso para quien lo quiera escuchar, para quien lo sepa entender, para quien lo pueda necesitar,… allí estará dispuesta para todos.


Buenas noticias son que la vida sigue su curso, ahí dispuesta para que la podamos aprovechar. Algunos pensarán, como el de la zarzuela, que qué faena nos hizo Dios con echarnos a este mundo. ¡Pobres ciegos! La vida es un regalo de Dios y cuando se acaba es, SIEMPRE, un regalo mayor. Lo malo es que Dios nos dio la libertad de interpretar su regalo y esta libertad entraña el no nacer sabiéndolo hacer.

Buenas noticias son todas las cosas que pasan a nuestro alrededor, porque frente al odio está el amor, frente a la muerte está la vida, frente al tirano está el clamor de los pueblos con sus mantos de libertad, frente a la guerra está la paz, frente a la traición lucha la lealtad,… solo hay que saber buscar. Decía un antiguo entrenador del Barcelona C.F.: “Tu mucho negativo, nada positivo” Y es que en efecto para entender las noticias como buenas hay que disponer primero nuestro ánimo: “Todas las noticias son buenas”

Por cierto, buenas noticias son que en Argentina se haya constituido un grupo católico de hesicastas (lo podéis ver en http://hesiquia.wordpress.com/2010/12/16/hesicasmo-catolico/ ) Les deseo una fructífera experiencia.

martes, 25 de octubre de 2011

Pues, sí todo está bien

Nos preguntábamos hace unos días si todo estaba bien. Y hoy viene nuestro inefable Antonio a confirmánoslo:
Por cierto, que esto no lo pensarán los insensatos: éstos no creen que todo evento es para bien, que sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que las virtudes resplandezcan y que recibamos de Dios la corona.
Y es que no hay nada nuevo bajo el cielo: siempre son las mismas peguntas y las mismas respuestas. Los únicos que cambiamos somos nosotros que, pobres ignorantes, miramos la Verdad desde diferentes posturas y creemos ver algo nuevo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Enamorado de Dios

Pensaba San Antonio que:

El hombre verdaderamente razonable tiene un solo deseo: creer en Dios y agradarle en todo En función de esto -y solamente de esto- formará su alma, de modo que sea del agrado de Dios, dándole gracias por el modo admirable con que su providencia gobierna todas las cosas, incluso los eventos fortuitos de la vida. Está, pues, fuera de lugar, agradecer a los médicos por la salud del cuerpo aun cuando nos suministran fármacos amargos y desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las cosas que nos parecen penosas, sin reconocer que todo sucede de la forma debida, en nuestra ventaja, según su Providencia.
Puede parecer, y debemos evitar el equívoco, que a Dios tenemos que quererle por el egoísmo de desear vernos bien atendidos por Él. Antonio llama nuestra atención sobre el hecho tan admirable de como Dios gobierna todo, de forma que nada resulta ser casual. Antes de todo sentimiento de agradecimiento por ello que pudiera convertirse en egoísmo, hay que querer a Dios como, permítaseme la comparación, lo hacemos con nuestra pareja cuando estamos enamorados. El enamorado no racionaliza su amor: lo siente, lo vive, porque... ¡porque sí! Porque, como dice mi mujer, admira al ser amado. Claro que, en el amor terrenal esa admiración puede declinar si, como pasa con frecuencia, cada miembro de la pareja no mejora sus virtudes, aquellas que movieron a su pareja a admiración y entre las que la más importante es el espíritu de sacrificio y entrega al otro. Pero con Dios el enamorado no se desenamora. Dios es una inmensa fuente de admiración que cuanto más conocemos, más nos admira, nos embelesa, nos enamora. Dios es sencillamente irresistible. Así que terminemos con un poema de Santa Teresa, "El Corazón Enamorado":
Dichoso el corazón enamorado
que en sólo Dios ha puesto el pensamiento,
por Él renuncia todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento.
Aún de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.

domingo, 23 de octubre de 2011

Animales racionales

Decía Antonio el Ermitaño:
Sucede que a los hombres se los llama, impropiamente, razonables. Sin embargo, no son razonables aquellos que han estudiado los discursos y los libros de los sabios de un tiempo; pero aquellos que tienen un alma razonable, y que están en condiciones de discernir entre lo que está bien y lo que está mal, aquellos que huyen de todo lo que es maldad y que daña el alma, mientras que se adhieren solícitamente a poner en práctica todo lo que es bueno y útil al alma, y hacen todo esto con mucha gratitud respecto de Dios, solamente estos últimos pueden ser llamados, en verdad, hombres razonables. (Advertencias Sobre La Índole Humana y La Vida Buena; Filokalia)
Estas palabras dicha allá por el siglo IV, tiene hoy plena vigencia. Y es que nuestro pequeño mundo occidental ha perseguido el conocimiento tecnológico, la teoría filosófica, las leyes sistematizadas,... y se ha olvidado de ese Concimiento que se adquiere y reside en el corazón. O, hablando en castellano viejo: obras son amores y no buenas razones.

martes, 11 de octubre de 2011

Todo está bien ¿o no?

Esta sociedad nuestra ha entrado en una fase de su historia de crisis aguda y quiero dejar claro eso: que es una agudización de la crisis, o sea del cambio permanente en que se desarrolla el paseo del hombre por este mundo.
El hombre, en su aspecto más material, es un ser cambiante sometido a las leyes de un mundo de por sí cambiante. Y esto es lo que los guías tuertos de este mundo de ciegos o, peor aún, los ciegos que se creen tuertos y se consideran guías de los demás ciegos no aciertan a transmitir. Nos empeñamos en ver, con un enfoque totalmente pesimista, que vamos de mal en peor, que se avecinan fenómenos apocalípticos, el anti-Cristo,  etc., etc. Y todo ello envuelto en la negrura del “mal”. Claro, así resulta fácil encontrarnos con hermanos desencantados de la vida, abrumados por el peso de un mal más imaginario que real, hundidos en un mundo que consideran dejado de la mano de Dios,… y así vienen las depresiones, las angustias, los pensamientos suicidas y tantos desequilibrios psíquicos.

Nuestra doble naturaleza, humana por vivir en este mundo y divina por nuestro origen, entra en lucha. La una es cambiante, la otra inmutable. Mientras que el espíritu percibe la inmutabilidad divina, el cuerpo se ve sometido al cambio de un mundo que necesita cambiar para ser. Pero el cambio requiere el paso de un estado a otro y si el segundo estado es diferente del primero, algo hay  en él que lo hace mejor o peor para el que lo vive, y para ello no dejamos de estar viendo y sintiendo todo con una carga de subjetividad más o menos importante. Esa subjetividad será tanto mayor cuanto mayores sean nuestros apegos a las cosas de este mundo. De este análisis subjetivado de las cosas y hechos de este mundo y de esta permanente dicotomía bien-mal, derivan el sufrimiento, nuestros desequilibrios emocionales, nuestros miedos y nuestras angustias.
No acabamos de entender y, menos aún, de aceptar que esa interacción bien-mal no es sino el motor del mundo. Si solo existiera el mal, el mundo desaparecería: esto nos parece evidente. Pero es que, si solo existiera el bien, el mundo también desaparecería. El problema es que los occidentales hemos creado, en torno a este mecanismo dicotómico, una moral: esto está bien y aquello está mal. Con ello conseguimos tener épocas de una cierta euforia y otras de marcado pesimismo. Recordando unas y angustiándonos por las otras, nos rebelamos. Se nos habla de respetar la voluntad de dios y entramos con ello en una nueva danza de locura y frustración. He escrito dios con minúscula porque a lo que nos referimos en esos momentos de rebeldía es a un dios demiurgo, a un ser que gobierna este mundo y al que asignamos poderes especiales, pero hecho, ¡qué ironía!, a nuestra imagen y semejanza. Pues, bien, al pensar que Dios, convertido subrepticiamente en un dios menor, permite eso que hemos dado en llamar el mal dentro de la rueda de la vida, se nos rompen los esquemas: se nos fractura el alma. Pasamos así de la quiebra psicológica, ya de por sí grave, a algo todavía peor: la quiebra existencial por la que el espíritu “siente” fracasada su misión en este mundo. Si antes había pensamientos suicidas, ahora el suicidio se ha convertido en una perentoria, al menos eso siente el individuo, necesidad.

Frente a esa actitud rebelde del occidental, motivada en gran parte por esa forma de apego tremenda, maquiavélica diría yo, hacia el bien  que provoca una insana rotura de la Unidad, el oriental presenta una actitud de sumisión a la realidad. Aparece indiferente y resignado  a la evolución del mundo a su alrededor. Claro que ello le resulta más fácil que al occidental: la rueda de la vida es, para él, una continua interacción entre principios femeninos y masculinos.
Esta meditación mía me ha hecho darme cuenta que no todos los hombres están preparados para “navegar” por el mundo espiritual y que empeñarse en hacerlo, sin consolidar antes otros aspectos fundamentales del hombre como su salud psíquica, sus principios conductuales, etc., puede ser muy peligroso. Es más, cuando el individuo se ve sometido a importantes tensiones desequilibradoras en el mundo material, el hombre debe esforzarse en mantener su mente y su cuerpo entrenados y preparados para las más duras pruebas. Y llega el colofón. Esta titánica lucha pretendemos llevarla a cabo nosotros solos, sin aceptar la ayuda de aquellos que caminan a nuestro alrededor, de nuestros hermanos en Cristo. Hace unos minutos meditaba sobre ello y me di cuenta de que la caridad bien entendida  no solo está en dar ayuda, sino también en recibirla. Tan obligado es para un cristiano el ofrecer ayuda al hermano que ha caído o está en riesgo de caer, como para éste aceptarla, porque esta aceptación descansa en la humildad que es conocimiento de uno mismo, de sus capacidades y de sus limitaciones. ¡Amén!

martes, 4 de octubre de 2011

La Barca

Decía una canción de Mari Trini: “El amor es una barca/con dos remos en el mar/un remo aprietan mis manos/el otro lo mueve el azar” Es una canción que loa ese amor, que nos hemos empeñado en banalizar, que surge entre dos personas que han decidido viajar juntos. El amor en pareja no es dese luego fácil. Siempre hay una componente aleatoria que no controlamos. Yo, en mis habituales despistes, solía cambiar el azar por la mar. Creo que tampoco quedaba mal porque ¿os imagináis un remo sin remero? El oleaje lo zarandeará, hará la barca ingobernable y es posible que el remero centrado en su remo reciba un fuerte golpe del veleidoso remo suelto. Así es el amor y así es la vida.


Y, como así es la vida, así es el Amor. Me preguntaréis que dónde veo la semejanza. Pues está claro: cada uno de nosotros se aferra al remo, al único remo que cree controlar, y espera que los demás muevan el otro remo a la par. Y, claro, no siempre es así. ¿Qué ocurre entonces? Que la barca dará vueltas y más vueltas, sin avanzar. Que entraremos en desesperación. Que diremos qué burros son los demás. Que… O sea que la barca no avanzará. Pero, ¿habéis visto cuál es el error? ¿Habéis visto dónde están los demás?

En la barca solo estamos nosotros, cada uno de nosotros. Los otros están en el mar. La pareja en el amor o todos los demás en el Amor, están fuera de la barca, son la mar. No hemos dejado que los demás subieran a nuestra barca, porque, eso sí, lo de “nuestra” nos lo enseñaron desde chiquititos.

Todo esto, que ya da bastantes quebraderos de cabeza en situaciones normales, se convierte en motivo de abandono en situaciones de crisis (mutación importante en el desarrollo de procesos físicos, históricos o espirituales) como la actual. Y, sin embargo, fijaros qué sencillo es: “Subamos a la barca que nos han prestado a todos aquellos con los que sabemos que tenemos que navegar”

Ese mundo de “ahí fuera” es un mar embravecido por el que hemos de navegar con nuestra barca y con nuestros remos. Hay quien sabe y puede manejar él sólo la barca, pero si queremos avanzar con firmeza, velozmente, sin perder el rumbo, necesitaremos de los demás. Necesitaremos más remeros y necesitaremos el timonel que nos ponga a todos de acuerdo, marcando el ritmo y manejando el timón.

Al demiurgo Mundo le encanta hacernos sentir solos, hacernos olvidar nuestra pareja, nuestros hermanos, nuestros amigos. Menos mal que de vez en cuando alguien nos recuerda que “no estamos solos, sabemos lo que queremos”

jueves, 15 de septiembre de 2011

Escribir en el corazón

El mundo está lleno de buenas ideas. Algunos las ven pasar como pasa el viento, agradecen el frescor pero al rato están renegando por la fatiga de caminar. Otros las ven llegar, las seleccionan, las disfrutan, pero las dejan escapar. Hay quienes, como un eco, las gritan o las cantan a los cuatro vientos y todos las bailan al ritmo frenético de la música que les acompaña, pero, ¡ay!, escapan en el sudor de los cuerpos. Hay otros que las escriben en el papel y con ello sosiegan el frenesí diario y ayudan a que los demás las vean y las gocen, pero, ¡ay!, la dicha dura poco arrastrada por el torrente de la muerte diaria.


Digo yo, Señor, ¿por qué no me enseñas a escribir en el corazón?

Y me contestó el Señor: “Tú solo puedes escribir en tu corazón”

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuando se muere

Esta sociedad nuestra tiene miedo. Le han enseñado a tener miedo y se lo inculcan día tras día. Eso pretenden, puede que sin saberlo, las cadenas de televisión, los periódicos y las cadenas de radio, las tertulias más formales y los corrillos informales de correveidiles que tanto abundan. Todos tenemos miedo, yo también, por supuesto.


Pero, ya estoy harto, quiero “coger el toro por los cuernos” y si me mata que me mate, muerto y veinte veces muerto. Porque ¿alguien sabe, de verdad, lo que es la muerte? O más fuerte aún, ¿alguien sabe algo de verdad?

¿Os habéis dado cuenta de que esta vida tiene algo de adictivo? Cuando se tiene dinero, se quiere más dinero. Cuando se tiene poder, se quiere más poder. Si tenemos ciencia, queremos más ciencia. Si tenemos sexo, queremos más sexo. Solo hay algunas cosas que parecen sencillamente extrañas en este mundo: no siguen sus leyes. La primera es la Ciencia del Conocimiento que no es la misma que la ciencia del dominio. La ciencia que habitualmente manejamos es la que “nos pide el cuerpo” para controlar lo que nos rodea, lo cual no deja de ser otra manifestación de miedo: nos encontramos inseguros rodeados de una naturaleza desconocida. La Ciencia del Conocimiento es la de la comprensión, la que nos permite comprender al ser que tenemos al lado, sin dominarlo. Es la Ciencia que nos permite acercarnos tanto a él que podamos llegar a hacernos solidario con él.

La segunda es la bondad, esa virtud que el mundo califica de tontería. Ese tesoro que sirve para que, en el mejor de los casos el mundo nos tenga pena y en el peor para que satisfaga y aumente su ego dominándonos. Sí, hablamos de esa virtud que nos empuja a llevar sobre nuestros lomos al resto de la Humanidad, tal vez porque sabemos que, cuando la Humanidad funcione con ese grado de solidaridad que no hace diferente a un hombre de otro hombre, la Humanidad entera estará más cerca de Dios.

La tercera es el trabajo. Pérfido ataque el del mundo con la dichosa frasecita: “Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Pues, no. Sin Trabajo, no hay Vida. De nada nos vale la Ciencia del Conocimiento, ni la virtud de la Bondad, si nos sentamos a ver como el Mundo deambula, viendo pasar el tiempo, esa inútil creación de nuestra mente. Lo que ocurre es que el trabajo en el que perdemos inútilmente nuestras fuerzas, nuestro tiempo y nuestra vida es el más improductivo, es el que sirve para tener y no para dar.

Esta es la Llave de la Vida, una llave que ha de dar tres vueltas al cerrojo. Solo hay que saber en qué sentido hay que girar la llave: en un sentido nos cerramos el paso a la Vida; en el otro traemos el Cielo a la Tierra. ¿Cuál preferís?

Nuestra es la elección: o la vida que es muerte o la Muerte que es Vida.

viernes, 2 de septiembre de 2011

El Tesoro


A nadie se le ocurriría guardar un tesoro rodeándolo de llamativas señales de poder y riqueza, porque llamaría la atención de los “amigos de lo ajeno”. Ponerlo al recaudo de un gran ejército es consumir el tesoro poco a poco sin disfrutarlo. Pero ¿qué ocurriría si el afortunado poseedor de tal riqueza lo ocultara en una chabola, rodeado de pestilentes basuras? A nadie se le ocurriría buscarlo allí. ¿A nadie?

El Mundo, ese ente que desde ciertos ámbitos se nos ha enseñado a despreciar; el Demonio esa comunidad de seres que hemos aprendido a temer y la Carne esa parte de nuestros seres que, se nos insiste, es enemiga de nuestro propio yo; todos ellos se saben “ocupados” por un Gran Tesoro y todos ellos sacan lo peor de los más profundos rincones de su ser para intentar escondernos la Divina Presencia, el Espíritu Divino sin el cual ellos, como nosotros, no podrían existir. Ellos quieren apropiarse de un tesoro, el Tesoro, que no es exclusivo de nadie. Pues, bien, en esa lucha por hacerse con Dios, Su Imagen se nos desdibuja, se esconde bajo capas de confusas calumnias, se somete a perversas manipulaciones,… Pero Él sigue ahí, a nuestro alcance. Las pistas que nos conducen a Él se nos ocultan bajo mentiras. Se crean pistas falsas y se construyen caminos, teorías, doctrinas o religiones maquiavélicas y aquellas que nacen de la Verdad y el Amor son calumniadas, desde fuera y también desde dentro, para que el Tesoro quede oculto tras montones de basura.

¿Un ejemplo? Dos religiones, la cristiana y la musulmana. Nadie diría que fueran lo mismo, pero en verdad os digo que es más lo que nos une que lo que nos separa.

Pero no hace falta subir tan alto: ¿Veis esa mujer de sugerentes formas que todo el mundo tacha ligeramente de ligera, cuando no de prostituta? ¿Habéis escuchado su corazón o, más bien os habéis dejado, perdón, nos hemos dejado llevar por las apariencias? ¿Qué hay detrás de la desfachatez con que nos mira el delincuente juvenil? ¿Qué maravilloso sentimiento encierra cualquiera de esas personas que diariamente se cruzan con nosotros escondidos tras una máscara de antipatía, de trivialidad, de vicio, de desesperación,…? Y es que muchas veces nos resulta más cómodo ponernos también nuestra máscara y hasta el disfraz completo y dejarnos llevar por la desesperación del tango: “Verás que todo es mentira, que nada es amor, que al Mundo nada le importa, gira, gira.”

Pues, no: precisamente detrás de toda esa basura que despierta nuestra repulsa está lo que buscamos o lo que no buscamos porque no sabemos que existe o porque creemos que es una milonga. Tenemos dos poderosas armas, dos muletas con las que caminar: el corazón y la razón, ambas nos llevan a la inteligencia de la comprensión que nos permitirá conectar con esa “mano” que Dios tiene permanentemente tendida hacia cada uno de nosotros.
Os dejo con la el fresco de la Creación de Miguel Angel en la Capilla Sixtina porque la Creación es un camino de ida y vuelta ¿tenemos tendida ya la mano hacia Dios?

martes, 23 de agosto de 2011

¿Sueños o realidades?

Allá en el siglo XVIII, un erudito, el Marqués de Condorcet, se preguntaba si habría esperanza de llegar al “auténtico perfeccionamiento del hombre”. La respuesta, su respuesta, era positiva y para ello se apoyaba en “la observación de los progresos que han alcanzado por ahora las ciencias y la civilización.”


No dejaba de ser una declaración de buena esperanza. Buena esperanza, aparentemente al menos, fallida a la vista de las dos Guerras Mundiales; el innumerable histórico de guerras y conflictos que ha habido desde entonces; de la violencia de que se impregna, día a día, nuestra convivencia hasta en las cosas más nimias; en la corrupción de nuestros políticos y de la sociedad en general; en el abandono, cuando no en la agresión, a la Madre Tierra; etc.; etc.

Dice el Kybalion: “Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.” Y así ha funcionado el mundo. Es posible que en estos dos siglos pasados desde que Condorcet se preguntara y se respondiera tan esperanzadoramente, el péndulo de la historia se haya desplazado hacia la siniestra. Ello no es malo, simplemente es necesario, pero llega el momento en que debemos aportar nuestro grano de arena para que el péndulo, la Humanidad, se desplace hacia la diestra y, si es posible, que lo es, el péndulo no solo oscile, sino que llegue a dar la vuelta y luego otra y otra más. Y es posible porque ello no contradirá la ley del Kybalion, ya que el movimiento seguirá siendo oscilatorio aunque habrá cambiado de forma, habrá cambiado de “dimensión”.

Tras este devaneo filosófico, recapacitemos sobre qué es lo que hemos hecho no tan bien como debiéramos. Para ello nos apoyaremos ahora en Kant. Y en este sentido nos interesa destacar la concepción que tiene de la dinámica del perfeccionamiento humano que se basa, por un lado, en el progreso de la ciencia y de la técnica y, por otro, en la moralidad y en las estructuras socio-políticas. He aquí nuestro fallo: la Humanidad se ha venido centrando, sin perjuicio de que simultáneamente haya habido importantes logros fundamentalmente sociales y políticos, en el avance de la ciencia y de la técnica. Veo al Hombre ahíto de tecnología, engreído en su genética, pero hambriento de fundamentos morales, éticos, amorosos. En este sentido, no puedo resistirme a citar al profesor Menéndez Ureña al hilo de un comentario suyo sobre una obra de Kant. Éste, Kant, concibe el progreso de la Humanidad como una superación paulatina de las servidumbres que la naturaleza hostil, tanto interna como externa, impone al Hombre y asegura el citado profesor: “conquistar la naturaleza externa, librarse de sus servidumbres, significa ponerla cada vez más al servicio del hombre mediante el desarrollo de la ciencia y de la técnica, mediante el trabajo, incrementando así el bienestar material. Conquistar la naturaleza interna, librarse de sus servidumbres, significa avanzar, mediante el perfeccionamiento de las instituciones políticas y económicas que regulan la convivencia humana, y mediante la conversión moral paulatina de los individuos, hacia un estado de paz social en el que la guerra y la represión hayan dado un paso definitivamente a la concordia, a la libertad, a la justicia.” Creo que queda meridianamente claro, gracias a estos dos pensadores, que el progreso de la Humanidad debe apoyarse en esa superación de servidumbres, internas y externas, que la Naturaleza trata de imponer a todas sus criaturas, en particular al Hombre. De nada nos vale poseer la tecnología adecuada para fabricar aviones si no poseemos la ética suficiente para no usarlos en la guerra.

sábado, 13 de agosto de 2011

Pensamientos castrados

Paseaba hace unos días por las calles de Sevilla, protegiendo mi despoblada cabeza de los disparos del sol con la ayuda inestimable de los árboles, cuando noté su admiración. Movían las ramas en un murmullo, casi en un sordo clamor. Me vitoreaban al paso, gritando ¡Vive Dios!

No lo podía creer, parecía fruto de mi imaginación o, aún peor: me había trastornado “la calor” Entender a los árboles, a los animales y a toda la creación es un privilegio que nos dio Dios por llevarle a Él en nuestro interior, pero que me alabaran al paso no podía ser sino un error. Les pregunté por qué gritaban y  me alababan. Y todos a una me contestaban: “Uno como tú, si no fuiste tú, nos sembró y luego nos trasplantó y cuidó, nos regó y nos podó y cuando viejos nos volvemos nos corta y pone a otro en nuestro lugar. ¿Quién eres tú sino Dios?”

Por mucho que les dije y razoné, no dieron su brazo a torcer. Siguieron empeñados en que yo no podía ser otro que Dios.

Andaba yo preocupado por este hecho, porque algo tenía que significar y lo hablé con mi amigo el abeto que situado en su amplio jardín vivía su vida con otro sentir. “Claro, me decía, mis congéneres no han visto más cosas que árboles y hombres y los hombres los crean y los destruyen: para ellos vosotros no podéis ser sino dioses. Yo, sin embargo, plantado por aquí, tengo otras perspectivas: veo, por ejemplo, una gran variedad de animales y vi y ahora veo máquinas que ellos  no han visto, ni verán. Pero, no sé de qué te has de extrañar. Así sois los hombres: a pesar de lo que vivís y estudiáis, sois incapaces de dejar de pensar en Dios como si fuera un hombre más y así os va que Lo estáis llegando a despreciar de tanto y tanto manipular.”

¡Qué razón tienes, abeto, una vez más! Hacemos a Dios a nuestra imagen y semejanza y esta figura no aguanta el más mínimo ataque de la razón. Al Creador Padre de Todo no se le conoce con la razón, por mucho que nos pueda acercar hasta su “casa”, sino con la inteligencia. Así, la mejor forma de encontrar a Dios es escuchar y mirar y palpar y saborear y olfatear. Todos están llamados, pero no todos lo conseguirán.

Sin palabras

Quisiera escribir en blanco

Quisiera usar tinta invisible
Quisiera, sin usar palabras,

llegar a vuestro corazón.
¿Os parece difícil, imposible tal vez?
Pues Dios nos ha dado la mejor pluma,

llenó el tintero con la tinta mejor y
nos dio una sola palabra para decirlo todo a la vez.

Si no os acordais, os la recordaré:
Amor es.

martes, 9 de agosto de 2011

Que la mayor desgracia es no conocer a Dios

¿A dónde vais ebrios, oh hombres,
que os bebéis tan puro el vino de la ignorancia,
que ya no lo podéis soportar y estáis por vomitarlo?

¡Quedad sobrios, detenéos!
¡Alzad los ojos del corazón, si no todos al menos los que puedan!
Porque el mal de la ignorancia inunda la entera Tierra,
y corrompe el alma aprisionada en el cuerpo,
impidiéndole anclar en el puerto de la libertad.
No os dejéis arrastrar por la impetuosidad del oleaje,
antes,
aprovechando una creciente,
los que podáis,
alcanzad el puerto de la libertad,
anclad allí,
buscad la mano que os guíe a las puertas del conocimiento,
donde está la Luz brillante, libre de toda tiniebla,
donde nadie se emborracha,
sino donde todos, sobrios,
alzan los ojos del corazón hacia Aquél que quiere ser visto.
Porque no se deja oir, ni describir, ni ver con los ojos,
sino con la inteligencia y el corazón.

Pero antes es necesario que desgarres la vestidura que llevas,
el velo de la ignorancia,
el sostén de la maldad,
el cepo de la degradación,
el antro  tenebroso,
la muerte viva,
el cadáver sensible,
la tumba que siempre te acompaña,
el ladrón doméstico,
el que por lo que ama, te odia, y por lo que odia, te cela.
Este es el enemigo que revestiste como túnica,
que te estrangula y te arrastra abajo, hacia él,
no sea que alces la mirada y,
contemplando la Belleza de la Verdad y el Bien que allí reside,
comiences a odiar su maldad,
comprendas las trampas que contra tí maquina;
pues atonta el sentido de la observación, tan despreciado,
cegándolo con abundante materia,
abundando en innobles voluptuosidades,
para que no escuches las cosas que debes oír
ni mires las cosas que tienes que ver.

C. H.  (tratado VII) de H.T.

sábado, 6 de agosto de 2011

Búsqueda

Andaba yo buscando a Dios. No sabía bien cómo, ni dónde, ni cuándo. Buscaba en los montes y en los campos, en los mares de agua y en los de arena, en la guerra y en la paz,… Preguntaba al sabio, al intelectual, al que era todo bondad, al místico, al que buscaba como yo,… Todo y todos me decían algo: no es el viento, es todo, es eterno, todo lo puede,… Palabras y más palabras. Era un guirigay, todos andábamos revueltos, corrillos en las plazas, cada uno aleccionaba a los demás sobre cómo debía  ser: unos con gestos grandilocuentes, otros con palabras buscadas ex profeso en el diccionario, algunos escribían libros voluminosos,…

Estaba sentado en el suelo, en un rincón de la plaza. Cualquiera podría pisarlo, pero todos lo evitaban. Era anciano y reía con la fuerza de un joven, pero nadie parecía verlo, ni oírlo, como tampoco parecían ver el canasto que había a su lado. Me picó la curiosidad y me asomé a ver el contenido del cesto: era un niño recién nacido pero con una vitalidad que traspasaba sus blancas vestiduras. Le pregunté al anciano porqué se reía. No podría asegurar quién me respondió. De si fue el anciano o el niño o ambos dos, no estoy seguro yo. Pero sé que se me contestó: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos, porque todos quieren buscar la imagen que de Dios tienen. La Luz y la Vida por todas partes están, pero son como son y no como quieran los demás. ¿No te parece razón para hacernos reír?” Con rabia y suficiencia les contesté, engreído de un conocimiento que, claro está, no alcanzaba a poseer: “Si quieres decirme que eres quien yo busco, te diré que tú no puedes ser porque eres viejo, porque dices que sois los dos, porque andas por los suelos, porque no tienes compasión,…” “¿Ves cómo tengo razón yo? ¿Quién te dice cómo ha de ser Dios?”

miércoles, 13 de julio de 2011

Vocación

Malo sería que, llevados por una equivocada creencia, centraramos nuestra existencia exclusivamente en la espiritualidad, olvidándonos de lo que debemos hacer en esta vida. Malo sería que los frutos que consiguiéramos en nuestra vida espiritual no los sembráramos en nuestra vida material.

No quiero generalizar, pero dentro de la vorágine competitiva, de esa mentalidad de supervivencia pura y dura que da entrada al "yo primero", muchos de nosotros estamos cayendo en la falta de amor por nuestro trabajo; muchos de nosotros estamos cayendo en la elección de un trabajo con un criterio puramente mercantilista. El texto que traigo a continuación es del filósofo alemán del siglo XIX, Krause. Se aplica al director de un Instituto Educativo propugnado por el filósofo, pero es extensivo a cualquier profesión, porque nuestra profesión no es un medio para vivir bien, sino nuestra forma de ayudar a la sociedad.
La primera exigencia de un Instituto Educativo es que lo presida un hombre que esté empapado de la diginidad de la Humanidad, que esté embebido del sentimiento de la excelencia de su tarea, que ame y cuide a los niños como un verdadero padre, que viva entre ellos y con ellos, que se alegre con sus alegrías y comparta humanamente sus penas, que les ilumine mediante el ejemplo de su propia vida intachablemente moral, que les enseñe lo que significa ser un hombre bueno a través del continuo trato lleno de amor con ellos, en verdad y con obras, más que con la sola palabra. Un director así se despierta por las mañanas con sus niños, trabaja, come y se recrea con ellos, y los acompaña al atardecer hasta el lugar de su descanso; nunca se aparta del lado de sus niños, pues ellos constituyen su misma vida, su gozo más hermoso. Las palabras de un tal maestro serán por fuerza eficaces y traerán fruto; los niños le escuchan con amor y con gusto, y sus palabras caen en ellos como un rocío vivificador que procede de un cielo puro y limpio; solo una mirada del maestro querido y adorado despierta en el espíritu de los niños una actitud perceptiva para el bien y la sabiduría. (...) Vds. conocen muy bien como vive Pestalozzi (pedagogo a caballo de los siglos XVIII y XIX) con sus niños, como los educa con su propio ejemplo, cómo sus enseñanzas cobran fuerza a través de su corazón rebosante de amor. Pestalozzi demuestra con los hechos lo que yo acabo de decir de una manera general.
En fín, espero que las palabras de Krause nos sirvan a todos, maestros, médicos, fontaneros, labradores, ingenieros, abogados,..., a TODOS, para cambiar la enferma personalidad de esta sociedad que, compuesta de millones de personas, solo podrá sanar si las personas individuales que la componen están sanas.

jueves, 23 de junio de 2011

La naturaleza

Estaba hoy (Esta entrada fue escrita el 21 de Junio. Aún no se porqué motivo no lo fue. Os pido disculpas) abrazado a mi amigo el árbol, cuando se me ocurrió preguntarle: “Dime ¿eres feliz?”. Mi amigo me respondió: “Sí, muy feliz, aunque bien es cierto que no siempre fue así.”


Cuando nací me dejé arrastrar por las corrientes de la vida, el viento me acunó y me llevó por y hasta donde quiso y allí me dejó. Quise moverme, pero no pude; gritar, pero la voz no salía de mi cuerpo; mirar, pero no tenía ojos. Lo pasé francamente mal. Un día me empezaron a salir piernas y brazos y en mi torpeza pensé que había llegado la hora de mi libertad. Pero, para mi horror, mis brazos y mis piernas solo contribuyeron a atarme más y más a la tierra. Uno de aquellos brazos, sin embargo, empezó a crecer, a separarse de la tierra, a acercarse al cielo. Y mi esperanza se renovó: ¡Pronto volvería a marchar con el viento! Pero mis flexibles ramas de entonces no oponían resistencia suficiente al viento y éste no pudo llevarme consigo. Cuando mi tronco endureció y se opuso al viento, mis raíces habían crecido tanto que el viento no tuvo fuerza para arrancarme de la tierra. ¡Arrancarme de la tierra…! Esa fue mi obsesión durante muchos años. Quise volar como los pájaros, pero yo no tenía alas. Quise correr como los perros, pero mis patas no se movían. Quise hablar como hablas tú, pero solo me salía el murmullo del viento al atravesar mis ramas.

¡Fueron años muy tristes! Pero, ahora es diferente. Ahora, soy consciente. Sé de mi utilidad. Soy el refugio de los pájaros, el descanso del peregrino, el alivio del perro, la regeneración de la Tierra. La Tierra me alimenta y yo alimento a la Tierra. Por eso te digo, mi amigo, disfruta de TU VIDA, es la que te ha tocado o la que tú has pedido: no sueñes con volar si no eres pájaro, no sea que envejezcas sin haber andado.

viernes, 3 de junio de 2011

EL buscador mariposa

TODOS LOS SERES SOMOS BUSCADORES. En efecto, todos, hombres, animales, plantas y hasta rocas, absolutamente todos los seres que componen este Mundo somos buscadores. Todos llevamos en nuestro interior la semilla de la búsqueda, esa semilla que cae en tierra buena, en pedregal o entre zarzas y malas hierbas: todos buscamos. Buscamos el origen de nuestra existencia, el porqué de nuestra vida y, sobretodo, el unirnos a esa fuente de vida. La diferencia entre unos y otros radica en donde buscamos.


Hoy interesa analizar la búsqueda de la mariposa.

Dicen los científicos evolucionistas que la mariposa adopta sus maravillosos colores y formas para camuflarse y así protegerse de sus enemigos que son un poco torpes y los confunden con las flores del entorno. Es una explicación que sobrevive porque no se ha encontrado otra mejor. No me interesa el porqué de los colores, al menos en estos momentos no me interesa. Es mucho más interesante analizar el comportamiento de la mariposa, porque muchos de los comportamientos del mundo animal son reflejo de lo que hacemos nosotros, los supuestamente superiores seres humanos.

La mariposa revolotea de flor en flor, libando una, catando otra, atraída por la belleza diferencial de cada una de ellas. Tengo la impresión de que la mariposa no se ha mirado en el espejo, si lo hiciera, es seguro que dejaría de ir de flor en flor porque su belleza la atraería tanto o más que la de las flores.

Exactamente así nos comportamos los hombres con ansias de buscador. Vamos de flor en flor, ora la religión, ora la meditación yoga, ora la trascendental, ora el taoísmo, ora la masonería, ora el misticismo,… Y así, buscando aquí, buscando allá, va pasando la vida, siendo aprendices de mucho y maestros de nada.

La enseñanza de la mariposa no termina aquí. Al mirarse en el espejo, la mariposa verá la más maravillosa flor en la que jamás se haya posado, pero eso no le servirá para subsistir en este mundo.

¡Feliz meditación!

domingo, 29 de mayo de 2011

Soledad

Hay quien afirma que le gusta la soledad y hay quien huye de ella. Ninguno de los dos sabe lo que es la soledad. Soledad es el residuo que queda en nuestro humano corazón, cuando rechazamos toda forma de egoísmo.
Es una sensación transitoria, muy profunda, que percibimos cuando avistamos la realidad. Es una sensación de miedo motivado por el egoismo, otro sentimiento más que nos atenaza, que nos llama a permanecer atados a las leyes de este Mundo. Es una maquiavélica manipulación de nuestro ser, realizada por nosostros mismos, y en la que se mezclan afectos, ansias de conocimiento espiritual y humano, etc., etc. Y esa manipulación nos lleva a una huida hacia delante, engañados por el espíritu de la supervivencia en la Tierra, hasta sumergirnos en la búsqueda loca, sin control; en el aprendizaje enfermizo, por moda o a sentimiento; en la caridad mal entendida;...
Afortunadamente la soledad a que me refiero es transitoria, muy intensa, pero transitoria. ¡Ánimo, no desfallezcáis!

sábado, 7 de mayo de 2011

Doña Constancia

Queridos amigos:


Desde el 3 de Abril, una fecha de especial y persistente emotividad personal, no había vuelto a colgar ninguna de mis meditaciones en este blog. Sin embargo, el número de seguidores ha aumentado: buena, muy buena, señal.

El ser humano es impaciente, quiere resultados inmediatos. Me atrevería a decir que cuanto más impaciente es un individuo, más separado se encuentra de su toma de consciencia. Aquél que busca resultados inmediatos transita por esta vida arrastrado por el caudaloso río del materialismo más trasnochado y absorbente. Lo curioso es que cualquier actividad del espíritu encaminada a la perfección de éste requiere paciencia, o mejor constancia. Lo curioso está en que una virtud sea necesaria para promoverse a sí misma. Aparentemente es una contradicción y sin embargo ocurre, en mayor o menor grado, con todas las virtudes. Porque, a pesar de los agoreros nos digan lo contrario, las virtudes, todas las virtudes, están presentes en todos y cada uno de nosotros: solo es necesario, una vez extraídas del baúl de los recuerdos, tener la constancia de fomentarlas, de mantenerlas en alto y presentes siempre en nuestras vidas. Para ello solo hace falta pulsar un botón: activar el deseo que dimana de nuestro libre albedrío, o sea querer.

Os sugiero que meditéis sobre esto. Conversad con Doña Constancia.

domingo, 3 de abril de 2011

Evangelizad

"Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura" (Mc. 16,15)


El término evangelio es, si se me permite, relativamente moderno. Me explico: deriva del griego εὐ, que significa "bien", y αγγέλιον, que significa "mensaje". No pudo ser empleado por el Maestro que solo utilizaba el hebreo. Sin embargo es suficientemente explícito para captar la intención del Maestro. Subrepticiamente se viene deslizando en el hablar cotidiano un significado cuyas consecuencias prácticas son deplorables. Se trata de interpretar el concepto evangelizar como convencer, convertir a otro a la fe propia. Esta acepción ha llevado a años de luchas que, si ya eran de por sí injustificadas, se llegaban a convertir en medio de camuflaje de intereses mucho más espurios.

Cristo dice a sus discípulos que vayan a predicar o proclamar la buena nueva y debemos hacernos aquí dos preguntas: ¿Qué era lo que tenían que hacer? y ¿Cuál era esa buena nueva?

He querido poner dos verbos en el párrafo anterior, predicar y proclamar, porque de los posibles significados que nos da el diccionario de la RAE para el término predicar, usado muy habitualmente en términos religiosos, sólo me vale la primera (Publicar, hacer patente y claro algo) ya que las demás no dejan de llevar una connotación de reprensión, de argumentación o similar. Cuando Juan el Bautista envía sus discípulos a preguntar a Jesús si Él es el Mesías, la respuesta de Jesús es ejemplar: Decid a Juan lo que habéis visto. Y relaciona los milagros que se han realizado en su presencia. Lejos de Él la verborrea, la argumentación para demostrar quién es. Ese es el modelo de evangelización que Cristo promueve. Evangelizar, llevar la buena nueva, no es contarla y mucho menos forzar a su aceptación, sino ponerla en práctica en medio de los demás.

Y ahora viene lo más difícil: expresar con palabras lo que estoy diciendo ha de expresarse con actos.

Podemos ponernos muy académicos y ortodoxos y decir que la buena nueva es que Cristo nos ha salvado con su propio sacrificio. Podemos decir muchas otras frases igual de altisonantes y que hemos terminado por asumir más que entender. Pero todo es tan sencillo como recordar la vida del maestro reflejada en sus frases: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn, 15;12); “Yo y el Padre somos uno” (Jn, 10;30) y "Yo no puedo hacer nada por mi cuenta..., no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn, 5; 30). O sea AMOR, UNIDAD Y VERDAD.

Y ahora que mis palabras os han llevado a unos al desconcierto, a otros a la meditación, … ahora releed la vida de Jesús, meteros en el personaje, intentad sentir lo que sintió. Luego no lo contéis a nadie. Sencillamente revividlo. Así seréis portadores de la Buena Nueva.

¡Que el Padre os acompañe!

viernes, 18 de marzo de 2011

¿Hay alguien ahí fuera?

De vez en cuando, mejor dicho siempre, es bueno lanzar una mirada global a este mundo nuestro y tomarle el pulso. Veamos. En Internet, en las tertulias de los cafés y en los medios de confusión, ¡Oh!, perdón, quería decir de comunicación, es frecuente que nos enfrenten al mundo que nos rodea, que nos aíslen de él y nos muestren las dantescas escenas de Japón, las de Haití o de Afganistán, Irak, Egipto o Libia, por no citar otras más próximas a las que parece nos vamos acostumbrando.


También en los mismos foros oímos hablar de la influencia de las manchas solares, de las tormentas de allí y de aquí, del paso del cometa Fulanito, del 2012, de los temblores de la Madre Tierra, harta ya de nuestros caprichos y veleidades, rayanas en la locura. Y todo eso, nos dicen, tiene una notable influencia sobre nuestros actos. Yo no lo dudo.

Ni dudo esto, ni me deja indiferente aquello. Lo que no puedo aceptar es que todo eso pase ahí fuera, fuera de mí. ¿A quién se le ocurriría decir que la herida que tiene en el pie, esa que le impide dar siquiera dos pasos, es algo que está fuera de él? Pues bien, a este absurdo estamos llegando o, más bien, a ese absurdo hemos llegado: todo lo que nos molesta, nos asusta o nos preocupa lo consideramos externo a nosotros. Lo irrisorio es que, en el colmo de la estupidez, nos hemos acostumbrado a dejar fuera de nosotros incluso lo bueno y ya nos encontramos a nosotros mismos, atados de pies y manos, incapaces de hacer nada, tristes, malhumorados y taciturnos, cuando no asustados y desesperados. Si seguimos por ese camino, llegaremos a pensar que nuestro cuerpo también está ahí fuera y entraremos en la locura del desdoblamiento de personalidad. Como he dicho en alguna ocasión, no hay enfermedades de la mente, sino confusiones del alma.

Pues no. Me niego a aceptar que haya algo fuera de mí. TODO, ABSOLUTAMENTE TODO ESTÁ DENTRO DE MI CORAZÓN. ¿A alguien le suena esto extraño? ¿Alguien duda de la Unidad? Pues sí: Yo mismo. Yo dudo de mí mismo y en esa duda está la chispa de mi vida, esa es la causa de que busque y busque sin parar, hasta cuando, exhausto, me dejo caer al borde del camino. Ahí, tirada mi humanidad, también estoy buscando. Y, tal vez en ese momento, Algo me diga que tú y yo, todos los demás y todo lo que nos rodea somos lo mismo, aunque, a veces, estemos en nuestros mundos.

¿No te lo crees? Es lo mejor que puedes hacer. Porque para borregos ya existen los de cuatro patas. Porque lo que yo piense, medite, concluya o haga no ha de valer para ti, porque ni tú, ni tu instante, ni tu lugar, son los mismos que los míos, aunque alguna vez me comprenderás cuando te digo que tú eres yo y todos lo demás.

domingo, 6 de marzo de 2011

Bendita imperfección

Está de moda hablar de la excelencia. Los gurús del marketing, de la organización de empresas e incluso de la espiritualidad nos ponen la zanahoria de la excelencia delante de las narices. Pero, ¿alguien puede decirme qué es la excelencia? A mí me suena a algo así como quimérica perfección. Poner el punto de mira en la perfección, o sea perseguir la excelencia, es algo así como andar subiendo una montaña cuya cumbre no se ve. Porque ¿qué es un ser humano perfecto? ¿No será, por casualidad, el mismo ser humano de siempre, con sus virtudes y sus defectos, con su debilidad y con su fuerza, con su frialdad y su calidez,…?


Porque, digo yo, si Dios hubiese querido hombres “perfectos”, no le habría costado mucho hacerlos. Claro que, tal vez, para esos gurús de pacotilla Dios sea imperfecto.

Los pequeños grandes hombres y mujeres que en el mundo han sido y serán han sido imperfectos porque ahí, precisamente ahí, está el interés de esta vida. La experiencia que se pretende tengamos en esta vida no es la de la perfección, esa ya la teníamos junto a Dios, sino la de debatirnos en un mar de dudas, de imperfecciones, de contradicciones y de sentimientos encontrados. Y, en ese mar, ser capaces de encontrarnos con nosotros mismos, con Dios.

Recuerdo muchas veces la zarzuela “La rosa del azafrán” y en concreto el estribillo de La Espigadora: “Ay, ay, ay, ay, que trabajo nos manda el señor levantarse y volverse a agachar (…)”. No difiere mucho, pero es más ameno, de similares frases dichas por sesudos filósofos o por respetables santos. La vida es caer y levantarse y volver a caer y lo digo lejos de ese pesimista pensamiento del “valle de lágrimas”. Me gusta equivocarme porque eso me enseñará, si soy capaz de ver entre las lágrimas que ocasionen mi caída. Ser perfecto en términos absolutos, ya lo soy cuando estoy junto a Dios, pero dicho en este mundo no deja de ser una patraña más de los que ansían controlar a los demás. Quiero ser un perfecto humano imperfecto. Quiero manifestar mis sentimientos, llorar cuando toca llorar y reír cuando toca reír, irritarme cuando la injusticia ronda mi balcón y dormirme seráficamente cuando ha pasado la tormenta, quiero, en fin, vivir y no quiero, ni puedo, permitir que nadie me robe la experiencia de vivir bajo el señuelo de una excelentemente estúpida perfección.

viernes, 18 de febrero de 2011

Cuando dicen que me entienden,...

Cuando, hablando del Corazón, dicen que me entienden, malo. Utilizar las palabras es un mal necesario. Metidos en nuestra individualidad necesitamos conectar con nuestro origen, sentir la Presencia y vivir la Unidad. Pero nuestro ser, condicionado por su entorno, emplea las herramientas que tiene más a su alcance. Aplica la razón y se basa en las semejanzas y busca el medio de comunicarse con sus semejantes y en aplicación de la ley del mínimo esfuerzo o de la máxima eficiencia, visión pesimista y optimista de la misma cosa, habla y escribe. Pero las palabras solo sirven para esta existencia y para lo que es de este mundo y llevan a confusión cuando se emplean para lo que no fueron hechas.


Hablando del Corazón, las palabras son aldabonazos que damos en la puerta de los demás o, tal vez, en la nuestra propia. Y cuando abrimos la puerta, pocos, muy pocos, abren también su Corazón.

No quiero que me entendáis, porque nada habréis entendido. Quiero, necesito y necesitáis, que sintáis y sentir con vosotros, entrar en resonancia y recibir el “pan nuestro de cada día”, ese que nos permite continuar esta maravillosa aventura que es la Vida.

Por favor, cuando leáis estas líneas, oigáis mis palabras o las de otro, el grito desgarrador de la violencia o del hambre, la melodía de la flauta, el canto del jilguero o el ruido de las ametralladoras, no busquéis su significado, solo sentidlo; despojadlo de su vestimenta positiva o negativa; mirad de frente la desgracia y la alegría, la vida y la muerte,… Todo es lo mismo. Esta aparente imperturbabilidad, esa pasión serena que os propongo, es lo que necesitamos a nuestro alrededor para no sentirnos solos. ¡Es tan simple y lo hacemos tan difícil!

Un beso en el Amor y un abrazo en la Unidad.

sábado, 12 de febrero de 2011

El canto del gallo

Son las seis de la mañana. Canta el gallo. Insiste en su canto. Nadie podría pensar que es un perro.

¿Porqué los hombres somos gallos y nos empeñamos en cantar como perros?

jueves, 10 de febrero de 2011

Esencia divina

Una persona puede vivir varios días sin comer, apenas un día sin beber y unos pocos, muy pocos, minutos sin respirar. Cuanto menos densa es la materia que absorbemos, menos tiempo podemos estar sin ella.

Y algunos pretenden apartar de su existencia lo más sutil de todo: el espíritu. Así el mundo está lleno de auténticos zombies.

Nos lo dijo Jesús en repetidas ocasiones: ¡Orad continuamente" Nos lo recordaba Pablo en su carta a los Tasalonicenses, nos lo recordaban los Santos Padres y numerosos santos. La eficacia de la oración continua de aquél peregrino ruso radica en que nos pone en comunicación permanente con nuestra esencia divina, con la Presencia de Dios que nos da la Vida.

sábado, 5 de febrero de 2011

Sin cargas

¿De qué sirve ponerse a meditar, alcanzar, si se logra en estas condiciones, la iluminación, si nos olvidamos de nuestros hermanos los hombres? Ocuparse de los demás, alentarles cuando los problemas les agobian, aligera nuestra carga, nos libera. Os aseguro que éste es el primer paso del camino más seguro para llegar a Dios, la mejor vía mística. Os dejo con unos versículos de Isaías (Isaías 58,7-10.)


Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo;  cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.


Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: "¡Aquí estoy!".


Si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

jueves, 27 de enero de 2011

Raíces

Preámbulo.


El de hoy es un artículo que se sale de lo habitual en este blog, por lo extenso y por las formas. Refleja una cierta metamorfosis. Espero y deseo que os sea útil.

Salvo en los ratos que logro lleva mi mente a la hesiquia, mi búsqueda, a veces obsesiva, de la Verdad no deja de utilizar los conocimientos y disciplinas intelectuales que mis pacientes maestros o mi propia disciplina me han proporcionado a lo largo de la vida.

Fruto de esta forma de actuar es la primera parte del texto que os presento a continuación. Es un texto árido, por mucho que haya tratado de hacerlo ameno. Es un texto que a algunos puede parecer herético. Asumo el riesgo. OS RUEGO que agotéis vuestra paciencia leyendo esta primera parte hasta el final o hasta donde vuestro tiempo os permita, cuanto más avancéis mejor. No saltéis esta primera parte, pero, acto seguido, no dejéis de leer la segunda.

Parte I: Homotecia consciencial

Navegando por el conocimiento de este mundo es fácil encontrar términos dispares, contradictorios, que nos llevan a enfrentamientos egocéntricos y, a la postre, a estancarnos en disputas fútiles.

Tomemos un ejemplo: la reencarnación. Cualquier cristiano, entendamos que acogido a la ortodoxia de su credo, negaría tal posibilidad. Después de esta vida, viene la Vida Eterna, ya sea en el Cielo, ya en el Infierno. Pero, cabe preguntarse: ¿y nos quedamos ahí, tal cual nos morimos sin más evolución posible? La libertad que un día se nos dio para forjar nuestro destino ¿se pierde una vez alcanzado éste? Perdonadme la guasa, pero parece muy aburrido ¿no?

Pasemos ahora al otro lado del concepto: la reencarnación es cierta, somos sometidos a una rueda de existencias con el objeto, se supone, de perfeccionarnos. Pero aquí los matices son muchos y hay múltiples teorías relacionadas: metempsicosis, reencarnación, transmigración,… y terminar degenerando en otras concepciones relacionadas con las anteriores pero radicalmente diferentes, como la anamnesis. ¡Hay que ver lo que pensamos los hombres para asegurarnos la Eternidad!

Decía el místico sueco Swedenborg que el hombre, cuando moría, permanecía en un nivel, sociedad decía él, de Amor y Verdad parejo al amor que había dado en su vida; que el goce de los bienes de ese Amor y esa Verdad eran los correspondientes, pero no iguales a los del Mundo y que esos bienes permanecían ya para el resto de los tiempos sin que se pudiera modificar al hombre por medio de la enseñanza, como ocurría en la Tierra. Había algo en esta afirmación que rechinaba y, al mismo tiempo, algo que resultaba claro. El hombre no puede quedar atado a un estado inmutable para la eternidad: sería contrario al libre albedrío, posiblemente la característica suprema diferenciadora de nuestro ser. Sin embargo, Swedenborg alude a la ley de la Correspondencia: igual arriba que abajo. En efecto, el Cielo que nos describe nuestro buen sueco, es similar a la Tierra y sin embargo diferente. Se me ocurrió, en primera instancia, tomar prestado de la geometría el concepto de homotecia. Una homotecia, evitando tecnicismos innecesarios y causantes de distorsión, es algo así como estirar una figura de goma manteniendo siempre la misma proporción entre sus características geométricas. Las sucesivas figuras resultantes son parecidas a la original pero más grandes. Aunque físicamente nos cueste trabajo verlo con el ejemplo propuesto, la homotecia puede ser negativa. Sería como volver un calcetín del revés y aplicar el mismo proceso expansivo de antes. Estaríamos hablando del Cielo y del Infierno en la terminología de Swedenborg. Pues bien, así me empecé a imaginar al ser humano. Decidí bautizarlo como homotecia consciencial. Claro que, rebuscando en el baúl de los recuerdos, todavía decidí afinar más. Y es que las figuras homotéticas lo son siempre según un factor de proporcionalidad constante entre cada dos de ellas, por lo que podríamos decir que el cambio de estado –de dimensión- sería imperceptible. La realidad, si hacemos caso a Swedenborg, aunque tampoco es, ni mucho menos, el único, es que el parecido entre estados correspondientes se retuerce y no siempre resulta fácil encontrar la semejanza. De nuevo volví a la Geometría y tomé el concepto de Transformación Afín Consciencial o afinidad consciencial. ¿Qué es una transformación afín? Pues una transformación lineal (rotación, homotecia, etc.) compuesta con una traslación. Lo vais a ver con un ejemplo que, además nos brinda una de las especies vegetales más primitivas –la Tradición en el Reino Vegetal-: el helecho.


Como podéis ver en la figura, la “hoja” del helecho se compone de otras hojas similares, giradas, progresivamente más pequeñas en las que el esquema se repite hasta la saciedad, pero donde cada figura, cada “hoja”, es similar pero diferente de las demás.

Volvamos a nuestro dilema: reencarnación, vida eterna, o ¿qué?

Pues, ni una cosa, ni otra o todas al tiempo. No es que quiera evitar el pillarme los dedos, ni ser piedra de escándalo, tampoco me gustaría y al mismo tiempo tampoco quisiera alterar la tranquilidad espiritual que las dogmáticas verdades teológicas producen en muchos seres humanos. Pero creo que es peor no utilizar los talentos que Dios me ha dado y que en un futuro Alguien o yo mismo me pregunte porqué no los utilicé. Me parece a mí que cuando los seres humanos planteamos conflictos filosóficos de carácter ontológico, tomamos diferencias semánticas, a veces sutiles, como características fundamentales de nuestras respectivas teorías. La realidad es más simple y, con ello, más amistosa. Vida Eterna no quiere decir inmovilismo evolutivo. Lo que es enseñanza en la Tierra, puede ser inmersión social en el Cielo de Swedenborg. Lo que es reencarnación para unos puede ser simple transformación en otros. Lo que es la hoja del helecho para unos, puede ser suma de hojas para otros.

Y ahora que hemos llegado a este punto, ahora que hablamos pomposamente de transformación afin consciencial ¿qué significa todo esto? Porque una transformación transforma, valga la redundancia, una cosa en otra –un espacio vectorial, diría un matemático, en otro- y todo partiendo de un punto que es el centro de la transformación. ¡Ojo a la palabra: punto! Pues mirad, acabamos de concebir un modelo matemático, geométrico, de la Creación. Nadie lo malinterprete: esto no es Dios, ni siquiera la “herramienta” con que Dios creó. Es sencillamente algo que nos puede ayudar a entender la Creación y el devenir del Hombre. No en balde dice nuestro buen sueco que el Cielo toma el Hombre como modelo. Así la Creación se conceptuaría como algo en permanente evolución/involución, nada nuevo por otro lado. Lo curioso empieza con el concepto de punto que daba en su día Euclides: “Aquello que carece de partes” Preguntémonos por un momento: ¿Dios carece de partes? La respuesta es evidentemente afirmativa. Pero, ¿Cuántas homotecias o, mejor aún, cuantas transformaciones afines hay? Tantas como puntos de transformación, o sea infinitos. Pero, al mismo tiempo y con esa definición, fuera de un punto no puede haber otro, porque llevaría en su misma esencia su contradicción existencial algo sin partes que tendría partes: dentro y fuera. Así mismo, tampoco es posible componer un espacio de puntos porque la suma de nada ha de dar nada, luego todas las transformaciones afines tendrían que tener el mismo punto de transformación. Hemos llegado a la conexión del hombre con el Todo y con los demás hombres. La manifestación divina, emanación dirían las tradiciones védicas, que constituiría cada transformación afín partiría del mismo y único punto de transformación. Cada transformación sería una emanación divina, hecha hombre, que iría expandiendo, retorciéndose, como expresión de vida. A su vez, cada transformación iría evolucionando, haciéndose más y más compleja. Así de una sencilla homotecia, pasaría a una transformación afín sencilla (giro y homotecia seguidos de una traslación) y así progresivamente. La transición de una transformación a otra no siempre es continua: se trata de los diversos estadios en que se divide nuestra vida que, como sabemos por experiencia, muchas veces se producen de forma brusca

Cabe hacerse dos preguntas: ¿quién y cómo encadena esa sucesión de transformaciones? Y ¿dónde estamos nosotros en ese sistema de transformaciones?

La primera parte de la primera pregunta parece obvia: Dios Padre, el Punto. El cómo es algo más complicado aunque se puede expresar muy escuetamente: mentalmente. Dice el Kybalion que el universo es mental y dice Swedenborg que Dios es Amor y Verdad. El Amor es la causa de todo esto y la Verdad es el conjunto de “reglas de juego”. La Verdad no es otra cosa que coherencia consigo mismo y el Espíritu de la Verdad ya sabemos quien es: el Espíritu Santo. Pues bien, como elemento conjugador de ambos surge el Hijo, no como un ente distinto de los anteriores, sino participando de su misma esencia. El Hijo es precisamente la Mente, o, si lo preferimos, la Voluntad de Dios expresada en cada una de esas emanaciones, que hemos dado en llamar Transformaciones Afines Conciénciales (TAC) y que evolucionan positivamente, siempre positivamente, aunque una situada geométricamente en la parte opuesta pueda parecer negativa respecto de la primera.

La infinidad de TAC que podemos concebir hace potencialmente inagotable el número de hombres que podrían “crearse”. Otra cosa es que realmente se creen. Una vez creados, es fácil imaginar que determinadas partes de cada transformación pueden superponerse y ser comunes con determinadas partes de otra u otras transformaciones. Estaríamos hablando de las interrelaciones que se producen en la vida real entre los diversos individuos.

Como ya dijimos al definir las transformaciones afines, éstas se tratan, matemáticamente hablando, de aplicaciones, relaciones si queremos usar una terminología menos especializada, entre espacios vectoriales diferentes. Pues bien, si cambiamos los dos espacios vectoriales entre los que se produce la aplicación, cambiamos la transformación, sería como cambiar de existencia. Ello no quiere decir que cambiásemos de dimensión, ya que los espacios vectoriales seguirían teniendo todos ellos el mismo orden. Tratemos de explicar esto. El espacio vectorial más simple que podemos definir es el lineal, el de una dimensión. Es el que nos permite trasladarnos a lo largo de una recta, partiendo de un punto, pero sin salirnos de esa recta. Si ahora quisiéramos salirnos de la recta porque ya nos la conociéramos de memoria, pasaríamos a movernos en el plano, esto es en un espacio de dos dimensiones. Y así sucesivamente. Esto serían los cambios dimensionales, mientras que relacionar primero dos rectas y luego cambiar a otras dos rectas diferentes de las anteriores, pero también rectas, serían cambios de existencia o de vida. Podemos hablar de reencarnaciones o de Vida Eterna y particularmente, prefiero la segunda expresión porque, aunque parezca paradójico, es mucho más amplia que la primera. Con Vida Eterna conoceríamos todo este proceso inagotable, eterno, que hemos definido y que, además, es el principio de la Vida que es Una como Uno somos todos.

Parte II: Humildad

Tengo la suerte de trabajar en un enclave natural dentro de un entorno industrial. Esto me ha permitido hacer una amistad más gratificante de lo que muchos pudieran pensar: es un hermoso abeto, el símbolo de luz mística de los druidas.

Todos los días, nos dedicamos unos minutos. Un día me regala algo de sí mismo y otro inspira mis pensamientos. Esta mañana me ha dicho claramente: “No olvides tus raíces” Me lo decía él, anclado de forma permanente en la Madre Tierra, sin que su voluntad, al menos en apariencia fuera capaz de arrancarlo de ahí. Y me lo decía a mí que tengo libertad para ir y venir por este mundo sin restricciones. Ahí tenía a mi amigo, plantado delante de mí, diciéndome algo que, aunque venía rumiando desde hacía semanas, no acababa de digerir y menos de asumir. Y me lo decía cuando acababa de terminar de escribir el infumable ladrillo que antecede.

Casualidad o no, lo cierto es que sus palabras fueron un revulsivo. No podía, ni debía, llevar mis conocimientos técnicos al mundo espiritual. No podía, ni debía llevar mi lógica analítica a la búsqueda de la Verdad, porque la Verdad es agua entre los dedos. Si quiero Verdad debo vivir en la Verdad y la Verdad la tenemos en nuestras raíces y nuestras raíces no son sino los principios engendrantes de la Vida: Amor como motivo, Verdad como coherencia y Perdón como unidad.

No en balde nos lo han dicho siempre: Conócete a ti mismo. Andarse por las ramas de la Geometría, la Filosofía o cualquier otra elucubración o rama del saber humano puede ser un gratificante juego discursivo o una herramienta útil para este mundo, pero es sencillamente inútil para nuestro desarrollo espiritual. ¡Qué complicado hacemos todo! Solo se dijo: “Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra!” (Génesis 1, 28). Pero ni hemos hecho dar Fruto a la Tierra, ni la hemos expandido, antes al contrario hemos sido y somos antes tiranos que señores. Y cuando Uno vino a mostrarnos el Camino y a decirnos cómo se cumplía el mandato divino, no lo entendimos. Fue tan simple como decir, “Amaros como yo os he amado”

Ahora tenemos una oportunidad, pero seguimos perdiéndonos en disquisiciones inútiles y en discusiones interminables. Mi amigo el abeto tenía razón: hay que volver a las raíces. Le bastaron cinco segundos de intercambio amoroso para decírmelo, el resto lo consumió mi torpeza para comunicarme con él. Yo he consumido cinco páginas en intentar contároslo. No sé si lo habré conseguido. Si he fracasado, perdonadme por haber desviado vuestra atención. Si lo he conseguido, bienvenidos al Nuevo Mundo.