En el día a día de mi profesión me estoy encontrando últimamente muchos hermanos desesperados, más de lo habitual. Los pequeños contratistas andan desesperados por la falta de contratos, por el abuso de quien tiene que pagar y no puede o no quiere, por el abuso de quien aplica la parte injusta de la ley de la oferta y la demanda y paga menos de lo que realmente cuestan las cosas. Los empleados de las grandes contratas andan con miedo de que, amparándose en la “mala situación económica”, sus empresas les puedan despedir.
Pero no hace falta, entrar en el mundo de la ingeniería o en el de la construcción. Las conversaciones en la calle giran en torno a lo mismo, salvo cuando hay futbol (igual que en la época de los romanos. En este aspecto no hemos avanzado mucho).
Lo peor de todo es que uno percibe una cierta incapacidad de ayudarles. Hay como un fatalismo en la microeconomía de los hogares y de las pequeñas empresas que se proyecta sobre la macroeconomía de las naciones y rebota y se crece. Es un fatalismo que obnubila la mente de una gran parte de nuestros hermanos, y a veces de nosotros mismos, y les limita a buscar soluciones en el agotado mundo en el que hasta ahora se han movido.
No es la primera vez que esto ocurre en la historia de la Humanidad. Es algo característico del hombre y en lo que el hombre, a lo largo de su historia viene dando pasos, pasitos más bien, para resolverlo. Nuestro afable Evagrio ya avisa de esta trampa que absorbe nuestra mente y nuestras fuerzas. Y es que el “demonio del dinero”, como él llama a esta forma de ser, recurre a poderosas y sutiles ardides para manipular al hombre. Entrar en el manejo del dinero, y lo mismo vale para el poder, aun con la escusa de hacer el bien ha hundido a muchos hermanos voluntariosos y a muchas instituciones religiosas y sociales en las arenas movedizas de la “economía” y no han sabido salir de ellas. Salir de esta trampa mortal requiere una renuncia total que, si a nivel individual es difícil, en el ámbito institucional, puede rozar los límites de lo imposible. En este sentido, nos dice Evagrio: “Pero nosotros, para conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir, ¡queremos vivir dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10).”
Antes de este párrafo, Evagrio nos habla de las consecuencias de ese amor por el dinero, aunque sea en el supuesto de su gestión con fines benéficos: “Finalmente, puesto que lleva dentro de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que en seguida se presente el demonio de la soberbia, quien, destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones alados en la celda, termina por ocasionar la locura.” Y es que indirectamente nos está dando la solución para el cambio. Podemos pensar en la revolución de vestirnos todos de harapos y destruir nuestra salvaje civilización y situarnos en la Edad de Piedra. Podemos pensar en cualquiera de las, a la larga, fallidas revoluciones que el mundo han sido. Siempre acabaremos en las buenas palabras, la exaltación de los ánimos, la violencia más o menos controlada o más o menos soterrada y, finalmente, en el olvido práctico, aunque demagógicamente sigamos recitando los enunciados de los principios que movieron a aquellas bienintencionadas gentes. La solución es mucho más simple y tremendamente más eficaz. La solución está en la propia celda, es la pobreza de espíritu que subliminalmente nos presentan como incapacidad intelectual o carencia de motivación sicológica. La pobreza de espíritu entendida como desapego de las cosas de este mundo es el lema de la revolución silenciosa que hemos de realizar en nuestro interior. Pasar por este mundo con el desapego necesario para convertirlo en una experiencia inolvidable es curiosamente también la forma de llevar a cabo la revolución económica que nos demanda esta situación actual.
En Mayo del 68, el lema “la imaginación al poder” inundaba las paredes de los edificios y ondeaba en las pancartas de las manifestaciones. Hoy tendríamos que decir “¡El desapego al poder!”
sábado, 6 de noviembre de 2010
domingo, 31 de octubre de 2010
Sanando que es gerundio
Este mundo material y materializante, obsesionado por asimilar todo a su imagen y semejanza, absorto en la contemplación de sí mismo, se ha encargado de presentarnos la figura de Cristo en su aspecto más material. Así, la vida de Jesús parece algunas veces un sinsentido o una acumulación de escenas sensibleras que no satisface las ansias espirituales que nos bullen en las entrañas por nuestro origen divino. En la memoria tenemos algunos de los milagros más glamurosos de Jesús: La curación del paralítico en la piscina de Siloé (Jn 5,1-9); la curación de la suegra de Pedro en Cafarnaúm (Mc 1,29-31); curación del ciego Bartimeo en Jericó (Mt 20,29-34); y un largo etcétera. Lo malo es con harta frecuencia no se nos explica si hay algo más. Nosotros mismos nos quedamos en los aspectos más morales, tiernos e incluso novelescos del hecho. Otros incluso, como yo mismo, hemos llegado a criticar la actitud interesada, comprensible pero interesada, de quienes se acercaban a sí mismos o acercaban a sus parientes y amigos para que el Maestro los sanara. Él, decía yo, que había venido a realizar la gran terea de salvar al mundo, se veía obligado a curar las miserias y tonterías, ¡perdón!, humanas. ¡Qué vergüenza para el género humano!
Hace tiempo, hoy estoy criticón, me preguntaban sobre cómo el hesicasmo podía ayudarles a relajarse, a dejar atrás el estrés que acorrala a tantos de nosotros. La respuesta fue la evidente, pero no la verdadera. A la hesiquia hay que llegar con los deberes hechos. Hay que llegar con la vestidura de la tranquilidad, el silencio, la calma. No fui, entonces, capaz de explicar lo que el Maestro explicaba con hechos.
Hace tiempo, hoy estoy criticón, me preguntaban sobre cómo el hesicasmo podía ayudarles a relajarse, a dejar atrás el estrés que acorrala a tantos de nosotros. La respuesta fue la evidente, pero no la verdadera. A la hesiquia hay que llegar con los deberes hechos. Hay que llegar con la vestidura de la tranquilidad, el silencio, la calma. No fui, entonces, capaz de explicar lo que el Maestro explicaba con hechos.Hace poco, algunos lo sabéis, alguien, en nombre de todos nosotros (todos lo pensamos y algunos lo entienden y saben expresarlo), exponía su agobio ante una gestión burocrática que tenía realizar al día siguiente y cómo este agobio le impedía centrarse en lo que quería: sanar.
Criticamos, aquellos que nos creemos poseídos de Dios o, con aún más soberbia, poseedores de la Verdad de Dios, a aquellos que viven obsesionados con sus cuerpos, sin darnos cuenta de que nosotros vivimos obsesionados por nuestro espíritu. Si Dios hubiera querido enviarnos como espíritus perfectos e inmaculados a este mundo, lo habría hecho. ¿No creéis que debe de haber un equilibrio entre cuerpo y espíritu? La experiencia vital que Dios nos ha encomendado está aquí y ahora, con este cuerpo y este espíritu y con esta alma que los gobierna. Nada sobra y nada falta. Entonces, ¿cómo vamos a enmendar la plana al Creador?
Me entristeció en su día, cuando la llegada del Yoga a occidente se tomaba como el descubrimiento de la tila o la valeriana. No era una actitud tan descabellada: ¡habrá que sanar, digo yo, primero el cuerpo si queremos luego sanar el alma!
Si observáis con atención, toda vía mística o, en general, de progresión espiritual, de mejora personal, veréis que empieza, o debe empezar, con unos ejercicios de relajación. Primero empezamos, pues, arreglando, ajustando, nuestro cuerpo y nuestra mente; luego vendrá la elevación espiritual. Así ocurre con el hesicasmo. Las fases preparatorias de toda sesión de meditación persiguen esto mismo. El “romper el reloj”, si es de buena marca mejor; el dejar en la puerta el maletín de ejecutivo, la cesta de la compra, la cartera del cole o las medicinas que me han regalado en la Seguridad Social con mi tarjeta de pensionista; el pensar sobre las estupideces que hago o digo a lo largo del día, sobre lo fundamental de mi pequeñez y de mi impotencia y, finalmente, el derrumbarme, el entregarme a mi Dios y a mi destino en la más pura obediencia, el sentir, que no decir, “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, son pasitos previos fundamentales para la meditación propiamente dicha.
Todavía otra maldad por mi parte que ya os dije que hoy me he levantado criticón, debe ser lo del cambio de hora: ¿Por qué esta obsesión por sanar a los demás? Podría intentar explicarlo con el conocido dicho de que “vemos mejor la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio”. El resultado es intelectualmente el mismo. Pero es mucho más enriquecedor si pensamos que al ansiar la sanación de los demás, estamos realmente buscando nuestra propia sanación, no como un acto egoísta, sino, antes al contrario, como un acto de inmenso amor, de ese amor incondicional que no ve diferencia entre vosotros y yo, porque el que da recibe. Por este sutil pero fundamental motivo es por lo que el sanador debe sanarse antes a sí mismo.
¡Salud de alma y de cuerpo!
viernes, 29 de octubre de 2010
Evagrio el Monje (18)
El mundo de la espiritualidad, por muy bienintencionado que sea el que lo recorre, está plagado de trampas. Confiarse en su capacidad para superar las pruebas de uno u otro tipo, creerse en posesión de la Verdad, como si la Verdad tuviera más dueño que Dios, etc. son solo una pequeña muestra de ello.
Sobre los falsos profetas y maestros ya nos advirtió Cristo y en otro momento espero poder dedicarle algunos de nuestros pensamientos y meditaciones. Pero, ahora como siempre, lo prioritario es no convertirnos nosotros en uno de ellos y que no lleguemos a desear que nos pongan la rueda de molino al cuello y nos tiren al mar.
Veamos los consejos de Evagrio:
Cuando suceda que algún pensamiento impuro huya con toda rapidez, ¿deberemos buscar la causa a fin de entender cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya sea porque el objeto en cuestión falta, o porque se trata de un elemento difícil de obtener, o porque estamos entrando en la región de la impasibilidad. Por estos motivos el enemigo no puede vencernos. Si por ejemplo, a algún solitario se le ocurre que le sea confiada la guía espiritual de la ciudad, es difícil que se detenga a fantasear a propósito de ello, por los motivos que mencionáramos anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en guía espiritual de una ciudad cualquiera, y su pensamiento no sufre alteraciones, esto significa que ha alcanzado la beatitud de la impasibilidad.
No es necesario saber de estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que podamos ver si hemos cruzado el Jordán y estamos cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en el desierto y bajo los golpes de los extranjeros. Pues veo, por ejemplo, cómo el demonio del amor al dinero es versátil y extraordinario en su capacidad de engaño. A menudo, angustiado por nuestra total renuncia, finge ser ecónomo y amante de los pobres, recibe libremente huéspedes que aún no se han acercado, da limosnas a los que carecen de alguna cosa, visita las prisiones de la ciudad, rescata a los que han sido vendidos, nos sugiere unirnos a mujeres ricas... Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a aquellos que poseen una bolsa bien abastecida! De este modo, se va desviando el alma; poco a poco, la rodea de pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al demonio de la vanagloria. Y esto introduce una multitud de pensamientos que glorifican al Señor por nuestros negocios, y manipula a algunos que, poco a poco, hablan de sacerdocio en lugar nuestro. Hace pronósticos sobre la muerte del sacerdote a cargo, y predice que no podrá salvarse, debido a todo lo mal que ha actuado.
Y así este mísero intelecto, atrapado por tales pensamientos, entra (mentalmente) en lucha con aquellos que se le oponen, pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y aprueban sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a aquellos que se le sublevan, en manos de los magistrados y echarlos de la ciudad! Finalmente, puesto que lleva dentro de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que en seguida se presente el demonio de la soberbia, quien, destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones alados en la celda, termina por ocasionar la locura.
Pero nosotros, para conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir, ¡queremos vivir dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10). Todos los pensamientos impuros, cuando por causa de nuestras pasiones se entretienen en nosotros, conducen el intelecto a la ruina y a la perdición. En efecto, así como la idea del pan ronda constantemente al hambriento a causa de su hambre, y el pensamiento del agua al sediento a causa de su sed, del mismo modo, también los pensamientos a propósito de las riquezas, y las reflexiones sobre los turbios pensamientos producidos en nosotros por los alimentos, se detienen dentro nuestro debido a las pasiones. Esto se manifiesta también con los pensamientos de vanagloria y con todos los otros. Y no le será posible al intelecto, sofocado por tales ideas, presentarse ante Dios, ni ceñir en su cabeza la corona de la justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales pensamientos, aquel intelecto tres veces infeliz del cual nos hablan los Evangelios, rechazó la increíble belleza del conocimiento de Dios. Incluso aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas exteriores, tenía el traje tejido por estos pensamientos y, debido a ello, el que lo había invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El traje de bodas es, pues, la impasibilidad del alma razonable que ha renegado de las concupiscencias mundanas. La causa por la cual los conceptos de los objetos sensibles, cuando se detienen en nosotros, corrompen el conocimiento, fue ya mencionada en los "Capítulos a propósito de la oración."
Sobre los falsos profetas y maestros ya nos advirtió Cristo y en otro momento espero poder dedicarle algunos de nuestros pensamientos y meditaciones. Pero, ahora como siempre, lo prioritario es no convertirnos nosotros en uno de ellos y que no lleguemos a desear que nos pongan la rueda de molino al cuello y nos tiren al mar.
Veamos los consejos de Evagrio:
Cuando suceda que algún pensamiento impuro huya con toda rapidez, ¿deberemos buscar la causa a fin de entender cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya sea porque el objeto en cuestión falta, o porque se trata de un elemento difícil de obtener, o porque estamos entrando en la región de la impasibilidad. Por estos motivos el enemigo no puede vencernos. Si por ejemplo, a algún solitario se le ocurre que le sea confiada la guía espiritual de la ciudad, es difícil que se detenga a fantasear a propósito de ello, por los motivos que mencionáramos anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en guía espiritual de una ciudad cualquiera, y su pensamiento no sufre alteraciones, esto significa que ha alcanzado la beatitud de la impasibilidad.
No es necesario saber de estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que podamos ver si hemos cruzado el Jordán y estamos cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en el desierto y bajo los golpes de los extranjeros. Pues veo, por ejemplo, cómo el demonio del amor al dinero es versátil y extraordinario en su capacidad de engaño. A menudo, angustiado por nuestra total renuncia, finge ser ecónomo y amante de los pobres, recibe libremente huéspedes que aún no se han acercado, da limosnas a los que carecen de alguna cosa, visita las prisiones de la ciudad, rescata a los que han sido vendidos, nos sugiere unirnos a mujeres ricas... Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a aquellos que poseen una bolsa bien abastecida! De este modo, se va desviando el alma; poco a poco, la rodea de pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al demonio de la vanagloria. Y esto introduce una multitud de pensamientos que glorifican al Señor por nuestros negocios, y manipula a algunos que, poco a poco, hablan de sacerdocio en lugar nuestro. Hace pronósticos sobre la muerte del sacerdote a cargo, y predice que no podrá salvarse, debido a todo lo mal que ha actuado.
Y así este mísero intelecto, atrapado por tales pensamientos, entra (mentalmente) en lucha con aquellos que se le oponen, pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y aprueban sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a aquellos que se le sublevan, en manos de los magistrados y echarlos de la ciudad! Finalmente, puesto que lleva dentro de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que en seguida se presente el demonio de la soberbia, quien, destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones alados en la celda, termina por ocasionar la locura.
Pero nosotros, para conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir, ¡queremos vivir dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10). Todos los pensamientos impuros, cuando por causa de nuestras pasiones se entretienen en nosotros, conducen el intelecto a la ruina y a la perdición. En efecto, así como la idea del pan ronda constantemente al hambriento a causa de su hambre, y el pensamiento del agua al sediento a causa de su sed, del mismo modo, también los pensamientos a propósito de las riquezas, y las reflexiones sobre los turbios pensamientos producidos en nosotros por los alimentos, se detienen dentro nuestro debido a las pasiones. Esto se manifiesta también con los pensamientos de vanagloria y con todos los otros. Y no le será posible al intelecto, sofocado por tales ideas, presentarse ante Dios, ni ceñir en su cabeza la corona de la justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales pensamientos, aquel intelecto tres veces infeliz del cual nos hablan los Evangelios, rechazó la increíble belleza del conocimiento de Dios. Incluso aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas exteriores, tenía el traje tejido por estos pensamientos y, debido a ello, el que lo había invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El traje de bodas es, pues, la impasibilidad del alma razonable que ha renegado de las concupiscencias mundanas. La causa por la cual los conceptos de los objetos sensibles, cuando se detienen en nosotros, corrompen el conocimiento, fue ya mencionada en los "Capítulos a propósito de la oración."
martes, 26 de octubre de 2010
Contra soledad, AMOR
En nuestro hablar cotidiano, muchas veces, simplificamos en exceso. Así, resulta habitual hablar de soledad y referirnos con ello a cualquiera de las tres acepciones del diccionario de la RAE: “Carencia voluntaria o involuntaria de compañía” o “lugar desierto o tierra no habitada” o “pesar o melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo”.
Sin embargo, deberíamos matizar muchísimo más. Deberíamos hablar de tres tipos distintos de soledad: la soledad deseada, la soledad devenida y la soledad inmanente.
SOLEDAD DESEADA
El hesicasta, con su antecedente en los primeros eremitas de los desiertos del Medio Oriente, busca, desea, la soledad física como medio propiciatorio del silencio, de la tranquilidad, de la hesiquia. Pero dicha soledad no es estrictamente necesaria. El silencio que busca el hesicasta es el de su mente, no el de su entorno. Los antiguos eremitas de los desiertos o de los montes han dado paso a los eremitas urbanos. Caminar por las concurridas calles de cualquiera de nuestras ciudades se puede hacer tan en silencio de mente como si permaneciéramos en la cumbre nevada de cualquier montaña o en la más profunda de las cavernas. El silencio de mente no depende de la vaciedad del entorno, aunque, en ciertos niveles de meditación sea conveniente y hasta necesario.
En última instancia, la soledad es un recurso sencillo y natural del hombre para encontrarse consigo mismo, paso fundamental en la toma de consciencia y, en definitiva, en la evolución personal y espiritual.
Esta soledad deseada siempre es posible: permanecer encerrado en casa, deambular por la selva virgen, hundirse en las arenas de un desierto, perderse en el horizonte infinito del océano o pasear por las estrellas, aislarnos de nuestros semejantes siempre es posible.
SOLEDAD DEVENIDA
Pero el hombre ordinario, el actual hombre separado de la Naturaleza y de sus orígenes divinos, no busca la soledad, sino que huye de ella. La teme. Miles, tal vez millones, de personas se sienten solas, incluso en las grandes ciudades y, si me apuráis un poco, en ellas con mayor motivo, se sienten solas. ¿Os habéis preguntado por qué?
Esta soledad, tan temida y, sin embargo, tan frecuente es un engaño del mundo en que vivimos. Este mundo nuestro está sometido a las leyes del ego. Bajo ellas el hombre aspira a perdurar, tanto él como su entorno, ese entorno que ha creado con su esfuerzo, ese entorno que es objeto de sus desvelos y que, equivocadamente, considera la razón de su existencia. Asentado en ese su pequeño mundo, levanta un muro para “defenderse” de posibles atacantes. Ha sido así desde tiempos inmemoriales. El hombre más primitivo no tenía más que su instinto y su cohesión de grupo para evitar los ataques de otras especies animales que no hicieron sino activar el mecanismo de egocentrismo en que ahora nos encontramos e intentamos deshacer. Posteriormente fue construyendo empalizadas, luego muros de piedra, luego les adosó fosos llenos de agua y ahora pone sistemas electrónicos de vigilancia y alarma. Todo para sentirse seguro. Pero estos dispositivos físicos tan aparentes tienen un paralelismo tremendo en el ámbito individual. Las bestias salvajes de antaño han dado paso a situaciones, hechos, más sutiles y eficaces para generar el deseo inconsciente de aislamiento y de defensa. Las crisis económicas, las guerras, el acoso fiscal, el fraude, el robo o el simple hurto, la traición interesada incluso en ámbitos muy próximos, hasta familiares, y un largo etcétera son presiones que agobian al ser humano y lo empujan al aislamiento, a la soledad devenida.
Podría argumentar, y no queda más remedio que hacerlo, que LA SOLEDAD ES IMPOSIBLE. En efecto, sentirse solo es negar la existencia de Dios, olvidar la Causa de los efectos, olvidar que la Causa es inmanente a los efectos en tanto es en ellos, olvidar que detrás de las nubes está el sol, olvidar que el Amor todo lo inunda, hasta el odio más intenso que no sería sin Aquél, y olvidar que la Verdad todo lo alumbra, hasta la más negra oscuridad. Sí, en efecto: sentirse solo es olvidar. No podemos olvidar que Dios es ubicuo, todo lo inunda con su Presencia, es el alma de toda existencia ¿cómo podríamos ocultarnos, aislarnos, de Él? Y, en consecuencia, ¿cómo vamos a estar solos si tenemos a Dios y en Él a todos nuestros hermanos?
Bien, lo hemos dicho más o menos bonito, pero y ¿qué hace aquél que se sienta solo? ¿Cómo lucha contra esa soledad que muerde el corazón y aviva el rencor contra lo que nos rodea? ¿Cómo?
Repasemos: la soledad es una trampa más de tantas que nos tiende el ego. El ego quiere prevalecer, sobrevivir, y para ello se presenta a sí mismo el entorno como algo enemigo, de lo cual ha de preservarse. Todo aquello que propicie esa supuesta enemistad favorece la sensación de soledad. La vida del hombre no es precisamente una balsa de aceite. Hay sobrados motivos para pensar que lo que nos rodea no es amistoso. Además la sociedad, o mejor la conciencia egocéntrica de la sociedad, también propicia la enemistad y con ella la soledad: esas noticias negativas a las que antes aludíamos sobre crímenes, guerras, conflictos laborales y sociales, conflictos de género y demás lindezas, siembran la desconfianza y nos hunden en el fango del miedo y con ello en la soledad. Es la misma mecánica que la de cualquier fobia. En este caso llegamos a tener fobia hacia nuestros semejantes.
Sin embargo, nada hay en esta vida que sea malo.
SOLEDAD INMANENTE
Pues sí, esa misma soledad devenida nos puede ayudar. Es nuestra última prueba. Luchar contra esa soledad devenida, hacerle frente con la convicción de que es un engaño, es superar la última prueba. Debemos aprovecharla para conocer nuestra esencia; para conocernos a nosotros mismos y, con ello, a los demás; para conocer nuestras debilidades y miserias, pero también nuestra grandeza; para descubrir que detrás de una fachada más o menos desagradable, detrás de un muro más o menos impenetrable hay una imagen de Dios, está la mano de Dios y, en definitiva, otro ser tan similar a nosotros mismos que es nosotros mismos. Soy consciente de que la frase anterior es difícil de entender; solo podemos intuirla y sentirla. Y, cuando la percibimos como una realidad, será muy difícil asumirla como algo natural y vivirla cotidianamente. Pero tenemos que agarrarnos a ella como a una tabla de salvación. Porque, cuando hayamos superado esta prueba final, descubriremos la última de las soledades, la SOLEDAD INMANENTE, LA SOLEDAD DE DIOS. Descubriremos entonces que Dios, nosotros mismos con Él en la Unidad, está solo. Habremos descubierto la soledad de la Unidad y, sentados en la poltrona de este mundo, tendremos aún más miedo que antes ante lo que nos parecerá la soledad irremediable.
EL AMOR ANTIDOTO DE LA SOLEDAD
Pero ¿acaso alguna de las definiciones de soledad puede afectar a Dios? ¿Puede tener Dios carencia de algo? ¿Puede permitir Dios que haya soledad, o sea algún sitio donde no esté Él? ¿Cómo luchar entonces contra la soledad que parece asociada indisolublemente al Ser Uno, que Le afecta y nos afecta? Empleando el Amor. Y no podía ser de otra forma ya que la soledad es egoísta y contra el egoísmo solo cabe el Amor. El Amor es la herramienta, el salto en el vacío, que permite a Dios Ser Uno y no consumirse en el amor a sí mismo. Por ello nos creo como destinatarios de su Amor. Por ello somos eternos, porque somos con Él desde el principio. Y por ello nos veremos consustanciales con el Amor, nos disolveremos en Él y nos derramaremos sobre el Mundo.
¡Recordad: contra soledad, AMOR!
Sin embargo, deberíamos matizar muchísimo más. Deberíamos hablar de tres tipos distintos de soledad: la soledad deseada, la soledad devenida y la soledad inmanente.
SOLEDAD DESEADA
El hesicasta, con su antecedente en los primeros eremitas de los desiertos del Medio Oriente, busca, desea, la soledad física como medio propiciatorio del silencio, de la tranquilidad, de la hesiquia. Pero dicha soledad no es estrictamente necesaria. El silencio que busca el hesicasta es el de su mente, no el de su entorno. Los antiguos eremitas de los desiertos o de los montes han dado paso a los eremitas urbanos. Caminar por las concurridas calles de cualquiera de nuestras ciudades se puede hacer tan en silencio de mente como si permaneciéramos en la cumbre nevada de cualquier montaña o en la más profunda de las cavernas. El silencio de mente no depende de la vaciedad del entorno, aunque, en ciertos niveles de meditación sea conveniente y hasta necesario.
En última instancia, la soledad es un recurso sencillo y natural del hombre para encontrarse consigo mismo, paso fundamental en la toma de consciencia y, en definitiva, en la evolución personal y espiritual.
Esta soledad deseada siempre es posible: permanecer encerrado en casa, deambular por la selva virgen, hundirse en las arenas de un desierto, perderse en el horizonte infinito del océano o pasear por las estrellas, aislarnos de nuestros semejantes siempre es posible.
SOLEDAD DEVENIDA
Pero el hombre ordinario, el actual hombre separado de la Naturaleza y de sus orígenes divinos, no busca la soledad, sino que huye de ella. La teme. Miles, tal vez millones, de personas se sienten solas, incluso en las grandes ciudades y, si me apuráis un poco, en ellas con mayor motivo, se sienten solas. ¿Os habéis preguntado por qué?
Esta soledad, tan temida y, sin embargo, tan frecuente es un engaño del mundo en que vivimos. Este mundo nuestro está sometido a las leyes del ego. Bajo ellas el hombre aspira a perdurar, tanto él como su entorno, ese entorno que ha creado con su esfuerzo, ese entorno que es objeto de sus desvelos y que, equivocadamente, considera la razón de su existencia. Asentado en ese su pequeño mundo, levanta un muro para “defenderse” de posibles atacantes. Ha sido así desde tiempos inmemoriales. El hombre más primitivo no tenía más que su instinto y su cohesión de grupo para evitar los ataques de otras especies animales que no hicieron sino activar el mecanismo de egocentrismo en que ahora nos encontramos e intentamos deshacer. Posteriormente fue construyendo empalizadas, luego muros de piedra, luego les adosó fosos llenos de agua y ahora pone sistemas electrónicos de vigilancia y alarma. Todo para sentirse seguro. Pero estos dispositivos físicos tan aparentes tienen un paralelismo tremendo en el ámbito individual. Las bestias salvajes de antaño han dado paso a situaciones, hechos, más sutiles y eficaces para generar el deseo inconsciente de aislamiento y de defensa. Las crisis económicas, las guerras, el acoso fiscal, el fraude, el robo o el simple hurto, la traición interesada incluso en ámbitos muy próximos, hasta familiares, y un largo etcétera son presiones que agobian al ser humano y lo empujan al aislamiento, a la soledad devenida.
Podría argumentar, y no queda más remedio que hacerlo, que LA SOLEDAD ES IMPOSIBLE. En efecto, sentirse solo es negar la existencia de Dios, olvidar la Causa de los efectos, olvidar que la Causa es inmanente a los efectos en tanto es en ellos, olvidar que detrás de las nubes está el sol, olvidar que el Amor todo lo inunda, hasta el odio más intenso que no sería sin Aquél, y olvidar que la Verdad todo lo alumbra, hasta la más negra oscuridad. Sí, en efecto: sentirse solo es olvidar. No podemos olvidar que Dios es ubicuo, todo lo inunda con su Presencia, es el alma de toda existencia ¿cómo podríamos ocultarnos, aislarnos, de Él? Y, en consecuencia, ¿cómo vamos a estar solos si tenemos a Dios y en Él a todos nuestros hermanos?
Bien, lo hemos dicho más o menos bonito, pero y ¿qué hace aquél que se sienta solo? ¿Cómo lucha contra esa soledad que muerde el corazón y aviva el rencor contra lo que nos rodea? ¿Cómo?
Repasemos: la soledad es una trampa más de tantas que nos tiende el ego. El ego quiere prevalecer, sobrevivir, y para ello se presenta a sí mismo el entorno como algo enemigo, de lo cual ha de preservarse. Todo aquello que propicie esa supuesta enemistad favorece la sensación de soledad. La vida del hombre no es precisamente una balsa de aceite. Hay sobrados motivos para pensar que lo que nos rodea no es amistoso. Además la sociedad, o mejor la conciencia egocéntrica de la sociedad, también propicia la enemistad y con ella la soledad: esas noticias negativas a las que antes aludíamos sobre crímenes, guerras, conflictos laborales y sociales, conflictos de género y demás lindezas, siembran la desconfianza y nos hunden en el fango del miedo y con ello en la soledad. Es la misma mecánica que la de cualquier fobia. En este caso llegamos a tener fobia hacia nuestros semejantes.
Sin embargo, nada hay en esta vida que sea malo.
SOLEDAD INMANENTE
Pues sí, esa misma soledad devenida nos puede ayudar. Es nuestra última prueba. Luchar contra esa soledad devenida, hacerle frente con la convicción de que es un engaño, es superar la última prueba. Debemos aprovecharla para conocer nuestra esencia; para conocernos a nosotros mismos y, con ello, a los demás; para conocer nuestras debilidades y miserias, pero también nuestra grandeza; para descubrir que detrás de una fachada más o menos desagradable, detrás de un muro más o menos impenetrable hay una imagen de Dios, está la mano de Dios y, en definitiva, otro ser tan similar a nosotros mismos que es nosotros mismos. Soy consciente de que la frase anterior es difícil de entender; solo podemos intuirla y sentirla. Y, cuando la percibimos como una realidad, será muy difícil asumirla como algo natural y vivirla cotidianamente. Pero tenemos que agarrarnos a ella como a una tabla de salvación. Porque, cuando hayamos superado esta prueba final, descubriremos la última de las soledades, la SOLEDAD INMANENTE, LA SOLEDAD DE DIOS. Descubriremos entonces que Dios, nosotros mismos con Él en la Unidad, está solo. Habremos descubierto la soledad de la Unidad y, sentados en la poltrona de este mundo, tendremos aún más miedo que antes ante lo que nos parecerá la soledad irremediable.
EL AMOR ANTIDOTO DE LA SOLEDAD
Pero ¿acaso alguna de las definiciones de soledad puede afectar a Dios? ¿Puede tener Dios carencia de algo? ¿Puede permitir Dios que haya soledad, o sea algún sitio donde no esté Él? ¿Cómo luchar entonces contra la soledad que parece asociada indisolublemente al Ser Uno, que Le afecta y nos afecta? Empleando el Amor. Y no podía ser de otra forma ya que la soledad es egoísta y contra el egoísmo solo cabe el Amor. El Amor es la herramienta, el salto en el vacío, que permite a Dios Ser Uno y no consumirse en el amor a sí mismo. Por ello nos creo como destinatarios de su Amor. Por ello somos eternos, porque somos con Él desde el principio. Y por ello nos veremos consustanciales con el Amor, nos disolveremos en Él y nos derramaremos sobre el Mundo.
¡Recordad: contra soledad, AMOR!
miércoles, 20 de octubre de 2010
¡Vaya por Dios!
ESCENA 1: Antes.
Por la mañana, temprano, un día cualquiera, en una ciudad cualquiera, en un lugar cualquiera. Cualquiera de nosotros o de nuestros antepasados está desayunando. Una hermosa tostada repleta de mantequilla en la mano. Un movimiento involuntario y la tostada cae al suelo y, además, por la cara impregnada de mantequilla: ¡Vaya por Dios! El hombre se agacha a recoger la tostada, limpia el suelo, limpia la tostada o se hace otra -¿qué más da?- y continúa el desayuno.
ESCENA 2: Hoy
Por la mañana, temprano, un día cualquiera, en una ciudad cualquiera, en un lugar cualquiera. Cualquiera de nosotros está desayunando. Una hermosa tostada repleta de mantequilla en la mano. Un movimiento involuntario y la tostada cae al suelo y, además, por la cara impregnada de mantequilla. ¡(…)! Ponga cada cual el improperio que juzgue conveniente o tire de estadística y coloque el más frecuente.
¡Es una pena! Cada día nos hemos ido separando más de la Verdad más primigenia y hemos ido buscando nuestra verdad, esa que, soberbios nosotros, pretendemos crear con nuestra sabiduría de pacotilla.
El hombre primitivo tenía asumido que lo que ocurría era porque Dios así lo quería. Lo bueno y lo malo sucedía porque Dios lo quería. Y ahora a Dios lo llamamos Murphy, pero solo hemos explicado una cosa que hemos creído en el origen del suceso: el capricho de Dios. Así es lógico que a Dios le quitemos su título divino y le llamemos simplemente Murphy. ¡Vamos que hemos conseguido tutear a Dios porque con sus “caprichos” no merece otra cosa!
Y, una vez más, nos hemos vuelto a equivocar. Un hecho tan tonto y simple como la caída de la tostada provoca en nosotros una actitud de rebeldía, de insatisfacción. Y es que en vez de asumir que ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE OCURRE EN ESTA VIDA ES BUENO, CONVENIENTE Y NECESARIO PARA NOSOTROS, adoptamos una postura de niños malcriados. Las escenas anteriores son anecdóticas, pero hay otros hechos que son más duros de asumir. Anclados en esa postura, vemos a nuestro papá dios como alguien distinto de nosotros, lejano a nosotros, que solo sirve para satisfacer nuestros caprichos, por muy buenos y santos que nos puedan parecer, y contra el que, cuando no cumple nuestras expectativas, ejecutamos una violenta pataleta. La traición del socio, del amigo o del familiar, la infidelidad de la pareja, la enfermedad, la ruina económica y un largo etcétera de infortunios son buenos y necesarios, tanto como lo son las buenas nuevas, la riqueza, la salud, etc., etc. Todos nosotros pensamos o hemos pensado alguna vez que la vida, al menos la nuestra, debería desarrollarse en un mundo de paz y tranquilidad, que no deberíamos tener disgustos. Muchos de nosotros hemos pedido salud, amor, justicia, igualdad, etc., a ese papá dios que nos hemos inventado. Es muy humano, pero totalmente equivocado. La dualidad bien/mal es la garantía de nuestro libre albedrío y sin éste nuestro perfeccionamiento, nuestra evolución y nuestra toma de consciencia serían imposibles.
Cuando despotricamos de las maldades de la vida, de lo malo que es fulanito que nos agobia, nos hace daño o nos mata (¡Sí, lo he dicho bien, nos mata!), cuando criticamos, por mucho que nos parezca una actividad inocente, estamos perdiendo la oportunidad de evolucionar positivamente, de tener un crecimiento interior y, en definitiva, de ser felices. Solo acumulamos rencor que puede llegar a convertirse, sin darnos cuenta, en odio. En esto encontramos el origen de muchos de nuestros males actuales, desde enfrentamientos sempiternos hasta simples dolores de cabeza, pasando por complicadas enfermedades psicológicas.
Conceptos como la ética, la moral, la justicia, la igualdad, la solidaridad y un largo etcétera de buenas intenciones se vuelven contra nosotros porque las hemos desarrollado desde un punto de vista inadecuado, muy pocas veces desde el puro Amor. Vibramos en nuestra naturaleza material y, sin darnos cuenta, empezamos trayendo la desaprobación y terminamos viviendo en el rencor o en el odio. Los linchamientos, tan típicos en el lejano Oeste americano y aún hoy muy frecuentes aunque solo sea a nivel verbal, son un buen ejemplo. El odio entre religiones, los enfrentamientos entre pueblos vecinos, las discusiones vecinales, los enfrentamientos familiares,… todos ellos derivan de la torpe aplicación de unos principios que, aun arrancando del Amor y de la Verdad, fueron mal “traducidos” a nuestro mundo.
Muchas veces nos hemos planteado porqué Cristo con todo su poder divino no metió en cintura a tanto sinvergüenza suelto en lugar de dejarse prender y ser colgado en la cruz, ¿porqué? Y es que una vez más hemos olvidado los significados de los símbolos o nos hemos dejado engañar. La imagen del Cordero de Dios no es la un mero sacrificio ritual, rememoración actualizada o ejemplo supremo de la que hacían nuestros ancestros, sino el modelo puro a seguir por todos nosotros de la Santa Obediencia. Santa Obediencia que está muy lejos de una manipulada, por interesada, concepción jerárquica y “jerarquizante” o incluso esclavizante que, con harta frecuencia, se nos ha mostrado. Se trata de asumir la decisión divina como nuestra propia, lo que, por cierto, no está tan lejos de la realidad.
Cuando comprendamos y asumamos que ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE OCURRE EN ESTA VIDA ES BUENO, CONVENIENTE Y NECESARIO PARA NOSOTROS, seremos capaces de Amar, habremos puesto la Verdad en nuestra vida y, en definitiva, tendremos el Cielo en la Tierra.
Así, pues, cambiemos de actitud y aprendamos a decir y a sentir el ¡Vaya por Dios! Cuesta mucho, pero cuando se consigue, aunque solo sea a ratos, es muy gratificante.
sábado, 16 de octubre de 2010
Evagrio el Monje (17)
En el texto que sigue, Evagrio continúa hablándonos de cómo luchar contra las tentaciones, de cómo ésta se forma en nuestra mente.
Debo hacer, una vez más, una consideración general previa: hemos de situarnos en la época en que los textos son redactados, la influencia terminológica, no conceptual, del contexto religioso y que el o los mensajes que se emitan no deben perderse por entrar en aparente contradicción con la forma de pensar imperante. Aún así ya sabemos que a más de un autor místico sus obras le han traído problemas con sus respectivas jerarquías religiosas. Así el término pecado aparece como consecuencia de la tentación, como una batalla perdida, pero sin todo ese tradicional ropaje de culpabilidad con que, a lo largo de siglos, se le ha vestido y ello a pesar de que Cristo habló de él, dejándolo sin ese criminal sentido que luego se nos ha querido imponer. Una frase de Evagrio destaca en este sentido: "No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios." Y es que, lejos de estar en un “valle de lágrimas” al que se nos ha condenado sin saber muy bien porqué, nos encontramos en un centro deportivo de alto rendimiento, en una gran escuela, a la que solo pueden acudir los que, permitidme y entended la expresión, pretenden demostrar que son Hijos de Dios, siguiendo el modelo de Cristo.
Os dejo con el pensamiento de Evagrio.
"Cuando algún enemigo se acerque a ti, te hiera y tú quieras dirigir tu espada a su corazón, tal como está escrito, haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que te ha sido puesto. Mira qué cosa es, de qué elementos se compone y lo que precisamente aflige más a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído el enemigo el amor por el dinero? Tú haces una distinción entre el intelecto que ha recibido el pensamiento del oro, el pensamiento mismo del oro y el oro en sí mismo y la pasión que nos lleva a amar el dinero. Pregúntate a continuación: De entre todo esto, ¿qué cosa es pecado? ¿Quizás el intelecto? ¿Y cómo, entonces, es la imagen de Dios? Y entonces, ¿cómo se vincula al concepto del oro? Nadie que tenga intelecto podría jamás afirmarlo. ¿Es quizás pecado el oro en sí mismo? ¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues que la causa del pecado es la cuarta. No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios. Y es a la ley de Dios a quien le fuera confiado rescindir este placer. "
"Mientras indagas de este modo, el pensamiento será destruido, disolviéndose en su propia contemplación. El demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada a lo alto por tal conocimiento. Si, por lo contrario, no quieres servirte de tu espada, sino que quieres echar mano de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y considera lo siguiente: ¿Cómo es que los ángeles y los demonios se acercan a nuestro mundo y nosotros no nos acercamos a sus mundos? Nosotros no podemos, por cierto, acercar más a los ángeles a Dios, si nos proponemos hacer de los demonios seres aun más impuros. Y más aún: ¿cómo es que Lucifer, que surge por la mañana, fue tirado a la tierra, y considera al mar como una ampolla y a lo más profundo de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace hervir como en una olla encendida e hirviente (Jb 41:22 y ss) porque a todos quiere turbar con su malicia y a todos dominar. La consideración de todas estas realidades hiere verdaderamente al demonio y pone en fuga a todo su ejército. Pero esto lo pueden hacer todos aquellos que se han purificado y ven las razones de las realidades creadas. Los que están impuros no conocen la contemplación de tales razones y, aunque repitieran una fórmula aprendida por otros, no serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el tumulto causado por las pasiones durante la batalla. Es absolutamente necesario, pues, que toda la turba de filisteos permanezca inmóvil, para que sólo Goliat enfrente a nuestro David."
Debo hacer, una vez más, una consideración general previa: hemos de situarnos en la época en que los textos son redactados, la influencia terminológica, no conceptual, del contexto religioso y que el o los mensajes que se emitan no deben perderse por entrar en aparente contradicción con la forma de pensar imperante. Aún así ya sabemos que a más de un autor místico sus obras le han traído problemas con sus respectivas jerarquías religiosas. Así el término pecado aparece como consecuencia de la tentación, como una batalla perdida, pero sin todo ese tradicional ropaje de culpabilidad con que, a lo largo de siglos, se le ha vestido y ello a pesar de que Cristo habló de él, dejándolo sin ese criminal sentido que luego se nos ha querido imponer. Una frase de Evagrio destaca en este sentido: "No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios." Y es que, lejos de estar en un “valle de lágrimas” al que se nos ha condenado sin saber muy bien porqué, nos encontramos en un centro deportivo de alto rendimiento, en una gran escuela, a la que solo pueden acudir los que, permitidme y entended la expresión, pretenden demostrar que son Hijos de Dios, siguiendo el modelo de Cristo.
Os dejo con el pensamiento de Evagrio.
"Cuando algún enemigo se acerque a ti, te hiera y tú quieras dirigir tu espada a su corazón, tal como está escrito, haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que te ha sido puesto. Mira qué cosa es, de qué elementos se compone y lo que precisamente aflige más a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído el enemigo el amor por el dinero? Tú haces una distinción entre el intelecto que ha recibido el pensamiento del oro, el pensamiento mismo del oro y el oro en sí mismo y la pasión que nos lleva a amar el dinero. Pregúntate a continuación: De entre todo esto, ¿qué cosa es pecado? ¿Quizás el intelecto? ¿Y cómo, entonces, es la imagen de Dios? Y entonces, ¿cómo se vincula al concepto del oro? Nadie que tenga intelecto podría jamás afirmarlo. ¿Es quizás pecado el oro en sí mismo? ¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues que la causa del pecado es la cuarta. No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios. Y es a la ley de Dios a quien le fuera confiado rescindir este placer. "
"Mientras indagas de este modo, el pensamiento será destruido, disolviéndose en su propia contemplación. El demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada a lo alto por tal conocimiento. Si, por lo contrario, no quieres servirte de tu espada, sino que quieres echar mano de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y considera lo siguiente: ¿Cómo es que los ángeles y los demonios se acercan a nuestro mundo y nosotros no nos acercamos a sus mundos? Nosotros no podemos, por cierto, acercar más a los ángeles a Dios, si nos proponemos hacer de los demonios seres aun más impuros. Y más aún: ¿cómo es que Lucifer, que surge por la mañana, fue tirado a la tierra, y considera al mar como una ampolla y a lo más profundo de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace hervir como en una olla encendida e hirviente (Jb 41:22 y ss) porque a todos quiere turbar con su malicia y a todos dominar. La consideración de todas estas realidades hiere verdaderamente al demonio y pone en fuga a todo su ejército. Pero esto lo pueden hacer todos aquellos que se han purificado y ven las razones de las realidades creadas. Los que están impuros no conocen la contemplación de tales razones y, aunque repitieran una fórmula aprendida por otros, no serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el tumulto causado por las pasiones durante la batalla. Es absolutamente necesario, pues, que toda la turba de filisteos permanezca inmóvil, para que sólo Goliat enfrente a nuestro David."
sábado, 9 de octubre de 2010
Evagrio el Monje (16)
Como ocurre con todos los autores místicos o simplemente espirituales, Evagrio presenta frases y razonamientos que requieren un análisis más profundo de lo habitual. Los dos párrafos que siguen podrían servir muy bien de base a un proceso iniciático.
La naturaleza racional, condenada a muerte por la malicia, ha sido resucitada por Cristo mediante la contemplación de todos los siglos. Y el Padre resucita el alma que ha muerto de muerte de Cristo, mediante su conocimiento. Y es esto lo que dice Pablo: Si estamos muertos con Cristo, creamos que también viviremos con Él.
Cuando el intelecto se ha despojado del hombre viejo, se reviste de lo que proviene de la gracia, y es entonces que en el tiempo de la oración verá su propia estructura, símil de algún modo, al zafiro o a la superficie celeste. Cosas éstas que las Escrituras indican como el lugar de Dios, visto por los ancianos en el monte Sinaí.
En el primer párrafo, el concepto “naturaleza racional” se corresponde con la naturaleza espiritual del alma, esto es que la malicia hace prevalecer de entre las dos componentes del alma, la componente material frente a la espiritual. Pero, ¿qué debemos entender por “malicia”? Hay varias acepciones posibles. Las más de ellas aluden a un mal natural (intención, inclinación o cualidad por la que se hace el mal) y, por tanto, parten de la maldad congénita del hombre. Hay, sin embargo, otro significado mucho más acorde a la naturaleza humana y que representan una visión más optimista, yo diría simplemente más real, del ser humano. La malicia deberíamos interpretarla como equivocación o interpretación errónea, esto es una forma de pensar y actuar derivada de las limitadas capacidades originales del hombre. Así, cuando el hombre desarrolla y potencia esas capacidades reduce el efecto de la malicia. Sin embargo, la malicia, la propensión al pensamiento malicioso, requiere un paso más para que su efecto desaparezca totalmente. Mientras queramos hacer frente a la malicia con las herramientas meramente intelectuales, seguiremos estando expuestos a su resurrección. Esa es la condena a muerte a que se refiere Evagrio. Es necesaria la “muerte de Cristo” para romper ese maleficio. Esa “muerte” ha quedado dispuesta como ejemplo a la “contemplación de todos los siglos”, se entienden posteriores al sacrificio de Cristo.
El segundo párrafo nos habla del hombre viejo, ya desaparecido, con la imitada muerte de Cristo y deja sutilmente claro que ya no es el intelecto el que nos aporta la vida, sino la “gracia”, entiéndase de Dios. El remate es sumamente interesante y nos trae precisamente el Cielo a la Tierra. Así, nos indica que en el tiempo de la oración el hombre verá su propia estructura que, como ya se decía en el Génesis, es a imagen y semejanza de Dios. Evidentemente, si hemos alcanzado un estado “símil (…) al zafiro o a la superficie celeste”, algo muy parecido al Cielo estará en nosotros o nosotros en ello.
Así, pues, repasemos cuidadosamente la historia de Jesús y descubramos el proceso salvífico de Cristo. Será una hermosa peregrinación a “lugar de Dios” y descubriremos que está más cerca de nosotros que lo que pensábamos.
Los demás y yo
No hace falta ser demasiado buen observador para percatarse como una misma persona, un mismo hecho, un mismo animal, un mismo vegetal o una misma cosa, son evaluados de diferente forma según quien los mire.
Podemos hablar del cristal de las gafas con que miremos a ese ser. Podemos hablar de las circunstancias en que cada observador se encuentre. Podemos hablar de muchas razones para justificar esas diferencias. Todas serán falsas. Todas serán una engañifa para dejar a salvo nuestras propias vergüenzas. ¿Os habéis dado cuenta de que todas las causas justificativas de tales diferencias son externas a nosotros?
El poder creador del hombre tiene ramalazos de soberbia. El hombre no admite como propios los defectos que ve en los demás y no se percata de que está manipulando su propia creación, atribuyendo a los demás los defectos propios. Se ha puesto delante cientos de espejos. A uno le ha puesto el nombre del vecino, a otro el del compañero de trabajo, a otro el del político que es incapaz de hacer lo que él haría para resolver los problemas del país o de la ciudad (todos somos capaces de resolver de un plumazo lo que el inútil de turno parece incapaz de hacer), a otro le ha puesto el nombre del friki de moda que todos llevamos dentro y pocos se atreven a airear, y así un largo etcétera. Se trata de un procedimiento educativo complejo, sutil, altamente eficiente cuando se conoce y se aplica correctamente, pero que, lamentablemente, pocos son capaces de darse cuenta de la poderosa herramienta que tienen a su alcance. Todos nosotros, alguna vez en la vida, hemos confundido el espejo con un personaje real e independiente de nosotros mismos. Confundidos rompemos a martillazos, con el martillo de la crítica, el espejo en mil pedazos y multiplicamos su efecto demoledor, nos enfrascamos en una denodada lucha con otros mil gigantes, convencidos de su maldad o de su estupidez y nos alejamos, cada vez más, del mensaje.
Sin embargo, cuando el hombre conoce al ser que lleva dentro, cuando se conoce a sí mismo, se encuentra capacitado, no para ver la imagen del espejo, sino para mirar en él, para utilizarlo y superar esos “defectos” (¿?) que cada uno tiene. Y así podemos tratar, inmisericordemente, pero con vigor, con espíritu de justicia y de caridad, esos nuestros propios defectos. Pero, ¿ha terminado todo? No, ahora se produce una reacción en cadena. Ahora, nosotros, que al mismo tiempo somos espejo de otros, producimos una tal interferencia en la imagen que los otros veían, que nos convertimos en revulsivo de sus mentes. Sobrepuesta a la imagen negativa que aún ven de sí mismos, aparece la del hombre nuevo en que nos hemos convertido. Es un chispazo, un instante, visión suficiente para el que está preparado e inútil para el ciego espiritual (Lc 16, 19-31). Después vendrán más espejos, unos los usarán para acicalarse y otros para estudiarse.
Y tú, ¿qué haces?
jueves, 7 de octubre de 2010
Cura de humildad o como es mejor esperar en Dios que en los hombres
Transcribo la noticia tal cual, cada uno que saque sus conclusiones:
OTTAWA (AFP) - Una automovilista canadiense fue socorrida por la policía cuando ya estaba de pie sobre el techo de su vehículo, que había sido tragado por un pantano al que la mujer llegó siguiendo las indicaciones de su sistema de navegación GPS, informó la policía el miércoles.
La conductora llamó al número de emergencia de la policía y declaró que se había perdido cuando volvía de su trabajo en el este de Toronto (Ontario, centro-sur).
"Dijo que estaba de pie sobre el techo de su vehículo, hundido en un pantano", precisó la policía. "Había seguido las indicaciones de su GPS y se perdió".
El vehículo de la mujer no podía avanzar más y comenzó a llenarse de agua. Los socorristas la hallaron "en medio del pantano" y la rescataron.
Extraído de http://espanol.yahoo.com/ hoy 8 de Octubre de 2010
OTTAWA (AFP) - Una automovilista canadiense fue socorrida por la policía cuando ya estaba de pie sobre el techo de su vehículo, que había sido tragado por un pantano al que la mujer llegó siguiendo las indicaciones de su sistema de navegación GPS, informó la policía el miércoles.
La conductora llamó al número de emergencia de la policía y declaró que se había perdido cuando volvía de su trabajo en el este de Toronto (Ontario, centro-sur).
"Dijo que estaba de pie sobre el techo de su vehículo, hundido en un pantano", precisó la policía. "Había seguido las indicaciones de su GPS y se perdió".
El vehículo de la mujer no podía avanzar más y comenzó a llenarse de agua. Los socorristas la hallaron "en medio del pantano" y la rescataron.
Extraído de http://espanol.yahoo.com/ hoy 8 de Octubre de 2010
lunes, 4 de octubre de 2010
Alma solitaria
«María, permanecía sentada a los pies del Señor escuchando su palabra»
Para que nada me saque de este hermoso silencio interior hay que guardar siempre las mismas condiciones, el mismo aislamiento, la misma separación, el mismo despojo. Si mis deseos, mis temores, mis alegrías, y mis dolores, si todos los movimientos provenientes de estas «cuatro pasiones» no están perfectamente ordenados a Dios, no seré un alma solitaria, y habrá en mí ruido. Es necesario, pues, el sosiego, el «sueño de las potencias», la unidad del ser. «Escucha, hija mía, inclina el oído, olvida a tu pueblo y la casa paterna, y el Rey será cautivo de tu belleza» (Sal. 44, 12 13)... «Olvidar su pueblo» me parece que es más difícil; porque este pueblo es todo este mundo, que hace, por decirlo así, parte de nosotros mismos: la sensibilidad, los recuerdos, las impresiones, etc... Y cuando el alma ha hecho esta ruptura, cuando está libre de todo esto, el Rey será cautivo de su belleza... El Creador, viendo el hermoso silencio que reina en su criatura, considerándola toda recogida en su unidad interior... la hace pasar a esta soledad inmensa, infinita, a este «lugar espacioso» cantado por el profeta (sal 17,20) y que no es otro que El mismo... «La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón» (Os. 2, 14). ¡He aquí a esta alma entrada en esta vasta soledad donde Dios se hará oír! «Su palabra, dice San Pablo, es viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo; llega hasta la división del alma y del espíritu y hasta las coyunturas y la médula» (Heb. 4, 12). Es, pues, ella directamente la que acabará el trabajo de despojo en el alma... Pero no basta con escuchar esta palabra, ¡hay que guardarla! (Jn. 14, 23). Y es guardándola como el alma será «santificada en la verdad», según el deseo del Maestro... Al que observa su palabra ¿no ha hecho El la promesa: «Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»? (Jn. 14, 23).
¡Toda la Trinidad habita en el alma que la ama de verdad, es decir, observando su palabra!...
Beata Isabel de la Trinidad (1880-1906), carmelita descalza.
Tomado de http://www.evangeliodeldia.org/
Para que nada me saque de este hermoso silencio interior hay que guardar siempre las mismas condiciones, el mismo aislamiento, la misma separación, el mismo despojo. Si mis deseos, mis temores, mis alegrías, y mis dolores, si todos los movimientos provenientes de estas «cuatro pasiones» no están perfectamente ordenados a Dios, no seré un alma solitaria, y habrá en mí ruido. Es necesario, pues, el sosiego, el «sueño de las potencias», la unidad del ser. «Escucha, hija mía, inclina el oído, olvida a tu pueblo y la casa paterna, y el Rey será cautivo de tu belleza» (Sal. 44, 12 13)... «Olvidar su pueblo» me parece que es más difícil; porque este pueblo es todo este mundo, que hace, por decirlo así, parte de nosotros mismos: la sensibilidad, los recuerdos, las impresiones, etc... Y cuando el alma ha hecho esta ruptura, cuando está libre de todo esto, el Rey será cautivo de su belleza... El Creador, viendo el hermoso silencio que reina en su criatura, considerándola toda recogida en su unidad interior... la hace pasar a esta soledad inmensa, infinita, a este «lugar espacioso» cantado por el profeta (sal 17,20) y que no es otro que El mismo... «La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón» (Os. 2, 14). ¡He aquí a esta alma entrada en esta vasta soledad donde Dios se hará oír! «Su palabra, dice San Pablo, es viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo; llega hasta la división del alma y del espíritu y hasta las coyunturas y la médula» (Heb. 4, 12). Es, pues, ella directamente la que acabará el trabajo de despojo en el alma... Pero no basta con escuchar esta palabra, ¡hay que guardarla! (Jn. 14, 23). Y es guardándola como el alma será «santificada en la verdad», según el deseo del Maestro... Al que observa su palabra ¿no ha hecho El la promesa: «Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»? (Jn. 14, 23).
¡Toda la Trinidad habita en el alma que la ama de verdad, es decir, observando su palabra!...
Beata Isabel de la Trinidad (1880-1906), carmelita descalza.
Tomado de http://www.evangeliodeldia.org/
sábado, 2 de octubre de 2010
Evagrio el Monje (15)
Corren tiempos violentos. Unos intentan dominar a los otros y los otros responden con violencia amparada en la justicia de luchar contra la injusticia. Nos dicen que estamos en crisis: crisis económica, crisis de valores, crisis de la familia,… Y así unos andan asustados y otros asustando.
Sin embargo, no hay nada nuevo. La crisis es consustancial al ser humano desde el momento en que se trata de un ser nacido para evolucionar. Crisis es cambio y el hombre viene cambiando, afortunadamente, desde que apareció sobre la tierra y así debe seguir.
Ocurre, sin embargo, que el motor del cambio es algo complejo. No es un motor único de acción directa, sino múltiple y de acción e interacción. Y en ese cambio hay motores externos, propios de este mundo, y otros internos, sutiles, que nos acercan a las estrellas. Los que se asustan solo ven los motores externos y los que asustan solo saben manejar estos mismos motores externos. Entre los dos nos llevan en la dirección equivocada. Caer en el error de manipular los motores externos es propio de aquellos que circunscriben su vida a este mundo porque tienen bloqueada su actividad espiritual. Dejarse arrastrar por la “justa” cólera ante la injusticia que se comete ante nuestras narices es tomarse la justicia por la propia mano. Entrar en la polémica, generalmente exacerbada, sobre lo que hace el “otro” partido político para caer finalmente en la monotonía de la crítica malsana es escamotear a nuestros hijos la solución a los problemas que nos aquejan y les aquejarán. Responder con violencia a situaciones de injusticia social es traer más injusticia social porque los más débiles son siempre los más perjudicados en estas situaciones. Y así podríamos seguir desgranando la espiga de la discordia.
La cólera es necesaria, pero en su justo término. En esa medida que nos hace sonreír y guiñar el ojo pícaramente, diciéndole al mundo que intenta arrastrarnos a la arena del circo para dar su espectáculo de sangre: “Tienes un problema, hermano, y entre los dos lo vamos a resolver”
Nuestro buen Evagrio, en su característico estilo, ya nos avisa de la actuación del “demonio de la ira”. Dice así:
“Contra pensamientos de este tipo somos ayudados por el hervir de la cólera que se mueve contra el demonio. Éste teme muchísimo esta cólera, que se agita contra los pensamientos y destruye sus razonamientos. Y éste es el pensamiento de la Palabra: Irritaos y no pequéis (Sal 4:4). Esta cólera es una medicina útil ofrecida al alma durante las tentaciones. A veces sucede que el demonio de la ira imita al otro demonio, y esboza la forma de algún hijo, o amigo, o pariente, en el momento de ser ultrajado por gente indigna, excitando así la cólera del solitario, para que diga o haga algo malo contra las imágenes que se mueven en su pensamiento. Es necesario atender por un instante a estas imágenes, cuidándonos de arrancar pronto nuestra mente de ellas, a fin de no detenerla mucho tiempo, para que no se inflame secretamente en tiempo de la oración. En estas tentaciones caen fundamentalmente los coléricos y los que se dejan arrastrar fácilmente por sus impulsos. Éstos están alejados de la plegaria pura y del conocimiento de nuestro Salvador, Jesucristo.
Así, pues, recordemos: “Irritatos y no pequéis”
Sin embargo, no hay nada nuevo. La crisis es consustancial al ser humano desde el momento en que se trata de un ser nacido para evolucionar. Crisis es cambio y el hombre viene cambiando, afortunadamente, desde que apareció sobre la tierra y así debe seguir.
Ocurre, sin embargo, que el motor del cambio es algo complejo. No es un motor único de acción directa, sino múltiple y de acción e interacción. Y en ese cambio hay motores externos, propios de este mundo, y otros internos, sutiles, que nos acercan a las estrellas. Los que se asustan solo ven los motores externos y los que asustan solo saben manejar estos mismos motores externos. Entre los dos nos llevan en la dirección equivocada. Caer en el error de manipular los motores externos es propio de aquellos que circunscriben su vida a este mundo porque tienen bloqueada su actividad espiritual. Dejarse arrastrar por la “justa” cólera ante la injusticia que se comete ante nuestras narices es tomarse la justicia por la propia mano. Entrar en la polémica, generalmente exacerbada, sobre lo que hace el “otro” partido político para caer finalmente en la monotonía de la crítica malsana es escamotear a nuestros hijos la solución a los problemas que nos aquejan y les aquejarán. Responder con violencia a situaciones de injusticia social es traer más injusticia social porque los más débiles son siempre los más perjudicados en estas situaciones. Y así podríamos seguir desgranando la espiga de la discordia.
La cólera es necesaria, pero en su justo término. En esa medida que nos hace sonreír y guiñar el ojo pícaramente, diciéndole al mundo que intenta arrastrarnos a la arena del circo para dar su espectáculo de sangre: “Tienes un problema, hermano, y entre los dos lo vamos a resolver”
Nuestro buen Evagrio, en su característico estilo, ya nos avisa de la actuación del “demonio de la ira”. Dice así:
“Contra pensamientos de este tipo somos ayudados por el hervir de la cólera que se mueve contra el demonio. Éste teme muchísimo esta cólera, que se agita contra los pensamientos y destruye sus razonamientos. Y éste es el pensamiento de la Palabra: Irritaos y no pequéis (Sal 4:4). Esta cólera es una medicina útil ofrecida al alma durante las tentaciones. A veces sucede que el demonio de la ira imita al otro demonio, y esboza la forma de algún hijo, o amigo, o pariente, en el momento de ser ultrajado por gente indigna, excitando así la cólera del solitario, para que diga o haga algo malo contra las imágenes que se mueven en su pensamiento. Es necesario atender por un instante a estas imágenes, cuidándonos de arrancar pronto nuestra mente de ellas, a fin de no detenerla mucho tiempo, para que no se inflame secretamente en tiempo de la oración. En estas tentaciones caen fundamentalmente los coléricos y los que se dejan arrastrar fácilmente por sus impulsos. Éstos están alejados de la plegaria pura y del conocimiento de nuestro Salvador, Jesucristo.
Así, pues, recordemos: “Irritatos y no pequéis”
viernes, 1 de octubre de 2010
Santos Ángeles Custodios
En el día en que la Iglesia recuerda a los Santos Ángeles Custodios el comentario de San Bernardo sobre le salmo 90 es reconfortante. Cuando sentimos el bocado de la soledad, el Santo nos recuerda el regalo del Señor: su ángel nos acompañará toda la vida.
«Te llevarán en sus palmas» (Sl 90,12)
«A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos» (Sl 90,11). ¡Cuánto respeto debe infundirte esta palabra... por la presencia de tu ángel bueno! Cuánta confianza debe inspirarte puesto que Dios se preocupa que seas custodiado. Pon particular atención a todo lo que haces puesto que los ángeles están presentes en todas tus decisiones tal como Dios se lo ha mandado. En cualquier lugar que te halles, en cualquier rincón que estés, ten siempre una gran devoción a tu buen ángel... ¿Dudarás de su presencia en todo lo que haces aunque no lo veas? ¡Cuánto respeto te infundiría si lo escucharas, si lo tocaras, si lo sintieras cerca de ti! Sé consciente de que no es sólo la vista la que te da la certeza de la presencia de las cosas; no todo lo que es presente y corporal puede ser captado por la vista. ¡Cuánto más, entonces, los seres espirituales están lejos de ser captados por nuestros sentidos y sólo pueden ser buscados y encontrados a través de medios espirituales! Si preguntas a la fe ¿no te da la certeza que tu buen ángel está siempre presente? Sí, lo aseguro, la fe te da prueba de ello, porque según el apóstol, la fe es prueba y convicción de las realidades que no se ven (Hb 11,1). Ten por cierto que nuestros buenos ángeles están siempre contigo, no solamente con nosotros, sino para nosotros. Están cerca de nosotros para protegernos y para servirnos. ¿Cómo pagarás al Señor todo el bien que te ha hecho? (Sl 115,12). A él solo sea el honor y la gloria, puesto que es él quien ha mandado a sus ángeles que nos guarden; Él es quien nos los ha dado. Todo don perfecto sólo puede venir de arriba (St 1,17).
San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia.
«Te llevarán en sus palmas» (Sl 90,12)
«A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos» (Sl 90,11). ¡Cuánto respeto debe infundirte esta palabra... por la presencia de tu ángel bueno! Cuánta confianza debe inspirarte puesto que Dios se preocupa que seas custodiado. Pon particular atención a todo lo que haces puesto que los ángeles están presentes en todas tus decisiones tal como Dios se lo ha mandado. En cualquier lugar que te halles, en cualquier rincón que estés, ten siempre una gran devoción a tu buen ángel... ¿Dudarás de su presencia en todo lo que haces aunque no lo veas? ¡Cuánto respeto te infundiría si lo escucharas, si lo tocaras, si lo sintieras cerca de ti! Sé consciente de que no es sólo la vista la que te da la certeza de la presencia de las cosas; no todo lo que es presente y corporal puede ser captado por la vista. ¡Cuánto más, entonces, los seres espirituales están lejos de ser captados por nuestros sentidos y sólo pueden ser buscados y encontrados a través de medios espirituales! Si preguntas a la fe ¿no te da la certeza que tu buen ángel está siempre presente? Sí, lo aseguro, la fe te da prueba de ello, porque según el apóstol, la fe es prueba y convicción de las realidades que no se ven (Hb 11,1). Ten por cierto que nuestros buenos ángeles están siempre contigo, no solamente con nosotros, sino para nosotros. Están cerca de nosotros para protegernos y para servirnos. ¿Cómo pagarás al Señor todo el bien que te ha hecho? (Sl 115,12). A él solo sea el honor y la gloria, puesto que es él quien ha mandado a sus ángeles que nos guarden; Él es quien nos los ha dado. Todo don perfecto sólo puede venir de arriba (St 1,17).
San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Evagrio el Monje (14)
En nuestro recorrido por los textos de Evagrio, nos encontramos esta hermosa parábola.
“El Señor ha confiado los conceptos de este siglo al hombre, como las ovejas a un buen pastor. Escrito está: A cada hombre ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a él, a modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por medio de la ira debe poner en fuga a los pensamientos de los lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a las ovejas, aun cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los vientos. A todo esto el Señor ha agregado también la ley, para que alimente a las ovejas; y un lugar verde, agua que reconforta, y el salterio, la cítara, la vara y el bastón. Y así de este rebaño el pastor obtendrá su nutrición, se vestirá y recogerá el heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el pastor que apacienta el ganado y no se nutre de su leche? (1 Co 9:7). Deberá el solitario custodiar de día y de noche su rebaño para que no sea devorado por las fieras o caiga en manos de los ladrones. Pero si en un lugar selvático algo parecido sucediera, en seguida deberá éste arrancar la presa de la boca del león o del oso. Por ejemplo, el concepto de hermano es devorado por nosotros si lo alimentamos con vil concupiscencia; el del dinero y el del oro, si lo albergamos unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a los pensamientos relativos a los santos carismas, si los alimentamos en nuestra mente junto a la vanagloria. Del mismo modo sucede respecto a todos los otros conceptos, si se tornan presa de las pasiones. Y no alcanza con velar durante el día, debemos estar vigilantes también de noche. Puede suceder que perdamos lo que es nuestro, aun con fantasías turbias o malvadas. Vean lo que dice San Jacob: No te he traído ovejas devoradas por las fieras: he resarcido los hurtos del día y de la noche, Y fui devorado por el calor del día y por el hielo de la noche. El sueño se alejó de mis ojos (Gn 31:39 y ss)”
Es la Parábola del Buen Pastor pero aplicada a nosotros. En las primeras líneas considera al hombre como el buen pastor, no de ovejas, sino de conceptos. Pero ¿a qué se refiere con el término “concepto”? Con el diccionario en la mano, deberíamos asimilarlo a “idea” o “pensamiento”. Que lleguemos a ser capaces de expresarlo en palabras es superfluo. Lo importante es que, según Evagrio, Dios ha depositado en nuestro corazón las ideas de este mundo y esas ideas, pensamientos o conceptos, convertidas ahora en ovejas, han de ser cuidadas por el hombre, alimentadas en prados verdes. Pero no se trata de una simple metáfora, sino que es portadora de un importante mensaje. En las ideas de este mundo, pertenecientes, aparentemente en exclusiva, a él, reside el “pan nuestro de cada día”. El cuidado y análisis de esas ideas expresadas en palabras es lo que ha de darnos la vida: ahí reside nuestro sustento. Si cuidamos primorosamente el rebaño de conceptos, si lo estudiamos, si penetramos en su significado y no nos dejamos arrastrar por la componente exclusivamente mundana de esos mismos conceptos, habremos conseguido entender el mensaje divino, la razón de ser de nuestra existencia. Y aún nos pone algún ejemplo: el concepto “hermano”. Se trata de una idea muy simple, hijo del mismo padre (entiéndase como mismo origen y no como atribución exclusiva al miembro varón de la pareja) y, sin embargo, el proceso de degeneración de este concepto, que podríamos concretar como concupiscencia, nos puede hacer ver al hermano como alivio en nuestro trabajo (esclavo), como medio de procurarnos placer, etc. En cualquiera de esas desviaciones, estaremos perdiendo la oportunidad de integrarnos en la Unidad, de ver el Mundo como es y no como nuestra mente, mundana ella, nos hace ver.
Sobre como ejercer de buenos pastores, la metáfora es completa y explícita: ¿qué hace el buen pastor? Pues cuidar de sus ovejas, día y noche; en vigilia permanente. Es curioso que Evagrio utilice la misma parábola que Cristo se aplicó a sí mismo (Yo soy el Buen Pastor). La diferencia radica aparentemente en que Cristo da a entender que las ovejas somos los hombres que Él viene a salvar y Evagrio “solo” habla de conceptos, ¿solo? La diferencia es tan solo de grado. Nosotros, los hombres, estamos luchando por asimilar los conceptos. Cristo los tiene tan asumidos que los materializa. Los hombres son realmente sus hermanos, no hay diferencia entre ambos. Mientras que para los hombres se trata de interiorizar, de asumir, y no solo formalmente, el concepto de hermano en su más prístina pureza.
¡Paz y bien!
“El Señor ha confiado los conceptos de este siglo al hombre, como las ovejas a un buen pastor. Escrito está: A cada hombre ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a él, a modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por medio de la ira debe poner en fuga a los pensamientos de los lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a las ovejas, aun cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los vientos. A todo esto el Señor ha agregado también la ley, para que alimente a las ovejas; y un lugar verde, agua que reconforta, y el salterio, la cítara, la vara y el bastón. Y así de este rebaño el pastor obtendrá su nutrición, se vestirá y recogerá el heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el pastor que apacienta el ganado y no se nutre de su leche? (1 Co 9:7). Deberá el solitario custodiar de día y de noche su rebaño para que no sea devorado por las fieras o caiga en manos de los ladrones. Pero si en un lugar selvático algo parecido sucediera, en seguida deberá éste arrancar la presa de la boca del león o del oso. Por ejemplo, el concepto de hermano es devorado por nosotros si lo alimentamos con vil concupiscencia; el del dinero y el del oro, si lo albergamos unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a los pensamientos relativos a los santos carismas, si los alimentamos en nuestra mente junto a la vanagloria. Del mismo modo sucede respecto a todos los otros conceptos, si se tornan presa de las pasiones. Y no alcanza con velar durante el día, debemos estar vigilantes también de noche. Puede suceder que perdamos lo que es nuestro, aun con fantasías turbias o malvadas. Vean lo que dice San Jacob: No te he traído ovejas devoradas por las fieras: he resarcido los hurtos del día y de la noche, Y fui devorado por el calor del día y por el hielo de la noche. El sueño se alejó de mis ojos (Gn 31:39 y ss)”
Es la Parábola del Buen Pastor pero aplicada a nosotros. En las primeras líneas considera al hombre como el buen pastor, no de ovejas, sino de conceptos. Pero ¿a qué se refiere con el término “concepto”? Con el diccionario en la mano, deberíamos asimilarlo a “idea” o “pensamiento”. Que lleguemos a ser capaces de expresarlo en palabras es superfluo. Lo importante es que, según Evagrio, Dios ha depositado en nuestro corazón las ideas de este mundo y esas ideas, pensamientos o conceptos, convertidas ahora en ovejas, han de ser cuidadas por el hombre, alimentadas en prados verdes. Pero no se trata de una simple metáfora, sino que es portadora de un importante mensaje. En las ideas de este mundo, pertenecientes, aparentemente en exclusiva, a él, reside el “pan nuestro de cada día”. El cuidado y análisis de esas ideas expresadas en palabras es lo que ha de darnos la vida: ahí reside nuestro sustento. Si cuidamos primorosamente el rebaño de conceptos, si lo estudiamos, si penetramos en su significado y no nos dejamos arrastrar por la componente exclusivamente mundana de esos mismos conceptos, habremos conseguido entender el mensaje divino, la razón de ser de nuestra existencia. Y aún nos pone algún ejemplo: el concepto “hermano”. Se trata de una idea muy simple, hijo del mismo padre (entiéndase como mismo origen y no como atribución exclusiva al miembro varón de la pareja) y, sin embargo, el proceso de degeneración de este concepto, que podríamos concretar como concupiscencia, nos puede hacer ver al hermano como alivio en nuestro trabajo (esclavo), como medio de procurarnos placer, etc. En cualquiera de esas desviaciones, estaremos perdiendo la oportunidad de integrarnos en la Unidad, de ver el Mundo como es y no como nuestra mente, mundana ella, nos hace ver.
Sobre como ejercer de buenos pastores, la metáfora es completa y explícita: ¿qué hace el buen pastor? Pues cuidar de sus ovejas, día y noche; en vigilia permanente. Es curioso que Evagrio utilice la misma parábola que Cristo se aplicó a sí mismo (Yo soy el Buen Pastor). La diferencia radica aparentemente en que Cristo da a entender que las ovejas somos los hombres que Él viene a salvar y Evagrio “solo” habla de conceptos, ¿solo? La diferencia es tan solo de grado. Nosotros, los hombres, estamos luchando por asimilar los conceptos. Cristo los tiene tan asumidos que los materializa. Los hombres son realmente sus hermanos, no hay diferencia entre ambos. Mientras que para los hombres se trata de interiorizar, de asumir, y no solo formalmente, el concepto de hermano en su más prístina pureza.
¡Paz y bien!
viernes, 24 de septiembre de 2010
Es un escándalo
Dijo el Maestro: “a cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mi, mejor les fuera que se le atase una piedra de molino al cuello y que se le arrojare al mar” (Marcos 9:42)
Es frecuente aplicar las grandes frases de los maestros para sentenciar juicios o simples críticas sobre los actos de los demás. Ver la mota en el ojo ajeno es muy cómodo y, si me permitís la veleidad, divertido. No en balde están de moda los llamados programas del corazón o la prensa rosa. Cuando nos hablan de escándalo, automáticamente pensamos en actos deshonestos, atentados contra la ética, fraudes, etc. Sin embargo, siendo graves todos ellos, hay otros más sutiles, tan graves o más que los anteriores.
Tradicionalmente, las Escuelas de Sabiduría han estado a mitad de camino entre el secreto y la discreción, según lo agresivo o lo preparado que estuviera el entorno. Desde la simple seguridad física de los iniciados hasta la incomprensión de los no iniciados, había un abanico de posibilidades que terminaba en un proceso preparatorio de los aspirantes a entrar en la Escuela. Los iniciados eran conscientes de que las Verdades que manejaban debían ser digeridas poco a poco, aunque progresando rápidamente.
Sin embargo, esta prudencia está quedando atrás. Es cierto que nos acercamos a una época de fuertes cambios en lo espiritual y, por éste, en lo mundano. Es cierto que esto aconseja que aumentemos nuestro grado de consciencia, pero… Hay muchos hermanos nuestros que pueden sentirse incapaces ante nuestras disquisiciones en las que utilizamos términos que, suponiendo entendamos correctamente, son difíciles de digerir por gran parte de la humanidad. El peligro no está en esa simple incomprensión, sino en que nos constituyamos en piedra de escándalo. Se ha acusado con frecuencia a las religiones de buscar la conversión de los “paganos” empleando técnicas persuasivas manipuladoras o físicamente violentas. Y ahora venimos los privilegiados poseedores de algún tipo de Conocimiento y soltamos frases grandilocuentes, exponemos teorías (para los demás lo son aunque para nosotros sean experiencias personales auténticamente vividas) que resultan inentendibles, no ya desde el sentido común, desde la praxis cotidiana, sino incluso desde el punto de vista científico.
El problema es grave, porque, sin querer, podemos estar boicoteando el despertar de muchos hermanos que se sienten perdidos en un mar de ideas que, debemos reconocerlo, a veces resulta confuso. No podemos convertir nuestro Conocimiento, ni nuestras experiencias en piedras de tropiezo y escándalo. Puede que nosotros, los supuestos alumnos aventajados, podamos subir la escalera de la consciencia de tres en tres, pero hay hermanos que, aun queriendo ascender por la escalera, han de hacerlo de uno en uno y descansando. ¿Tenemos derecho a hacerles desistir de su intento, pisándoles la moral con nuestra incontinencia verbal? No, rotundamente no.
Es posible que alguno de nuestros hermanos se sienta impotente para subir la escalera. Cuando tienda la mano buscando ayuda, debe encontrar ayuda, o sea nuestra mano, pero no un saco de experiencias místicas, visiones angelicales, modelos vibracionales o cosas similares que cuando le cae encima lo hunde en la miseria. No se trata de evangelizar en el más puro estilo colonizador, ni de hacer prevalecer nuestra teoría, nuestra experiencia o la Escuela de Conocimiento a que pertenezcamos, sino de perfeccionar nuestro ser, entrenarlo para que, cuando ese hermano tienda la mano, estemos preparados para tirar de él.
Llegado a este punto, debo pedir perdón a todos aquellos a los que aturdo con mis palabras, a aquellos que me ven con la vestidura del modelo inalcanzable, a aquellos a los que, ocupado en mi desarrollo espiritual, no han encontrado mi mano lista para la acción. ¿Alguien más se apunta?
Es frecuente aplicar las grandes frases de los maestros para sentenciar juicios o simples críticas sobre los actos de los demás. Ver la mota en el ojo ajeno es muy cómodo y, si me permitís la veleidad, divertido. No en balde están de moda los llamados programas del corazón o la prensa rosa. Cuando nos hablan de escándalo, automáticamente pensamos en actos deshonestos, atentados contra la ética, fraudes, etc. Sin embargo, siendo graves todos ellos, hay otros más sutiles, tan graves o más que los anteriores.
Tradicionalmente, las Escuelas de Sabiduría han estado a mitad de camino entre el secreto y la discreción, según lo agresivo o lo preparado que estuviera el entorno. Desde la simple seguridad física de los iniciados hasta la incomprensión de los no iniciados, había un abanico de posibilidades que terminaba en un proceso preparatorio de los aspirantes a entrar en la Escuela. Los iniciados eran conscientes de que las Verdades que manejaban debían ser digeridas poco a poco, aunque progresando rápidamente.
Sin embargo, esta prudencia está quedando atrás. Es cierto que nos acercamos a una época de fuertes cambios en lo espiritual y, por éste, en lo mundano. Es cierto que esto aconseja que aumentemos nuestro grado de consciencia, pero… Hay muchos hermanos nuestros que pueden sentirse incapaces ante nuestras disquisiciones en las que utilizamos términos que, suponiendo entendamos correctamente, son difíciles de digerir por gran parte de la humanidad. El peligro no está en esa simple incomprensión, sino en que nos constituyamos en piedra de escándalo. Se ha acusado con frecuencia a las religiones de buscar la conversión de los “paganos” empleando técnicas persuasivas manipuladoras o físicamente violentas. Y ahora venimos los privilegiados poseedores de algún tipo de Conocimiento y soltamos frases grandilocuentes, exponemos teorías (para los demás lo son aunque para nosotros sean experiencias personales auténticamente vividas) que resultan inentendibles, no ya desde el sentido común, desde la praxis cotidiana, sino incluso desde el punto de vista científico.
El problema es grave, porque, sin querer, podemos estar boicoteando el despertar de muchos hermanos que se sienten perdidos en un mar de ideas que, debemos reconocerlo, a veces resulta confuso. No podemos convertir nuestro Conocimiento, ni nuestras experiencias en piedras de tropiezo y escándalo. Puede que nosotros, los supuestos alumnos aventajados, podamos subir la escalera de la consciencia de tres en tres, pero hay hermanos que, aun queriendo ascender por la escalera, han de hacerlo de uno en uno y descansando. ¿Tenemos derecho a hacerles desistir de su intento, pisándoles la moral con nuestra incontinencia verbal? No, rotundamente no.
Es posible que alguno de nuestros hermanos se sienta impotente para subir la escalera. Cuando tienda la mano buscando ayuda, debe encontrar ayuda, o sea nuestra mano, pero no un saco de experiencias místicas, visiones angelicales, modelos vibracionales o cosas similares que cuando le cae encima lo hunde en la miseria. No se trata de evangelizar en el más puro estilo colonizador, ni de hacer prevalecer nuestra teoría, nuestra experiencia o la Escuela de Conocimiento a que pertenezcamos, sino de perfeccionar nuestro ser, entrenarlo para que, cuando ese hermano tienda la mano, estemos preparados para tirar de él.
Llegado a este punto, debo pedir perdón a todos aquellos a los que aturdo con mis palabras, a aquellos que me ven con la vestidura del modelo inalcanzable, a aquellos a los que, ocupado en mi desarrollo espiritual, no han encontrado mi mano lista para la acción. ¿Alguien más se apunta?
sábado, 18 de septiembre de 2010
Buscando a Dios
Ayer asistí a una maravillosa conferencia dictada por,… Mejor, ayer participé en una maravillosa meditación, donde dos buenos amigos, Rafael y José Antonio, nos introdujeron en los vericuetos de la ciencia que busca la “partícula de Dios” y los desencuentros y hermanamientos entre ciencia y espiritualidad. Y hoy me he levantado con resaca, con una agradable resaca que ha presidido mi meditación matinal.
Decía José Antonio que nuestro cerebro tenía dos patas, la izquierda y la derecha. La izquierda es la del “camina lento, pero seguro”, la analítica, la de los cuarenta bps, la masculina. La derecha es la intuitiva, la rápida, la sensible y sensitiva, la de los cuarenta mil bps. Y entre medias la tercera pata, la de la coordinación entre ambas, la del matrimonio sagrado, la de la máxima eficiencia, de los cuarenta millones de bps. Ciertamente interesante, por cuanto pone de manifiesto la importancia de la pareja humana, la del amor entre ambos, la del “buen rollito”. Nada más lejos de las tendencias que nos quieren vender del amor utilitario y utilitarista tan al uso hoy día.
Pero no quería hoy hacer apología del matrimonio, ni abrir una cruzada contra los divorcios y las separaciones, ni nada parecido. Por el contrario quiero recapacitar sobre la mayor potencia de la parte femenina, de la intuitiva, de ese arma tan poderosa que tenéis las mujeres y “envidiamos” los hombres. Y estas consideraciones me llevan al tropiezo del ser humano en la misma piedra una y otra vez. Unos por deformación profesional, otros porque su desconocimiento de la ciencia les lleva a creer a pies juntillas los resultados, sin caer en la cuenta de que, como nos decían ayer, la ciencia avanza por sus errores, las teorías son ciertas hasta que se demuestra lo contrario, nos empeñamos, decía, en aplicar el bisturí de la ciencia al conocimiento de Dios. Empezamos con las trepanaciones hechas con cuchillos de pedernal y punzones de hueso, seguimos con los del más fino acero y nos encontramos con los electrónicos, pero seguimos hurgando en el mismo agujero. No me mal entendáis, la ciencia es necesaria, buena, básica para el progreso y una excelente ayuda para acercarnos a Dios. Pero, ¡es tan extraordinariamente lenta! Pero, además, nos empeñamos en concebir a Dios a nuestra imagen y semejanza. Y cuando, en nuestra torpeza, nos asombramos de cuan complejo es nuestro mundo y nuestro propio ser, queremos pensar en Dios como algo, perdona Dios mío que te ninguneé con el “algo”, muy complejo.
Sin embargo, Dios es algo muy simple. No puede ser complejo. Ni puede serlo Él, la complejidad conlleva la coexistencia de muchas partes, ni lo son los caminos que nos llevan a Él, siempre son los mismos, los diferentes son nuestros ojos. Decía un compañero mío, estructuralista él, que los hidráulicos nos creíamos que el agua entendía de integrales y derivadas. Y eso es lo que hacemos muchos buscadores: pensar; crear modelos, cuanto más complejos mejor, de lo que creemos es la realidad, para acercarnos a Dios. Y así, absortos en nuestras elucubraciones, perdemos un maravilloso tiempo. La ciencia es maravillosa, necesaria, imprescindible, para progresar en este mundo y en el otro, pero si la acompañamos de la intuición, de la simplicidad, del arte y de la belleza que también presiden este mundo, os aseguro que avanzaremos más rápido.
Es un tema apasionante y provechoso. Ya los clásicos buscaban el humanismo, la suma del arte y la ciencia. Ya la alquimia conjugaba ciencia y espiritualidad. No nos perdamos ahora en los vericuetos de la ciencia, abandonando la intuición de la espiritualidad.
Gracias Rafael y José Antonio, tratasteis temas apasionantes de forma apasionante y apasionada. Gracias
Decía José Antonio que nuestro cerebro tenía dos patas, la izquierda y la derecha. La izquierda es la del “camina lento, pero seguro”, la analítica, la de los cuarenta bps, la masculina. La derecha es la intuitiva, la rápida, la sensible y sensitiva, la de los cuarenta mil bps. Y entre medias la tercera pata, la de la coordinación entre ambas, la del matrimonio sagrado, la de la máxima eficiencia, de los cuarenta millones de bps. Ciertamente interesante, por cuanto pone de manifiesto la importancia de la pareja humana, la del amor entre ambos, la del “buen rollito”. Nada más lejos de las tendencias que nos quieren vender del amor utilitario y utilitarista tan al uso hoy día.
Pero no quería hoy hacer apología del matrimonio, ni abrir una cruzada contra los divorcios y las separaciones, ni nada parecido. Por el contrario quiero recapacitar sobre la mayor potencia de la parte femenina, de la intuitiva, de ese arma tan poderosa que tenéis las mujeres y “envidiamos” los hombres. Y estas consideraciones me llevan al tropiezo del ser humano en la misma piedra una y otra vez. Unos por deformación profesional, otros porque su desconocimiento de la ciencia les lleva a creer a pies juntillas los resultados, sin caer en la cuenta de que, como nos decían ayer, la ciencia avanza por sus errores, las teorías son ciertas hasta que se demuestra lo contrario, nos empeñamos, decía, en aplicar el bisturí de la ciencia al conocimiento de Dios. Empezamos con las trepanaciones hechas con cuchillos de pedernal y punzones de hueso, seguimos con los del más fino acero y nos encontramos con los electrónicos, pero seguimos hurgando en el mismo agujero. No me mal entendáis, la ciencia es necesaria, buena, básica para el progreso y una excelente ayuda para acercarnos a Dios. Pero, ¡es tan extraordinariamente lenta! Pero, además, nos empeñamos en concebir a Dios a nuestra imagen y semejanza. Y cuando, en nuestra torpeza, nos asombramos de cuan complejo es nuestro mundo y nuestro propio ser, queremos pensar en Dios como algo, perdona Dios mío que te ninguneé con el “algo”, muy complejo.
Sin embargo, Dios es algo muy simple. No puede ser complejo. Ni puede serlo Él, la complejidad conlleva la coexistencia de muchas partes, ni lo son los caminos que nos llevan a Él, siempre son los mismos, los diferentes son nuestros ojos. Decía un compañero mío, estructuralista él, que los hidráulicos nos creíamos que el agua entendía de integrales y derivadas. Y eso es lo que hacemos muchos buscadores: pensar; crear modelos, cuanto más complejos mejor, de lo que creemos es la realidad, para acercarnos a Dios. Y así, absortos en nuestras elucubraciones, perdemos un maravilloso tiempo. La ciencia es maravillosa, necesaria, imprescindible, para progresar en este mundo y en el otro, pero si la acompañamos de la intuición, de la simplicidad, del arte y de la belleza que también presiden este mundo, os aseguro que avanzaremos más rápido.
Es un tema apasionante y provechoso. Ya los clásicos buscaban el humanismo, la suma del arte y la ciencia. Ya la alquimia conjugaba ciencia y espiritualidad. No nos perdamos ahora en los vericuetos de la ciencia, abandonando la intuición de la espiritualidad.
Gracias Rafael y José Antonio, tratasteis temas apasionantes de forma apasionante y apasionada. Gracias
viernes, 17 de septiembre de 2010
Evagrio el Monje (13)
VANAGLORIA: dícese de la jactancia del propio valer u obrar. Terrible error el de la vanagloria, pero contra el error estamos avisados. Se nos recomienda la humildad como conocimiento de nosotros mismos de nuestras limitaciones y debilidades. Su práctica, esto es el estudio de nosotros mismos es fundamental para no perder la oportunidad de nuestra vida, nunca mejor dicho, de vivir nuestra experiencia, la nuestra no la de mis padres, la de mi pareja o la de mi amigo: la nuestra. Sin embargo, ¡qué fácil es tropezar y, sin querer, caer en la vanagloria!
Dice Evagrio, a propósito de la vanagloria: “De todos los pensamientos, el de la vanagloria es el que está compuesto por más elementos. En efecto, abraza a casi toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios, tal como lo haría algún malvado traidor en una ciudad. Por tanto, humilla el intelecto del solitario, llenándolo de discursos y objetos y corrompiendo las plegarias con las cuales él trata de curar todas las heridas de su alma.”
Se trata del demonio del ego, del que lucha por sobrevivir. Es un demonio desesperado que lucha ciegamente, recurriendo a mil y una artimañas. Cuanto más avanza el hombre en su camino de concienciación, más duro, pero también más sutil es el ataque. Así, continua Evagrio: “Todos los demonios una vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su intermedio, encuentran un nuevo acceso a las almas. Y es así como hacen que la última situación de las almas sea peor que la precedente. De aquí nace también el pensamiento de la soberbia. Esto es lo que ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el sello de la semejanza, la corona de la belleza (Ez 28:12). Rehúyela pues, no tardes, porque puede suceder que entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra riqueza a quien no tiene misericordia. Este demonio es ahuyentado por la oración continua y por el no hacer ni decir nada de lo que se lleva a cabo por la maldita vanagloria.”
En este viaje que, como buscadores, tomamos hace tiempo, nuestros progresos y avances son un acicate para la actuación del demonio de la vanagloria. En ellos encuentra su alimento. No bien acabamos de dar un paso, cuando cruza nuestro pensamiento un sentimiento de “lícito” orgullo, simple satisfacción, sencilla alegría. Cualquiera de estos sentimientos debe ser rechazado en tanto en cuanto pueda suponer el pensar que es “nuestro éxito”. La oración continua a que se refiere Evagrio nos pone en la presencia de Dios y nos ayuda a recordar lo que somos. En cualquiera de sus grados, la oración continua nos aproxima a la Unidad con Dios y en esa Unidad sentimos que, nada de lo que ocurre, ocurre por nosotros. Estaremos derrotando al demonio de la vanagloria.
Cristo nos recomendaba la humildad y la mansedumbre de corazón, esto es no como virtudes aprendidas sino como procedentes de nuestro interior. Busquemos en nosotros mismos su semilla y cuidemos su crecimiento, así garantizaremos un despertar placentero y duradero.
Dice Evagrio, a propósito de la vanagloria: “De todos los pensamientos, el de la vanagloria es el que está compuesto por más elementos. En efecto, abraza a casi toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios, tal como lo haría algún malvado traidor en una ciudad. Por tanto, humilla el intelecto del solitario, llenándolo de discursos y objetos y corrompiendo las plegarias con las cuales él trata de curar todas las heridas de su alma.”
Se trata del demonio del ego, del que lucha por sobrevivir. Es un demonio desesperado que lucha ciegamente, recurriendo a mil y una artimañas. Cuanto más avanza el hombre en su camino de concienciación, más duro, pero también más sutil es el ataque. Así, continua Evagrio: “Todos los demonios una vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su intermedio, encuentran un nuevo acceso a las almas. Y es así como hacen que la última situación de las almas sea peor que la precedente. De aquí nace también el pensamiento de la soberbia. Esto es lo que ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el sello de la semejanza, la corona de la belleza (Ez 28:12). Rehúyela pues, no tardes, porque puede suceder que entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra riqueza a quien no tiene misericordia. Este demonio es ahuyentado por la oración continua y por el no hacer ni decir nada de lo que se lleva a cabo por la maldita vanagloria.”
En este viaje que, como buscadores, tomamos hace tiempo, nuestros progresos y avances son un acicate para la actuación del demonio de la vanagloria. En ellos encuentra su alimento. No bien acabamos de dar un paso, cuando cruza nuestro pensamiento un sentimiento de “lícito” orgullo, simple satisfacción, sencilla alegría. Cualquiera de estos sentimientos debe ser rechazado en tanto en cuanto pueda suponer el pensar que es “nuestro éxito”. La oración continua a que se refiere Evagrio nos pone en la presencia de Dios y nos ayuda a recordar lo que somos. En cualquiera de sus grados, la oración continua nos aproxima a la Unidad con Dios y en esa Unidad sentimos que, nada de lo que ocurre, ocurre por nosotros. Estaremos derrotando al demonio de la vanagloria.
Cristo nos recomendaba la humildad y la mansedumbre de corazón, esto es no como virtudes aprendidas sino como procedentes de nuestro interior. Busquemos en nosotros mismos su semilla y cuidemos su crecimiento, así garantizaremos un despertar placentero y duradero.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Evagrio el Monje (12)
En nuestro análisis de la obra y pensamiento de Evagrio, llegamos a un curioso demonio: el de la Tristeza. Dice Evagrio:
En primer lugar, no deja de sorprender la similitud en la descripción del hombre triste con la que cabría hacer de una persona depresiva. Ya era algo conocido en los primeros siglos de la Era Cristiana. Es, tal vez y en la terminología demonológica de Evagrio, un diablo que parece ayudarnos contra sus hermanos. Sin embargo, su actuación tiene varios campos de batalla y oponentes muy diferentes. El exceso pasional, sea del orden que sea, lleva al hastío y de éste al aburrimiento; vivimos una experimentación desordenada: compramos por comprar, comemos por comer, holgamos por pereza, etc. y de todo nos vamos cansando. En una sociedad como la que nos acoge, en la que muchas cosas se nos dan hechas y no tenemos aliciente alguno por conseguirlas y otras nos cuesta la misma vida alcanzarlas o conservarlas (la vivienda o el empleo, por ejemplo), el número de enfermos de depresión es muy elevado; creo no equivocarme si digo que mayor que nunca en la historia. Es paradójico que en la mal llamada sociedad del bienestar, que casi debería denominarse sociedad epicúrea, cueste tanto vivir. Me atrevería a decir que la mejor arma de nuestro amigo, el diablo de la tristeza, es la monotonía. Sin embargo, esta es solo una pequeña demostración de su fuerza y de su maquiavelismo. Precisamente su actuación maquiavélica persigue al “solitario”, entendido no como un misántropo, sino como aquella persona que renuncia voluntariamente a los placeres de este mundo para consagrarse a la vida espiritual. Sutilmente llega a convertir en algo monótono la vida cotidiana del “solitario” (se puede ser solitario y vivir en una comunidad, p.ej. de monjes). Cuando el diablo consigue que el “solitario” convierta en plegarias repetitivas, cansinas, lo que son procesos de puesta en resonancia, permítaseme la expresión, con la Divinidad, entonces ha triunfado. Aún hay más: este diabólico ente puede someter a esa persona a la desesperanza que aparece en el hombre cuando los avatares a que se enfrenta en esta vida, lo acosan sin respiro y teme por su supervivencia. Entonces el hombre no entiende nada, se abate, no ve sentido a su vida, se deprime. Y ¿cuál es la solución? Evagrio lo tiene muy claro: la mansedumbre, la obediencia a que en otra ocasión me he referido, la aceptación de las experiencias que nos ha tocado vivir. Y como ejemplos nos trae al santo Job, a Moisés, a David y al propio Cristo. También nos recuerda el modelo de Abraham, dando el primer paso para conseguir la mansedumbre. Hablamos de la renuncia, pero una renuncia efectiva, consecuente. No vale con decir “Soy hijo de Abraham”, sino que hay que imitarlo. De esta forma conseguimos vencer al demonio utilizando su propia táctica, la misma que utiliza la medicina para obtener antídotos contra ciertos venenos, el empleo de pequeñas cantidades de veneno de las víboras permite crear los antídotos necesarios.
¡Imitemos a Cristo que fue manso y humilde de corazón!
Todos los demonios enseñan al alma el amor por el placer: sólo el demonio de la tristeza se abstiene de ello. Por el contrario, destruye todos los pensamientos insinuados por los otros demonios, impidiendo al alma sentir cualquier placer, insensibilizándola con su tristeza. Es cierto lo que se ha dicho: que los huesos del hombre triste se tornan áridos (Pr. 17:22). Y sin embargo, si se lucha un poco, este demonio sirve para fortalecer al solitario. Lo convence de no acercarse a ninguna de las cosas de este mundo ni a ningún placer. Si persiste en su lucha, genera en él pensamientos que lo inducen a alejar su alma de este tormento o lo fuerzan a huir de ese lugar. Tal es lo que ha pensado y sufrido el santo Job, atormentado por este demonio: Ojalá pudiera echar mano a mí mismo u otro, a mi pedido, así lo hiciera (Jb 30:24). Símbolo de este demonio es la víbora, animal venenoso. La naturaleza le ha concedido, benevolentemente, el que pueda destruir los venenos de los otros animales, pero si la tomamos en estado puro, destruye la vida misma. Es a este demonio que san Pablo ha entregado el hombre de Corinto, que había pecado. Pero luego se apresura a escribir a los Corintios: Os ruego que confirméis vuestro amor por él, para que no sea consumido por la excesiva tristeza (Cf. 2Co 2:8-7).Sobre las palabras de Evagrio me gustaría hacer alguna consideración.
Y sin embargo, este espíritu que aflige a los hombres es capaz de ser portador de un arrepentimiento bueno. Y así también san Juan Bautista ha denominado "raza de víboras" a aquellos que han sido heridos por este espíritu, y que se refugiaban en Dios, diciendo: ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira que vendrá? Dad, pues, frutos dignos de arrepentimiento y no penséis decir dentro de vosotros: a Abraham tenemos por padre (Mt. 3:7-9). Todo el que ha imitado a Abraham y se ha alejado de su tierra y de su parentela, se ha vuelto más fuerte que este demonio.
Si alguno es dominado por la cólera, está dominado por los demonios. Y si alguien le sirve, éste es extraño a la vida monástica, un extranjero en las vías de nuestro Salvador, dado que el mismo Señor nos dice que Él muestra el camino a los humildes. Por tanto, cuando el intelecto de los solitarios se refugia en la llanura de la mansedumbre, difícilmente puede ser poseído, ya que no hay otra virtud que los demonios teman más que la misma. Ésta es la virtud que había adquirido el gran Moisés, quien fuera conocido como el más manso de los hombres. Y el santo David ha declarado que esta virtud es digna del recuerdo de Dios: Acuérdate de David y de toda su mansedumbre (Sal 131:1). Y también el Salvador mismo nos ha ordenado ser imitadores de su mansedumbre:
Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11:29).
Si alguno ha renunciado a manjares y bebidas, pero excita su cólera con malos pensamientos, ¡se asemeja a una nave que navega con un demonio como piloto! Con todas nuestras fuerzas debemos cuidar de nuestro perro y enseñarle a destruir sólo los lobos, sin devorar las ovejas, dando prueba de mansedumbre hacia todos los hombres.
En primer lugar, no deja de sorprender la similitud en la descripción del hombre triste con la que cabría hacer de una persona depresiva. Ya era algo conocido en los primeros siglos de la Era Cristiana. Es, tal vez y en la terminología demonológica de Evagrio, un diablo que parece ayudarnos contra sus hermanos. Sin embargo, su actuación tiene varios campos de batalla y oponentes muy diferentes. El exceso pasional, sea del orden que sea, lleva al hastío y de éste al aburrimiento; vivimos una experimentación desordenada: compramos por comprar, comemos por comer, holgamos por pereza, etc. y de todo nos vamos cansando. En una sociedad como la que nos acoge, en la que muchas cosas se nos dan hechas y no tenemos aliciente alguno por conseguirlas y otras nos cuesta la misma vida alcanzarlas o conservarlas (la vivienda o el empleo, por ejemplo), el número de enfermos de depresión es muy elevado; creo no equivocarme si digo que mayor que nunca en la historia. Es paradójico que en la mal llamada sociedad del bienestar, que casi debería denominarse sociedad epicúrea, cueste tanto vivir. Me atrevería a decir que la mejor arma de nuestro amigo, el diablo de la tristeza, es la monotonía. Sin embargo, esta es solo una pequeña demostración de su fuerza y de su maquiavelismo. Precisamente su actuación maquiavélica persigue al “solitario”, entendido no como un misántropo, sino como aquella persona que renuncia voluntariamente a los placeres de este mundo para consagrarse a la vida espiritual. Sutilmente llega a convertir en algo monótono la vida cotidiana del “solitario” (se puede ser solitario y vivir en una comunidad, p.ej. de monjes). Cuando el diablo consigue que el “solitario” convierta en plegarias repetitivas, cansinas, lo que son procesos de puesta en resonancia, permítaseme la expresión, con la Divinidad, entonces ha triunfado. Aún hay más: este diabólico ente puede someter a esa persona a la desesperanza que aparece en el hombre cuando los avatares a que se enfrenta en esta vida, lo acosan sin respiro y teme por su supervivencia. Entonces el hombre no entiende nada, se abate, no ve sentido a su vida, se deprime. Y ¿cuál es la solución? Evagrio lo tiene muy claro: la mansedumbre, la obediencia a que en otra ocasión me he referido, la aceptación de las experiencias que nos ha tocado vivir. Y como ejemplos nos trae al santo Job, a Moisés, a David y al propio Cristo. También nos recuerda el modelo de Abraham, dando el primer paso para conseguir la mansedumbre. Hablamos de la renuncia, pero una renuncia efectiva, consecuente. No vale con decir “Soy hijo de Abraham”, sino que hay que imitarlo. De esta forma conseguimos vencer al demonio utilizando su propia táctica, la misma que utiliza la medicina para obtener antídotos contra ciertos venenos, el empleo de pequeñas cantidades de veneno de las víboras permite crear los antídotos necesarios.
¡Imitemos a Cristo que fue manso y humilde de corazón!
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Sed compasivos como lo es vuestro Padre celestial
No intentes distinguir al que es digno del que no lo es. Que todos los hombres sean iguales ante tus ojos para amarlos y servirlos. Así podrás ayudarlos a todos a alcanzar el bien. El Señor ¿no ha compartido la mesa de los publicanos y de las mujeres de mala vida, y no alejó de él a los indignos? Por eso tú concederás los mismos beneficios, los mismos honores al infiel, al asesino, tanto más cuanto que es un hermano tuyo puesto que participa de tu misma naturaleza humana. Aquí tienes, hijo mío, un mandamiento que te doy: que la compasión venza siempre en tu balanza hasta el momento en que sentirás en ti la compasión que Dios siente hacia el mundo. ¿Cuándo el hombre reconoce que su corazón ha alcanzado la pureza? Cuando considera buenos a todos los hombres sin que ninguno le parezca impuro o manchado. En verdad es entonces cuando es puro de corazón (Mt 5,8)... Y ¿qué cosa es esta pureza? En pocas palabras, es la compasión del corazón hacia el universo entero. Y ¿qué es la compasión del corazón? Es la llama que arde por toda la creación, por todos los hombres, por todos los pájaros, por todos los animales, por todos los demonios, por todo ser creado. Cuando piensa en ellos o cuando los mira, el hombre siente que sus ojos se llenan de lágrimas de una profunda e intensa piedad que le oprime el corazón y le hace incapaz de tolerar, de oír, de ver el más mínimo error o la menor aflicción soportada por una criatura. Por eso la oración acompañada de lágrimas se extiende a todas horas tanto hacia los seres desprovistos de palabra, que sobre los enemigos de la verdad, o sobre los que le perjudican, a fin de que todos ellos sean guardados y purificados. Una compasión inmensa y sin medida nace en el corazón del hombre, a semejanza del de Dios.
sábado, 4 de septiembre de 2010
Nuestro verdadero tesoro
Os traigo hoy a consideración tres lecturas que nos orientarán en nuestra búsqueda. La primera nos habla de nuestras limitaciones como seres humanos, como criaturas de este mundo. Nos habla de nuestra incapacidad como tales de conocer a Dios. Y, sin embargo, nos recuerda que Dios deposita en nosotros una parte de su Sabiduría, la suficiente para “ser salvados”.
En la segunda, el propio Cristo nos recuerda la importancia de despegarnos de los aspectos formales de la vida. Enfrenta nuestra calenturienta mente a la ruptura con “valores” heredados, colgados de nuestros genes, como son el “amor familiar” o el aprecio por la propia vida para conseguir encontrar el verdadero camino o, si queremos, para ser discípulos suyos en su Conocimiento.
Finalmente, Juan Casiano, nos advierte de las sutiles trampas que nos pueden acechar en este proceso de renuncia. Muchos caemos en el error de creer que la renuncia a las grandes querencias materiales ya nos pone en el disparadero de la salvación. Craso error. Ni la salvación se alcanza de golpe, ni la mera renuncia nos salva. No vale con actos aislados, por grandes o enormes que sean y por mucho que los demás nos los alaben. Es preciso una actitud de renuncia extensa e intensa: nada nos pertenece, todo es de este mundo; nada tenemos, nada poseemos, solo somos. Esta es la pureza de corazón que nos dice Juan Casiano hemos de perseguir y, mutatis mutandis, ¿qué hace el corazón sino amar? ¿Qué es el Corazón sino el motor de la Vida incluso en la vida?
En verdad os digo que es más fácil escribirlo que hacerlo. Por eso nos advierte Cristo de que es necesario evaluar nuestras fuerzas, ser conscientes de ellas, buscar los refuerzos necesarios, antes de empezar nuestra tarea.
En la segunda, el propio Cristo nos recuerda la importancia de despegarnos de los aspectos formales de la vida. Enfrenta nuestra calenturienta mente a la ruptura con “valores” heredados, colgados de nuestros genes, como son el “amor familiar” o el aprecio por la propia vida para conseguir encontrar el verdadero camino o, si queremos, para ser discípulos suyos en su Conocimiento.
Finalmente, Juan Casiano, nos advierte de las sutiles trampas que nos pueden acechar en este proceso de renuncia. Muchos caemos en el error de creer que la renuncia a las grandes querencias materiales ya nos pone en el disparadero de la salvación. Craso error. Ni la salvación se alcanza de golpe, ni la mera renuncia nos salva. No vale con actos aislados, por grandes o enormes que sean y por mucho que los demás nos los alaben. Es preciso una actitud de renuncia extensa e intensa: nada nos pertenece, todo es de este mundo; nada tenemos, nada poseemos, solo somos. Esta es la pureza de corazón que nos dice Juan Casiano hemos de perseguir y, mutatis mutandis, ¿qué hace el corazón sino amar? ¿Qué es el Corazón sino el motor de la Vida incluso en la vida?
En verdad os digo que es más fácil escribirlo que hacerlo. Por eso nos advierte Cristo de que es necesario evaluar nuestras fuerzas, ser conscientes de ellas, buscar los refuerzos necesarios, antes de empezar nuestra tarea.
En el libro de la Sabiduría (9,13-18.) podemos leer
¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor? Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias, porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones. Nos cuesta conjeturar lo que hay sobre la tierra, y lo que está a nuestro alcance lo descubrimos con esfuerzo; pero ¿quién ha explorado lo que está en el cielo? ¿Y quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu? Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados".
En el Evangelio de hoy (Lucas 14,25-33), Cristo nos dice:
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
Decía Juan Casiano, allá por el siglo V
Muchos que, por seguir a Cristo habían menospreciado fortunas considerables, cantidades enormes de oro y plata y magníficos dominios, después se dejaron turbar por una lima, por un punzón, por una aguja, por una pluma de escribir... Después de haber distribuido todas sus riquezas por amor a Cristo, conservan su antigua pasión y la ponen en cosas vanas y se encolerizan fácilmente por defenderlas. No teniendo la caridad de la que habla san Pablo su vida está marcada por la esterilidad. El bienaventurado apóstol previó esta desdicha: «Podría repartir en limosnas todo lo que
tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve», dice (1C 13,3). Es una prueba evidente que por el mero hecho de haber renunciado a todas las riquezas y despreciado honores, la perfección no se alcanza de golpe si no se une a ello la caridad que el apóstol nos describe bajo diversos aspectos. La perfección se encuentra solamente en la pureza de corazón. Porque rechazar la envidia, el creerse más que los demás, la cólera y la frivolidad, no buscar el propio interés, no complacerse en la injusticia, no llevar cuenta del mal, y todo lo demás (1C 13,4-5): ¿acaso es otra cosa que ofrecer continuamente a Dios un corazón perfecto y puro y guardarlo indemne de cualquier movimiento de pasión? La única finalidad de nuestras acciones y deseos será, pues, la pureza de corazón.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Evagrio el Monje (11)
“Golpeas tu pecho porque ves al alma moverse hacia el pecado, pero ella no percibe nada. Tratas de convencerla con las Escrituras, mas ella no te escucha porque está obtusa. La enfrentas con la vergüenza de los hombres, pero no te atiende ni te entiende, como si fuera un cerdo que ha cerrado los ojos y se dirige hacia su recinto. A éste demonio nos llevan los persistentes pensamientos de vanagloria. Y se ha dicho de él que si aquellos días no hubieran sido abreviados, ninguna carne se hubiera salvado (Mt 24:22). Esto sucede a aquellos que raramente frecuentan a sus hermanos. El motivo es evidente: este demonio, frente a las desgracias de los demás, es decir las de aquellos que han sido acometidos por las enfermedades o que tienen la desgracia de estar presos o encuentran una muerte imprevista, huye en seguida, porque no bien el alma se ha conmovido y se llena de compasión, se disipa el endurecimiento producido por el demonio. Pero esta posibilidad no la tenemos a causa de la soledad en que vivimos o de la rara presencia, cercana a nosotros, de personas que sufren. Es justamente para que podamos huir de este demonio que el Señor nos recomienda, en los Evangelios, que visitemos a los enfermos y a los que están en la cárcel. Estaba enfermo y me visitasteis (Mt 25:36), nos dice. Pero debemos tener presente esto: si algún solitario, habiéndose tropezado con este demonio, no ha aceptado todavía pensamientos impuros, ni ha abandonado su casa entregándose a la acedía, éste ha recibido la tolerancia y la templanza, que han bajado de los Cielos y lo han bendecido por tal impasibilidad. En cuando a aquellos que han hecho suya la profesión de ejercitar la piedad, y eligen vivir junto a los mundanos, deben cuidarse de este demonio. Yo, en efecto, me avergüenzo delante de todos ustedes y no quiero seguir diciendo o escribiendo a su respecto.”
Debería, y voy a hacerlo, empezar precisamente con el último párrafo de Evagrio. En numerosas ocasiones caemos en la vanagloria a que, líneas arriba, se refiere Evagrio. Instalados en la cómoda “poltrona” de la meditación olvidamos la sencillez. No frecuentar a nuestros hermanos es aislarnos del mundo; es perder la oportunidad única de vivir una experiencia irrepetible. Es francamente difícil resistirse a este demonio. Hace unos días, mi buen hermano Pepe, nos enviaba la historia del monje y el mendigo. Aquél instalado en sus profundas meditaciones, rechazaba la presencia del mendigo que le importunaba e impedía seguir aislado del mundo. Perdió la oportunidad de disfrutar de la presencia de Dios, pues aquél mendigo era el Ángel del Señor.
Hay “solitarios” a los que Dios ha regalado la gracia de la tolerancia y la templanza y, con ellas, la impasibilidad. Son capaces de, pese a ese estado de permanente éxtasis, no tener pensamientos impuros (no caer en la vanagloria), no abandonar este mundo (seguir ocupándose de las cosas terrenas, o sea no abandonar su casa o, en román paladino, no estar alelado) y no caer en la inacción o pereza espiritual, que eso precisamente significa acedía.
Y resulta curioso que, con este motivo, Evagrio nos recuerde el consejo del Maestro de visitar a presos y enfermos. Ambos presentan el mismo problema: no les es permitido disfrutar de su cuerpo. Incluso llegan a desear la muerte. Hay una primera enseñanza, si me lo permitís, en cabeza ajena. El místico extremo asume voluntaria, pero inconscientemente, la personalidad de un enfermo o de un preso. El choque con una realidad, igual que la suya, le ayuda a ver la viga en el propio ojo.
Pero, ¡ojo!, también a los que se dedican a visitar enfermos y presos les acecha este demonio que hemos dado en llamar el de la vanagloria. Por eso y no por otra razón se nos dice que lo haga nuestra mano derecha no lo conozca la izquierda.
Debería, y voy a hacerlo, empezar precisamente con el último párrafo de Evagrio. En numerosas ocasiones caemos en la vanagloria a que, líneas arriba, se refiere Evagrio. Instalados en la cómoda “poltrona” de la meditación olvidamos la sencillez. No frecuentar a nuestros hermanos es aislarnos del mundo; es perder la oportunidad única de vivir una experiencia irrepetible. Es francamente difícil resistirse a este demonio. Hace unos días, mi buen hermano Pepe, nos enviaba la historia del monje y el mendigo. Aquél instalado en sus profundas meditaciones, rechazaba la presencia del mendigo que le importunaba e impedía seguir aislado del mundo. Perdió la oportunidad de disfrutar de la presencia de Dios, pues aquél mendigo era el Ángel del Señor.
Hay “solitarios” a los que Dios ha regalado la gracia de la tolerancia y la templanza y, con ellas, la impasibilidad. Son capaces de, pese a ese estado de permanente éxtasis, no tener pensamientos impuros (no caer en la vanagloria), no abandonar este mundo (seguir ocupándose de las cosas terrenas, o sea no abandonar su casa o, en román paladino, no estar alelado) y no caer en la inacción o pereza espiritual, que eso precisamente significa acedía.
Y resulta curioso que, con este motivo, Evagrio nos recuerde el consejo del Maestro de visitar a presos y enfermos. Ambos presentan el mismo problema: no les es permitido disfrutar de su cuerpo. Incluso llegan a desear la muerte. Hay una primera enseñanza, si me lo permitís, en cabeza ajena. El místico extremo asume voluntaria, pero inconscientemente, la personalidad de un enfermo o de un preso. El choque con una realidad, igual que la suya, le ayuda a ver la viga en el propio ojo.
Pero, ¡ojo!, también a los que se dedican a visitar enfermos y presos les acecha este demonio que hemos dado en llamar el de la vanagloria. Por eso y no por otra razón se nos dice que lo haga nuestra mano derecha no lo conozca la izquierda.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










