Admiráis mi copa, discurrís sobre la frondosidad de mis ramas, analizáis mis hojas y los frutos que doy. Los más atrevidos buscáis en mis raíces, en su forma y en su largura, la razón de mi sabiduría. De esa sabiduría que se le supone al viejo roble.
Dicen que los árboles no dejan ver el bosque. No es cierto. Miramos con la herramienta equivocada y miramos lo que no tenemos que mirar. Fijaros en el árbol que queráis, el que más os atraiga. Abrazaos a él, pero no queráis ver el bosque: no veréis nada. Sentid lo que él siente. Hundid vuestros pies en su tierra, respirad el aire que él respira. Mirad al sol como miran sus hojas. Levantad los brazos al cielo como lo hacen sus ramas,… y veréis el bosque, pero ¡no veréis nada nuevo!
Vosotros no sois el árbol, sois el bosque y la tierra que lo sustenta y el aire que respira y la lluvia que lo humecta. Buscáis en el árbol y en el bosque lo que tenéis en vuestra casa. Aprovechad su sombra, alimentaros con sus frutos, pero buscad dentro de vosotros mismos. Entonces veréis el bosque y la tierra toda y el cielo y,… todo, absolutamente todo.
sábado, 28 de agosto de 2010
viernes, 27 de agosto de 2010
Evagrio el Monje (10)
Vivimos en el filo de la navaja. Tomar consciencia de nuestra realidad, percibir en nuestro interior la presencia de Dios y sentir como día a día crece y de forma exponencial, no deja de tener un peligro. EL mismo que provocó la caída del Ángel. Porque de sentir esa Divina Presencia en nuestro corazón a interpretar que somos dueños del bien y del mal hay un paso. Así, nos dice Evagrio:
“¿Y qué decir de ese demonio que deja al alma insensible? Siento temor de escribir al respecto. ¿No es increíble cómo el alma, cuando se encuentra con este demonio, sale de su estado interior, se despoja del temor de Dios y de toda piedad, no considera más al pecado como un pecado, ni actúa con responsabilidad, recordando al castigo y al juicio eterno como una cosa de nada y verdaderamente se mofa del terremoto del fuego (Jb 41:20). Reconoce a Dios, por cierto, pero no reconoce su mandamiento.”
De igual forma, los que intentamos dedicarnos a la vida contemplativa, aunque sea por momentos, caemos con frecuencia en un tremendo error. Tenemos tendencia a confundir la tranquilidad del meditante, su aislamiento, ambos necesarios, con una impasibilidad estúpida y egoísta. Borrachos de felicidad en los pocos o muchos segundos de experiencia mística que conseguimos en nuestra lucha diaria, tenemos inclinación al egoísta deseo de aislarnos del mundo y de forma permanente. Para llevar esa vida austera de indefinido aislamiento es necesario un muy elevado grado de consciencia y ser capaz de conseguir que el Brillo de la Presencia Divina, inicialmente en nuestro interior como en el de todos los hombres, salga de forma permanente al exterior y sea capaz de transmitirse, con su estela de beneficios, al mundo entero.
El resto, los que aún estamos subiendo la escalera a los Cielos, no podemos caer en la estupidez de salirnos de la escalera con la peregrina idea de llegar a Dios por el atajo de la meditación, el misticismo y la contemplación. La meditación no es sino el desayuno; convertir nuestra vida en una meditación continua es tan estúpido como estar desayunando continuamente, atiborrarse de tostadas y pillar un empacho.
Tremendo error. El hesicasta, el contemplativo en general, no puede ser egoísta, ni siquiera para favorecer su meditación. No es hesicasmo el encerrarse en uno mismo, olvidarse del mundo, de sus problemas y de sus dificultades. Estamos en este mundo porque debemos estar en él. Es un absurdo evitar vivir las experiencias que nos presenta la vida, por escatológicas que puedan ser, bajo el pretexto de una supuesta vida contemplativa. La trampa está servida.
sábado, 21 de agosto de 2010
Evagrio el Monje (9)
“El odio contra los demonios nos ayuda mucho a conseguir la salvación y es conveniente para la práctica de la virtud. Pero nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo por nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los espíritus amantes del placer lo destruyen y lo conducen a ese amor habitual. Este amor -o más bien, esta gangrena difícil de curar - es curada por el médico de las almas abandonándonos a una prueba. Efectivamente, permite que padezcamos de día o de noche, una situación horrorosa para el alma, de tal modo que ella retorna a su odio original, aprendiendo a decir lo que David dijo al Señor: De un odio perfecto los odié; se han convertido en enemigos para mí (Sal 138:22). Pues el que no peca con sus actos ni con sus pensamientos, odia con un odio perfecto, lo cual es índice de una máxima primitiva impasibilidad.”
El diccionario de la RAE dice: “Odio, antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. La verdad es que este significado nos lleva a un callejón sin salida, ya que nos debería resultar imposible desear mal a nadie, aunque sea nuestro enemigo.
Creo que es conveniente hagamos otra interpretación más acorde con la intención de Evagrio. Dicha interpretación queda implícita en la expresión “odio perfecto”.
El odio no deja de ser una pasión ciega y arraigada en un corazón descontrolado, viciado por el deseo de venganza, por la envidia, por el resentimiento, etc. Por tanto, siempre conlleva un calificativo de bajo e indigno, todo lo contrario de un espíritu cristiano. Por el contrario, hay un sinónimo mucho más adecuado: el aborrecimiento es un afecto nacido del concepto que forma nuestra mente de las características del ser aborrecido, esto es conlleva un análisis sereno de éste y de dichas características. Pero, además, puede ser compatible con la honradez, cuando las características que nos hacen aborrecible el citado ser tienen connotaciones negativas desde el punto de vista ético, moral o religioso. Así, decimos que el odio es implacable, pero no lo decimos del aborrecimiento, porque miramos a aquél como una pasión ciega, que nunca perdona, que va siempre de la mano del rencor y de la mala voluntad, mientras que el aborrecimiento es la consecuencia de una persuasión, que la razón o el desengaño pueden llegar a destruir. Un cristiano está obligado a perdonar el daño provocado por cualquier hombre porque no debe haber odio en su corazón; pero no puede dejar de aborrecer las cualidades negativas que han hecho que dicho hombre haya actuado así.
Por todo esto es que Evagrio dice que “nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo por nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los espíritus amantes del placer lo destruyen y lo conducen a ese amor habitual (a mi entender se ha utilizado erróneamente el término habitual en lugar de vulgar u ordinario)” Este es el callejón sin salida a que aludía al principio de mi comentario. Y es precisamente aquí cuando el Médico de las Almas, Jesús, nos enfrenta a la disyuntiva amor sobre todas las cosas u odio hasta la muerte. De este enfrentamiento surge el equilibrio, el odio perfecto de David. Este es el retorno al hombre adámico, al hombre de la “máxima primitiva impasibilidad”
¡Que Dios nos de la capacidad de aborrecer sin odiar!
viernes, 20 de agosto de 2010
Claves
En la Unidad el Todo es idéntico a Sí Mismo. No hay diferencia entre partes, porque no hay partes. No hay dos estados diferentes, no hay tiempo. SIN PRISAS.
En la Unidad ninguna parte es más que otra, porque no hay partes. Nada pesa más que lo demás, porque lo demás no es diferente. Nada es una carga para el resto, nada depende de lo demás. SIN CARGAS.
En la Unidad todo es conocido porque todo es como todo. Nada puede ser ni mejor ni peor que el resto: La humildad es una clara manifestación de la Unidad. CON HUMILDAD.
En la Unidad Todo está Consigo Mismo, no puede ser de otra manera. No hay escapatoria. A PLENA DISPOSICIÓN DE DIOS.
Estas son las fases preparatorias de nuestra meditación hesicasta, pero ¿acaso puedo estar fuera de la Unidad? Entonces ¿qué hago yo ocupado en las cosas de este mundo? Y ¿qué cosa es este mundo?
Difícil tarea es distinguir mi mente de mí mismo. El Cielo y la Tierra son semejantes a mí: no puedo distinguirlos. Y, sin embargo, la mente imagina. Pero siempre imagina a semejanza de lo que conoce. La vida es un juego y, para jugarlo, todos “nos hemos puesto de acuerdo”. La Totalidad no puede estar en desacuerdo consigo misma. Poderosa herramienta la Imaginación. Pero en este maravilloso juego de la vida solo se pierde cuando te crees en exceso tu papel, cuando te identificas con él y olvidas lo que eres, cuando, en definitiva, te olvidas de Dios.
Cuando uno duerme poco, la mente viaja de nube en nube. Es una experiencia maravillosa, única e irrepetible, pero no vendería en las agencias de viajes: es muy difícil contarla.
En la Unidad ninguna parte es más que otra, porque no hay partes. Nada pesa más que lo demás, porque lo demás no es diferente. Nada es una carga para el resto, nada depende de lo demás. SIN CARGAS.
En la Unidad todo es conocido porque todo es como todo. Nada puede ser ni mejor ni peor que el resto: La humildad es una clara manifestación de la Unidad. CON HUMILDAD.
En la Unidad Todo está Consigo Mismo, no puede ser de otra manera. No hay escapatoria. A PLENA DISPOSICIÓN DE DIOS.
Estas son las fases preparatorias de nuestra meditación hesicasta, pero ¿acaso puedo estar fuera de la Unidad? Entonces ¿qué hago yo ocupado en las cosas de este mundo? Y ¿qué cosa es este mundo?
Difícil tarea es distinguir mi mente de mí mismo. El Cielo y la Tierra son semejantes a mí: no puedo distinguirlos. Y, sin embargo, la mente imagina. Pero siempre imagina a semejanza de lo que conoce. La vida es un juego y, para jugarlo, todos “nos hemos puesto de acuerdo”. La Totalidad no puede estar en desacuerdo consigo misma. Poderosa herramienta la Imaginación. Pero en este maravilloso juego de la vida solo se pierde cuando te crees en exceso tu papel, cuando te identificas con él y olvidas lo que eres, cuando, en definitiva, te olvidas de Dios.
Cuando uno duerme poco, la mente viaja de nube en nube. Es una experiencia maravillosa, única e irrepetible, pero no vendería en las agencias de viajes: es muy difícil contarla.
domingo, 15 de agosto de 2010
La Asunción de la Virgen María
Me resulta difícil, imposible, concebir la figura de Jesús sin la presencia de María. Y no es que Jesús precise de la presencia de nadie, como Dios, sino porque el mensaje que se nos transmite requiere de la consideración conjunta de ambos. El mensaje de Jesús queda incompleto sin la actuación de María. María nos representa, nos da ejemplo de lo que debemos hacer: preparar nuestro ser para “permitir” el nacimiento de Dios, de ese Dios que llevamos dentro sin ser conscientes de ello. Y sobre todo es un modelo mucho más asequible para un modesto ser humano que la inmensa figura de Cristo. Primero toca ser María y luego “seremos” Cristo.
Os dejo con la meditación de mi querido San Bernardo:
Hoy, la Virgen María, sube gloriosa al cielo. Colma completamente el gozo de los ángeles y de los santos. En efecto, es ella quien, con la simple palabra de salutación, hizo exultar al niño todavía encerrado en el seno materno (Lc 1,41). ¡Cuál ha debido de ser la exultación de los ángeles y de los santos cuando han podido escuchar su voz, ver su rostro, y gozar de su bendita presencia! ¡Y para nosotros, amados hermanos, qué fiesta en su gloriosa Asunción, qué causa de alegría y qué fuente de gozo el día de hoy! La presencia de María ilumina el mundo entero tal como el cielo resplandece por la irradiación esplendorosa de la santísima Virgen. Es, pues, con todo derecho, que en los cielos resuena la acción de gracias y la alabanza. Pero nosotros..., en la misma medida que el cielo exulta de gozo por la presencia de María ¿no es razonable que nuestro mundo de aquí abajo llore su ausencia? Pero no nos lamentamos porque no tenemos aquí abajo la ciudad permanente (Hb 13,14) sino que buscamos aquella a donde la Virgen María ha llegado hoy. Si estamos ya inscritos en el número de los habitantes de esta ciudad, es conveniente que hoy nos acordemos de ella..., compartamos su gozo, participemos de la misma alegría que goza hoy la ciudad de Dios, y que hoy cae como rocío sobre nuestra tierra. Sí, ella nos ha precedido, nuestra reina nos ha precedido y ha sido recibida con tanta gloria que nosotros, sus humildes siervos, podemos seguir a nuestra soberana con toda confianza gritando [con la Esposa del Cantar de los Cantares]: «Llévame en pos de ti: ¡Correremos tras el olor de tus perfumes!» (Ct 1,3-4). Viajeros todavía en la tierra, hemos enviado por delante a nuestra abogada..., madre de misericordia, para defender eficazmente nuestra salvación.
San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
1er sermón sobre la Asunción
sábado, 14 de agosto de 2010
Evagrio el Monje (8)
Continuamos con el mismo demonio del que nos hablaba ayer Evagrio: el demonio vagabundo, el del intelecto. A hora nuestro buen monje nos da la receta para luchar contra él. Aunque utiliza el lenguaje personificando nuestra “tentación” en la figura del demonio, podemos adivinar, tras sus palabras, la sentencia del Delfos: “Conócete a ti mismo”
“Pero nosotros, si realmente nos proponernos reconocer la astucia de este demonio, no debemos apresurarnos a gritar en contra de él, ni a meditar sobre lo sucedido, contando como éste realiza estos encuentros en nuestros pensamientos y de qué manera va empujando el intelecto hacia la muerte. No soportando ser observado en su actuar, el demonio huirá de nosotros y nada podremos saber de lo que queríamos aprender. Más bien deberemos permitir que por uno o dos días, actúe a fondo, así podremos aprender bien sus maquinaciones, y lo haremos fluir enfrentándolo con nuestras palabras. Y sucede que cuando nos sentimos tentados, el intelecto está turbio y le resulta difícil ver lo que está sucediendo. Debemos pues, actuar cuando el demonio se ha ido de la siguiente manera: siéntate y trae a tu memoria lo sucedido, por dónde ha empezado todo, dónde has ido, y en qué lugar te sentiste atraído por el espíritu de la fornicación, de la tristeza o de la ira, y nuevamente recapitula lo sucedido. Examina todo muy bien y confíalo a tu memoria, así podrás enfrentar al demonio cuando se acerque. Observa atentamente el escondrijo donde él pretende llevarte y no lo sigas. Y si incluso quieres enfurecerlo, enfréntalo una y otra vez, hablándole directamente. Se sentirá muy molesto ya que no tolera ser avergonzado. Como demostración de que has sabido hablarle como es debido, verás que ese pensamiento que te acechaba te abandonó por completo. Es imposible que permanezca si es abiertamente enfrentado. Una vez que has vencido al demonio, seguirá una profunda somnolencia, una especie de estado de muerte, con una gran pesadez en los párpados, continuados bostezos, un gran peso en las espaldas. Pero el Espíritu Santo hará que todo esto se desvanezca luego de una intensa plegaria.”
¡Que la presencia de Dios sea percibida por todos nosotros!
viernes, 13 de agosto de 2010
Evagrio el Monje (7)
En el párrafo siguiente, Evagrio nos muestra contra qué debe luchar el hesicasta: el ansia de nuestro intelecto por cumplir sus funciones, pero llevadas al extremo.
“Hay un demonio, denominado vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre todo durante el transcurrir del día. Éste pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de casa en casa. El intelecto entabla, al principio, simples diálogos. Luego se entretiene por más tiempo con algún conocido y corrompe el estado interior de los que encuentra, y luego, poco a poco, se va olvidando de su conocimiento de Dios, de las virtudes y de su propia profesión. Es pues necesario que el solitario observe de donde viene este demonio y a dónde éste quiere llegar. No es por casualidad que este demonio da todas estas vueltas. Lo hace para corromper el estado interior del solitario. De este modo el intelecto, enardecido por estas cosas, ebrio por todos los encuentros, inmediatamente se tropieza con el demonio de la fornicación, o de la ira, o de la tristeza. Sentimientos que masivamente destruyen el resplandor del estado interior.”
En efecto, como ocurre con cualquier otra potencia del cuerpo, la mente desea desarrollarse, expandirse. Es como una toma de consciencia egoísta de la propia mente. Ansía cobrar el protagonismo que le parece propio de su aparente superioridad sobre el resto de características del hombre. Incluso lo hace con la inocencia de quien se cree en el buen camino. La elucubración de la mente se mueve en los ámbitos más dispares, para cada uno según su carácter. No pensemos que el místico está exento de esta debilidad. Puede tener la tentación de avanzar con la mente lo que en la meditación contemplativa no le es dado: ¡Craso error! La mente, igual que el resto del cuerpo, es una herramienta más para la vivencia que ansiamos tener. Dejadla que campe por sus respetos y será como un burro en una cacharrería.
Cuando meditéis, la mente debe reposar. No os dejéis seducir por su capacidad analítica, allí donde vais no sirve. No permitáis que su velocidad de acción os embriague, podéis estrellaros. No permitáis que maneje vuestra imaginación para mostraros ejemplos prefigurados como si fueran auténticos éxtasis, estaréis perdiendo el tiempo.
La mente se desarrolla y fortalece con el paso de los años. Probad a convencer a un adulto, más aún a un anciano, de que debe dejar de pensar. Decidle que sus argumentos, conformados desde un sistema experto, al más puro estilo informático, son erróneos. Os demostrará, lo intentará, que lo que decís son tonterías. Y es que ya lo decía Jesús: "Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos".
¡Que la infancia vuelva a todos nosotros!
NOTA: La imagen ha sido descargada de http://www.juegosmix.com/ ¡Cuántas veces nuestra mente actúa de espaldas a nuestro espíritu!
sábado, 7 de agosto de 2010
Evagrio el Monje (6)
“En cuanto a los pensamientos, algunos de ellos separan y otros, son separados. Es decir: los malos separan a los buenos y, a su vez, los malos son separados por los buenos. Por lo tanto, el Espíritu Santo atiende al primer pensamiento que nos acude y en base a éste, nos juzga o nos recibe. Quiero decir esto: tengo un pensamiento de hospitalidad y seguramente lo tengo hacia el Señor, pero como se acerca el Tentador, mi pensamiento es separado, porque éste me sugiere brindar hospitalidad por amor a la gloria. Y más aún: tengo un pensamiento de hospitalidad, pero para ser visto por los hombres. Y sin embargo, este mal pensamiento puede ser rescindido al acudir un pensamiento mejor, el de pensar que es mejor dirigir la virtud hacia el Señor e inducirnos a no hacer estas cosas por los hombres.”
Refleja Evagrio con estas palabras una lucha permanente, soterrada y profunda de almas que aspiran a la perfección, pero yerran en su camino. Es la debilidad del alma que pierde la espontaneidad de sus sentimientos. No podemos “pensar” lo que tenemos que hacer, porque nuestra débil mente se retorcerá en argumentos espurios y acabará por perderse. Es preciso disciplinar, entrenar la mente y el cuerpo, el espíritu y el alma para que todos ellos actúen de forma coordinada, pero espontánea, con esa espontaneidad que da ese vivir continuamente en la presencia de Dios, con esa oración continua que propugnaba Jesús y en la que procuramos perseverar los hesicastas.
“Después de mucha observación, hemos conocido cuál es la diferencia entre los pensamientos provenientes de los ángeles, los provenientes de los hombres, y los que provienen de los demonios. Los primeros, los angélicos, observan las varias naturalezas de las cosas y descubren las razones espirituales. Por ejemplo, la razón por la cual el oro fuera creado, esto es, para ser distribuido en las zonas inferiores de la tierra mezclado con la arena, y ser encontrado con mucho trabajo y fatiga. Y luego vemos cómo, una vez encontrado, es lavado con agua, pasado por el fuego, entregado a las manos de los artesanos, los cuales harán el candelabro de la tienda, el altar, los incensarios y las copas, en las cuales ahora no bebe más - por gracia de nuestro Señor - el rey de Babilonia. Por estos misterios arde el corazón de Cleofás. Pero el pensamiento que nos surge por obra de los demonios, no sabe ni comprende todo esto, sino que nos sugiere, descaradamente, el afán por la posesión del oro sensible, indicándonos todo el placer y la gloria que nos colmarán al tenerlo.”
“En cuanto al pensamiento que proviene del hombre, el mismo no busca la posesión del oro, ni se preocupa por entender su significado simbólico, sino que nos introduce en la mente su forma desnuda, sin pasión ni codicia por poseerlo. Lo que decimos del oro, es válido también para las otras cosas, cuando este pensamiento es místicamente ejercido según esa regla.”
Es curioso el “modelo” de funcionamiento que nos presenta Evagrio. Es curioso y muy interesante. En una primera impresión, puede parecernos que el hombre es algo así como un ring donde dos boxeadores, un ángel y un demonio, se enfrentan a puñetazos. Sin embargo, la explicación real anda lejos de esta simplicidad. En efecto, los amantes de la alquimia espiritual habrán vislumbrado rasgos de la misma en estas palabras. El hombre simple solo se preocupa de vivir la vida, conociendo, exclusivamente, el oro en su aspecto más material, sin preocuparse en buscarle significados más profundos, pero tampoco deseándolo por su valor material. El pensamiento perverso, el del diablo, se ve envuelto por el deseo del oro por su exclusivo valor material, lo que representa de poder y riqueza. Sin embargo, los pensamientos angélicos consideran el oro como representación simbólica de la pureza, de la excelencia espiritual. Habla de la creación de utensilios religiosos varios, pero las copas que incluye entre otros objetos ya no son para beber como haría el hombre vulgar, el Rey de Babilonia, sino que son reflejo de la belleza interior de un corazón puro como el de Cleofás, un Cleofás que no es otro que uno de los dos discípulos a los que se aparece Jesús camino de Emaús, un Cleofás que ha salido a buscar, sin saber muy bien el qué, perdido en los acontecimiento extraños que han vivido en los días precedentes y que aún no acaban de entender. No sabe que el oro de la revelación, extraído de las entrañas de la tierra, mezclado con arena, sucio y casi inservible, le va a ser entregado en unas horas y todo ello gracias a ese proceso que ha recorrido, casi sin saberlo, pero con mucho esfuerzo, de la mano del Maestro.
viernes, 6 de agosto de 2010
Fe
"Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: 'Trasládate de aquí a allá', y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes".
La mayoría de nosotros piensa en la fe como en un conjunto de creencias o simplemente en la confianza ciega en algo o en alguien. Sin embargo, una fe así concebida es débil. Parte de la aceptación de algo que no vemos y que, por eso mismo, nos resulta difícil sentir.
La mayoría de los enfermos no mejoran porque quienes les atienden no dan la confianza necesaria, la confianza que daría el creer en sí mismos. Si a ello añadimos la ya de por sí difícil situación del propio enfermo, la mejoría de este queda sometida en el mejor de los casos a la ingesta de productos químicos o al traumatismo quirúrgico.
Es necesario asumir la fe no como creencia en algo o en alguien. Las creencias han sido históricamente tan manipuladas que una tal fe tendría los días contados. Es preciso asumir la fe como un sentimiento de pertenencia a un grupo incapaz de traicionar, aunque lo parezca en un análisis parcial. Un grupo que es la Creación entera, el mismo Dios. Un sentimiento de pertenencia a ese grupo, de compromiso entendido como comportamiento armónico con él, sería la esencia de la fe.
Por eso se “enfadaba” Jesús y les decía: "¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?”
La mayoría de nosotros piensa en la fe como en un conjunto de creencias o simplemente en la confianza ciega en algo o en alguien. Sin embargo, una fe así concebida es débil. Parte de la aceptación de algo que no vemos y que, por eso mismo, nos resulta difícil sentir.
La mayoría de los enfermos no mejoran porque quienes les atienden no dan la confianza necesaria, la confianza que daría el creer en sí mismos. Si a ello añadimos la ya de por sí difícil situación del propio enfermo, la mejoría de este queda sometida en el mejor de los casos a la ingesta de productos químicos o al traumatismo quirúrgico.
Es necesario asumir la fe no como creencia en algo o en alguien. Las creencias han sido históricamente tan manipuladas que una tal fe tendría los días contados. Es preciso asumir la fe como un sentimiento de pertenencia a un grupo incapaz de traicionar, aunque lo parezca en un análisis parcial. Un grupo que es la Creación entera, el mismo Dios. Un sentimiento de pertenencia a ese grupo, de compromiso entendido como comportamiento armónico con él, sería la esencia de la fe.
Por eso se “enfadaba” Jesús y les decía: "¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?”
jueves, 5 de agosto de 2010
¡Qué bello es respirar!
Respirar es de Dios tomar
Para luego a todos dar
Respirar es comprender
Que no puedes siempre aprender,
Que también has de enseñar.
Respirar es componer y luego tocar
La sinfonía universal.
Respirar es vivir, siempre vivir,
Muriendo cada vez un poco más,
Hasta por fin la Vida alcanzar.
lunes, 2 de agosto de 2010
¡Señor, sálvame!
De la lectura de hoy, Mateo 14,22-36, interesa destacar algunas frases.
La primera está muy ligada a la práctica hesicasta. La oración es una forma de comunicación con Dios ÍNTIMA Y PERSONAL que, hermoso simbolismo, requiere un ascenso previo de nuestra persona, con todo lo que conlleva de esfuerzo y disciplina. Eso se nos pretende indicar con la frase "subió a la montaña". No obstante, esa intimidad a que nos hemos referido no es opuesta a otras formas de oración colectiva complementarias de ella y muy necesarias o de compartir físicamente un espacio. En este último caso, sin necesidad de contacto físico de ningún tipo, se producirá una comunión espiritual intensa suma de las vivencias interiores de cada uno.
En la segunda Jesús nos descubre nuestra propia personalidad. Somos capaces de hacer lo que Él mismo hace, pero no nos lo creemos. Una indicación suya es suficiente para desarrollar esa potencia, si por nosotros mismos no fueramos capaces. Tanto en un caso como en el otro, es habitual que nos falle la confianza en nuestra capacidad e incluso que dudemos de ser merecedores de Su atención. Entonces siempre tendremos el recurso de gritar "Señor, sálvame"
¡¡Que Dios sea con todos nosotros!!
"(...) Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. (...) "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". (...)"
La primera está muy ligada a la práctica hesicasta. La oración es una forma de comunicación con Dios ÍNTIMA Y PERSONAL que, hermoso simbolismo, requiere un ascenso previo de nuestra persona, con todo lo que conlleva de esfuerzo y disciplina. Eso se nos pretende indicar con la frase "subió a la montaña". No obstante, esa intimidad a que nos hemos referido no es opuesta a otras formas de oración colectiva complementarias de ella y muy necesarias o de compartir físicamente un espacio. En este último caso, sin necesidad de contacto físico de ningún tipo, se producirá una comunión espiritual intensa suma de las vivencias interiores de cada uno.
En la segunda Jesús nos descubre nuestra propia personalidad. Somos capaces de hacer lo que Él mismo hace, pero no nos lo creemos. Una indicación suya es suficiente para desarrollar esa potencia, si por nosotros mismos no fueramos capaces. Tanto en un caso como en el otro, es habitual que nos falle la confianza en nuestra capacidad e incluso que dudemos de ser merecedores de Su atención. Entonces siempre tendremos el recurso de gritar "Señor, sálvame"
¡¡Que Dios sea con todos nosotros!!
sábado, 31 de julio de 2010
Humildad
No sé porqué cuando hablamos de humildad tenemos tendencia a imaginarnos una persona sumida en cierta pobreza material. En consecuencia negamos dicha virtud a aquél que se nos antoja rico.
Hablando de la felicidad, una realidad muy simple que el mundo se esfuerza en presentarnos casi inalcanzable, es frecuente oír que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Subrayo “tiene” por el mensaje subliminal e insidioso que conlleva. Pues bien, podríamos decir que humilde no es el que menos tiene, sino el que menos desea aun lo que ya tiene. En efecto, a lo largo de los siglos se ha deslizado en nuestros oídos la frase de Jesús: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos.” Y la frase se nos ha explicado en el sentido negativo excluyente: El rico no entra en el Reino. Sin embargo, la exclusión total no reside en la frase. Y ello porque el término “aguja” no se refiere a las agujas de coser que todos conocemos, sino a una especie de portillos existentes en las murallas de la época y que permitían el paso de personas y nada más, esto es que hablamos de dificultad, no de imposibilidad. Antes de seguir adelante, debo dejar claro que no estoy tratando de justificar al rico, sea personal o institucional, sino queriendo dar el significado más adecuado, y por tanto útil, a la palabra.
Las palabras tienen, en general, varias acepciones y, hablando en sentido espiritual, dos: uno exotérico y otro esotérico. En el caso que nos ocupa, el significado exotérico, religioso, superficial, sin caer en lo esperpéntico, sería el de la pobreza, esto es renunciar a todo tipo de posesión de cosas materiales. Pensar en la humildad como la “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, sería captar el sentido interno, esotérico, profundo, de esta palabra. Y es que cuando uno se conoce a sí mismo, no ya en sus limitaciones, sino en la esencia misma de su ser, la posesión o no de cualquier cosa se convierte en algo accidental. Bien es cierto que no tener es una práctica muy recomendable, pero no es la panacea porque desear tener es peor aún que tener. La posesión de bienes materiales es algo que dificulta el conocimiento de sí mismo, la toma de consciencia. Por eso la práctica del no tener es recomendable, pero no debemos quedarnos ahí ya que es solo un primer paso para la verdadera humildad, entendida como conocimiento de sí mismo.
Con esta meditación quiero “echar un cable” a aquellos que se encuentran sometidos a una tiranía de la riqueza, a aquellos cuya renuncia a lo que poseen podría arrastrar a otros que “no lo tienen tan claro”, a otros que no están preparados para no tener. La posesión de cosas materiales no es una imposibilidad para entrar en el Reino de los Cielos, sino una dificultad más, una prueba más. Creo que deberíamos recordar otra frase de Jesús: “No es lo que entra por la boca lo que hace al hombre impuro, sino lo que sale de su corazón” Y es que la mera posesión de bienes materiales no le hace al hombre impuro, sino el sentimiento que tenga hacia ellas.
¡Que Dios nos ilumine!
Hablando de la felicidad, una realidad muy simple que el mundo se esfuerza en presentarnos casi inalcanzable, es frecuente oír que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Subrayo “tiene” por el mensaje subliminal e insidioso que conlleva. Pues bien, podríamos decir que humilde no es el que menos tiene, sino el que menos desea aun lo que ya tiene. En efecto, a lo largo de los siglos se ha deslizado en nuestros oídos la frase de Jesús: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos.” Y la frase se nos ha explicado en el sentido negativo excluyente: El rico no entra en el Reino. Sin embargo, la exclusión total no reside en la frase. Y ello porque el término “aguja” no se refiere a las agujas de coser que todos conocemos, sino a una especie de portillos existentes en las murallas de la época y que permitían el paso de personas y nada más, esto es que hablamos de dificultad, no de imposibilidad. Antes de seguir adelante, debo dejar claro que no estoy tratando de justificar al rico, sea personal o institucional, sino queriendo dar el significado más adecuado, y por tanto útil, a la palabra.
Las palabras tienen, en general, varias acepciones y, hablando en sentido espiritual, dos: uno exotérico y otro esotérico. En el caso que nos ocupa, el significado exotérico, religioso, superficial, sin caer en lo esperpéntico, sería el de la pobreza, esto es renunciar a todo tipo de posesión de cosas materiales. Pensar en la humildad como la “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, sería captar el sentido interno, esotérico, profundo, de esta palabra. Y es que cuando uno se conoce a sí mismo, no ya en sus limitaciones, sino en la esencia misma de su ser, la posesión o no de cualquier cosa se convierte en algo accidental. Bien es cierto que no tener es una práctica muy recomendable, pero no es la panacea porque desear tener es peor aún que tener. La posesión de bienes materiales es algo que dificulta el conocimiento de sí mismo, la toma de consciencia. Por eso la práctica del no tener es recomendable, pero no debemos quedarnos ahí ya que es solo un primer paso para la verdadera humildad, entendida como conocimiento de sí mismo.
Con esta meditación quiero “echar un cable” a aquellos que se encuentran sometidos a una tiranía de la riqueza, a aquellos cuya renuncia a lo que poseen podría arrastrar a otros que “no lo tienen tan claro”, a otros que no están preparados para no tener. La posesión de cosas materiales no es una imposibilidad para entrar en el Reino de los Cielos, sino una dificultad más, una prueba más. Creo que deberíamos recordar otra frase de Jesús: “No es lo que entra por la boca lo que hace al hombre impuro, sino lo que sale de su corazón” Y es que la mera posesión de bienes materiales no le hace al hombre impuro, sino el sentimiento que tenga hacia ellas.
¡Que Dios nos ilumine!
viernes, 30 de julio de 2010
Evagrio el Monje (5)
Escribe Evagrio:
“Pero los demonios tienen también esta otra costumbre: después de acosarnos con pensamientos impuros, nos infunden alguna preocupación a fin de que Jesús se retire, debido al caudal de ideas que acuden a nuestra mente, y su Palabra se torne infructuosa, sofocada por pensamientos de preocupación. Pero una vez que los hayamos depuesto y habiendo depositado toda nuestra confianza en el Señor, conformándonos con las cosas que tenemos, y pobres en cuanto a nuestro estilo de vida y por la ropa que nos cubre, despojaremos cada día a los padres de la vanagloria. Si alguno se sintiere indecoroso por tener un traje pobre, que dirija su mirada a san Pablo, quien esperó la corona de la justicia en el frío y en la desnudez (2 Co 11:27). Puesto que el Apóstol ha llamado a este mundo "teatro" y "estadio," vemos cómo es posible que uno, acompañado por pensamientos de preocupación, corra hacia el premio de la suprema llamada de Dios (Flp 3:14) o luche contra los principados las potencias, los dominadores cósmicos de las tinieblas de este siglo (Ef 6:12). Aun entrenado en la observación de las realidades sensibles, no sé cómo esto es posible. Está claro que el que viste la túnica, se encontrará impedido de avanzar y arrastrado aquí y allá, como el intelecto lo es por los pensamientos cargados de preocupaciones, si creemos en la palabra que dice que el intelecto debe estar constantemente atento a su tesoro. Se ha dicho, en efecto: Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mt 6:21).”
Escrito hace más de dieciséis, el texto tiene una evidente vigencia. Nuestra naturaleza material ha de manifestarse y a las tendencias propias de nuestro organismo, como estricto sistema animal, se añaden las elucubraciones mentales con las que el intelecto intenta conducir al alma. Esas elucubraciones mentales viene condicionadas a su vez por la preocupación por la supervivencia propia de un ser sometido a la tiranía del tiempo. Aterrizamos de pleno en el apego. Ese apego que induce a nuestra mente a buscar salida a lo que, desde su punto de vista y con sus argumentos, irrefutables en la realidad material, es imprescindible para la vida. Empieza con lo más básico que es la mera supervivencia y termina convirtiendo lo más superficial en imprescindible. Incluso aquello que puede parecer más espiritual, lo tergiversa y lo convierte en motivo de apego y, como tal, de causa de bloqueo en nuestra vida. En efecto, he de confesar que, a veces, llego a postergar la experiencia vital que nos conduce a la toma de consciencia y, en definitiva, a Dios mismo, por una pretendida disciplina mística inaplazable. Ninguna experiencia mística, ninguna oración pueden resultar más agradables a Dios que estar con los pies en la tierra, con nuestros hermanos que nos necesitan y por los que hemos de llegar a Dios. “Si no tengo amor,…” (1 Corintios, 13) Por eso no hay mejor logro místico que poner Amor en nuestro corazón.
¡Que el Amor acampe en nuestro corazón!
jueves, 29 de julio de 2010
Traigo hoy esta meditación a raíz del Evangelio del día (Mt, 13, 54-58) No trato de dilucidar sobre la actividad esotérica de Jesús en sus primeros treinta años de vida. Fuera en un sentido o fuera en otro, lo cierto es que su grandeza interior, capaz de pasar desapercibida para el común de los mortales, es lo que llama la atención de nuestro meditante y debe llamar la nuestra propia:
Si esto escribía nuestro afable y admirado Juan XXIII, ¿qué tendré que decir yo?
¿De dónde saca éste esa sabiduría...? ¿No es el hijo del carpintero?
Cada vez que pienso en el gran misterio de la vida escondida y humilde de Jesús durante sus treinta primeros años, mi espíritu se siente cada vez más confundido y me faltan las palabras. ¡Ah! es la misma evidencia: tengo frente a mí una luminosa lección: no tan sólo los juicios y la manera de pensar del mundo sino también los juicios y la manera de pensar de muchos eclesiásticos me parecen completamente falsos y se oponen del todo a esta lección. Por mi parte confieso que no he llegado todavía a hacerme una idea de ello. Sin embargo, y por lo que me conozco, me parece que sólo poseo una apariencia de humildad, pero no su verdadero espíritu; ese amor a «lo escondido» de Jesucristo en Nazaret, no lo conozco más que de nombre. ¡Y decir que Jesús pasó treinta años de vida escondida, y que era Dios, y que era el «reflejo de la sustancia del Padre» (Hb 1,3), y que vino para salvar al mundo, y que todo esto lo hizo únicamente para enseñarnos cuán necesaria es la humildad y cuánta falta hace practicarla! Y yo, que soy un grande y miserable pecador, que sólo pienso en complacerme a mí mismo, en complacerme en los éxitos que me dan un poco de honor terrestre, que no puedo tener el más mínimo pensamiento santo sin que se deslice la preocupación de mi reputación cerca de los demás... A fin de cuentas no sé acostumbrarme, si no es con un gran esfuerzo, a esa idea de pasar realmente desapercibido, escondido, tal como Jesucristo lo practicó y tal cual me lo enseña.
Beato Juan XXIII (1881-1963), Diario del alma (http://www.evangeliodeldia.org/)
Si esto escribía nuestro afable y admirado Juan XXIII, ¿qué tendré que decir yo?
domingo, 25 de julio de 2010
Juramento hipocrático
Diez horas en la sala de urgencias de un hospital dan para mucho. Dan para ver tus debilidades, tus puntos flacos y, en fin, lo que necesitas un buen entrenamiento y, sobre todo, lo bien que te vendría tener “línea directa” con Dios. Dan para ver los estragos del ego cuando el hombre se ve agobiado por lo que equivocadamente considera “su” Vida. Dan para ver lo poco que sabemos de nosotros mismos y del ser humano en general. Dan para ver que el juramento hipocrático es una iniciación que no afecta solo a los médicos. Dan para ver que, como tantas otras tradiciones, ésta también se ha deteriorado. Dan para ver que los hospitales son otra trampa más de ese sistema que nos hemos construido o que, al menos, distan mucho de ser lo que deberían ser.
Sería muy fácil caer en el error de la crítica destructiva, demoledora. Podía exponer las carencias de los hospitales en ese sentido. Pero no ayudaría a nadie, ni a mí mismo.
Hay un refrán que dice: “Es más fácil ver la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio”. Así que en vez de criticar a los demás, he decidido exponer “mi mota”, que a buen seguro será algo más que mota, a ver si alguien ve la viga en el suyo, si es que hay alguien con vigas en sus ojos.
La primera sensación que uno, acompañante él, experimenta es desazón, tal vez aprehensión, fastidio por estar ahí en lugar de estar viendo el partido de futbol o haciendo la sacrosanta meditación o trascribiendo sus propias meditaciones para ponerlas en común con los demás. Como urgencia que es, a uno le pilla de sorpresa. Y, ¿por qué no vamos a decirlo?, le fastidia. Pasan unos minutos, o tal vez solo unos segundos, hasta que uno se sobrepone y enfrenta la larga experiencia, si no con alegría, al menos con una aceptación consciente y serena.
Superada la primera prueba, uno es consciente de que está ahí para ayudar ¿a quién? ¡Hombre, por supuesto que a su familiar o amigo enfermo! ¿Solo? Porque, cuando, superados los trámites administrativos y la clasificación médica, pasamos a la sala de espera, el espectáculo suele ser deprimente. Se percibe un gazpacho de sentimientos negativos difícil de digerir. Es necesario hacer un esfuerzo para serenar su ánimo. Uno se da cuenta de que de mero acompañante está en el riesgo de convertirse en paciente. Nuevo esfuerzo de autodominio. Es necesario romper el apego, es necesario cortar esos lazos sentimentales, muy humanos, pero muy traicioneros que traen a nuestra mente el demonio de la tristeza, de la pesadumbre y, tras ellos, de la desesperación. ¡Menuda ayuda voy a dar, si me dejo arrastrar por esos sentimientos! Ver el escaparate de sufrimientos que nos muestra la sala de espera y percibir como ese sufrimiento nos intenta invadir es todo uno. Tratamos de hacer nuestra esa misma experiencia, pero esa experiencia no es la nuestra. Nosotros no estamos ahí para sufrir viendo sufrir, sino para ayudar a que esas experiencias les valgan para algo a los que han de vivirlas. La mente y el espíritu luchan por imponer su ley. Se cruzan acusaciones. Cuesta trabajo ponerlos de acuerdo y buscar el equilibrio. Son segundos, tal vez décimas de segundo, pero se consigue. Claro que a lo largo de diez horas de encierro, el demonio de la tristeza puede dar varios envites más. Uno empieza a pensar que las sesiones de meditación sirven para algo, pero se quedan cortas. Concluyo que, si quiero ayudar a los demás, tengo que dedicar más tiempo o más intensidad a la meditación. Lo peor no ha llegado.
Diez horas de espera te permiten ver pasar por tu lado el miedo y la desesperación en seres humanos que parece hayan dejado de serlo ya, tal es su pánico. Algunos parecen poseídos, algunos creo que lo están. Otros aparecen abatidos y sus quejas, monótonas, lastimeras, marcan el ritmo de las horas. Es un bombardeo continuo. Los que entran mal se sienten peor y los que entran sanos se encrespan unos y se contagian otros. Es difícil evitar ingresar en uno de los dos grupos, cuando no en los dos. Y te sientes impotente. Quieres ayudar, pero no sabes cómo. Piensas en transmitir energía ¿a cuál de todos? ¿A todos? ¿Tengo fuerza para ello? Respiras metódicamente, inspiras, respiras,… Sí, te relajas. Pero, ¡no! ¡No es eso lo que yo quiero! ¡Quiero ayudar! Uno vomita por allí. Una gitana plañidera recita todas sus penas en voz alta. Otro decide escenificar su malestar suspirando. Otro se quiere quitar el miedo de encima diciendo en voz alta frases pretendidamente ingeniosas. Otro desespera de la espera, critica en voz alta y tensa, a los… (irrepetible) de los políticos que roban y engañan y no arreglan la sanidad porque ellos no van a urgencias. Uno, yo, se queda prendido de tal argumentación y asiente con la cabeza, ¡torpe! ¡Estás ayudando a estropearlo todo!
Y al fin caigo en la cuenta, orgulloso de mí, me ha faltado la humildad de reconocer que no soy nada. Y Le pido ayuda. Ahora sí: de nuevo empieza la técnica respiratoria, pero ahora mi pensamiento se centra en Él. Ahora recuerdo mi oración continua y ahora funciona. Y la situación se calma, los “ayes” se apagan,… ¡Gracias, Señor!
Pero son muchas horas. El cansancio hace mella. Uno se relaja en la espera y hay nuevos envites del demonio de la tristeza y del de la desesperación y del otro y del de más allá. Y cojo la mano de mi enfermo, con tanto ajetreo, lo tengo casi olvidado y simplemente hablo con él, ¿mejor? Sí, mucho mejor.
Con todo creo que he salido enriquecido. He aprendido que sin Dios no hay nada; que yo solo soy un perfecto inútil; que, por mucho que avance, me queda un largo camino por recorrer; que las cosas sencillas, como una conversación agradable, suelen ser el mejor remedio; que la división clásica cristiana de la oración, la meditación y la contemplación es básica, fundamental, porque nada de lo que pretendamos lo conseguiremos sin la oración previa, esa conversación humilde, petitoria y alabadora a Dios que nos prepara para el resto; que yo disto mucho de ser mejor que los otros, entre otras razones porque nadie es sino lo que el Padre permite que sea; que yo puedo caer en la misma desesperación que los demás; que el ejercicio, la práctica y la disciplina son fundamentales como preparación de mi ser para recibir y transmitir la Ayuda Divina.
¡Que la Paz de Dios sea con todos nosotros!
Sería muy fácil caer en el error de la crítica destructiva, demoledora. Podía exponer las carencias de los hospitales en ese sentido. Pero no ayudaría a nadie, ni a mí mismo.
Hay un refrán que dice: “Es más fácil ver la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio”. Así que en vez de criticar a los demás, he decidido exponer “mi mota”, que a buen seguro será algo más que mota, a ver si alguien ve la viga en el suyo, si es que hay alguien con vigas en sus ojos.
La primera sensación que uno, acompañante él, experimenta es desazón, tal vez aprehensión, fastidio por estar ahí en lugar de estar viendo el partido de futbol o haciendo la sacrosanta meditación o trascribiendo sus propias meditaciones para ponerlas en común con los demás. Como urgencia que es, a uno le pilla de sorpresa. Y, ¿por qué no vamos a decirlo?, le fastidia. Pasan unos minutos, o tal vez solo unos segundos, hasta que uno se sobrepone y enfrenta la larga experiencia, si no con alegría, al menos con una aceptación consciente y serena.
Superada la primera prueba, uno es consciente de que está ahí para ayudar ¿a quién? ¡Hombre, por supuesto que a su familiar o amigo enfermo! ¿Solo? Porque, cuando, superados los trámites administrativos y la clasificación médica, pasamos a la sala de espera, el espectáculo suele ser deprimente. Se percibe un gazpacho de sentimientos negativos difícil de digerir. Es necesario hacer un esfuerzo para serenar su ánimo. Uno se da cuenta de que de mero acompañante está en el riesgo de convertirse en paciente. Nuevo esfuerzo de autodominio. Es necesario romper el apego, es necesario cortar esos lazos sentimentales, muy humanos, pero muy traicioneros que traen a nuestra mente el demonio de la tristeza, de la pesadumbre y, tras ellos, de la desesperación. ¡Menuda ayuda voy a dar, si me dejo arrastrar por esos sentimientos! Ver el escaparate de sufrimientos que nos muestra la sala de espera y percibir como ese sufrimiento nos intenta invadir es todo uno. Tratamos de hacer nuestra esa misma experiencia, pero esa experiencia no es la nuestra. Nosotros no estamos ahí para sufrir viendo sufrir, sino para ayudar a que esas experiencias les valgan para algo a los que han de vivirlas. La mente y el espíritu luchan por imponer su ley. Se cruzan acusaciones. Cuesta trabajo ponerlos de acuerdo y buscar el equilibrio. Son segundos, tal vez décimas de segundo, pero se consigue. Claro que a lo largo de diez horas de encierro, el demonio de la tristeza puede dar varios envites más. Uno empieza a pensar que las sesiones de meditación sirven para algo, pero se quedan cortas. Concluyo que, si quiero ayudar a los demás, tengo que dedicar más tiempo o más intensidad a la meditación. Lo peor no ha llegado.
Diez horas de espera te permiten ver pasar por tu lado el miedo y la desesperación en seres humanos que parece hayan dejado de serlo ya, tal es su pánico. Algunos parecen poseídos, algunos creo que lo están. Otros aparecen abatidos y sus quejas, monótonas, lastimeras, marcan el ritmo de las horas. Es un bombardeo continuo. Los que entran mal se sienten peor y los que entran sanos se encrespan unos y se contagian otros. Es difícil evitar ingresar en uno de los dos grupos, cuando no en los dos. Y te sientes impotente. Quieres ayudar, pero no sabes cómo. Piensas en transmitir energía ¿a cuál de todos? ¿A todos? ¿Tengo fuerza para ello? Respiras metódicamente, inspiras, respiras,… Sí, te relajas. Pero, ¡no! ¡No es eso lo que yo quiero! ¡Quiero ayudar! Uno vomita por allí. Una gitana plañidera recita todas sus penas en voz alta. Otro decide escenificar su malestar suspirando. Otro se quiere quitar el miedo de encima diciendo en voz alta frases pretendidamente ingeniosas. Otro desespera de la espera, critica en voz alta y tensa, a los… (irrepetible) de los políticos que roban y engañan y no arreglan la sanidad porque ellos no van a urgencias. Uno, yo, se queda prendido de tal argumentación y asiente con la cabeza, ¡torpe! ¡Estás ayudando a estropearlo todo!
Y al fin caigo en la cuenta, orgulloso de mí, me ha faltado la humildad de reconocer que no soy nada. Y Le pido ayuda. Ahora sí: de nuevo empieza la técnica respiratoria, pero ahora mi pensamiento se centra en Él. Ahora recuerdo mi oración continua y ahora funciona. Y la situación se calma, los “ayes” se apagan,… ¡Gracias, Señor!
Pero son muchas horas. El cansancio hace mella. Uno se relaja en la espera y hay nuevos envites del demonio de la tristeza y del de la desesperación y del otro y del de más allá. Y cojo la mano de mi enfermo, con tanto ajetreo, lo tengo casi olvidado y simplemente hablo con él, ¿mejor? Sí, mucho mejor.
Con todo creo que he salido enriquecido. He aprendido que sin Dios no hay nada; que yo solo soy un perfecto inútil; que, por mucho que avance, me queda un largo camino por recorrer; que las cosas sencillas, como una conversación agradable, suelen ser el mejor remedio; que la división clásica cristiana de la oración, la meditación y la contemplación es básica, fundamental, porque nada de lo que pretendamos lo conseguiremos sin la oración previa, esa conversación humilde, petitoria y alabadora a Dios que nos prepara para el resto; que yo disto mucho de ser mejor que los otros, entre otras razones porque nadie es sino lo que el Padre permite que sea; que yo puedo caer en la misma desesperación que los demás; que el ejercicio, la práctica y la disciplina son fundamentales como preparación de mi ser para recibir y transmitir la Ayuda Divina.
¡Que la Paz de Dios sea con todos nosotros!
sábado, 24 de julio de 2010
Evagrio el Monje (5)
La cita de hoy es muy corta; tanto como grande e importante es el mensaje.
“En cuanto al deber de no preocuparse por los trajes o manjares, considero superfluo escribir con respecto a esto, ya que el Salvador mismo lo prohíbe en los Evangelios: no os preocupéis por vuestra vida, por lo que comeréis, por lo que tomaréis o por lo que vestiréis. Esto concierne a los gentiles y a los incrédulos, a los que rechazan la providencia del Soberano, y reniegan del Creador, pero es cosa totalmente ajena a aquellos cristianos que han creído que dos pajarillos que se venden por un cuarto están bajo el gobierno de los santos ángeles.”
Hoy día, con las continuadas noticias sobre la “crisis económica”, en este mundo occidental que se asusta por tener que hacer frente a algo que es infinitamente despreciable frente a lo que padece, de forma permanente, una parte muy importante de la Humanidad (ese mal llamado tercer mundo que para mí es el primero), para ese mundo este mensaje es un aviso a tomar muy en serio.
Sabemos que, en la fase preparatoria de la meditación hesicasta, uno de los pasos más importantes es el desprendimiento de cargas, el desapego frente a las cosas mundanas, donde lo más elemental es la renuncia a lo material. Es sorprendente que seres, supuestamente racionales, no se percaten de la fugacidad de lo material, de lo inútil que es atesorar dinero, comida, ropa, cargos, etc., en una loca e interminable carrera por asegurar una supervivencia en una vida transitoria.
Es terrible ver como unos pocos individuos se dedican a asustar al resto de la sociedad con una crisis que no es problema, con el único objetivo de dominarla. Porque, si el significado de crisis ha sido tergiversado, manipulado, hasta la saciedad, hoy más que nunca hemos de recuperar su auténtico significado. Debemos recordar a esos políticos incapaces que se dedican a diseñar medidas punitivas para una sociedad que no es más culpable que ellos mismos, que NO ESTAMOS ANTE ALGO TERRORÍFICO, SINO ANTE UN GRAN CAMBIO que eso es lo que significa precisamente la palabra crisis.
Es un cambio de mentalidad, es un cambio en los principios del juego económico, es un cambio en las relaciones entre las personas y entre los pueblos, es un cambio en el concepto de solidaridad,… Hemos estado recorriendo un camino equivocado que nos debe servir para aprender que este mundo es algo que nos dan prestado para permitir nuestra vivencia, cada uno según su creencia. Y ese cambio se basa en conjugar un verbo que el comunismo hizo odioso y el capitalismo incluyó en las técnicas de marketing como una herramienta manipulativa más, prostituyendo su hermosos significado: COMPARTIR. Claro que para compartir hemos de empezar por perder la obsesión por poseer.
Si esto es ya importante para la Humanidad en su conjunto, para una Humanidad más o menos evolucionada, cuanto más importante es para un místico contemplativo. Una persona que pretende COMPARTIR SU VIDA CON TODOS, que aspira a someter su voluntad a los demás y por ellos a Dios, que desea servir a los demás (Mt, 20, 28),… ¿qué hace elucubrando sobre cómo se las va a ingeniar para sobrevivir?
No nos equivoquemos, ninguna de mis palabras quiere decir otra cosa que lo que dicen. Sería absurdo que todos nos sentáramos a meditar las 24 horas del día y nos olvidáramos de vivir la experiencia que Dios ha puesto a nuestro alcance. La contemplación ha de ser como el faro para los navegantes. La experiencia mística y contemplativa es nuestro faro, nunca nuestro fin. Por ello, debemos seguir viviendo en esta vida, sin apegos inútiles, pero viviéndola, con sus necesidades, pero sin sus agobios. No nos busquemos más complicaciones que las que ya tiene la vida por sí misma. Claro que a alguno le tocará ser farero.
¡Que la Paz de Dios sea con todos nosotros!
sábado, 17 de julio de 2010
Evagrio el Monje (4)
Evagrio continúa analizando el comportamiento humano entre la virtud y la bestialidad, que así llama a la rendición humana ante la tentación, sirviéndose para explicarlo de la figura de los demonios.
“Me parece pues, que los demonios informan al principio fundamental de nuestra alma, moviéndonos la memoria, pues el órgano es, en ese momento, mantenido inactivo por el sueño. Debemos saber cómo se produce ese movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por medio de las pasiones? Esto es evidente, pues el que es puro y está libre de pasiones, no pasa por cosas similares.”
Aunque hoy sabemos que nuestros circuitos neurológicos tienen “efecto memoria” y pueden hacernos revivir situaciones ya experimentadas, no por ello podemos quitar mérito a la capacidad de observación y discursiva de nuestro buen monje. Nos pone, así, un ejemplo a seguir: la observación de nosotros mismos y de nuestro entorno nos permite llegar a conclusiones que la ciencia académica puede tardar siglos en descubrir.
Pero no solo eso. Nos pone sobre aviso acerca de la importancia de borrar esos “registros” y/o de evitar que se produzcan. No dice explícitamente como ha de hacerse, pero apunta lo siguiente: “Pues puede suceder que nos acordemos del agua ya sea que tengamos sed o no, y así sucede que nos acordamos del oro ya sea con codicia o sin ella. Y lo mismo sucede con el resto. Sin embargo, el hecho de que encontremos dichas diferencias entre las variadas fantasías, es un indicio de su artificiosidad.” En aquellos tiempos era habitual aludir al ayuno, la abstinencia, el sacrificio, la limosna o la oración, como las herramientas más adecuadas para luchar contra las tentaciones y el propio Evagrio y otros Padres lo recomendaban. No andan lejos de la verdad, aunque los siglos posteriores se hayan encargado de tergiversar el fondo de la cuestión. Es evidente que una cierta disciplina, entendida como sistemática en el comportamiento, una cierta austeridad en nuestra forma de vida, etc., ayudan a que, por ejemplo, no tengamos sed cuando nuestro cuerpo no necesita agua. Tampoco es descabellado pensar que la oración o las técnicas meditativas puedan “descargar” los circuitos neurológicos y evitar la actuación incontrolada de la memoria.
Un poco más adelante, nos dice Evagrio, hablando de la ira:
“Nuestra irascibilidad, cuando se mueve contra natura, coopera en mucho con los objetivos que los demonios se prefijan, tornándose así utilísima para cualquiera de sus engaños. Por tanto, éstos no se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y cuando la ven contenida por la humildad, en seguida la liberan con buenos pretextos, y así, tornándose violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales. Es necesario, pues, no excitarla con ningún objeto, ni justo ni injusto, evitando poner en mano de quien nos sugestiona, un arma funesta, como sé que muchos hacen, aferrándose más de lo necesario a fútiles pretextos. Por cierto, dime, ¿por que eres tan combativo? ¿No has despreciado ya manjares, riquezas y gloria? ¿Por qué crías a un perro, si has manifestado no poseer nada? Si éste ladra y se echa sobre la gente, es claro que es porque uno tiene algo y quiere defenderlo. Y estoy bien seguro de que un hombre así está alejado de la oración pura, porque sé que la irascibilidad destruye esta oración. Y me asombra que olvides también a los santos, mientras David grita: Cesa en tu ira y deja la cólera (Sal 36:8). Y el Eclesiastés recomienda: Aleja la cólera de tu corazón, y quita la maldad de tu carne (Qo 11:10), mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo y lugar, manos puras sin iras ni disputas (1 Tm 2:8). ¿Y por qué no aprendemos de la antigua y misteriosa costumbre de echar fuera de casa a los perros en tiempo de oración? Ella nos demuestra, alegóricamente, cómo no debe existir cólera en el que reza.”
El texto lo dice todo y no precisa más comentarios, como no sea llamar la atención sobre esa trampa tan artera que se presenta ante quienes tratan de avanzar por el camino de la espiritualidad, centran su desapego en las cosas materiales, en el amor preferencial y, sin embargo, creyéndose poseedores de la Verdad, se alteran ante la injusticia, la violencia, el robo, la barbarie, etc., cayendo en la burda trampa que el demonio de la irascibilidad les tiende.
Habrá quien traiga a colación la escena del Maestro expulsando a los mercaderes de los alrededores del Templo. Pero tendría que preguntarles: Si ya Cristo se refirió al Templo como a sí mismo diciendo que lo “destruiría” y lo edificaría de nuevo en tres días, ¿no se estaría refiriendo de nuevo a Sí mismo cuando expulso a los mercaderes del entorno del Templo? ¿No serían los mercaderes los vínculos que atan nuestro cuerpo a este mundo material? ¿No nos estaría diciendo que debemos retirar esos enlaces a la vida mundana, aunque fuera de forma algo brusca?
Quedad en la Paz de Dios
“Me parece pues, que los demonios informan al principio fundamental de nuestra alma, moviéndonos la memoria, pues el órgano es, en ese momento, mantenido inactivo por el sueño. Debemos saber cómo se produce ese movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por medio de las pasiones? Esto es evidente, pues el que es puro y está libre de pasiones, no pasa por cosas similares.”
Aunque hoy sabemos que nuestros circuitos neurológicos tienen “efecto memoria” y pueden hacernos revivir situaciones ya experimentadas, no por ello podemos quitar mérito a la capacidad de observación y discursiva de nuestro buen monje. Nos pone, así, un ejemplo a seguir: la observación de nosotros mismos y de nuestro entorno nos permite llegar a conclusiones que la ciencia académica puede tardar siglos en descubrir.
Pero no solo eso. Nos pone sobre aviso acerca de la importancia de borrar esos “registros” y/o de evitar que se produzcan. No dice explícitamente como ha de hacerse, pero apunta lo siguiente: “Pues puede suceder que nos acordemos del agua ya sea que tengamos sed o no, y así sucede que nos acordamos del oro ya sea con codicia o sin ella. Y lo mismo sucede con el resto. Sin embargo, el hecho de que encontremos dichas diferencias entre las variadas fantasías, es un indicio de su artificiosidad.” En aquellos tiempos era habitual aludir al ayuno, la abstinencia, el sacrificio, la limosna o la oración, como las herramientas más adecuadas para luchar contra las tentaciones y el propio Evagrio y otros Padres lo recomendaban. No andan lejos de la verdad, aunque los siglos posteriores se hayan encargado de tergiversar el fondo de la cuestión. Es evidente que una cierta disciplina, entendida como sistemática en el comportamiento, una cierta austeridad en nuestra forma de vida, etc., ayudan a que, por ejemplo, no tengamos sed cuando nuestro cuerpo no necesita agua. Tampoco es descabellado pensar que la oración o las técnicas meditativas puedan “descargar” los circuitos neurológicos y evitar la actuación incontrolada de la memoria.
Un poco más adelante, nos dice Evagrio, hablando de la ira:
“Nuestra irascibilidad, cuando se mueve contra natura, coopera en mucho con los objetivos que los demonios se prefijan, tornándose así utilísima para cualquiera de sus engaños. Por tanto, éstos no se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y cuando la ven contenida por la humildad, en seguida la liberan con buenos pretextos, y así, tornándose violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales. Es necesario, pues, no excitarla con ningún objeto, ni justo ni injusto, evitando poner en mano de quien nos sugestiona, un arma funesta, como sé que muchos hacen, aferrándose más de lo necesario a fútiles pretextos. Por cierto, dime, ¿por que eres tan combativo? ¿No has despreciado ya manjares, riquezas y gloria? ¿Por qué crías a un perro, si has manifestado no poseer nada? Si éste ladra y se echa sobre la gente, es claro que es porque uno tiene algo y quiere defenderlo. Y estoy bien seguro de que un hombre así está alejado de la oración pura, porque sé que la irascibilidad destruye esta oración. Y me asombra que olvides también a los santos, mientras David grita: Cesa en tu ira y deja la cólera (Sal 36:8). Y el Eclesiastés recomienda: Aleja la cólera de tu corazón, y quita la maldad de tu carne (Qo 11:10), mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo y lugar, manos puras sin iras ni disputas (1 Tm 2:8). ¿Y por qué no aprendemos de la antigua y misteriosa costumbre de echar fuera de casa a los perros en tiempo de oración? Ella nos demuestra, alegóricamente, cómo no debe existir cólera en el que reza.”
El texto lo dice todo y no precisa más comentarios, como no sea llamar la atención sobre esa trampa tan artera que se presenta ante quienes tratan de avanzar por el camino de la espiritualidad, centran su desapego en las cosas materiales, en el amor preferencial y, sin embargo, creyéndose poseedores de la Verdad, se alteran ante la injusticia, la violencia, el robo, la barbarie, etc., cayendo en la burda trampa que el demonio de la irascibilidad les tiende.
Habrá quien traiga a colación la escena del Maestro expulsando a los mercaderes de los alrededores del Templo. Pero tendría que preguntarles: Si ya Cristo se refirió al Templo como a sí mismo diciendo que lo “destruiría” y lo edificaría de nuevo en tres días, ¿no se estaría refiriendo de nuevo a Sí mismo cuando expulso a los mercaderes del entorno del Templo? ¿No serían los mercaderes los vínculos que atan nuestro cuerpo a este mundo material? ¿No nos estaría diciendo que debemos retirar esos enlaces a la vida mundana, aunque fuera de forma algo brusca?
Quedad en la Paz de Dios
viernes, 16 de julio de 2010
Entended con el corazón
Poco a poco, pero en las últimas décadas de forma muy acelerada, estamos siendo dominados por la razón, mejor dicho por una sobredosis de razón. Kant afirmaba: “Por razón entiendo aquí toda la facultad cognoscitiva superior” y luego añadía “todo nuestro conocimiento comienza por los sentidos, pasa de estos al entendimiento y termina en la razón”. Sin embargo, estamos retornando al concepto que primariamente predominó de que la razón es una facultad o una capacidad de conocer la realidad no ya sensitiva o imaginativamente, sino de modo discursivo. En nuestro idioma, quedan testimonios de esa tradicional equivalencia: en determinados contextos, identificamos discurrir y razonar. No sé si es un bloqueo colectivo o una manipulación maligna del poder, más o menos oculto, que intenta interferir en el devenir de la Humanidad con el único objetivo de aumentar su poder o su riqueza. Personalmente creo que se trata más bien de lo segundo.
En una primera fase, se nos ha estado mentalizando sobre el poder de la mente, pero de la mente racional y racionalizante. Se nos ha hecho creer que todo puede ser superado, diseccionado, con el análisis racional. Hasta las relaciones personales se han visto sometidas a su imperio: La separación de bienes y los contratos prematrimoniales son, en muchos casos, un claro ejemplo de la fría desconfianza que provoca un análisis cartesiano de las relaciones humanas que, en muchas ocasiones, se basa en lamentables hechos, no generalizables, que la prensa se encarga de restregarnos una y otra vez por nuestras narices. En una segunda fase, se nos viene cortando incluso ese hilo racional que todavía nos permitiría dar marcha atrás en un acto de rebelión contra el sistema. Hoy día a nuestros jóvenes ya no se les enseña ni siquiera a pensar, sino que aprenden de forma dogmática. Es como si les hubieran enseñado a realizar unos cuantos puzles en base a unas recetas bajo cuyo uso y abuso llegasen a creer que pensaban. Ni siquiera el enseñante se da cuenta de su error: las prisas, la esclavitud del programa de estudios, la parodia de los protocolos de calidad, el abuso de las reuniones, hay que correr, en fin, la carrera de la imbecilidad. ¡Qué bien se controla un rebaño de imbéciles! Aceptamos información supuestamente científica sin otro criterio que haber aparecido en los medios de comunicación. Somos más dados a creer en los bulos que en las noticias fidedignas, tal vez por el morbo de este tipo de información.
La razón discursiva es una facultad del ser humano, una facultad que le ayuda a entender el mundo que le rodea, que le ayuda a relacionarse con dicho mundo, con sus semejantes y con los que no lo son. Pero solo eso: ayuda. Ha de apoyarse en otras facultades que se no se promueven. La imaginación ha quedado marginada por los video-juegos. La capacidad de observación es cada día más reducida. Es curioso observar cómo se generan las discusiones más absurdas sobre los temas más banales. Hoy en día nos basamos en la literalidad de las palabras para entendernos, pero una literalidad que ha sido subliminalmente manipulada. A las palabras se les van dando significados que antes nunca tuvieron; la sintaxis ya no es la que era y se intercalan “palabros” de otros idiomas porque se desconoce el propio y parece más progre emplear el del vecino, aunque el significado no quede muy claro. El problema es que cada grupo adopta unos significados y una sintaxis propios. Con todo ello, uno ya no sabe si le están insultando o quieren ponerle en los altares.
Y es que nos estamos posicionando en un relativismo intransigente y egocéntrico. Hablando en forma vulgar, cada uno de nosotros cree que es el “ombligo del mundo”. Y es que el uso exclusivo de la razón está sometido a las reglas de la soberbia, porque la razón como facultad no está ni democrática ni justamente repartida: unos son más inteligentes que otros y esos unos suelen caer en la tentación de creerse superiores a los otros. Como podéis comprender, el entendimiento es difícil.
Aunque para entenderse con los demás hace falta alguna que otra virtud adicional, como saber escuchar, observar,… lo fundamental es poner el corazón sobre la mesa. Acercar los corazones de los contertulios es la mejor forma de propiciar el entendimiento. Los latinos tenemos fama de impulsivos y de poner el corazón en lo que hacemos, pero no es ese corazón al que me refiero. No es corazón como coraje, energía, entusiasmo,… Es corazón como sinceridad. Es poner el corazón sobre la mesa como “poner las cartas boca arriba”. Es corazón como albergue de esa energía vital esencial que todos tenemos. Es corazón como portador del Amor que TODOS llevamos dentro.
Cuando alguien os hable, no oigáis con los oídos, no analicéis con el diccionario en la mano, escuchad con el corazón. Poneos en el lugar del otro -¡qué difícil!-, mirad en su corazón y mostradle el vuestro.
Cada día hay más solitarios, mejor dicho más gente que se siente sola en medio de las grandes ciudades. En el mundo de la comunicación, de internet, del teléfono móvil, de la televisión,… cada día hay más solitarios. ¡Terrible paradoja! Nuestro egoísmo, nuestro talibanismo racional nos impide entendernos con nuestros semejantes. Dejad un poco de vuestro corazón en vuestras conversaciones, recibiréis ciento por uno.
Puede parecer que estoy dominado por un ataque de pesimismo. No, me he limitado a hacer un retrato de lo que se ve y no de lo que no se ve, consciente de que esa es la imagen que nos hacen llegar y que muchos ven y aceptan como única. Quería llegar a este puto porque me consta, lo sé, lo veo todos los días, lo percibo a través de los correos electrónicos,… que hay muchos, muchísimos, seres humanos que ocultan a su mano izquierda lo que hace la derecha; que son excelentes maestros (maestros mejor que profesores), que dialogan desde una postura abierta a toda opinión, que saben escuchar, aceptar y hacer críticas sin herir, ni ser heridos; que primero sienten, perciben, vibran con el mundo que les rodea, disfrutando el momento que viven sin calificativos, ni bueno ni malo, porque todo lo que sucede es porque tiene que suceder.
Por tanto, ¡ánimo! No os dejéis arrastrar por un cartesianismo ideal para la geometría, pero nefasto para el contacto entre almas, aunque las limitaciones de vuestros sentidos y la monopolización y manipulación informativa solo os permitan percibir una ruina ética o moral a vuestro alrededor: Se trata de un burdo engaño.
En una primera fase, se nos ha estado mentalizando sobre el poder de la mente, pero de la mente racional y racionalizante. Se nos ha hecho creer que todo puede ser superado, diseccionado, con el análisis racional. Hasta las relaciones personales se han visto sometidas a su imperio: La separación de bienes y los contratos prematrimoniales son, en muchos casos, un claro ejemplo de la fría desconfianza que provoca un análisis cartesiano de las relaciones humanas que, en muchas ocasiones, se basa en lamentables hechos, no generalizables, que la prensa se encarga de restregarnos una y otra vez por nuestras narices. En una segunda fase, se nos viene cortando incluso ese hilo racional que todavía nos permitiría dar marcha atrás en un acto de rebelión contra el sistema. Hoy día a nuestros jóvenes ya no se les enseña ni siquiera a pensar, sino que aprenden de forma dogmática. Es como si les hubieran enseñado a realizar unos cuantos puzles en base a unas recetas bajo cuyo uso y abuso llegasen a creer que pensaban. Ni siquiera el enseñante se da cuenta de su error: las prisas, la esclavitud del programa de estudios, la parodia de los protocolos de calidad, el abuso de las reuniones, hay que correr, en fin, la carrera de la imbecilidad. ¡Qué bien se controla un rebaño de imbéciles! Aceptamos información supuestamente científica sin otro criterio que haber aparecido en los medios de comunicación. Somos más dados a creer en los bulos que en las noticias fidedignas, tal vez por el morbo de este tipo de información.
La razón discursiva es una facultad del ser humano, una facultad que le ayuda a entender el mundo que le rodea, que le ayuda a relacionarse con dicho mundo, con sus semejantes y con los que no lo son. Pero solo eso: ayuda. Ha de apoyarse en otras facultades que se no se promueven. La imaginación ha quedado marginada por los video-juegos. La capacidad de observación es cada día más reducida. Es curioso observar cómo se generan las discusiones más absurdas sobre los temas más banales. Hoy en día nos basamos en la literalidad de las palabras para entendernos, pero una literalidad que ha sido subliminalmente manipulada. A las palabras se les van dando significados que antes nunca tuvieron; la sintaxis ya no es la que era y se intercalan “palabros” de otros idiomas porque se desconoce el propio y parece más progre emplear el del vecino, aunque el significado no quede muy claro. El problema es que cada grupo adopta unos significados y una sintaxis propios. Con todo ello, uno ya no sabe si le están insultando o quieren ponerle en los altares.
Y es que nos estamos posicionando en un relativismo intransigente y egocéntrico. Hablando en forma vulgar, cada uno de nosotros cree que es el “ombligo del mundo”. Y es que el uso exclusivo de la razón está sometido a las reglas de la soberbia, porque la razón como facultad no está ni democrática ni justamente repartida: unos son más inteligentes que otros y esos unos suelen caer en la tentación de creerse superiores a los otros. Como podéis comprender, el entendimiento es difícil.
Aunque para entenderse con los demás hace falta alguna que otra virtud adicional, como saber escuchar, observar,… lo fundamental es poner el corazón sobre la mesa. Acercar los corazones de los contertulios es la mejor forma de propiciar el entendimiento. Los latinos tenemos fama de impulsivos y de poner el corazón en lo que hacemos, pero no es ese corazón al que me refiero. No es corazón como coraje, energía, entusiasmo,… Es corazón como sinceridad. Es poner el corazón sobre la mesa como “poner las cartas boca arriba”. Es corazón como albergue de esa energía vital esencial que todos tenemos. Es corazón como portador del Amor que TODOS llevamos dentro.
Cuando alguien os hable, no oigáis con los oídos, no analicéis con el diccionario en la mano, escuchad con el corazón. Poneos en el lugar del otro -¡qué difícil!-, mirad en su corazón y mostradle el vuestro.
Cada día hay más solitarios, mejor dicho más gente que se siente sola en medio de las grandes ciudades. En el mundo de la comunicación, de internet, del teléfono móvil, de la televisión,… cada día hay más solitarios. ¡Terrible paradoja! Nuestro egoísmo, nuestro talibanismo racional nos impide entendernos con nuestros semejantes. Dejad un poco de vuestro corazón en vuestras conversaciones, recibiréis ciento por uno.
Puede parecer que estoy dominado por un ataque de pesimismo. No, me he limitado a hacer un retrato de lo que se ve y no de lo que no se ve, consciente de que esa es la imagen que nos hacen llegar y que muchos ven y aceptan como única. Quería llegar a este puto porque me consta, lo sé, lo veo todos los días, lo percibo a través de los correos electrónicos,… que hay muchos, muchísimos, seres humanos que ocultan a su mano izquierda lo que hace la derecha; que son excelentes maestros (maestros mejor que profesores), que dialogan desde una postura abierta a toda opinión, que saben escuchar, aceptar y hacer críticas sin herir, ni ser heridos; que primero sienten, perciben, vibran con el mundo que les rodea, disfrutando el momento que viven sin calificativos, ni bueno ni malo, porque todo lo que sucede es porque tiene que suceder.
Por tanto, ¡ánimo! No os dejéis arrastrar por un cartesianismo ideal para la geometría, pero nefasto para el contacto entre almas, aunque las limitaciones de vuestros sentidos y la monopolización y manipulación informativa solo os permitan percibir una ruina ética o moral a vuestro alrededor: Se trata de un burdo engaño.
sábado, 10 de julio de 2010
Posturas
Algunos de los que accedéis al blog Cignatus me enviáis correos de consulta en los que casi me consideráis un maestro. No quiero caer en la falsa modestia de decir que no lo soy, sin más, pero no puedo, ni debo, aceptar vuestra afirmación.
Dice Marcos el Asceta en “A propósito de aquellos que creen estar justificados por sus obras”: “Si tú entiendes, según lo que dicen las Escrituras, que en toda la Tierra están los juicios de Dios, cada acontecimiento será para ti maestro del conocimiento de Dios.” El maestro pues no está en la capacidad de los demás de hacer o dejar de hacer, sino en la nuestra de entender lo que sucede a nuestro alrededor. Si os sentís atraídos por la forma de ser o pensar de alguien, evitad caer en el error de considerarlo un maestro. Entended que Algo en vuestro interior se ha sentido identificado con lo que vuestros ojos ven, vuestros oídos oyen y vuestro corazón siente. Es en definitiva vuestro Maestro Interior el que os llama, retiraos entonces a meditar y decid: “Habla, Señor, que vuestro siervo escucha”.
Viene todo esto a cuento de alguna que otra consulta en torno a la postura que ha de adoptarse en la meditación hesicasta. Debéis tener en cuenta que lo realmente importante es la actitud. El hesicasta ha de adoptar una actitud de espera y, para ello, ha de prepararse. La preparación no consiste en castigar el cuerpo, aunque, tal vez, algún alma pletórica de energía deba descargar o reconducir dicho exceso de energía en el sentido conveniente. Decía el padre Simeón de Monte Athos que los hombres primitivos, llenos de fuerza, más que el hombre actual, tenía que sentarse encorvando la espalda. Ahora, sin embargo, todas las escuelas de meditación, recomiendan mantener la espalda recta y solo el mentón se acerca al pecho, como si fuera en actitud de respeto. Levantar la cabeza conlleva, al menos a mí me ocurre, a que se tensen los hombros. Toda tensión muscular, todo dolor, nos incomodará en la espera y será un obstáculo para la meditación. Claro está que tampoco es buena una postura que muestre molicie o desgana. Cada cual debe adoptar aquellas posturas que mejor se ajuste a sus características pero siempre evitando tensiones musculares, relajos excesivos, impedimentos respiratorios, posturas que lleven al cansancio o que provoquen mala circulación sanguínea, posturas inestables, etc.
Quedad con Dios
viernes, 9 de julio de 2010
Evagrio el Monje (3)
Evagrio continua exponiendo sus teorías sobre el devenir del hombre en su existencia terrena. Nos introduce aquí en el concepto del recuerdo pasional. Aunque no presenta una definición explícita, es fácil concluir que se refiere a los condicionantes de nuestra naturaleza humana. Afirma que son dos: la concupiscencia y la cólera.
El concepto de concupiscencia ha sido monopolizado por la moral católica, dándole un sesgo carnal, sensual y hasta sexual que no es otra cosa que una particularización excesiva. Así, el diccionario de la RAE, podemos leer: “En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.” Debemos quedarnos con un significado más amplio. En efecto, la palabreja deriva del latín cupere que significa desear y así llegamos al concepto más amplio: DESEO DESORDENADO, sin control. Precisamente el prefijo con es el que puntualiza el carácter desordenado del deseo, esto es lo que nos hace “perder la cabeza”, desviarnos de nuestro caminar.
En cuanto a la cólera, podríamos quedarnos con el significado más tradicional, ira, enojo, enfado. Sin embargo, esto nos privaría de una puntualización. Nos podemos enfadar, es lógico y humano, por algo que no funciona como nosotros queremos, por alguna faena que nos hayan hecho o porque nuestro equipo de futbol haya perdido por goleada. Lo que no es lógico es llevar este enfado al extremo de hacer que los demás “paguen los platos rotos” o de privarnos de disfrutar de otros aspectos de la vida. Y es que prefiero el significado médico: el cólera como enfermedad “caracterizada por vómitos repentinos repetidos y diarrea severa.
Pues bien, ambas pasiones son veneno para nuestra vida. Más exactamente hacen que nuestra vida descienda al plano material olvidándose del espiritual, privándonos de vivir la experiencia completa para la que hemos venido a este mundo, haciendo inútil, en fin, nuestra existencia.
Los remedios son muy sencillos: disciplina y entrenamiento. Aquí ha vuelto a haber una tergiversación de significados por aplicación de morales y éticas, basadas más en la apariencia y que llevan al desenfreno del extremo opuesto que resulta igualmente dañino. Cuando hablamos de ayuno, de dormir en el suelo, etc. nos imaginamos a nosotros mismos cargados de cilicios y con el flagelo en la mano, lo que es sencillamente depresivo. Hemos de interpretar estas palabras con una visión más deportiva del asunto. El atleta entrena, tiene una disciplina, estricta y así espera alcanzar la gloria, el triunfo, en el estadio. Eso es lo que tenemos que hacer. Es muy sencillo. Yo me acuerdo que, cuando era algo más pequeño que ahora, ante cualquier contrariedad decíamos “vaya por Dios”. Ahora lo hemos sustituido por un “c…” o por un “me c… en la mar”, como si la mar tuviera algo que ver en el asunto. Ese “vaya por Dios” era un reconocimiento implícito, tal vez inconsciente, de que nuestra experiencia, aparentemente negativa, estaba sirviendo para una toma de consciencia, para un desarrollo espiritual que, de otra forma, no podríamos alcanzar. Sencillo ¿no?
Os dejo con las palabras de Evagrio.
El concepto de concupiscencia ha sido monopolizado por la moral católica, dándole un sesgo carnal, sensual y hasta sexual que no es otra cosa que una particularización excesiva. Así, el diccionario de la RAE, podemos leer: “En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.” Debemos quedarnos con un significado más amplio. En efecto, la palabreja deriva del latín cupere que significa desear y así llegamos al concepto más amplio: DESEO DESORDENADO, sin control. Precisamente el prefijo con es el que puntualiza el carácter desordenado del deseo, esto es lo que nos hace “perder la cabeza”, desviarnos de nuestro caminar.
En cuanto a la cólera, podríamos quedarnos con el significado más tradicional, ira, enojo, enfado. Sin embargo, esto nos privaría de una puntualización. Nos podemos enfadar, es lógico y humano, por algo que no funciona como nosotros queremos, por alguna faena que nos hayan hecho o porque nuestro equipo de futbol haya perdido por goleada. Lo que no es lógico es llevar este enfado al extremo de hacer que los demás “paguen los platos rotos” o de privarnos de disfrutar de otros aspectos de la vida. Y es que prefiero el significado médico: el cólera como enfermedad “caracterizada por vómitos repentinos repetidos y diarrea severa.
Pues bien, ambas pasiones son veneno para nuestra vida. Más exactamente hacen que nuestra vida descienda al plano material olvidándose del espiritual, privándonos de vivir la experiencia completa para la que hemos venido a este mundo, haciendo inútil, en fin, nuestra existencia.
Los remedios son muy sencillos: disciplina y entrenamiento. Aquí ha vuelto a haber una tergiversación de significados por aplicación de morales y éticas, basadas más en la apariencia y que llevan al desenfreno del extremo opuesto que resulta igualmente dañino. Cuando hablamos de ayuno, de dormir en el suelo, etc. nos imaginamos a nosotros mismos cargados de cilicios y con el flagelo en la mano, lo que es sencillamente depresivo. Hemos de interpretar estas palabras con una visión más deportiva del asunto. El atleta entrena, tiene una disciplina, estricta y así espera alcanzar la gloria, el triunfo, en el estadio. Eso es lo que tenemos que hacer. Es muy sencillo. Yo me acuerdo que, cuando era algo más pequeño que ahora, ante cualquier contrariedad decíamos “vaya por Dios”. Ahora lo hemos sustituido por un “c…” o por un “me c… en la mar”, como si la mar tuviera algo que ver en el asunto. Ese “vaya por Dios” era un reconocimiento implícito, tal vez inconsciente, de que nuestra experiencia, aparentemente negativa, estaba sirviendo para una toma de consciencia, para un desarrollo espiritual que, de otra forma, no podríamos alcanzar. Sencillo ¿no?
Os dejo con las palabras de Evagrio.
“El hombre no puede rechazar los recuerdos pasionales si no presta atención a la concupiscencia y a la cólera, disipando a la primera con ayunos, velando y durmiendo en el suelo, y calmando a la segunda con actos de soportación, de paciencia, de perdón y de misericordia. De las pasiones antedichas surgen casi todos los pensamientos demoníacos que empujan al intelecto a la ruina y a la perdición. Pero es imposible superar estas pasiones si no se desprecian totalmente los manjares, las riquezas y la gloria y aun el propio cuerpo, con motivo de aquellos pensamientos que tan a menudo lo flagelan. Es absolutamente necesario, pues, imitar a aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y que echan por la borda los aparejos a causa de la violencia de los vientos y de las olas. Pero llegados a este punto, debemos guardarnos de desprendernos de los aparejos para ser mirados por los hombres, o habremos ya recibido nuestra merced, ya que otro naufragio más terrible que el primero nos afligirá, y entonces soplará el viento contrario, el del demonio de la vanagloria. Por tanto, también el Señor nuestro de los Evangelios, impulsando a nuestro intelecto que es el capitán del barco, nos dice: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser visto por ellos: de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt 6:1). Y dice además: Y cuando recéis, no seáis como los hipócritas; porque ellos gustan de orar en las sinagogas y en los cantones de las calles, de pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo, que ya tienen su pago (Mt 6:5-16).”
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