HESICASMO

Bienvenidos. Este es un blog dedicado a la espiritualidad y, en especial, al hesicasmo, la vía mística de la Iglesia Cristiana Ortodoxa.
En la columna de la izquierda se incluyen textos sobre el hesicasmo (fundamentos, práctica, historia, biografías, frases para meditar, etc.) En la columna de la derecha se presentan mis meditaciones y aportaciones, modestas aportaciones, a esta vía mística. Os agradeceré vuestros comentarios que, a buen seguro, nos harán bien a todos.
La Paz de Dios sea con todos nosotros.

¿Ya os habéis olvidado?

HAITI: más de 500 muertos por cólera. El Servicio Andaluz de Salud está preparando atención médica, aquí en España, para varias decenas de niños haitianos. Algunas ONG's están recogiendo fondos para cubrir los gastos de viaje y estancia de padres e hijos. Y ¿tú que haces?

viernes, 30 de diciembre de 2011

CON DIOS

No me gusta decir adiós porque tiene una connotación de un antes y un después. Prefiero el “con Dios” que decían nuestros abuelos.
No me estoy despidiendo por mucho que lo parezca. Por mucho que mi propia mente se empeñe en engañarme, llorar y patalear: es como un niño. Se trata de la última resistencia de mi ego a su disolución y una consecuencia de ésta es que he decidido poner fin a este blog, al menos en su formato actual.

Han sido muchos meses de trabajo; muchas palabras vertidas al viento con el riesgo que ello representa para los que las leen. Pero desde mi yo hacia el vuestro no tenía más remedio que usarlas, si quería transmitiros lo que sentía, mis pensamientos, mis experiencias o mis conocimientos. Hacerlo me parecía obligado para no caer en el egoísmo de privatizar un conocimiento, una experiencia, una vía.
Sois muchos los que habéis agradecido mis escritos. Hoy estoy seguro de que otros muchos no los habrán entendido y muchos más ni siquiera les habrán prestado atención. A todos, sin embargo, os doy las gracias.

Entro en otra fase en la que no seré yo, sino vosotros. Entro en una fase en la que el significado de las palabras no habrá que buscarlo en el diccionario, sino en el corazón.  No sé como ha de ser: Dios dirá. ¡Que Él nos acoja en su Ser!

Sentido en Sevilla, a 21 de Diciembre de 2011 y traducido a palabras el 30 de Diciembre de 2011

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No ser

Algunos piden que extienda mis manos para ayudarles
                                                               Pero, yo no tengo manos

Algunos piden oír mis palabras para reconfortarse
                                                               Pero, yo no tengo boca

Algunos esperan sentir mi presencia porque eso les consuela
                                                               Pero, yo no existo

Cuando el tiempo no era tiempo, mi Señor tomó lo que era suyo
Y ahora, como entonces, mi Señor pone las manos y la boca y el Ser.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Obediencia


Si nos sentimos forzados a hacer algo, y lo hacemos contra nuestra voluntad, encontramos en ello una prisión y un castigo. Ama, pues, las condiciones actuales en que vives, porque si tú las conllevas sin gratitud, te castigas a ti mismo sin darte cuenta. Hay un solo camino para lograr esto: el desprecio por las realidades de esta vida.
San Antonio (Advertencias sobre la índole humana y la vida buena)

domingo, 4 de diciembre de 2011

El tour

“¡Ah, pues este verano hemos hecho un crucero por las Islas Chiribiri! Una gozada, tú. Unas piedras amontonadas allí desde hace muchos años que es que flipas en colores, tío. Allí puedes comprar de todo y las playas ¡qué arena! …” (NOTA IMPORTANTE: el lector debe engolar la voz y gesticular de forma ridícula para reproducir la escena con la máxima fidelidad posible)


No sé si, puestos en el etéreo ambiente de superficialidad que pretende mostrar el párrafo anterior, os habréis reído o al menos sonreído. A mí me ha entristecido porque eso lo hace la inmensa mayoría de nosotros. Salimos a recorrer el mundo, pero lo hacemos al amparo de un viaje organizado donde lo que se nos muestra es lo pretendidamente bonito, aquello que halaga nuestros sentidos, pero nos iremos a nuestras casas sin haber conocido el país, sus gentes con sus alegrías y sus penas, su riqueza y su pobreza,…

Pero si os creéis que estamos hablando de turismo os engañáis totalmente: hablo de la misma vida. Nos hemos introducido en un vehículo, nuestro propio cuerpo, y nos dejamos llevar por el programa turístico que marca la ley de este mundo: dormir, comer, procrear, tener,… Y cuando lleguemos al destino, nos bajaremos e iremos comentando con los que con nosotros hayan arribado a puerto lo bien que lo hemos pasado. Bueno algunos serán tan torpes que encima se lo habrán pasado mal mareados todo el día en su camarote. Es triste, muy triste. Como decía San Antonio, habremos cometido el peor pecado que puede cometer el hombre: perder el tiempo.

Entonces llega el momento de preguntarse: ¿estoy perdiendo, yo también, el tiempo? ¿Estoy viviendo mi vida, esa maravillosa oportunidad que es la vida, desaprovechándola?

Pero ¿qué se supone que hemos venido a hacer en esta vida?

No pretendo estar en posesión de la Verdad Absoluta, ninguno de nosotros puede. Pero esta Verdad Absoluta se ha desintegrado en verdades infinitamente más pequeñas, más asequibles, como la espiga de trigo se descompone en sus granos que caen al suelo y germinan en la tierra. Y todas esas verdades se han repartido entre nosotros: cada uno lleva su verdad a cuestas. Conocer esa verdad es el paso previo para organizar nuestro “viaje turístico” por esta vida y aprovecharlo plenamente. Pero ¡cuidado con las modas! ¡Cuidado con los engaños! Debemos encontrar nuestra verdad. La verdad del vecino, aun siendo auténtica, no me vale. Su misión no es la mía.

Ruego a Dios que ayude a cada uno a encontrar su verdad.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Las imperfectas formas de amar

Os proponía en una de las últimas entradas, como concepto de amor el principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma.  Hoy me he propuesto pasar revista a todas las formas conocidas de amor. Tal vez a los latinos se nos venga primeramente a la cabeza el amor materno, no lejos nos encontraremos el amor marital, el fraterno y, tras un más o menos largo listado de amores, el amor filantrópico.

Sin embargo todos ellos tienen “lagunas”, “defectos de fabricación”. Todos ellos obedecen a un principio residente en lo más profundo de nuestro ser, pero alterado por nuestra mente empeñada en aplicar la razón. Fijaros que en la propuesta definición que os hacía días atrás amor y unidad corren parejos. Sin embargo todos los conceptos que hemos relacionado antes son excluyentes: la madre ama a sus hijos por delante de los demás; los cónyuges excluyen a los demás seres humanos hasta que empiezan a incluir a sus hijos; los hermanos solo lo son de los hijos de sus padres y el amor filantrópico solo se refiere solo al género humano. Más triste todavía: con frecuencia el amor no es bidireccional o al menos no lo es con el mismo grado de intensidad. Y es que amar no es fácil.
Hemos venido a un mundo que coarta nuestra infinitud en el tiempo y en el espacio y, si pensamos que encerrados en nuestro cuerpo carecemos del divino don de la ubicuidad, extendida no solo a su versión espacial, sino también a la temporal, resulta evidente que no podemos hacer objeto de nuestro amor a los que están lejos de nosotros, ni a los que fueron, ni a los que serán. ¡Qué amor más pobre! ¿Veis, hesicastas, la importancia de nuestra preparación a la meditación: sin prisas, sin cargas, con la humildad que da el conocerse a sí mismo,…? Así es, ampliando el horizonte temporal al parar el tiempo, olvidando nuestros apegos y preferencias que nos inclinan a ver de diferente manera a unos u otros seres y tomando consciencia de nuestra auténtica naturaleza, estamos potenciando nuestra capacidad de amar que es la mejor forma de acercarnos a Dios.

Por el contrario, si nos dejamos arrastrar por las prisas del día a día, si andamos preocupados por qué comeremos o por qué beberemos y si no somos capaces de comprender nuestra verdadera naturaleza, iremos rebozándonos en el barro del egoísmo antesala del odio.
¡Que el Amor os acompañe todos los días de vuestra vida!

lunes, 28 de noviembre de 2011

El inicio de la oración

A lo largo de los Evangelios, Jesús nos pone como ejemplo, en varias ocasiones, a los gentiles, esto es aquellos extraños al pueblo judío. Y parece que nos quedamos ahí: en los extraños al pueblo judío. Sin embargo Jesús va más allá: aunque nos contemos entre los Hijos de Dios, aquellos que aparentemente no lo son con frecuencia nos superan.

Por eso la oración cristiana debe empezar no ya con un reconocimiento de nuestras culpas que no deja de ser otra forma sutil y maquiavélica de echarnos cargas a la espalda, sino  mostrando nuestra humildad y el reconocimiento del poder de Dios.


Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole":
"Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente".
Jesús le dijo: "Yo mismo iré a curarlo".
Pero el centurión respondió: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: 'Ve', él va, y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: 'Tienes que hacer esto', él lo hace".
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: "Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe.
Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

¿Y si Dios fuera el butanero?

Es curioso. Nadie ha dicho algo al respecto. No hay una academia de la lengua que establezca leyes y reglas de ortografía. Ni siquiera los interesados se reunieron alguna vez para llegar a un entendimiento, pero todo el mundo sabe que, cuando alguien golpea unos contra otros esos contenedores metálicos, ese alguien es el butanero ofreciendo renovar nuestras bombonas vacías. Es un medio sencillo que todos entendemos y, según nuestra necesidad, nos moverá a llamar al butanero para que nos suba la bombona de butano.

El mensaje es claro: el butanero nos avisa de que dispone de bombonas llenas. He dicho que todos lo entendemos, pero no es cierto. Lo entendemos solo aquellos que tenemos, y lo sabemos, la bombona vacía. Lo entendemos aquellos que, no teniendo bombona vacía y ni siquiera usando gas butano, hemos observado la curiosa forma de entendimiento. Más aún, lo oímos aquellos que tenemos parte de nuestra atención en la calle porque somos conscientes de que tenemos la bombona vacía. Pero ¿qué le ocurriría a un extranjero recién llegado a nuestro país? ¿Sabría que el butanero estaba en la puerta de su casa? Probablemente no o, al menos, no hasta que la operación se repitiera varias veces o alguien se lo explicara. Y aquél que vive en la inopia, que ignora que su bombona está vacía, que anda preocupado en otros menesteres o que tiene la radio a todo volumen ¿sabrá que el butanero está en su puerta?

Cuando, siendo chico, tenía que estudiar la Historia Sagrada, ya sentía algo de sana envidia de Samuel. ¡Qué sencillo todo! Llega Dios le llama por su nombre y cuando Samuel en su ignorancia adolescente confunde a Dios con Elí, éste lo saca de su error: <> Pero claro está que ni yo era Samuel, ni estaba en el Templo, ni tenía a Elí a mi lado para que me explicara lo que pasaba. O sea que yo no era más que un recién llegado que desconocía la costumbre del butanero o me abstraía con otras preocupaciones más mundanas.

Puede parecer irreverente, pero la realidad es que, salvando las diferencias, Dios emplea medios muy diversos, pero muy parecidos a los del butanero, para comunicarse con nosotros. De hecho nos acribilla a mensajes y llamadas, pero nadie nos ha explicado el significado de estos mensajes. En muchas ocasiones no sabemos traducirlos a nuestro idioma y, como somos algo engreídos, terminamos despreciando aquello que no entendemos en lugar de meditar sobre ello, porque, al no ajustarse a nuestros cánones de inteligencia y a nuestra capacidad de observación, concluimos que es una tontería resultando incapaces de admitir que los torpes seamos nosotros. Otras veces, las que más, no nos paramos a observar a nuestro alrededor, no llegamos a entender la conducta del butanero y, en el peor de los casos, nos lamentamos de las molestias que nos causa al despertarnos de nuestro letargo.

En todo lo que antecede el método hesicasta, como otros muchos métodos contemplativos, tiene mucho que decir. Algo tan simple como comprender la técnica del butanero requiere alejar nuestra mente de sus cotidianas preocupaciones; acallar el ronroneo de sus disquisiciones, muchas veces fútiles; ralentizar el ritmo de nuestro corazón; tener la humildad de reconocer que nuestro artificial sistema de comunicación y nuestra privilegiada mente solo nos permiten entrever la Suprema Inteligencia Divina y, en modo alguno, nos capacitan para despreciar lo que no seamos capaces de entender. Pero sobre todo debemos ser conscientes de que nuestra bombona está vacía y debemos estar a la espera del repiqueteo de recipientes con que el butanero llama nuestra atención. Y, cuando estemos en nuestro quehacer cotidiano, la oración continua mantendrá abierta una conexión mínima, pero suficiente, para atender el aviso del butanero. Bueno, del butanero o de la forma y apariencia que Él elija porque eso lo desconocemos: "Velad porque no sabéis el día ni la hora" (Mt 25. 13).

Los argumentos de la Verdad

Dice San Antonio en sus “Advertencias sobre la índole humana y la vida buena”:

“El que se fatiga en comprender las cosas útiles y los buenos discursos, es considerado desventurado. Pero en cuanto a los que, comprendiendo la Verdad, imprudentemente discuten, tienen muerta la razón y su manera de ser es similar a la de las fieras. No conocen a Dios, y su alma no es iluminada.”
Es un texto aparentemente contradictorio y bastante oscuro que me gustaría entender y ayudar a entender. ¡Vamos a ello!
La primera frase es contraria al pragmatismo de esta vida. Es normal que pretendamos entender los mecanismos, las leyes y principios que rigen este mundo. Y es normal porque con ello mejoraremos nuestra calidad de vida y, en casos extremos, incluso aseguraremos nuestra supervivencia. Pero, Antonio califica de desventurados a aquellos que gastan sus fuerzas en ello, porque, me pregunto yo, ¿qué sentido tiene llegar a comprender las leyes de este mundo si tenemos que dejarlo y partir, antes o después, hacia otro Reino? ¿Qué sentido tiene asegurar nuestra vida en este mundo y olvidarnos de la futura? Llevar al extremo de fatigarnos el análisis de lo que nos rodea, pretendiendo, en última instancia, dominarlo es un absurdo.

Sin embargo, Antonio pasa a continuación a hablarnos de los que comprenden la Verdad. Solo en la tercera acepción del diccionario de la RAE comprender significa entender. Antes que entender significa abrazar algo, incluso contener o incluir en sí mismo algo. Antonio se está refiriendo a aquellos que viven en la Verdad, pero dice algo que nos llama poderosamente la atención, llama imprudentes a aquellos que, comprendiendo la Verdad la discuten con los demás. ¡Ahí está la cuestión! La Verdad se vive, se muestra a quien quiera verla, pero no se discute, porque no admite raciocinio humano. Siglos de historia nos muestran las innumerables guerras que la defensa de una verdad ha promovido. No hace falta que las cite, ni quiero, pero todos las conocemos. Compartamos la Verdad que, antes o después descubriremos en nuestro interior, pero nunca la discutamos y, mucho menos, la impongamos.
¡La Paz sea con todos nosotros!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Si por tres veces al día

Si por orar tres veces al día, Dios hace esto por Daniel:

Aquellos hombres acudieron precipitadamente y encontraron a Daniel orando y suplicando a su Dios.

Entonces de presentaron ante el rey y, refiriéndose a la prohibición real, le dijeron: "¿Acaso no has escrito una prohibición según la cual todo el que dirija una oración dentro de los próximos treinta días, a cualquier dios u hombre que no seas tú, rey, debe ser arrojado al foso de los leones?". El rey tomó la palabra y dijo: "Así es, en efecto, según la ley de los medos y de los persas, que es irrevocable".

Entonces ellos tomaron la palabra y dijeron en presencia del rey: "Daniel, uno de los deportados de Judá, no te ha hecho caso, rey, ni a ti ni a la prohibición que tú has escrito, y tres veces al día hace su oración".

Al oír esto, el rey se apenó profundamente y puso todo su empeño por salvar a Daniel: hasta el atardecer se esforzó por librarlo.

Pero esos hombres acudieron precipitadamente al rey y le dijeron: "Tienes que saber, rey, que según la ley de los medos y de los persas, ninguna prohibición o edicto promulgado por el rey puede ser modificado".

Entonces el rey mandó traer a Daniel y arrojarlo al foso de los leones. El rey tomó la palabra y dijo a Daniel: "Tu Dios, al que sirves con tanta constancia, te salvará".

Luego trajeron una piedra y la pusieron sobre la abertura del foso; el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus dignatarios, para que no se cambiara nada en lo concerniente a Daniel.

El rey se retiró a su palacio; ayunó toda la noche, no hizo venir a sus concubinas y se le fue el sueño.

Al amanecer, apenas despuntado el día, el rey se levantó y fue rápidamente al foso de los leones.

Cuando se acercó a él, llamó a Daniel con voz angustiosa. El rey tomó la palabra y dijo a Daniel: "Daniel, servidor del Dios viviente, ¿ha podido tu Dios, al que sirves con tanta constancia, salvarte de los leones?".

Daniel dijo al rey: "¡Viva el rey eternamente!

Mi Dios ha enviado a su Angel y ha cerrado las fauces de los leones, y ellos no me han hecho ningún mal, porque yo he sido hallado inocente en su presencia; tampoco ante ti, rey, había cometido ningún mal".

El rey sintió una gran alegría a causa de Daniel, y ordenó que lo sacaran del foso. Daniel fue sacado del foso, y no se le encontró ni un rasguño, porque había confiado en su Dios.

Luego el rey mandó traer a los hombres que habían acusado a Daniel y los hizo arrojar al foso de los leones, con sus hijos y sus mujeres. Y no habían llegado aún al fondo del foso, cuando ya los leones se apoderaron de ellos y les trituraron todos los huesos.

Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan sobre la tierra: "¡Tengan ustedes paz en abundancia!

Yo ordeno que en todo el dominio de mi reino se tiemble y se sienta temor ante el Dios de Daniel, porque él es el Dios viviente y subsiste para siempre; su reino no será destruido y su dominio durará hasta el fin.

El salva y libera, realiza signos y prodigios en el cielo y sobre la tierra. El ha salvado a Daniel del poder de los leones".
Daniel 6,12-28.



¿Qué no hará por medio de la oración contínua?

viernes, 18 de noviembre de 2011

El poder del Amor

La tertulia se había animado. Todos manifestaban su preocupación, cuando no su pesimismo, por el consumo de drogas, coca en especial. La mayoría mostraban un mayor o menor grado de convencimiento ante el hecho, dado por cierto, de que grandes intereses político-comerciales permitían, bajo una doble moral, el cultivo y tráfico de la droga. Poco a poco se perfilaron posturas. La mayoritaria que afirmaba que era necesario mano dura, represión, fustigar fuertemente a los mencionados poderes que tras una bandera democrática ejercían una maquiavélica conducta en la que la droga era una más de sus estrategias. Y la absolutamente minoritaria que pensaba que la solución estaba en el interior de uno mismo.

A la mañana siguiente, muy temprano, voy de regreso al hotel tras dar un paseo por la Avenida Corrientes y la c/Florida para reanudar la actividad profesional. En la parada del colectivo, un anuncio: “El poder del amor”.

Decíamos en la anterior entrada del blog que el amor era, así os lo proponía: el principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma. Claro que frente al amor encontramos el odio que, por oposión, sería el principio de la desunión. En efecto, el odio, este sí, es un sentimiento, es algo propio de nuestra naturaleza animal, principio por el cual el individuo se considera diferente del otro y, si quiere sobrevivir, ha de eliminar al otro, salvo que la estrategia del momento aconseje unirse a él.

La droga, las armas, la pornografía, las guerras,… no son sino consecuencia de esta perseguida desunión, por la que cada uno quiere ser más fuerte que el vecino. Por tanto ¿qué mejor medio de luchar contra esas “cosillas” que usar el amor como expresión de la unidad? Y ¿cómo nos hacemos portadores del amor, si no es por medio de nuestro desarrollo interior?

Un abrazo en el Amor de Dios

lunes, 14 de noviembre de 2011

Amor y ¿eso qué es?

En los últimos años y cada día de forma más acelerada se está produciendo un fenómeno interesante y esperanzador. De forma generalizada el hombre está pensando por sí solo. Donde antes pensaban unos pocos, copiaban otros muchos y una inmensa   mayoría se limitaba a mirar el espectáculo, ahora es una mayoría la que intenta pensar por sí misma.

Esto es maravilloso y quienes lo han detectado antes que yo lo califican de salto consciencial.  Otros hablan de un cambio de dimensión y así un largo etcétera en el que probablemente todos quieran decir lo mismo. Lo delicado del asunto está ahí precisamente: hay un número importante de hermanos que saben donde están; otro número aún mayor intuye por donde están, pero no saben explicarlo, aunque utilicen los mismos términos que los anteriores; otro grupo demasiado numeroso intuyen que se están perdiendo algo que les gustaría conocer, pero entre que no entienden el significado de lo que oyen y que muchos de los que hablan no caen en la cuenta de que deberían explicar lo que cuentan, si es que saben de lo que hablan, terminan por perderse en el bosque; finalmente queda el número de los que, dicen, ni les va, ni les viene, aunque a veces les gustaría enterarse por si fuera un esnobismo nuevo al que apuntarse.
Parece, pues, que va siendo hora de aclarar conceptos. Cojamos uno que no es precisamente nuevo pero que tal vez por eso esté tan alterado: amor. Para no perdernos, tomemos el diccionario de la RAE. Cuenta con 14 acepciones diferentes. Tomemos la primera, dice así: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.” Es tremendo, demoledor:

A)     Es un sentimiento o sea una sensación producida por lo que perciben los sentidos. Demasiado escatológico ¿no?

B)      Del ser humano, o sea que no es atribuible a Dios, o sea que cuando alguien dice que Dios es amor es poco más o menos un blasfemo.

C)      Asegura que ese sentimiento parte de la propia insuficiencia del ser amante. Vuelve la burra al trigal: como se supone que Dios es autosuficiente, no puede amar.

D)     Además dice que es un sentimiento que parte de la necesidad, esto es se trata de un sentimiento egoísta. O sea que según esto si amamos es porque somos egoístas y si odiamos, no amaremos, pero por lo menos no seremos egoístas.

E)      Y para terminar resulta que lo que buscamos es  el encuentro y la unión con otro ser, o sea que solo es un sentimiento de pareja y, por lo mismo, no puede ser atributo de Dios que, por otra parte tampoco  puede unirse a otro ser.

Y eso por no acudir a otras acepciones más… ¿lúdicas?

Con esta definición ¿qué podemos esperar cuando decimos a alguien que el Amor es el motor de todo? Pues, eso: “por el interés te quiero, Andrés” Decididamente, alguien nos ha colado un gol ensuciando la pureza del significado de la palabra Amor. Lo malo es la consecuencia: perdido el sentido real de la palabra todos los razonamientos que nuestra limitada mente pueda realizar quedarán totalmente desvirtuados, serán confusos y nos llevarán derechos al error. Pero esta consecuencia se afianza porque amor no es la única palabra corrompida. Tenía razón Jesucristo cuando decía que no nos fijáramos en lo que decían, sino en lo que hacían, no ya porque los fariseos fueran como eran, que lo eran, sino porque la transmisión de ideas por medio de palabras es muy ineficaz.

He estado meditando sobre el concepto  de Amor y os propongo el siguiente: Principio básico del comportamiento de un conjunto de partes que aspiran a reunirse en la unidad o de la unidad misma. De esta forma, tal vez algo cartesiana,  llegamos a poner en común algo que es esencia divina y de la cual percibimos ramalazos en nuestro interior. Ramalazos que pueden ser más o menos duraderos, pero que siempre nos invitan a acercarnos a Dios.

viernes, 28 de octubre de 2011

El desapego, según Antonio el Ermitaño

Decía Antonio, allá por el siglo IV:
Cuanto más modesta es la vida de uno, tanto más éste es feliz. No tiene que preocuparse por tantas cosas, tales como siervos, campesinos, ganado. Si nos precipitamos en estos quehaceres, tropezaremos con las penas que de ellos surgen y nos lamentaremos de Dios: con nuestra voluntaria concupiscencia, la muerte, como una planta, será regada y permaneceremos perdidos en las tinieblas de la vida pecaminosa, impotentes de conocernos a nosotros mismos
No debemos declarar que es imposible para el hombre conducir una vida virtuosa. Debemos más bien decir que ésta no es fácil ni está al alcance de la mano de cualquiera. Toman parte de una vida virtuosa todos aquellos que, de entre los hombres, son píos y dotados de un intelecto amante de Dios: porque el intelecto ordinario y mundano es también voluble, produce pensamientos ya sea buenos como malos, es mudable por naturaleza y sus cambios tienden a la materia. Mientras, el intelecto ocupado por el amor de Dios está al resguardo de la malicia que el hombre voluntariamente se procura por su descuido.
 Los incultos y los rústicos consideran cosa risible los razonamientos y no quieren escuchar, pues su falta de formación sería puesta en evidencia y querrían que todos fueran como ellos. Es así que también en su forma de vivir y en sus modales, tratan de que todos sean peores que ellos pues piensan que podrán pasar por irreprochables, gracias al pulular de los mediocres.
No deben extrañarnos estas palabras ya que cuatro siglos antes ya las había dicho Cristo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme».

Pero es que Cristo no hacía más que recoger lo dicho en el Libro de la Sabiduría (Sab, 7):

“Con la sabiduría me vinieron a la vez todos los bienes”
Supliqué, y se me concedió la prudencia;
invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La preferí a cetros y tronos,
y, en comparación con ella,
tuve en nada la riqueza.
No le igualé la piedra más preciosa,
porque todo el oro, a su lado,
es un puñado de arena,
y, ante ella, la plata es como el barro.
La quise más que a la salud y a la belleza,
y preferí tenerla como luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Con ella me vinieron todos los bienes juntos,
en sus manos había riquezas incontables."

O sea que llevan toda la vida diciéndonos lo mismo y nosotros sin enterarnos. ¿Podemos hacer algo por conseguirlo? ¿Tenemos claro de lo que nos están hablando? ¿Significa que debemos tirar los bienes que a más de nuestros son de nuestras familias y dejarlas en la miseria? ¿Significa que debemos dejar de trabajar y centrarnos exclusivamente en la oración y en la meditación? O sea ¿debemos cambiar el apego a lo material por el apego a lo espiritual? ¿Qué más da un apego que otro? Meditemos sobre la cuestión y que Dios, como siempre, nos ilumine.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Buenas noticias son...

La montaña escribe en su lenguaje silencioso, solo sentido, y por ello entendido, por aquellos que buscan la paz. No escribe grandes cosas, casi ni son noticia y, mucho menos, tampoco son novedades pero son sedantes. A su alrededor se pelean los vientos, se insultan las tempestades o campa la muerte caída fulgurante del cielo sobre su infeliz víctima. Pero la montaña sigue su discurso para quien lo quiera escuchar, para quien lo sepa entender, para quien lo pueda necesitar,… allí estará dispuesta para todos.


Buenas noticias son que la vida sigue su curso, ahí dispuesta para que la podamos aprovechar. Algunos pensarán, como el de la zarzuela, que qué faena nos hizo Dios con echarnos a este mundo. ¡Pobres ciegos! La vida es un regalo de Dios y cuando se acaba es, SIEMPRE, un regalo mayor. Lo malo es que Dios nos dio la libertad de interpretar su regalo y esta libertad entraña el no nacer sabiéndolo hacer.

Buenas noticias son todas las cosas que pasan a nuestro alrededor, porque frente al odio está el amor, frente a la muerte está la vida, frente al tirano está el clamor de los pueblos con sus mantos de libertad, frente a la guerra está la paz, frente a la traición lucha la lealtad,… solo hay que saber buscar. Decía un antiguo entrenador del Barcelona C.F.: “Tu mucho negativo, nada positivo” Y es que en efecto para entender las noticias como buenas hay que disponer primero nuestro ánimo: “Todas las noticias son buenas”

Por cierto, buenas noticias son que en Argentina se haya constituido un grupo católico de hesicastas (lo podéis ver en http://hesiquia.wordpress.com/2010/12/16/hesicasmo-catolico/ ) Les deseo una fructífera experiencia.

martes, 25 de octubre de 2011

Pues, sí todo está bien

Nos preguntábamos hace unos días si todo estaba bien. Y hoy viene nuestro inefable Antonio a confirmánoslo:
Por cierto, que esto no lo pensarán los insensatos: éstos no creen que todo evento es para bien, que sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que las virtudes resplandezcan y que recibamos de Dios la corona.
Y es que no hay nada nuevo bajo el cielo: siempre son las mismas peguntas y las mismas respuestas. Los únicos que cambiamos somos nosotros que, pobres ignorantes, miramos la Verdad desde diferentes posturas y creemos ver algo nuevo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Enamorado de Dios

Pensaba San Antonio que:

El hombre verdaderamente razonable tiene un solo deseo: creer en Dios y agradarle en todo En función de esto -y solamente de esto- formará su alma, de modo que sea del agrado de Dios, dándole gracias por el modo admirable con que su providencia gobierna todas las cosas, incluso los eventos fortuitos de la vida. Está, pues, fuera de lugar, agradecer a los médicos por la salud del cuerpo aun cuando nos suministran fármacos amargos y desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las cosas que nos parecen penosas, sin reconocer que todo sucede de la forma debida, en nuestra ventaja, según su Providencia.
Puede parecer, y debemos evitar el equívoco, que a Dios tenemos que quererle por el egoísmo de desear vernos bien atendidos por Él. Antonio llama nuestra atención sobre el hecho tan admirable de como Dios gobierna todo, de forma que nada resulta ser casual. Antes de todo sentimiento de agradecimiento por ello que pudiera convertirse en egoísmo, hay que querer a Dios como, permítaseme la comparación, lo hacemos con nuestra pareja cuando estamos enamorados. El enamorado no racionaliza su amor: lo siente, lo vive, porque... ¡porque sí! Porque, como dice mi mujer, admira al ser amado. Claro que, en el amor terrenal esa admiración puede declinar si, como pasa con frecuencia, cada miembro de la pareja no mejora sus virtudes, aquellas que movieron a su pareja a admiración y entre las que la más importante es el espíritu de sacrificio y entrega al otro. Pero con Dios el enamorado no se desenamora. Dios es una inmensa fuente de admiración que cuanto más conocemos, más nos admira, nos embelesa, nos enamora. Dios es sencillamente irresistible. Así que terminemos con un poema de Santa Teresa, "El Corazón Enamorado":
Dichoso el corazón enamorado
que en sólo Dios ha puesto el pensamiento,
por Él renuncia todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento.
Aún de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.

domingo, 23 de octubre de 2011

Animales racionales

Decía Antonio el Ermitaño:
Sucede que a los hombres se los llama, impropiamente, razonables. Sin embargo, no son razonables aquellos que han estudiado los discursos y los libros de los sabios de un tiempo; pero aquellos que tienen un alma razonable, y que están en condiciones de discernir entre lo que está bien y lo que está mal, aquellos que huyen de todo lo que es maldad y que daña el alma, mientras que se adhieren solícitamente a poner en práctica todo lo que es bueno y útil al alma, y hacen todo esto con mucha gratitud respecto de Dios, solamente estos últimos pueden ser llamados, en verdad, hombres razonables. (Advertencias Sobre La Índole Humana y La Vida Buena; Filokalia)
Estas palabras dicha allá por el siglo IV, tiene hoy plena vigencia. Y es que nuestro pequeño mundo occidental ha perseguido el conocimiento tecnológico, la teoría filosófica, las leyes sistematizadas,... y se ha olvidado de ese Concimiento que se adquiere y reside en el corazón. O, hablando en castellano viejo: obras son amores y no buenas razones.

martes, 11 de octubre de 2011

Todo está bien ¿o no?

Esta sociedad nuestra ha entrado en una fase de su historia de crisis aguda y quiero dejar claro eso: que es una agudización de la crisis, o sea del cambio permanente en que se desarrolla el paseo del hombre por este mundo.
El hombre, en su aspecto más material, es un ser cambiante sometido a las leyes de un mundo de por sí cambiante. Y esto es lo que los guías tuertos de este mundo de ciegos o, peor aún, los ciegos que se creen tuertos y se consideran guías de los demás ciegos no aciertan a transmitir. Nos empeñamos en ver, con un enfoque totalmente pesimista, que vamos de mal en peor, que se avecinan fenómenos apocalípticos, el anti-Cristo,  etc., etc. Y todo ello envuelto en la negrura del “mal”. Claro, así resulta fácil encontrarnos con hermanos desencantados de la vida, abrumados por el peso de un mal más imaginario que real, hundidos en un mundo que consideran dejado de la mano de Dios,… y así vienen las depresiones, las angustias, los pensamientos suicidas y tantos desequilibrios psíquicos.

Nuestra doble naturaleza, humana por vivir en este mundo y divina por nuestro origen, entra en lucha. La una es cambiante, la otra inmutable. Mientras que el espíritu percibe la inmutabilidad divina, el cuerpo se ve sometido al cambio de un mundo que necesita cambiar para ser. Pero el cambio requiere el paso de un estado a otro y si el segundo estado es diferente del primero, algo hay  en él que lo hace mejor o peor para el que lo vive, y para ello no dejamos de estar viendo y sintiendo todo con una carga de subjetividad más o menos importante. Esa subjetividad será tanto mayor cuanto mayores sean nuestros apegos a las cosas de este mundo. De este análisis subjetivado de las cosas y hechos de este mundo y de esta permanente dicotomía bien-mal, derivan el sufrimiento, nuestros desequilibrios emocionales, nuestros miedos y nuestras angustias.
No acabamos de entender y, menos aún, de aceptar que esa interacción bien-mal no es sino el motor del mundo. Si solo existiera el mal, el mundo desaparecería: esto nos parece evidente. Pero es que, si solo existiera el bien, el mundo también desaparecería. El problema es que los occidentales hemos creado, en torno a este mecanismo dicotómico, una moral: esto está bien y aquello está mal. Con ello conseguimos tener épocas de una cierta euforia y otras de marcado pesimismo. Recordando unas y angustiándonos por las otras, nos rebelamos. Se nos habla de respetar la voluntad de dios y entramos con ello en una nueva danza de locura y frustración. He escrito dios con minúscula porque a lo que nos referimos en esos momentos de rebeldía es a un dios demiurgo, a un ser que gobierna este mundo y al que asignamos poderes especiales, pero hecho, ¡qué ironía!, a nuestra imagen y semejanza. Pues, bien, al pensar que Dios, convertido subrepticiamente en un dios menor, permite eso que hemos dado en llamar el mal dentro de la rueda de la vida, se nos rompen los esquemas: se nos fractura el alma. Pasamos así de la quiebra psicológica, ya de por sí grave, a algo todavía peor: la quiebra existencial por la que el espíritu “siente” fracasada su misión en este mundo. Si antes había pensamientos suicidas, ahora el suicidio se ha convertido en una perentoria, al menos eso siente el individuo, necesidad.

Frente a esa actitud rebelde del occidental, motivada en gran parte por esa forma de apego tremenda, maquiavélica diría yo, hacia el bien  que provoca una insana rotura de la Unidad, el oriental presenta una actitud de sumisión a la realidad. Aparece indiferente y resignado  a la evolución del mundo a su alrededor. Claro que ello le resulta más fácil que al occidental: la rueda de la vida es, para él, una continua interacción entre principios femeninos y masculinos.
Esta meditación mía me ha hecho darme cuenta que no todos los hombres están preparados para “navegar” por el mundo espiritual y que empeñarse en hacerlo, sin consolidar antes otros aspectos fundamentales del hombre como su salud psíquica, sus principios conductuales, etc., puede ser muy peligroso. Es más, cuando el individuo se ve sometido a importantes tensiones desequilibradoras en el mundo material, el hombre debe esforzarse en mantener su mente y su cuerpo entrenados y preparados para las más duras pruebas. Y llega el colofón. Esta titánica lucha pretendemos llevarla a cabo nosotros solos, sin aceptar la ayuda de aquellos que caminan a nuestro alrededor, de nuestros hermanos en Cristo. Hace unos minutos meditaba sobre ello y me di cuenta de que la caridad bien entendida  no solo está en dar ayuda, sino también en recibirla. Tan obligado es para un cristiano el ofrecer ayuda al hermano que ha caído o está en riesgo de caer, como para éste aceptarla, porque esta aceptación descansa en la humildad que es conocimiento de uno mismo, de sus capacidades y de sus limitaciones. ¡Amén!

martes, 4 de octubre de 2011

La Barca

Decía una canción de Mari Trini: “El amor es una barca/con dos remos en el mar/un remo aprietan mis manos/el otro lo mueve el azar” Es una canción que loa ese amor, que nos hemos empeñado en banalizar, que surge entre dos personas que han decidido viajar juntos. El amor en pareja no es dese luego fácil. Siempre hay una componente aleatoria que no controlamos. Yo, en mis habituales despistes, solía cambiar el azar por la mar. Creo que tampoco quedaba mal porque ¿os imagináis un remo sin remero? El oleaje lo zarandeará, hará la barca ingobernable y es posible que el remero centrado en su remo reciba un fuerte golpe del veleidoso remo suelto. Así es el amor y así es la vida.


Y, como así es la vida, así es el Amor. Me preguntaréis que dónde veo la semejanza. Pues está claro: cada uno de nosotros se aferra al remo, al único remo que cree controlar, y espera que los demás muevan el otro remo a la par. Y, claro, no siempre es así. ¿Qué ocurre entonces? Que la barca dará vueltas y más vueltas, sin avanzar. Que entraremos en desesperación. Que diremos qué burros son los demás. Que… O sea que la barca no avanzará. Pero, ¿habéis visto cuál es el error? ¿Habéis visto dónde están los demás?

En la barca solo estamos nosotros, cada uno de nosotros. Los otros están en el mar. La pareja en el amor o todos los demás en el Amor, están fuera de la barca, son la mar. No hemos dejado que los demás subieran a nuestra barca, porque, eso sí, lo de “nuestra” nos lo enseñaron desde chiquititos.

Todo esto, que ya da bastantes quebraderos de cabeza en situaciones normales, se convierte en motivo de abandono en situaciones de crisis (mutación importante en el desarrollo de procesos físicos, históricos o espirituales) como la actual. Y, sin embargo, fijaros qué sencillo es: “Subamos a la barca que nos han prestado a todos aquellos con los que sabemos que tenemos que navegar”

Ese mundo de “ahí fuera” es un mar embravecido por el que hemos de navegar con nuestra barca y con nuestros remos. Hay quien sabe y puede manejar él sólo la barca, pero si queremos avanzar con firmeza, velozmente, sin perder el rumbo, necesitaremos de los demás. Necesitaremos más remeros y necesitaremos el timonel que nos ponga a todos de acuerdo, marcando el ritmo y manejando el timón.

Al demiurgo Mundo le encanta hacernos sentir solos, hacernos olvidar nuestra pareja, nuestros hermanos, nuestros amigos. Menos mal que de vez en cuando alguien nos recuerda que “no estamos solos, sabemos lo que queremos”

jueves, 15 de septiembre de 2011

Escribir en el corazón

El mundo está lleno de buenas ideas. Algunos las ven pasar como pasa el viento, agradecen el frescor pero al rato están renegando por la fatiga de caminar. Otros las ven llegar, las seleccionan, las disfrutan, pero las dejan escapar. Hay quienes, como un eco, las gritan o las cantan a los cuatro vientos y todos las bailan al ritmo frenético de la música que les acompaña, pero, ¡ay!, escapan en el sudor de los cuerpos. Hay otros que las escriben en el papel y con ello sosiegan el frenesí diario y ayudan a que los demás las vean y las gocen, pero, ¡ay!, la dicha dura poco arrastrada por el torrente de la muerte diaria.


Digo yo, Señor, ¿por qué no me enseñas a escribir en el corazón?

Y me contestó el Señor: “Tú solo puedes escribir en tu corazón”

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuando se muere

Esta sociedad nuestra tiene miedo. Le han enseñado a tener miedo y se lo inculcan día tras día. Eso pretenden, puede que sin saberlo, las cadenas de televisión, los periódicos y las cadenas de radio, las tertulias más formales y los corrillos informales de correveidiles que tanto abundan. Todos tenemos miedo, yo también, por supuesto.


Pero, ya estoy harto, quiero “coger el toro por los cuernos” y si me mata que me mate, muerto y veinte veces muerto. Porque ¿alguien sabe, de verdad, lo que es la muerte? O más fuerte aún, ¿alguien sabe algo de verdad?

¿Os habéis dado cuenta de que esta vida tiene algo de adictivo? Cuando se tiene dinero, se quiere más dinero. Cuando se tiene poder, se quiere más poder. Si tenemos ciencia, queremos más ciencia. Si tenemos sexo, queremos más sexo. Solo hay algunas cosas que parecen sencillamente extrañas en este mundo: no siguen sus leyes. La primera es la Ciencia del Conocimiento que no es la misma que la ciencia del dominio. La ciencia que habitualmente manejamos es la que “nos pide el cuerpo” para controlar lo que nos rodea, lo cual no deja de ser otra manifestación de miedo: nos encontramos inseguros rodeados de una naturaleza desconocida. La Ciencia del Conocimiento es la de la comprensión, la que nos permite comprender al ser que tenemos al lado, sin dominarlo. Es la Ciencia que nos permite acercarnos tanto a él que podamos llegar a hacernos solidario con él.

La segunda es la bondad, esa virtud que el mundo califica de tontería. Ese tesoro que sirve para que, en el mejor de los casos el mundo nos tenga pena y en el peor para que satisfaga y aumente su ego dominándonos. Sí, hablamos de esa virtud que nos empuja a llevar sobre nuestros lomos al resto de la Humanidad, tal vez porque sabemos que, cuando la Humanidad funcione con ese grado de solidaridad que no hace diferente a un hombre de otro hombre, la Humanidad entera estará más cerca de Dios.

La tercera es el trabajo. Pérfido ataque el del mundo con la dichosa frasecita: “Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Pues, no. Sin Trabajo, no hay Vida. De nada nos vale la Ciencia del Conocimiento, ni la virtud de la Bondad, si nos sentamos a ver como el Mundo deambula, viendo pasar el tiempo, esa inútil creación de nuestra mente. Lo que ocurre es que el trabajo en el que perdemos inútilmente nuestras fuerzas, nuestro tiempo y nuestra vida es el más improductivo, es el que sirve para tener y no para dar.

Esta es la Llave de la Vida, una llave que ha de dar tres vueltas al cerrojo. Solo hay que saber en qué sentido hay que girar la llave: en un sentido nos cerramos el paso a la Vida; en el otro traemos el Cielo a la Tierra. ¿Cuál preferís?

Nuestra es la elección: o la vida que es muerte o la Muerte que es Vida.