HESICASMO

Bienvenidos. Este es un blog dedicado a la espiritualidad y, en especial, al hesicasmo, la vía mística de la Iglesia Cristiana Ortodoxa.
En la columna de la izquierda se incluyen textos sobre el hesicasmo (fundamentos, práctica, historia, biografías, frases para meditar, etc.) En la columna de la derecha se presentan mis meditaciones y aportaciones, modestas aportaciones, a esta vía mística. Os agradeceré vuestros comentarios que, a buen seguro, nos harán bien a todos.
La Paz de Dios sea con todos nosotros.

¿Ya os habéis olvidado?

HAITI: más de 500 muertos por cólera. El Servicio Andaluz de Salud está preparando atención médica, aquí en España, para varias decenas de niños haitianos. Algunas ONG's están recogiendo fondos para cubrir los gastos de viaje y estancia de padres e hijos. Y ¿tú que haces?

sábado, 10 de abril de 2010

Amor Incondicional

Alguien debe explicar qué es esto del amor incondicional porque, desde una parte de mi Yo, percibo la duda, cuando no la ironía, sobre el amar a todos por igual. ¿Cómo explicar a una madre o a un padre que tiene que amar por igual a sus hijos y a los del vecino? Bromas aparte, ¿cómo explicar que tenemos que amar a nuestra pareja igual que al prójimo? ¿Cómo explicar que hasta el más pequeño ser, animado o no, debe ser objeto de nuestro amor? ¿Cómo explicar que algo sutil, impalpable, etéreo, de otro mundo es mejor que otro algo, mucho más tangible, de éste?
Debemos empezar por hacer correctamente las preguntas. A la pregunta, más o menos cvalida, de ¿qué es?, no puede seguir una escala de valores, de prioridades, porque caeremos en el engaño. Está claro que, anclados en este mundo, con las cargas y apegos de este mundo, caemos en el error de rechazar todo lo que creemos no se ajusta al canon preestablecido. Nos aferraremos a nuestra condición de cónyuges, a nuestro compromiso con nuestra pareja para rechazar todo otro amor que no tenga por objeto nuestra pareja. Y quien dice pareja, dice hijo, amigo o maestro; patria, pueblo o equipo de futbol.
Dice el diccionario de la RAE que incondicional significa “absoluto, sin restricción ni requisito”. Y, esto ¿qué quiere decir? Es fácil ver el grado que adopta el amor incondicional: es el máximo que se pueda conseguir, así sin límite. Pero si nos quedamos en esto, estaremos dejándonos influir por restricciones, digamos, culturales. Madres y padres solemos caer en un tremendo error: pensar que somos los mejores y, si no lo somos, hemos de dejarnos la vida en serlo. Es muy duro lo que viene a continuación, me ha asustado y he pensado no escribirlo. Lo siento, creo que es la verdad. Empeñarnos en ser, ante todo y sobre todo, madre o padre es caer en la sutil trampa del ego que lucha por sobrevivir, alimentando nuestro orgullo por ser buenos padres o sirviéndonos de acicate para implicarnos en la trama de este mundo con el objeto de ser los mejores. Es cierto, nadie puede decir lo contrario, que el amor hacia cualquier ser, para que sea amor ha de ser incondicional y en ese sentido el amor maternal/paternal es de los pocos amores que lo consiguen. Pero ¿qué ocurre cuando, en lugar de un hijo único, es una familia numerosa? ¿Acaso la madre o el padre, dejando de lado ciertas mejores sintonías, no los quieren por igual? Ninguna madre criaría a uno de sus hijos y despediría al resto. En todo lo que venimos hablando, hemos limitado toda la argumentación a una única acepción de las palabras que intervienen en la definición. Hemos insistido en la intensidad, pero nos hemos olvidado de la amplitud, de la extensión.
Cristo, nuestro Maestro, nos dijo claramente “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” Y el ejemplo que nos dio fue explícito, claro y rotundo: hasta sufrir la muerte de cruz.
Claro que, ahora viene lo más difícil ¿cómo ejercemos el “Amor incondicional”? Vaya por delante que es muy difícil. No se nos escapa que es difícil amar a quien nos odia, incluso es lógico, maldito pensamiento, no amar al que no conocemos o al que vive en la distancia. Pero podemos ahondar algo más. Nos resulta difícil dejar de criticar, o sea no amar incondicionalmente, al político que nos roba, al vecino que tiene mal genio con los niños; al vecino que es un “nosequé” porque la del cuarto le ha visto salir y entrar acompañado de unos con unas “pintas”…; al del Sevilla porque yo soy del Betis o al revés; a los perros porque nos molestan en aspectos más o menos escatológicos, como si los humanos no molestásemos a los humanos; al extranjero o al que no lo es que nos acosan en los semáforos o dicen que nos ayudan a aparcar el coche, sin preguntarnos por qué lo hacen; … La lista es larga, interminable, pero solo nos ha servido para ver todo lo que no hacemos y todo lo que podemos hacer.
Algunos nos dirán, e incluso vosotros mismos os lo diréis, que mucho presumir de amor incondicional pero falláis estrepitosamente en vuestro amor a una persona concreta. No hagáis caso. Si fuéramos perfectos y practicáramos el amor incondicional con todos y a todas horas, no necesitaríamos estar aquí. El mundo en que vivimos es así. Está hecho de amores y odios pasionales. Tenemos que traer el Cielo a la Tierra y si Cristo lo hizo sometiéndose a los dictados de este mundo, nosotros no vamos a ser más. Y en este proceso iniciático del Amor Incondicional, cuando empezamos somos tan malos “amantes” como los demás. El mérito está en seguir adelante, incorporando cada día a uno más a la lista de amados.
Llegamos ya al final. El que quiera amar incondicionalmente tiene que dar dos pasos. Nos hemos referido a las madres y a los padres en repetidas ocasiones y como ejemplo de amor incondicional, ¿porqué? Porque son los creadores de ese hijo. La madre en especial, pero ambos pusieron algo más que un óvulo y un espermatozoide, pusieron su voluntad, fueron conscientes de lo que hacían y de lo que querían. Claro que en esta forma de amor hay algo que lo adultera: la cadena puramente biológica. En el amor incondicional pasa lo mismo. Nuestros semejantes, nuestros prójimos, nacen y viven porque nuestro Yo lo quiere. Pero ese Yo es el mismo en todos y cada uno de nosotros. Cuando somos conscientes de esta realidad, no podemos dejar de amar a nuestro prójimo, tenemos con él una relación similar a la de padres e hijos.
Pero está claro que vivimos inmersos en este mundo. Nuestro cuerpo está sometido a sus leyes y sus leyes son tiránicas, arteras, rastreras,… Por eso es necesario disciplinarnos en dominar aquello que más nos repugna, darle la razón al otro, perdonarle aun a sabiendas de que tengamos la razón; perdonarle aun habiendo sido objeto de su ira y mucho más si nos hemos dejado llevar por su misma ira; perdonar su defectos como Dios no toma en cuenta los nuestros porque ¿estamos seguros de que son “sus” defectos y no los nuestros los que están incordiando en la relación?

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